Sucedió en Nueva York

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Por Michel Torres Corona (*)

 

El 22 de septiembre de 2026, ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, Donald Trump pronunció una frase que resume su política hacia Cuba con el desparpajo propio de su persona: «Es un Estado absolutamente fallido. Está fracasando como nunca antes. Está recibiendo mucha presión. Y caerá». La delegación cubana, sentada en la sala, se levantó y abandonó el plenario. No fue una huida: fue una respuesta, desde la dignidad acostumbrada.

El canciller Bruno Rodríguez escribió minutos después en X: «El gobierno de EE.UU. resulta incapaz de aceptar que Cuba es, y tiene derecho a ser, un país plenamente independiente y soberano. Ninguna de las falsedades del Presidente de EEUU en la ONU y ninguna calumnia pueden ni podrán negar ese hecho».

No es la primera vez que cosas así suceden. Trump ya había arremetido contra la ONU en 2025, cuestionando su utilidad y acusándola de no ayudarle a «poner fin a las guerras». De la utilidad de la ONU pudiéramos hablar —e incluso estar de acuerdo— pero… de su habilidad para “finalizar guerras”, ya esa sería otra conversación. Estamos hablando del mandatario que sigue empantanado en Irán, sin aceptar el descalabro militar y político de su decisión agresora.

En el discurso del emperador de turno, la amenaza existencial explícita contra un Estado miembro de la comunidad internacional se ha convertido en lugar común. Lo hizo antes contra Corea del Norte, anunciando que la podría borrar de la faz del planeta. Y lo pronuncia desde un podio que debería encarnar la igualdad soberana entre naciones, pero que Estados Unidos financia.  Se entiende lo cómodo que se halla en su actitud prepotente.

La retirada cubana no fue un gesto simbólico menor. En una asamblea donde todos los países tienen voz, Cuba eligió no escuchar al que pretende negarle el derecho a existir.

Y es que llamar a Cuba «Estado fallido» no es una descripción, es una burda y mendaz excusa. Es el mismo mecanismo retórico que precedió a las intervenciones en Irak, Libia o Siria: deshumanizar al adversario para que la agresión parezca, por irónico contraste, humanitaria.

El segunda mandato de Trump marcó una línea de continuidad en su recrudecimiento del bloqueo y del asedio contra Cuba. El 20 de enero de 2025, en su primer día de mandato, Trump firmó la Orden Ejecutiva «Initial Rescissions of Harmful Executive Orders and Actions», que revocó la decisión de Biden de retirar a Cuba de la lista unilateral de países patrocinadores del terrorismo y restableció la prohibición de transacciones financieras con entidades cubanas. Par de días antes, Biden había sacado a Cuba de esa lista. Trump la devolvió sin presentar una sola prueba nueva. ¿Para qué probar lo que todo el mundo sabe es un capricho de potencia?

En enero de 2026, una nueva orden ejecutiva declaró una supuesta «emergencia nacional» para imponer sanciones secundarias a los países que vendieran petróleo a Cuba. El objetivo era explícito: cortar el flujo energético de la isla. Y funcionó. Venezuela, que enviaba miles de barriles diarios de petróleo a Cuba, en función de convenios bilaterales firmados y honrados, dejó de hacerlo tras el secuestro de Maduro (e incluso antes… aunque esa también es otra conversación). Otras naciones, como México y Brasil, también cedieron a las presiones y dejaron de enviar crudo.

El costo humano de esta política tiene cifras. Entre el 1 de marzo de 2025 y el 28 de febrero de 2026, el bloqueo causó pérdidas récord de más de 8 mil millones de dólares, un aumento del 7% respecto al año anterior. Acumulado a lo largo de seis décadas, el daño supera los 178 mil millones de dólares, a precios corrientes. El canciller Rodríguez, y el gobierno cubano en su conjunto, lo califican sin afeites como «un acto de genocidio y castigo colectivo».

No obstante, es válido señalar que la Asamblea General de las Naciones Unidas ha rechazado el bloqueo. El 29 de octubre de 2025, por trigésimo tercera vez consecutiva, la ONU votó sobre la necesidad de poner fin al bloqueo. El resultado: 165 votos a favor, 7 en contra y 12 abstenciones. Los únicos que respaldaron a Washington fueron Israel, Argentina, Hungría, Macedonia del Norte, Paraguay, Ucrania y -obviamente- Estados Unidos. Siete países en una asamblea de 193 miembros: ese es el tamaño real de la “coalición” que sostiene el bloqueo.

