Por Joaquín Andrade Irisity(*)
En el invierno de 1882, poco antes de morir, Karl Marx salió por única vez de las fronteras europeas. Su destino fue Argel.
Aquella experiencia, lejos de ser un simple retiro médico, muestra el giro de un pensador que rompió con sus propios sesgos pare entender la realidad de los pueblos oprimidos, legándonos una mirada que el eurocentrismo actual todavía prefiere ignorar.
Existe una idea instalada de que Karl Marx fue un intelectual puramente europeo, enfocado de forma exclusiva en las fábricas de Londres o París y convencido de que el resto del mundo debía seguir ese mismo camino industrial.
Sin embargo, los últimos años de su vida (y en particular sus semanas en el norte de África) desmienten esa caricatura plana y nos devuelven a un pensador profundamente conmovido y transformado por la periferia global.

Si bien en sus primeros textos de juventud asomaba cierta visión lineal de la historia, sus últimos años de vida muestran una transformación rotunda.
Quienes insisten en encasillarlo como un pensador ajeno a las realidades coloniales pasan por alto un hito fundamental: su viaje al norte de África en 1882.
Enfermo de gravedad por una bronquitis crónica que terminaría con su vida apenas un año después, Marx decidió cruzar el Mediterráneo buscando un clima cálido y seco para aliviar sus pulmones.
Llegó a Argel en febrero de ese año. Fue la primera y única vez que pisó un territorio fuera de Europa.
Pero lejos de recluirse a descansar, el pensador se dedicó a observar con ojos militantes el violento escenario de la ocupación francesa.
En sus cartas familiares, Marx dejó un testimonio directo de la realidad argelina.
Lo primero que denunció fue el racismo institucional de los colonizadores. Describió con indignación que para las autoridades francesas los árabes simplemente no existían como seres humanos, estableciendo una división tajante basada en la prepotencia y la opresión.
Al mismo tiempo le llamó la atención la dignidad y el profundo sentido de igualdad social de los argelinos, quienes se negaban a agachar la cabeza ante los abusos de los ocupantes.
Más allá de la crónica humana, Marx analizó el fondo económico de la colonización. Observó de cerca cómo las leyes francesas buscaban destruir las formas ancestrales de propiedad comunal de la tierra que unían a las tribus locales.
Entendió que la estrategia colonial era dividir esas tierras colectivas en parcelas individuales para poder comprarlas, vencerlas y confiscarlas con facilidad
En sus propias cartas de Argel, advertía con indignación que «la propiedad privada de la tierra conduce necesariamente a su fragmentación y al endeudamiento de los campesinos», viendo cómo el capital destruía deliberadamente las bases de la cooperación tradicional para someter a los nativos a las reglas del mercado.
En sus investigaciones de 1879 sobre las sociedades precapitalistas había estudiado las formas comunales de propiedad de la tierra a partir de los trabajos del antropólogo ruso Maskim Kovalevsky.
Ahí encontró un problema fundamental: la expansión de la propiedad individual podía convertirse en un instrumento para destruir las bases materiales de las comunidades tradicionales.
No se trataba simplemente de una transformación jurídica o de una modernización de las relaciones económicas.
La individualización de la tierra también podía servir a los intereses políticos de los conquistadores, debilitando los vínculos comunitarios y facilitando la apropiación colonial.
En sus apuntes sobre Kovalevsky, Marx identificó precisamente cómo la individualización de la propiedad podía contribuir a destruir los fundamentos de aquella sociedad.
Esta preocupación permite comprender que su interés por las formas comunitarias de organización no era una curiosidad antropológica, sino parte de una reflexión sobre las distintas trayectorias históricas y las posibilidades de transformación social.
La cuestión colonial también aparece con crudeza en sus cartas desde Argel. El 8 de marzo de 1882, al escribirle a Engels, Marx reprodujo el testimonio de su conocido Albert Fermé, un juez que le había relatado las prácticas de tortura policial utilizadas para obtener confesiones de los árabes.
