Por Diego Duarte Calleja (*)
Hoy día, a pesar de los avances tecnológicos recientes como el gran descubrimiento de la
IA y otras herramientas, así como varios adelantos en materia de equipos y tecnologías
que facilitan el trabajo manual e intelectual, nos encontramos frente a una carga de trabajo importante. Lejos de ahorrarnos trabajo, las tareas no disminuyen, sino que muchas veces aumentan.
Conversando con compañeros de trabajo, amigos y familiares, uno advierte que la mayoría -independientemente del área en que se desempeñe y tarea que realice-, nos sentimos demasiado exigidos laboralmente. A la mayoría nos pasa que el día no nos alcanza, nuestra lista de pendientes se alarga cada vez más, debemos priorizar qué cosas realizar primero, cuáles dejar para más tarde, re agendar, marcar recordatorios y un largo etcétera.
La productividad es tan determinante que nos vemos absorbidos por el trabajo, por momentos nos encontramos despersonalizados, con culpa de sentirnos incapaces de realizar las tareas que se nos encomiendan, cansados, enfermos, angustiados y demás consecuencias claras de estar estresados laboralmente. Ni hablar cuando nos llevamos trabajo para nuestros hogares, respondemos a pedidos que nos hacen fuera de nuestro horario laboral, nos mostramos siempre disponibles, aceptando más trabajos y responsabilidades por “miedo” a no quedar mal, a quedar sin trabajo, a decir que no queremos o no podemos.
Lo curioso es que esto no termina con el fin de la jornada laboral. Hoy día se nos vende por todos lados que debemos estar siempre disponibles, atentos, informados, proactivos, capacitados y demás cuestiones; y en paralelo nos vemos bombardeados digitalmente con que debemos tener una vida saludable, cultivar nuestro buen humor, comer sano, hacer ejercicio, levantarnos temprano y acostarnos en hora, tomar sol, meditar, sociabilizar con amigos, tener nuestros hobby, compartir momentos de calidad con nuestras familias, etc.
La vida diaria se nos termina convirtiendo en una verdadera odisea. Pienso que quizá lo que necesitamos a veces, es decir: No. Simplemente: no puedo, no quiero, no me interesa, no me gusta, preferiría no hacerlo.
¿Hemos perdido la capacidad de decir que no? ¿Por qué sentimos que debemos explicar por qué no vamos, por qué no aceptamos, por qué no queremos ascender, por qué no contestamos un mensaje o por qué dejamos pasar una oportunidad?
Reflexionando sobre esto se me vino a la mente la novela: Bartleby el escribiente de Herman Melville publicada en 1853. El autor nació en Estados Unidos en 1819 y es conocido por su obra total: Moby Dick publicada en 1851. Una de las novelas más conocidas y comentadas sin dudas, no así tanto Bartleby el escribiente en donde se cuenta la historia de un abogado de Wall Street que contrata a un nuevo empleado para su oficina.
Bartleby es, al principio, un trabajador silencioso y aplicado. Copia documentos durante horas sin protestar. Hasta que un día su jefe le pide que revise junto a los demás empleados uno de los documentos copiados. Bartleby responde con una frase tan sencilla como desconcertante para todos: “Preferiría no hacerlo”.
No dice que no puede. Tampoco se enoja, protesta o reclama mejores condiciones laborales. Ni siquiera dice simplemente que no. Dice que preferiría no hacerlo. Y poco a poco comienza a utilizar la misma respuesta ante otros pedidos. Cada vez hace menos, hasta terminar prácticamente apartado de todo. Su negativa desconcierta a su jefe, que no sabe cómo reaccionar frente a alguien que se niega sin enfrentarlo, sin levantar la voz y casi sin dar explicaciones.

Quizá allí se encuentre una de las razones por las que Bartleby sigue resultando tan inquietante más de ciento setenta años después. Estamos acostumbrados a explicar nuestras negativas. Parece que decir que no requiere siempre una justificación, no puedo porque tengo otro compromiso, porque estoy cansado, porque tengo que cuidar a mis hijos, porque no tengo tiempo. Como si simplemente no querer hacer algo no fuera una razón suficiente.
Y pienso que quizás por eso mismo nos cuesta tanto decir que no. Vivimos en una época que habla permanentemente de libertad y de la posibilidad de elegir, pero que al mismo tiempo nos exige estar disponibles casi todo el tiempo. Incluso el descanso necesita muchas veces una explicación o una utilidad, descansamos para recuperarnos, dormimos para rendir mejor, hacemos ejercicio para ser más productivos y no enfermarnos, nos desconectamos para volver “renovados y cargar pilas”, etc.
Bartleby lleva su negativa demasiado lejos. Su “preferiría no hacerlo” termina convirtiéndose en una renuncia casi absoluta a participar del mundo. Por eso tampoco parece razonable transformarlo en un héroe de nuestro tiempo ni hacer de su actitud un ejemplo para vivir. Decir siempre que sí puede terminar agotándonos, pero decir siempre que no también puede terminar aislándonos.
Tal vez entre esas dos posibilidades exista un lugar más humano. Un lugar en el que podamos reconocer nuestros límites, aceptar que no llegamos a todo, dejar algunas cosas para mañana y entender que no todas las oportunidades tienen que ser aprovechadas, que no todas las invitaciones tienen que ser aceptadas y que no todos los mensajes necesitan una respuesta inmediata. Un lugar, también, donde podamos decir que no sin sentir inmediatamente la obligación de justificarnos, culpa o demás cuestiones.
Bartleby, desde aquella oficina de Wall Street imaginada por Melville en 1853, todavía parece incomodarnos con una frase extremadamente sencilla. Quizá porque en un mundo que permanentemente nos pide hacer más, llegar más lejos, aprovechar el tiempo y estar siempre disponibles, pocas respuestas resultan hoy tan difíciles como aquella que Bartleby repetía sin levantar la voz:
Preferiría no hacerlo.
(*) Diego Duarte Calleja es Licenciado en Trabajo Social (Facultad de Ciencias Sociales – Universidad de la República). Especialista en Estudios Urbanos e Intervenciones Territoriales por Facultad de Ciencias Sociales (UdelaR) y Doctorando en Estudios Urbanos por la Universidad Nacional de General Sarmiento UNGS de Bs As Argentina. Desde hace 10 años trabaja en MEVIR, Treinta y Tres