¿Quo vadis, Venezuela? Verdades incómodas (1ra parte)

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Por Carlos Novoa (*)

Dibujo, Adán Iglesias Toledo (**)

 

El pasado 12 de agosto de 2026, el Canciller de la República Bolivariana de Venezuela hacía público un comunicado donde se anunciaba el restablecimiento de relaciones consulares con el estado de Israel. Esta noticia levantó numerosas alarmas, en un contexto de creciente injerencia sionista en Sudamérica. También marcó el inicio de un punto de giro con respecto a lo que había sido una posición histórica del gobierno bolivariano.

Este último episodio hace parte de una sucesión de concesiones en materia de soberanía y política exterior que han ido configurando la práctica del estado venezolano luego de los hechos del pasado 3 de enero. La pregunta que surge, inevitablemente, es ¿dónde se sitúa la línea roja en materia de concesiones? Formulada de otra manera y siguiendo la vieja noción hegeliana que sostiene que una serie de cambios cuantitativos devienen, eventualmente, en un cambio cualitativo, la pregunta central sería: ¿dónde está el límite a partir del cual se traiciona irreversiblemente la esencia de la Revolución Bolivariana?

Para quienes hemos defendido el proyecto político bolivariano a ultranza, el momento actual nos pone de frente a una serie de verdades incómodas que conviene mirar a los ojos si queremos entender a cabalidad el momento que vive el país y apoyar verdaderamente a las fuerzas revolucionarias que habitan en su seno. Enumerarlas no es un ejercicio de hacer leña del árbol caído, sino un necesario recuento y aprendizaje para las fuerzas revolucionarias.

Verdades que debemos asumir

El 3 de enero las fuerzas armadas de Venezuela no respondieron a la agresión norteamericana. En estos meses se han dado múltiples explicaciones a ese hecho, las cuales van desde la traición hasta la superioridad tecnológica. Sin embargo, siguen siendo desconocidos los pormenores de esa noche. No hay explicación satisfactoria para el hecho de que un país amenazado por el mayor portaaviones de la historia frente a sus costas, con pruebas fehacientes de que era inminente algún tipo de acción agresiva, no tuviera a su ejército en plena disposición combativa. Más sorprendente aún resulta, que le hubiera dado un pase festivo a buena parte de las tropas y que las que quedaban en servicio, prácticamente no respondieran de ninguna forma a la agresión. Las tropas norteamericanas entraron y salieron de Caracas encontrando muy pocos focos de resistencia, entre los cuales se incluye la escolta cubana del presidente Maduro.

La inacción, sean cuales sean sus razones, selló el destino político del país en el futuro inmediato. Venezuela pasó, en 24 horas, de Estado soberano a neocolonia administrada desde el Departamento de Estado. Con su habitual cinismo, el presidente Donald Trump lo expuso recientemente: “El botín pertenece al vencedor”. El botín es el petróleo y las riquezas de todo un país. Se estima en más de 40 mil millones el dinero que Washington se ha embolsado en esta etapa, dándole solo migajas al Estado venezolano. El saqueo ha llegado al punto de que recientemente los piratas británicos decidieron devolver el oro robado a Venezuela, equivalente a unos cuatro mil millones de dólares, y depositarlo… ¡en una cuenta del Departamento de Estado norteamericano!

En ese contexto, hemos visto a las autoridades venezolanas ir modulando y adaptando el discurso al nuevo contexto. A esto lo han llamado eufemísticamente “flexibilidad estratégica”. Primero, en un esfuerzo por justificar la inacción de las fuerzas armadas, presentando cualquier resistencia como fútil y la lucha como «traición». Luego cayendo en fórmulas vagas sobre la paz y lamentando una “polarización” pasada que fue la “responsable” de que Estados Unidos bombardeara Caracas y se robara el petróleo del país. En este discurso, convenientemente general, se obvia cualquier denuncia a la agresión y se apela constantemente al diálogo, como respuesta a la compleja situación nacional. Pero no hay diálogo real posible cuando el cronograma y los resultados han sido impuestos desde afuera. Al punto de que la ronda de diálogos con la oposición iniciados este mes de agosto fueron anunciados por Marco Rubio antes que por el gobierno venezolano.

Si revisamos la lista de concesiones vemos un claro patrón de abandono a posiciones políticas y simbólicas de la historia del chavismo, tanto de Chávez como de Maduro: se han flexibilizado las leyes que permiten a las empresas extranjeras intervenir en las riquezas del país, sobre todo las petroleras; se ha aceptado el discurso que pone toda la responsabilidad de la situación de Venezuela en el chavismo; se abandonó en gran parte la denuncia de las sanciones norteamericanas, aún vigentes, y su efecto sobre la economía del país; se entregó a Alex Saab a la justicia norteamericana; se han abandonado posiciones de principios en materia de política exterior, siendo dos botones de muestra el proceso de normalización de las relaciones diplomáticas en curso con Israel y el vergonzoso comunicado de la cancillería el día del inicio de la agresión contra Irán; se ha abandonado a Cuba.

Sería injusto poner toda la responsabilidad de este proceso en los hermanos Rodríguez. Ellos solo administran, junto a Diosdado Cabello, la rendición. Lo que posibilitó la rendición práctica de las estructuras políticas y militares del país a la hora cero fueron una serie de problemas mucho más profundos y de vieja data, con los cuales el proceso político bolivariano viene lidiando desde hace décadas.