También describió cómo las familias de los colonos podían exigir castigos colectivos contra personas inocentes, incluso después de que los verdaderos responsables de un delito hubieran sido detenidos.
Marx no ahorró calificativos para describir esa situación. En esa misma correspondencia escribió que el colono europeo, instalado entre los pueblos que consideraba inferiores, generalmente se creía más inviolable que el propio emperador alemán.
Y agregó una observación todavía más contundente: los británicos y los holandeses superaban incluso a los franceses en arrogancia y crueldad hacia las poblaciones sometidas.
No era una demanda abstracta del colonialismo: era el reconocimiento de que la dominación europea se sostenía también mediante la violencia cotidiana, la desigualdad jurídica y la deshumanización de los pueblos conquistados.
Hay, además, otro aspecto especialmente revelador de aquellas cartas. Marx quedó sorprendido por determinadas formas de igualdad en las relaciones sociales entre los musulmanes, donde las diferencias de riqueza y vestimenta no parecían traducirse necesariamente en las mismas jerarquías de trato que observaba en Europa.
En una de sus cartas a su hija Laura llegó a destacar que la igualdad en las relaciones personales constituía un rasgo característico de esta sociedad.
Sin embargo, sería equivocado convertir estas observaciones en una idealización romántica del mundo árabe.
Marx conservaba algunas categorías y prejuicios propios de su época. Lo importante es que sus experiencias y lecturas lo llevaron a conocer realidades históricas que no podían reducirse a una simple repetición del desarrollo europeo.
Esta cuestión adquiere una dimensión todavía mayor cuando se observa su trabajo intelectual de los últimos años.
En sus investigaciones sobre Rusia, las comunidades rurales y las formas comunales de propiedad, Marx comenzó a cuestionar que todos los pueblos deberían atravesar necesariamente las mismas etapas históricas que había experimentado Europa occidental.
En su correspondencia de 1881 con Vera Zasúlich, a propósito de la comuna rural rusa, llegó a plantear que esta podía convertirse en un punto de partida para una transformación social, sin tener que reproducir inevitablemente todo el recorrido del capitalismo occidental.
No era una renuncia a su crítica al capitalismo, sino una ampliación de sus posibilidades históricas.
El viaje a Argel no produjo por sí solo esta transformación intelectual, ni Marx tuvo tiempo o condiciones de realizar ahí una investigación sistemática. Su salud se lo impedía.
Pero sus cartas, sus estudios etnológicos y sus reflexiones sobre las comunidades no europeas, forman parte de un mismo problema: cómo pensar la emancipación humana sin convertir la experiencia histórica de Europa en una ley universal.
En tiempos de que América Latina sigue discutiendo su autonomía, recuperar este Marx tardío no es simple erudición.
Su último viaje fue, ante todo, la oportunidad de reconocer los límites de una mirada exclusivamente europea: acá reside la clave fundamental para releer el marxismo desde nuestra propia realidad.
(*) Joaquín Andrade Irisity es estudiante avanzado del Profesorado de Historia en el IPA y de Comunicación Social en UTU, escritor y periodista en formación
Foto de portada: Izquierda: La última fotografía de Karl Marx, tomada por E. Dutertre en Argel en 1882. Colección BG A9/383 .. Derecha: Fotomontaje de época que recrea el aspecto de Marx tras afeitarse la barba en Argelia, basado en las cartas que le envío a Engels
Bibliografía
Anderson, K. B. (2024). Marx en los márgenes: Nacionalismo, etnicidad y sociedades no occidentales. Radical Books.
Marx, K. (2021). Cartas desde Argel, 1882 (A. Narváez León, Trad. y Ed.; L. Fernández Cordero, Pról.). Nadar Ediciones.
Marx, K. (2018). Cuaderno de Kovalevsky (1879). En Comunidad, nacionalismos y capital: Textos inéditos. Vicepresidencia del Estado Plurinacional de Bolivia.
Musto, M. (2025). Los últimos años de Karl Marx: Una biografía intelectual, 1881-1883 (J. Rabasseda Gascón y T. de Lozoya, Trads.). Debate.