Cuando decidimos no ver

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Por Diego Duarte Calleja(*)

Hace unos días leí un informe elaborado por investigadores de la Universidad de la República sobre la realidad de personas en situación de calle en nuestro país. Más allá de los números, hubo una frase del informe que me quedó resonando durante varios días: Uruguay tiene una fábrica de personas en situación de calle. El informe aborda la premisa de que ya no se trata únicamente de quienes hoy duermen en la calle, sino de preguntarnos qué mecanismos sociales producen nuevas formas de exclusión, etc.

A comienzos de 2026, el MIDES informó que alrededor de 8.500 personas utilizaban dispositivos de atención en todo el país, entre refugios nocturnos, centros de contingencia y otros programas y que, solo durante 2025, 13.597 personas diferentes habían pasado por esos dispositivos, el mayor registro histórico. En Montevideo, además, la población sin hogar creció casi un 600 % entre 2006 y 2023. A partir de esa evolución, varios especialistas proyectan que, si las tendencias no cambian, la cantidad de personas sin hogar podría duplicarse hacia 2030 y acercarse a cuadruplicarse hacia 2035.

Tanto en área metropolitana como en ciudades intermedias y localidades pequeñas del interior, el fenómeno impacta en la convivencia y ciudadanía en general. En mi ciudad, en el interior, recuerdo en mi infancia a una persona en situación de calle, la cual era una especie de “personaje querible” incorporado al paisaje urbano, incluso se lo conocía con un apodo simpático, etc. Luego los años pasaron y la situación comenzó a cambiar. De a poco iban apareciendo otras personas que terminaban viviendo en la calle, algunos no eran de la ciudad, aparecía algún que otro viajero, algún artesano que se quedaba luego de algún festival o acontecimiento multitudinario, unos días más en la ciudad vendiendo sus artesanías y pernoctando en la calle, hasta que de un momento a otro (típico de esta época acelerada donde el tiempo nos parece pasa muy rápido) pasamos a una situación incluso de desborde del único refugio que tiene la ciudad en donde vivo. Es decir, el fenómeno escaló exponencialmente en estos años, de forma tal que son ya decenas de personas que viven en la calle, lo cual ha generado que terminemos por “acostumbrarnos” a convivir con esta triste realidad sin asombrarnos demasiado cuando vemos compatriotas viviendo en la calle.

Conversando con un vecino sobre este fenómeno, entre otras cosas me dijo: “a veces preferimos no verlos, como si estuviéramos ciegos”. El vecino es una buena persona y no hablaba con crueldad. Creo que lo que me quería transmitir es esa extraña capacidad que tenemos las personas para convivir con aquello que nos duele hasta volverlo parte del paisaje cotidiano. Entendí perfectamente lo que me quería decir, el fenómeno nos atraviesa totalmente, es duro ver personas pernoctar en la calle, con todo lo que ello conlleva y por otra parte comprendí que el fenómeno es tan sensible que muchas veces se generan situaciones como éstas, cuando “elegimos no ver”.

No pude evitar pensar en la primera novela que leí del portugués y premio nobel de Literatura José Saramago. La novela es Ensayo sobre la ceguera publicada en el año 1995. Quizá su novela más conocida junto con: Ensayo sobre la lucidez, Las intermitencias de la muerte, Evangelio según Jesucristo, etc.

Si alguien todavía no la ha leído quizás este sea un buen momento para hacerlo. No porque ofrezca respuestas sencillas ni porque describa literalmente el mundo en que vivimos, porque no lo hace. Sino porque tiene la rara capacidad de obligarnos a mirar de nuevo aquello que creíamos conocer. Aquello que ya “veíamos”.

La novela comienza cuando su personaje principal se encuentra manejando su auto, esperando que el semáforo cambie de color para avanzar. En determinado momento otros conductores comienzan a tocarle bocina para que avance. Al no hacerlo por un buen rato, se acercan al vehículo y el personaje (el cual no tiene nombre) responde que ha quedado ciego. Allí comienza una epidemia inexplicable de ceguera en la sociedad (tampoco sabemos que ciudad o país es), los personajes empiezan a quedarse ciegos y eso desata un caos social.

A medida que se avanza en la lectura se comprende que la verdadera ceguera no está en los ojos de los personajes, sino en la fragilidad de los vínculos humanos, en la facilidad con que podemos dejar de reconocer al otro y en la rapidez con que nos acostumbramos a veces al sufrimiento ajeno y a la indiferencia.

Hablando con mi vecino, recordé Ensayo sobre la Ceguera y se me vinieron a la mente algunas preguntas: ¿qué cosas decidimos no ver?, ¿qué injusticias terminamos naturalizando?, ¿en qué momento la necesidad real y dolor de los demás se convierte en parte de nuestro hábitat cotidiano? Mi vecino dijo: “a veces preferimos no verlos, como si estuviéramos ciegos”.

Hoy pensando en la novela, después de haber leído el informe sobre las personas en situación de calle y haber escuchado a mi vecino, pienso que quizá la ceguera planteada por Saramago no es solo una metáfora.

Quizá esta novela sirve justamente para eso, para enseñarnos que la realidad empieza a cambiar cuando cambia nuestra manera de mirarla o, directamente, cuando decidimos verla.

Terminando de escribir esta columna pienso que los clásicos y Saramago tenían razón.

(*) Diego Duarte Calleja es Licenciado en Trabajo Social (Facultad de Ciencias Sociales – Universidad de la República). Especialista en Estudios Urbanos e Intervenciones Territoriales por Facultad de Ciencias Sociales (UdelaR) y Doctorando en Estudios Urbanos por la Universidad Nacional de General Sarmiento UNGS de Bs As Argentina. Desde hace 10 años trabaja en MEVIR, Treinta y Tres

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