Volviendo a nuestras raíces: el pacto de silencio y la transmisión oral

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Por Mónica Alejandra Puleri Campos(*)

 

¿Cómo sabemos que somos descendientes indígenas? En un país que se pretende «sin indios», ¿qué reconoce el Estado uruguayo?

Para responder, no basta con mirar los libros de historia oficial; hay que remontarse a las entrañas del Abya Yala, a las invasiones, a la llegada de Colón y a ese relato escolar que nos enseñaron a repetir de memoria, como loros. Pero por debajo de esa historia escrita con sangre ajena, late otra: la historia del silencio impuesto.

Apenas nueve meses después de jurar la Constitución, el primer presidente, General Fructuoso Rivera, ideó y ejecutó la convocatoria bajo la falsa promesa de necesitar a los indígenas para cuidar las fronteras y defender la patria. Fue así que «Don Fruto» —como lo llamaban nuestros Ancestros— convocó a los principales caciques y líderes charrúas: El Venado, Rondeau, Senaqué (sabio y guía espiritual), al cacique Polidoro y al valiente Vaimaca Perú, exsoldado de José Artigas.

La cita fue a orillas del arroyo Salsipuedes, cerca de Durazno. Hubo abrazo de hermano, asado y alcohol; pero detrás de la reunión se gestaba la perfidia. La señal para iniciar la emboscada fue el primer disparo dirigido hacia el cacique El Venado. Entre el estruendo y la traición de las tropas lideradas por Bernabé Rivera —sobrino del presidente—, resuena hasta hoy la frase desgarradora que exclamó Vaimaca Perú:

«¡Fruto, matando amigos!»

Así fue diezmado nuestro pueblo: los hombres asesinados en el suelo nativo —o capturados para terminar siendo exhibidos en París, como le ocurrió a Vaimaca y a Senaqué—. Cientos de sobrevivientes, fundamentalmente mujeres y niños, fueron traídos a pie en marchas forzadas a lo largo de más de cuatrocientos kilómetros hasta Montevideo. Allí, en la capital del Estado naciente, se perpetró el reparto sistemático: niños despojados de sus madres y entregados a familias patricias y jefes militares de la época para servir como mano de obra esclavizada, peones o servidumbre doméstica; jóvenes entregadas como mancebas a los patrones de las estancias.

El pacto sagrado del silencio

Allí, en la humillación del despojo y la esclavitud, nació la resistencia que hasta hoy perdura. Las madres que pudieron —bajo un estricto y sagrado pacto de silencio— enseñaron a sus hijos la cultura, abrazando muchas veces la religión cristiana como un escudo para proteger y ocultar los saberes ancestrales. Se perdían en la fronda de los montes para recoger las hierbas medicinales, guardando en el pecho y transmitiendo de boca en boca lo que los antiguos habitantes de esta tierra sabían y practicaban desde hacía miles de años.

Esos yuyos medicinales, esa medicina de la tierra, nos llegan hoy a través de los brazos y la memoria de nuestras abuelas y abuelos. Allí donde muchas veces la ciencia no halla respuesta, ellos conservan la solución. Seguimos compartiendo con nuestros hijos, hijas, nietos y bisnietos este saber antiguo que sobrevivió al genocidio, al etnocidio y al reparto forzado; el mismo que logró cruzar la sombra oscura de la dictadura militar, cuando reconocerse parte de la gran Nación Charrúa bastaba para ir a dar a la cárcel.

 

El hito del reencuentro y la siembra

Hoy caminamos todavía junto a nuestra inchala Elena Santana y junto a tantas otras mujeres indígenas que continúan trabajando en el silencio y en la acción. Hablar de Elena Santana —quien junto a su hermano forma parte de la memoria viva de «el malón de los hermanos Santana»— es nombrar un pilar fundamental en la historia contemporánea de nuestro pueblo.

Fue ella la primera mujer en lograr el contacto con la hermana en Entre Ríos y emprender la búsqueda valiente de sus raíces. Con determinación, tras escuchar sobre los descendientes indígenas en Flores, Paysandú y Soriano. Elena no solo marcó un hito: fue la primera mujer en comenzar la lucha de estos tiempos, fue la impulsora y fundadora junto a otros hermanos, de ADENCH, Asociación de descendientes de la Nación Charrúa.

El silencio no siempre es ausencia de sonido; muchas veces ha sido el refugio donde guardamos la memoria para que sobreviviera a la tormenta. Durante generaciones, las historias de nuestras abuelas, los saberes sobre el monte nativo y el dolor del despojo permanecieron al resguardo de las cocinas, entre el mate amargo y el calor de la tierra. Hoy, ese pacto de silencio se rompe para transformarse en palabra viva y en compromiso con el presente.

Caminar por nuestros territorios —sentir el pulso de las aguas, reconocer la medicina de los chañarales, los espinillos y las arueras— no es un acto del pasado. Es un ejercicio de soberanía cultural que nos llama a despertar. La resistencia de los pueblos originarios no habita únicamente en los libros de historia ni en las fechas de conmemoración; late en la vida cotidiana de cada comunidad que defiende su agua, su cultura y el derecho de sus niños a crecer con dignidad.

A lo largo de los años, el dolor de las ausencias y la constante lucha por la justicia nos han dejado en claro que el verdadero cambio nace desde la organización de base. No basta con recordar la historia; hay que continuarla. Es momento de alzar la voz frente a las desigualdades, de construir espacios donde la cultura ancestral dialogue de igual a igual con el presente y de garantizar que la memoria siga siendo la herramienta fundamental para transformar la realidad.

La tierra sigue hablando a través de sus ríos y de su monte. Escucharla es nuestro deber; honrarla con la palabra, nuestra responsabilidad.

 

(*) Mónica Alejandra Puleri Campos es referente del clan Rúa La-at Charrúa, de Migues-Canelones

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