Relatos de la pandemia

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“…el pueblo aprendió que estaba solo y

que debía pelear por sí mismo y

que de su propia entraña sacaría los medios,

el silencio, la astucia y la fuerza…”

Rodolfo Walsh

Por Juana Francisca Gómez

 

Estos apuntes no pueden disimular la bronca y la impotencia, sí, poner arriba de la mesa algunos relatos que no estuvieron, supuestas libertades que no eran tales, cuya lectura fue manipulada y silenciada.

Lo que quizás podemos es ir escuchando y dando cuenta de esta etapa, desde lo situado, sin romanticismo ni idealizaciones. Otra mirada de la realidad que, haciéndose en las manos, se abrió paso para sostener, cuidar y tejer.

Mientras picaban y pelaban, en una suerte de fonoplatea desde la cocina, conversamos con Ana García, integrante de la Olla Pueblo Nuevo.

Mate Amargo – ¿Cómo y cuándo empezó esta iniciativa?

Ana García – Fue cuando empezó la pandemia, ahí empezó la olla. Nosotros somos de una Comisión Barrial pegados al Club de Baby Fútbol, y la olla empezó ahí porque en ese momento no había fútbol.

Después, alguno de nosotros nos integramos a ese grupo. Luego, no se pudo hacer más ahí porque empezó el fútbol y no era compatible tener estas ollas con fuego, con los niños alrededor. Fijáte que cocinamos en una olla de 100 litros y tenemos unos anafes, que nos hicieron unos vecinos con patas de hierro grandes.

Entonces nos mudamos para la sala de la Comisión.

Al principio era medio que -casi- todos los días que cocinábamos. Después, empezamos con dos veces por semana, con dos equipos, un equipo que venía los martes y con otro equipo veníamos los jueves. El equipo de los martes era gente que trabajaba, joven y entonces venían más tarde. Nosotros siempre venimos a las tres de la tarde, para irnos temprano porque somos mayores y no estábamos trabajando, así fue como -más o menos- funcionamos.

A partir de este año estamos funcionando los jueves, un jueves cada equipo.

Desde el principio les pedimos la cédula a todos los que vienen. Porque nosotros cocinamos, ellos traen una vianda y se llevan la comida para todas las personas que integran el núcleo de familiar.

En un momento nosotros pedimos que se pudiera hacer algo a través de trabajadores sociales que visitaran a las familias, porque tenemos la información básica, pero nos parecía que era importante, pero eso no se logró. Vinieron y le tomaron datos a las familias pero nada más.

Más o menos funcionamos así, con solidaridad.

Por otra parte, valoro que fue muy importante para el equipo, también para los voluntarios, hacer esa experiencia de voluntariado. Ha pasado mucha gente de todas las edades, eso también sirve para ver de cerca lo que pasa, realmente, la gente.

Los usuarios varían también, hay algunos desde aquel primer momento, son pocos.

En una época venían los que trabajaban en las zafras, ahora eso no está pasando. Viene mucha gente mayor. Hemos tenido unas cuantas bajas, porque algunos viejitos fallecieron, mal alimentados, pasando frío y todo lo demás.

Hay gente que viene de muy lejos, gente que viene del barrio, o sea, es muy heterogéneo.

M.A. – ¿Por qué sintieron la necesidad de empezar con eso?

A.G. – Al principio discutimos mucho porque nos parecía que no era la forma, pero la verdad que los niños y los viejitos eran los que estaban pasando mal.

En la pandemia fue notorio en los niños, porque al no ir a la escuela eso se agravaba. En el barrio, la gente con menos recursos realmente no tenía que comer.

Por eso también fuimos achicando, hoy por hoy, los niños, son pocos los que llevan. Sí llevan unos cuantos, pero no son la mayoría. La mayoría son personas mayores o personas con situación de discapacidad, sobre todo de salud mental.

Además lo que vemos en el barrio es que cuando una familia se queda sin trabajo, en la primera etapa empieza a vender todo, pero después ellos no tienen más. Después pasan años para recuperarse, porque en realidad en el desespero venden sus cosas.

Esa es la realidad.

La época de la pandemia fue la más cruel.

M.A. – ¿Y cómo recibieron los mensajes desde la institucionalidad, en los medios de comunicación, respecto a las ollas?

A.G. – Respecto a los discursos, acá no había prensa nacional. Si hubo en el Concejo gente  del Partido Blanco, hostigando. Dijeron que mi marido es concejal, que había familiares en la olla, etc. Nosotros fuimos a hablar. Acá nos conocemos desde hace mucho tiempo. El Concejal que habló, conoce a mi marido desde la escuela y nosotros tenemos 70 años. Le dije: “me conocés y sabes bien quién soy”. Así que nada más que eso pasó.

Siempre hubo mucha solidaridad, no solo desde el barrio, sino también de sindicatos. Por ejemplo, AEBU nos da una carga de gas por mes hasta el día de hoy.

Después, el colectivo de los psicólogos de acá también apoyó, CRAMI también, tuvimos muchos apoyos de mucha gente para sostener.

Nosotros recibimos de la Intendencia los alimentos secos y del Municipio verdura y carne.

El resto, por ejemplo, poner el gas, los condimentos, alguna otra cosa que necesitamos, hay gente solidaria que nos apoya con esas cosas.

