Cien años de Fidel

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Por Michel Torres Corona (*)

Dibujo, Manuel Hernández Valdés (**)

 

Los siglos nos obsesionan. Muy pocas personas remontan los cien años de vida pero los siglos se van acumulando en forma de historia y miramos a los que nos antecedieron con los lentes borrosos del pasado. Aunque muy poca gente sepa de verdad o haya experimentado lo que significa ese tiempo en carne propia, medimos en siglos los pasos de la humanidad, todavía muy joven como para despreciar al milenio con el uso corriente y a años luz —con toda intención— del ritmo sideral con el que palpitan estrellas y planetas a nuestro cósmico alrededor.

Los poetas y escritores, esos seres que se han arrogado la narrativa universal de nuestros dolores y alegrías, también parten de esa obsesión secular. Ahí está el juglar por excelencia, Silvio Rodríguez, cantándole al legendario Ignacio Agramonte “a la distancia de cien años”, resucitándolo con versos y acordes; o el mágico Gabo y sus cien años de soledad, cerco temporal a una estirpe maldita que es símbolo de cualquier pueblo latinoamericano. Ejemplos abundan, desde el “siglo de las luces” carpenteriano al siglo de Pericles. Y esto último introduce la variante de la política.

Los políticos no suelen obsesionarse con los siglos porque en el “arte de lo posible”, según orienta el pragmatismo más vulgar, no importa la trascendencia o la memoria. Basta el ciclo corto, el electoral, o la carrera propia, o el triunfo fatuo de la demagogia que se desvanece justo cuando parece florecer. Que un político hable con el peso de un siglo (o varios) implica un compromiso mayor, que puede ser resultado del patriotismo insurrecto o del chovinismo imperial, pero que en cualquier caso obliga a hombres y mujeres a ir más allá del fugaz presente. Hablan entonces los políticos de legado.

Cuando Fidel y los moncadistas tomaban “el cielo por asalto”, en Santiago de Cuba, lo hacían nada más y nada menos que en el año en que José Martí, Apóstol laico de nuestra identidad nacional, cumplía cien años de haber nacido. Como diría el entonces joven abogado, parecía que Martí iba a morir en el año de su centenario… y aquellos muchachos locos y corajudos se batieron contra batistianos y dogmáticos para que eso no sucediera, para sacudir al país de su modorra. Había que luchar por el sueño martiano, por hacer de su legado un hecho y no una promesa añorada, y Fidel asumió esa tarea. Fracasó en un primer momento, cayó preso, lloró a muchos de sus compañeros caídos en combate o torturados salvajemente luego, pero en su ya clásico afán de convertir reveses en victorias fue capaz de sobreponerse y triunfar contra todo pronóstico. Y lo hizo cinco días, cinco meses y cinco años después de aquel 26 de julio, para los amantes de las cábalas.

Un siglo después de Fidel, dos siglos después de Martí, los cubanos seguimos peleando. Ni el sueño martiano ni el legado fidelista se han completado. Hoy Cuba es rehén del mismo imperio del que tanto el Apóstol como el Comandante se declararan enemigos, e intenta sobrevivir a la asfixia mientras el mundo contempla, cómplice o impotente según sea el caso. Pero la batalla continúa, no solo por el contumaz afán de transformar los reveses y las vicisitudes cotidianas en energía de resistencia —de “creación heroica” como diría Mariátegui— sino porque sería una terrible cobardía y una vergonzosa incoherencia dejar morir a Fidel en su centenario.

Obsesionados con los siglos, los cubanos celebramos a Fidel a un siglo de distancia, y como el Gabo profetizara estamos solos, muy solos… pero no vencidos. Son muchos, la mayoría de nosotros, los que no llegaremos a vivir cien años, pero sí nos tocó vivir este momento, esta época dura, a la que llegamos sin Fidel como el llegara a su tiempo sin Martí. Y, como ellos, lo daremos todo por estar a la altura, por seguir sumando páginas a la historia gloriosa de nuestro país, por defender el legado que nos hace ser como somos.

Cuando pase otro siglo, nadie recordará a los que se rindieron, a los que no entendieron esa obsesión de legado: tendrán que mirar atrás con admiración hacia un pueblo que, en el centenario de uno de sus grandes líderes históricos, supo hallar el modo de no claudicar. Quizás lo hagan buscando inspiración, quizás lo hagan buscando fuerzas, quizás lo hagan como hiciera Fidel con Martí o Silvio con Agramonte… Y no los decepcionaremos, aunque toda la gloria del mundo quepa en un grano de maíz y aunque se vayan acumulando milenios en el polvo de las estrellas o en los núcleos ardientes de remotos planetas.

 

 

(*) Michel E. Torres Corona, abogado y comunicador cubano, conductor del programa «Con Filo» de la Televisión Cubana. Director del grupo editorial Nuevo Milenio, es además colaborador de varios medios de su país y el mundo.

(**) Manuel Hernández Valdés. MANUEL. Cuba. Limonar, Matanzas, Cuba, 2 de enero de 1943. Artista visual cubano con una extensa trayectoria en el humor gráfico, la cerámica y la pintura. Estudió pintura en la Academia de Artes Plásticas “Tarascó”, Matanzas (1961–1965). En 1998 estudió cerámica en la ciudad de Faenza, Italia, invitado por la UNESCO. Dentro de sus premios y reconocimientos son los más destacados: Premio Nacional de Artes Plásticas de Cuba (2024), Premio Nacional del Humor (2006), Premio Nacional de Periodismo (2001), Medalla Pablo Picasso (1997), Gran Premio Aesop de Oro (1989).

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