Por Ricardo Pose (*)
Nuestro pulso constante: entender la realidad, hallar explicaciones, en tanto la realidad es lo que nos rodea y el lugar de nuestro ser inmerso en un espacio externo, donde habitan las cosas y otros seres: la naturaleza, el hábitat.
Entender, el proceso de comprensión y aprehensión de esa realidad producto de la percepción de nuestros sentidos y la influyente subjetividad de la construcción social.
Éstas y otras incertidumbres filosóficas habitan en nosotros desde los albores de la capacidad de pensamiento y, cuando el Relato Oral dejó de ser suficiente, la narrativa de “como es” el mundo y la realidad debió ser plasmada en la escritura.
La escritura no solo era un “antídoto contra el olvido”; pudo ser utilizado como dogma, guía y ley, por grupos sociales de poder que necesitaban sociedades predecibles, domesticadas y domesticables.
El primer escrito de la Biblia hebrea (Antiguo Testamento) según los estudios académicos son los libros de Amós u Oseas, redactados a mediados del siglo VIII a. C. (aproximadamente entre el 760 y el 750 a. C.), una narrativa que impuso e impone para los sectores creyentes de la sociedad, no solo un conjunto de normas morales sino una “explicación” sobre lo que los humanos podemos percibir y sobre aquellas cosas sobre las que, a pesar del avance de la ciencia, la respuesta se halla en la obra de un ser sobre natural.
No será el único escrito sobre un dios monoteísta y los politeístas, y compartirá las “explicaciones” de la realidad y nuestra peripecia existencial con otras obras donde la letra impresa, la palabra fue ley. (el Corán, el Popol Vuh, etc.).
La escritura no ha desaparecido y no lo hará, pero de lo que hablamos es de la escritura como narrativa, y si pensamos (creyentes o no) en obras como la biblia, o los clásicos, hasta la narrativa en 240 caracteres de X…el panorama es desolador.
No se trata de jerarquizar la cantidad de palabras, por cierto, pero es imposible dejar de valorar la opacidad en el desarrollo del aprendizaje, con textos casi menos que telegráficos.

Byung-Chul Han
Para este filósofo, “desde Instagram hasta las aplicaciones de salud, el mundo moderno ya no permite una narración rica y compleja”, concluyendo que “las grandes empresas tecnológicas alteraron la narrativa”.
Le dejo la palabra al filósofo coreano, compartiendo una parte de su libro, “La crisis de Narración”: “nuestra era está saturada de información, obsesionada con los teléfonos y con la tecnología Chat GPT. El Homo sapiens ha degenerado en «phono sapiens» y ahora todos somos Gran Hermano. El teléfono inteligente es el catolicismo con mejor tecnología, un rosario moderno que es a la vez confesionario portátil y un eficaz aparato de vigilancia”.
Han escribió en su libro de 2017, Psicopolítica, que «el poder funciona con mayor eficacia cuando delega la vigilancia a individuos específicos. Elon Musk y Mark Zuckerberg no necesitan las ratas, las cámaras de tortura ni la propaganda constante que mantuvieron al Gran Hermano en el poder. Los magnates tecnológicos solo necesitan tu complicidad con tu propia opresión”.
En este nuevo libro, Han describe los efectos nocivos de esa degeneración en la narración de historias. Contar historias solía unirnos como comunidad alrededor de la fogata; nos conectaba con nuestro pasado y nos ayudaba a imaginar futuros esperanzadores. La pantalla digital ha reemplazado ese fuego, convirtiéndonos en individuos que representan versiones artificiales de nosotros mismos ante pares invisibles, adaptando nuestra apariencia, nuestras vidas y nuestras opiniones a las normas imperantes. «Esta forma inteligente de dominación nos exige constantemente que comuniquemos nuestras opiniones, necesidades y preferencias, que contemos nuestras vidas, que publiquemos, compartamos y demos «me gusta» a los mensajes», escribe Han.
“Éramos narradores de historias; nos hemos convertido en vendedores de historias”, dice, una frase que le gusta tanto que la repite con frecuencia en este libro.
Como bien dijo Han en otra ocasión, “los humanos degeneramos en órganos generativos del capital, reduciéndonos obedientemente a conjuntos de datos monetizables que pueden ser controlados y explotados, convirtiendo a Musk en uno de los hombres más ricos del mundo y reduciéndonos a proveedores de contenido para extender sus macabros modelos de negocio y los de sus contemporáneos. Utilizamos datos de frecuencia cardíaca de Fitbits para contar historias aburridas y simplonas sobre nuestros entrenamientos; adornamos el relato de nuestras vacaciones con selfies y fotos eróticas de la comida que tomamos en ese bar tan mono que encontramos, según los parámetros permitidos del tiempo libre humano, en Oslo. Algo se ha perdido en todas estas historias: nuestra individualidad, nuestra humanidad, nuestra capacidad de contar relatos convincentes en lugar de simplemente actuar. Y cuando no producimos historias, las consumimos”.