En julio de 2026, cuando Cuba propuso reabrir el debate sobre el bloqueo, la votación fue de 136 a favor, 9 en contra y 30 abstenciones. Pero se debate mucho, se condena luego y… nada. Todo permanece igual. La “democracia” de la comunidad internacional ha fracasado y solo queda Cuba para defender a Cuba, con la solidaridad de los pueblos que muchas veces tienen la coherencia que sus gobiernos no pueden sostener.

Este reciente discurso de Trump en Nueva York, la primera mención que hace de Cuba en dos meses, no ocurre en un vacío. Ocurre en un momento en que su autoridad basada en el miedo —a sus represalias, a sus aranceles— muestra fisuras en frentes que van más allá de Cuba.

En Canadá, el primer ministro Mark Carney se burló públicamente de Trump imitando su gesto característico de «acordeón» con las manos. No fue un chiste aislado: fue la expresión de un deterioro real en las relaciones entre Washington y su aliado histórico del norte, un deterioro que ha llevado a Ottawa a profundizar sus vínculos económicos y políticos con China. Mientras Trump proclama que «en el mundo se hace lo que él diga» y sanciona a diestra y siniestra, sus aliados más cercanos buscan alternativas.

En el frente interno, la congresista María Elvira Salazar —cuyo distrito enfrenta elecciones de medio término en noviembre— tuvo una «epifanía» tardía sobre el trato de Trump a los inmigrantes, un giro que sus críticos leen como desesperación de quien siente que su barco se hunde. Trump no tardó en responder con desdén.

Y luego están los medios. Ante la negativa de la Casa Blanca de dar acceso a CNN, MS NOW y Politico como represalia por sus «fake news», otros medios se sumaron voluntariamente a la lista de vetados: CBS, ABC, NBC y Fox suspendieron toda cobertura de Trump mientras el presidente estaba en Nueva York. La respuesta de Trump fue anunciar su propia televisora, Trump TV, replicando la jugada que ya había hecho con Truth Social cuando las redes digitales lo vetaron. El sistema de medios estadounidense, en su conjunto, se le ha insubordinado.

Mas, en la práctica, sigue rigiendo en el mundo la ley del más fuerte, la ley del imperio. Las preguntas que Fidel hiciera hace muchos años permanecen sin respuesta: ¿Para qué sirven las Naciones Unidas?

Y a las reflexiones de Fidel pudiéramos agregar otras, en contexto. Si un emperador decrépito y corrupto puede decir que a Cuba no entre ni una gota de petróleo, ¿de qué orden, de qué derecho internacional estamos hablando? ¿De qué justicia y de qué valores nos van a hablar los que tiemblan de miedo ante el imperio, los que genuflexos acuden a su cita y se arrodillan ante sus mandamases?

Puede ser que en Canadá estén haciendo un paripé. Puede ser que los medios de prensa simplemente estén velando por sus propios intereses corporativos. Todo es posible en la “sociedad del espectáculo”. En definitiva, todavía en el mundo hay demasiada gente con miedo a Donald Trump, que sienten pavor ante el poderoso y decadente Estados Unidos.

De lo que sí estamos seguros es de que ese no es el caso de Cuba socialista. La delegación que se levantó y abandonó el plenario de la ONU no tiene miedo. El canciller que respondió en X minutos después no tiene miedo. El pueblo que sobrevive a un bloqueo de seis décadas, a una lista de terrorismo sin pruebas, a un cerco energético que busca apagarle hasta la luz, no tiene miedo.

Sucedió en Nueva York pero se decide en La Habana.

 

(*) Michel E. Torres Corona, abogado y comunicador cubano, conductor del programa «Con Filo» de la Televisión Cubana. Director del grupo editorial Nuevo Milenio, es además colaborador de varios medios de su país y el mundo.

(**)   Profesor Adán Iglesias Toledo, Dibujante Gráfico Cubano, Caricaturista Editorial y Director del Medio humorístico DEDETE del Periódico Juventud Rebelde, miembro de la UNEAC, la UPEC y la REDH (Capítulo Cuba). Colabora con varios medios de prensa en su país y en el extranjero. Autor de varios logotipos y campañas publicitarias, posee en su haber múltiples exposiciones individuales y colectivas, talleres e intervenciones nacionales e internacionales, y ha sido premiado más de 40 veces en su país y otros países.

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