También contamos con donación de ropa para darle a la gente. A veces era tanta ropa que se hacía una venta económica y con eso compramos las cosas que faltaban. Así la fuimos llevando.

Siempre hemos sido cuatro o cinco compañeros los que cocinamos.

De los programas que antes fueron Uruguay Trabaja ahora tiene otro nombre, siempre viene un grupito para ayudar con cosas, arreglos o la limpieza del local, las ollas son pesadas y no tenemos muchas condiciones.

Durante el tiempo que no vinieron, que fue bastante, terminamos agotados. Porque después de la olla, es un local chico y no tenemos muchas condiciones tampoco, hay que limpiar todo. No podés venir al otro día, había que hacerlo Igual. La fuimos llevando.

M.A. – La olla funciona ahora en el local de la Comisión Barrial que tiene su dinámica propia…

A.G. – En la Comisión Barrial de Pueblo Nuevo, que es en el espacio de la ruta nueva y la ruta vieja. Hay gente de la olla que ahora se ha integrado a la Comisión Barrial.

Por ejemplo, hay un grupo de señoras que tejen y se le entrega a los mismos usuarios, o a la escuela, o para el Día del Abuelo hicimos zapatones para una casa salud.

Siempre se hace, la lana también la aporta el Municipio. Nos da una cantidad, generalmente no nos alcanza, porque estas tejedoras andan volando, no te podés imaginar.

Para darles una idea, para el Día de la Niñez se entregaron como cien cuellos y de esos guantes sin dedos, esos que se hacen ahora que no son mitones.

Después en las vacaciones de julio se hizo una actividad con los niños del barrio y también se entregaron estos abrigos. Ahora hicimos unas colchas tejidas con cuadraditos y entonces la idea es hacer rifa con eso para comprar lana, para poder seguir. Se han desarmado buzos viejos que ya no sirven, para usar la lana, porque para hacer los cuadraditos no se necesita lana nueva, que sale carísima.

Tuvimos una profesora de peluquería, que puso la Intendencia, durante tres años.

La red de la zona funciona acá, que son todos los diferentes grupos que trabajan socialmente, ya sea la escuela, el jardín, los CAIF (que hay dos), los clubes de niño, todas las actividades.

Hay un conjunto de artesanos que hace ferias, un grupo que hace baile de folklores, otro que hace candombe. Nos reunimos todos y planificamos para hacer actividades, por ejemplo, el día de la niñez o el día de las Fiestas Mayas que acá en Las Piedras se hace todos los años en los distintos barrios con diferentes actividades, todo eso forma parte de acá de la comisión.

Para la olla también tenemos un súper que tiene panadería, que nos da, antes las dos veces por semana y ahora la vez por semana que se hace, nos da pan y bizcochos.

Si te diría que nos faltaron víveres, en algunas épocas nos falta alguna cosa que hemos tenido que comprar, verdura o carne, pero ya te digo, avisamos y nos ayudan.

Tenías ollas prestadas. Fuimos juntando y compramos unas y ya las devolvimos. Vamos funcionando a solidaridad. También con el aporte de la Intendencia.

Cuando empezamos no había nada, pero nosotros como nos mantuvimos en el tiempo y fuimos haciendo cartas pidiendo y fuimos recibiendo.

Les damos cocoa con leche, que nos da la Intendencia. En momentos que se necesitó más, la gente aportó solidariamente.

Tenemos vecinos que nos juntan las botellas de agua, que es lo más higiénico y los tuppers también, en verano juntamos y juntamos, porque la gente come más helado y nos guarda.

A mí me parece que una cosa que tenemos que fomentar es que la gente haga cosas solidarias, porque mucha gente nos decía que esto era beneficencia, que cómo lo vas a hacer. Pero la experiencia de hacer algo por otros es una experiencia que, solo si la vivís tenés manera de poder entenderlo.

Porque realmente a mí me parece que hemos perdido muchísimo los valores humanos. No te digo políticos, te digo humanos. Hay cosas que te lo da solo el afectarte con el otro. El ser sensible a lo que el otro vive.

También nos ha pasado que ha venido gente fantasma, tipo controlando, husmeando a ver que hacemos, los ponemos a picar cebolla y se le va toda la pavada. Entonces ya sabemos.

Por más que vos cambies el gobierno, hay gente que está en situación que nunca va a poder estar bien, ni trabajar. Eso es una realidad, que no sé si todo el mundo tiene mucha conciencia.

Es doloroso, pero real. En la pandemia los viejitos no sabés con la flacura con la que quedaron. Varias veces hemos pensado si seguimos o no. Y bueno, seguimos.

Que todo te parezca que no sirve para nada. Porque muchos son cómodos con esa actitud también. Es muy fácil decir que no, porque eso es beneficencia, porque no forma y no sé qué, pero estoy viendo que las cabezas no se están formando tampoco.

También la cercanía es importante en este momento. Es impresionante cuando te movés así en diferentes lugares, la necesidad que tiene la gente de hablar, por ejemplo, de contar la vida.

 

(*) Juana Francisca Gómez es escritora y miembro del Capítulo uruguayo de la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad (RedH)Apuntes para seguir la conversación:

 

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