La narración política
La palabra escrita y la oral, forman parte del arte de la política; no es casual que los congresos y órganos legislativos también sean denominados Parlamentos, que los partidos políticos tengan sus propios periódicos con editoriales, y que haya una apuesta al liderazgo de un buen orador.
Pero, la decadencia también iba a llegar al perifoneo político en Uruguay, y a sus líderes políticos.
La izquierda uruguaya no ha vuelto a tener, desde 1985, un dirigente con la capacidad discursiva de Eleuterio Fernández Huidobro, y en el parlamento uruguayo se ha perdido una legión de excelentes exponentes, como fue toda aquella generación de políticos previo al golpe de estado y en los primeros años del restablecimiento del Estado de Derecho.
Quizás la forma narrativa de Pepe y Tabaré compartan un rango con el clásico formato de discurso político (el de Pepe con matices filosóficos), con Wilson Ferreira, Sanguinetti, el mismo Lacalle Herrera, discursos arropados en la impronta de líderes y caudillos de varios de ellos.
Cuanto más narrativa, más explicación, más fundamento necesitaban (y necesitan las actuales audiencias), los “asesores cerebrales” de las unidades de comunicación guiaron a los dirigentes a “comprimir” el relato político, para ajustarse a los mensajes en las redes sociales, (270 caracteres en X en un momento) o a las declaraciones a dar en la televisión y la radio.
En parte, el método era pragmático: para convencer de qué lista, qué candidato poner en la urna, con una buen imagen de éste y alguna que otra frase inteligente casi que alcanzaba; la fiesta de la mediocridad.
Quizás fue Mujica el más rebelde contra ese formato heredado del “show político estadounidense” que se instaló en nuestros debates y campañas políticas, pero esa forma de decir y de priorizar el “como decir”, no se aprende ni se hereda. Pero, se puede tomar en cuenta, que no implica caer en las absurdas imitaciones, que pululan por éstos días.
Aún hay una tibia esperanza
Una población más pendiente del celular que de la biblioteca (ese mueble cada vez más reducido e inexistente en los hogares), es el nicho preferido de la narrativa del neo fascismo, una narrativa que le habla a la emoción y no a la razón, y cuya cultura de la imagen sobre la palabra, es un aliado fundamental.
No es necesario siquiera que mientan; una sociedad cansada, hastiada y temerosa que busca refugio en la religión y al mismo tiempo en la evasión de la droga, o el consumo excesivo de las redes sociales o los libros de autoayuda, es funcional al mensaje fascista que se erige en la “cima de la montaña, sobre un pueblo de incautos, y convencidos discípulos”.
Un 57 % de los uruguayos se informa a través de internet. Un 28 % en redes sociales, 16 % en portales digitales y un 13 % en diarios digitales. Un 30 % emplea la televisión para informarse y un 11 % la radio. Tan sólo un 1 % lee diario papel.
En Uruguay, poco más de la mitad de la población (entre el 51% y el 52,4%) leyó al menos un libro en el último año, según datos de la Cámara Uruguaya del Libro y encuestas recientes de la consultora Nómade. Esto significa que casi la mitad de los uruguayos (cerca del 48%) no leyó ningún libro en ese periodo.
¿Que leen los uruguayos?, Fuente Cámara Uruguay del Libro.
Por supuesto que el sólo hecho de leer no es un antídoto contra las narrativas neofascistas; ellos también leen, escriben, y hacen gala del hábito de la lectura, en tanto consolida la Dictadura Ilustrada.
Una de las exponentes uruguayas de la narrativa neo fascista es Mercedes Vigil; consultada en un reportaje sobre cómo nació su pasión por escribir, pone como ejemplo lo que podemos denominar “el galardón a la meritocracia, desde una aporofobia controlada”: “Cuando tenía diez años, allá por 1880, escribí un cuento corto de doscientas cincuenta páginas, en el que un niño pobre encontraba un jabón mágico que eliminaba el olor a pobreza de él y de toda su familia. El padre usaba el jabón y como ya no olía mal lo contrataban como portero en un edificio. La madre usaba el jabón y podía entrar a trabajar como criada en una mansión. El niño usaba el jabón y podía ir a revolver los contenedores de basura de los barrios ricos sin que los vecinos lo echaran a patadas. Envié el cuento al diario El Observador y les gustó tanto que lo publicaron. En ese momento supe que lo mío era escribir. Desde entonces lo hago sin parar.”
Esto posiblemente no represente una realidad preocupante y palpable para los lectores de Mate Amargo, pero el desafío está presente, cada vez con mayor fuerza.
(*) Ricardo Pose, es Periodista en: Mate Amargo, Caras & Caretas, Ceiba Periodismo con Memoria; Coordinador WEB Telesur; Columnista de El Otro País, periódico España; y radial en Cadena del sol (Rocha-Uruguay), Radio Gráfica de (Bs. As.-Argentina), Voces en Conversa (Maracaibo-Venezuela). Blog personal «El Tábano». Participa en Foros de debates de Lauicom (Universidad de la comunicación Venezuela). Integra la RedH capítulo Uruguay y la Dirección (suplente) del Sector Prensa Escrita de la Asociación de la Prensa Uruguaya (APU).