La corrupción es uno de ellos. Este es un cáncer que ha carcomido a la Revolución Bolivariana, aunque no es, ni mucho menos, algo nuevo en la política venezolana. De hecho, es uno de los flagelos más extendidos por toda Latinoamérica y muy común en la Cuarta República que Chávez aspiró a superar. Sin embargo, la contradicción de construir un proyecto socialista en el marco del viejo Estado burgués fue un elemento que le cobró factura a la revolución en su conjunto.

En la dinámica política del Estado burgués venezolano, acceder a puestos de la administración pública era y es una puerta a la prosperidad personal. Al ser el PSUV el partido en el poder, sus filas se engrosaron con cuadros cuya retórica política era la forma de enmascarar sus ambiciones personales. Y, siendo totalmente honestos, este fenómeno fue abordado con cierta indulgencia por parte de las máximas autoridades de la revolución. Muchas y muchos de ellos permitieron que familiares, amigos y aliados encontraran un modus vivendi dentro de lo público.

En la medida en que la crisis económica se agudizó, luego de la muerte del Comandante Chávez y producto de las criminales sanciones norteamericanas, la corrupción se fue volviendo cada vez más onerosa. La crisis hizo desaparecer en la práctica muchas de las políticas públicas impulsadas por el gobierno y llevó a una inflación descontrolada, que todavía hoy golpea el bolsillo de los trabajadores. Esto destruyó los ahorros y los ingresos de buena parte de la población venezolana, que en los momentos más críticos, año 2013 y 2014, debió lidiar con malnutrición, escasez de combustible, racionamiento eléctrico y la creciente dolarización de la economía. En esas condiciones, se hizo más ofensivo el estilo de vida de una élite chavista que usaba ropa de marca, se movía en carros del año y celebraba cumpleaños familiares que costaban miles de dólares.

En este contexto se dio la caída de figuras con una trayectoria histórica dentro del chavismo, como Tarek William Saab, acusado de desfalcar miles de millones de dólares al Estado venezolano y conspirar para su derrocamiento. Este ejemplo ilustra un elemento esencial: la corrupción fue y es una de las puertas de entrada de las servicios de inteligencia enemigos a las altas esferas del gobierno venezolano.

Aunque los hermanos Rodríguez son la cara más visible de la transición, lo cierto es que numerosos cuadros de Maduro y algunos sobrevivientes de la época del Comandante Chávez se están adaptando a los nuevos tiempos, asumiendo nuevas tareas y discursos dentro de lo público. La burocratización de la estructura administrativa del chavismo les permite a los cuadros, con naturalidad, pasar de un puesto a otro y de una línea discursiva a otra. Este mismo burocratismo es parte de la fuerza que hoy paraliza al propio PSUV, ante una situación que sin dudas genera no pocas voces de descontento dentro de su propia estructura.

El pragmatismo de la política seguida durante el gobierno de Maduro permitió sortear los momentos más duros de la crisis económica, pero también abrió la puerta a un reblandecimiento de posiciones políticas e ideológicas dentro del Estado venezolano. Mientras por un lado la reacción al acoso internacional fue cortar vínculos con numerosos países, facilitando un tanto la tarea de aislamiento del imperialismo, por el otro a lo interno se aceptaron pactos y componendas con sectores de la oposición y del gran capital (prácticamente lo mismo en el caso de Venezuela) que si bien facilitaron un alivio de la crisis, no resolvieron el problema de inestabilidad causado por la articulación entre la burguesía traidora de Venezuela y el imperialismo norteamericano y crearon líneas de penetración en las estructuras de dirección política del país.

La opacidad de los mecanismos usados para sortear el criminal bloqueo norteamericano facilitaron prácticas opacas y oportunistas, que corrompieron y comprometieron a no pocos funcionarios dentro de la administración del Estado.

Este apretado recuento de las contradicciones y problemáticas no niega que la Revolución Bolivariana, como hecho político profundo, tuvo también en esta etapa un importante proceso de maduración popular y aprendizaje en la resistencia. Sobrevivir en condiciones de cerco económico permitió potenciar y fortalecer estructuras económicas y sociales nacidas de la revolución y que son parte del intento por superar el viejo estado burgués.

También la política exterior de la Venezuela de Chávez y Maduro, aunque con algunas diferencias, mantuvo una línea de continuidad en materia de posiciones antiimperialistas, de articulación regional, de solidaridad con el pueblo palestino, de cercanía con Cuba, Irán, Rusia, China, etc. Todo esto convertía a Venezuela en uno de los principales obstáculos a superar de cara al retorno violento de la Doctrina Donroe.

Luego de lo dicho, surgen nuevas preguntas ¿está todo perdido en Venezuela? ¿Quedan fuerzas revolucionarias capaces de cambiar el rumbo actual del Estado y preservar la Revolución Bolivariana? ¿Cómo pueden las fuerzas amigas del exterior apoyar a estas fuerzas revolucionarias?Sobre estas interrogantes, sobre esa otra Venezuela revolucionaria, que existe y lucha, hablaremos en la segunda parte de este texto.

 

(*) Carlos Novoa, periodista y escritor

(**) Adán Iglesias Toledo. ADÁN. Cuba.La Habana 1965. Licenciado en Educación Plástica por la Universidad Pedagógica Enrique José Varona. Trabajó como Profesor de Educación Artística. Sus caricaturas se han publicado en Tribuna de La Habana, Dedeté, Palante y otras publicaciones nacionales y extranjeras. Desde el año 2001 forma parte de la plantilla de la publicación humorística Dedeté y es su actual director. Es miembro de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, miembro de la Unión de Periodistas de Cuba y miembro de la Agencia de Autores Visuales. Posee la Distinción por la Cultura Nacional.

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