Batlle y Saravia: más allá de solo dos contiendas

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Por Colectivo Histórico “Las Chirusas”(*)

 Por Joaquín Andrade Irisity(**)

 

La historia oficial uruguaya, construida desde las aulas y los discursos oficiales, suele ser profundamente binaria.

Durante décadas, la narrativa de los manuales tradicionales nos acostumbró a una simplificación cómoda: de un lado José Batlle y Ordóñez, el paladín de la civilización, la ley, las instituciones y el progreso moderno; del otro Aparicio Saravia, el caudillo bárbaro, el rezago anacrónico del siglo XIX, la lanza levantada contra el orden estatal.

Desde la vereda opuesta, el mito blanco invierte la carga moral con la misma rigidez: Saravia es el mártir de la libertad y el voto secreto, mientras que Batlle es el «doctorón» autoritario, centralista y fraudulento del puerto de Montevideo.

Pero para una lectura crítica de nuestra historia, el binarismo de «buenos contra malos» resulta estéril y no sirve ni para armar un relato.

Reducir la Revolución de 1904 a una pulseada de egos o caprichos individuales es tapar las tensiones de clase y de soberanía que cruzaban al Uruguay de entonces.

Lo que se jugó el cuero en las trincheras de Aceguá, Tupambaé y Masoller no fue un asunto de bando contra bando; fue el choque violento de dos proyectos de país legítimos, contradictorios y, a la vez, profundamente necesarios para que terminara de nacer el Uruguay moderno.

Dos divisas, muchos Uruguay

 

El problema empieza cuando intentamos poner a cada uno en un casillero. Batlle sería el Partido Colorado y la ciudad; Saravia, el Partido Nacional y la campaña. Batlle, el Estado; Saravia, el caudillo. Batlle, la modernización; Saravia, la tradición.

Pero el Uruguay de comienzos del siglo XX era bastante más incómodo que esa fotografía.

Las divisas no eran bloques homogéneos. Dentro del coloradismo convivían tradiciones y proyectos distintos, y el ascenso de José Batlle y Ordóñez significó también una transformación profunda en su propio partido.

No todos los colorados eran batllistas, del mismo modo que no todos los blancos eran saravistas.

La política uruguaya estaba atravesada por rivalidades personales, diferencias regionales, intereses económicos y distintas maneras de entender cómo debía ser la República.

La propia llegada de Batlle a la Presidencia muestra

En 1903 no existía todavía ese Partido Colorado compacto que retrospectivamente construyó la memoria batllista.

Su gobierno tuvo que moverse dentro de un sistema político en el que las lealtades partidarias podían cruzarse con acuerdos circunstanciales, enfrentamientos internos y negociaciones con sectores de la oposición.

Del otro lado ocurría algo similar.

Aparicio Saravia podía convertirse en el gran jefe de las patriadas, pero el ejército que lo seguía no era una representación perfecta del Partido Nacional ni mucho menos de una expresión homogénea del mundo rural.

En sus filas había paisanos, peones, pequeños propietarios, caudillos locales y hombres movilizados por antiguas lealtades políticas. Pero también existían, detrás de estos levantamientos, grandes propietarios rurales cuyos intereses no necesariamente coincidían con los de quienes combatían bajo sus órdenes.

Por eso capaz conviene mirar 1904 no como una pelea entre dos modelos de país perfectamente definidos, sino como el momento en que distintas formas de poder se enfrentaron por definir qué Uruguay iba a sobrevivir al siglo que entraba.

El Cordobés y Montevideo

Hay una imagen que permite comprender esta disputa: mientras Montevideo centralizaba los ministerios, el Parlamento y la burocracia estatal, la estancia El Cordobés de Saravia funcionaba como centro alternativo de poder que no dependía de cargos institucionales.

La distancia entre ambos puntos era más que geográfica: era una distancia entre dos maneras de ejercer la política separadas por una frontera interna insalvable.

El error suele ser mirar este choque como una falta de diálogo, como si el problema hubiera sido la incapacidad de sentarse a negociar un consenso pacífico.

Pero muchas veces la política real no funciona así: no se edifica sobre conversaciones armoniosas. El orden social nace del conflicto y de la necesidad de trazar una línea implacable entre un nosotros y un ellos.

En 1904 no faltaba comunicación: lo que pasaba era que la existencia de un proyecto exigía, necesariamente, la exclusión del otro.

Ese choque, además, astillaba a los propios bandos por dentro, demostrando que ningún espacio era homogéneo:

– Las patriadas no eran solo «el campo». Convivían bajo la misma divisa el peón rural perjudicado por el alambramiento y el gran estanciero que defendía su autonomía

frente al fisco. Sus intereses sociales eran distintos, pero la frontera política los unificaba frente al enemigo común.

– El batllismo no era solo «Montevideo». José Batlle y Ordóñez debió construir su hegemonía a la fuerza, enfrentando a sectores de su propio partido que rechazaban su reformismo. Su proyecto fortalecía el rol social del Estado en las ciudades, pero dejaba intacta la estructura de la propiedad rural.

Sin embargo, reducir esta cohesión a un simple cálculo de intereses económicos sería omitir la fibra más íntima del conflicto.

Lo que unía a estos fragmentos sociales era también el peso de la divisa: una cultura política y afectiva profundamente arraigada, donde la identidad partidaria se heredaba y se vivía como una pertenencia sagrada.

El color del trapo en el sombrero cargaba con una mística y una memoria emocional compartida que lograba amortiguar, al menos por un tiempo, las diferencias de clase.

Se peleaba por la autonomía o por el Estado, si, pero sobre todo se peleaba por orgullo y tradición.

Por eso, Batlle y Saravia no eran dos extremos opuestos que no supieron entenderse.

Eran las cabezas de un momento puramente antagónico, donde distintas formas de poder asumieron que la única forma de definir qué Uruguay iba a sobrevivir al siglo que entraba era ganando la pulseada por la hegemonía.

Hoy en día, esa frontera interna se ve cada vez más difusa desde las dos cúpulas dirigenciales.

Los partidos más viejos del continente se mantienen entre la nostalgia folclórica de lo que alguna vez fueron y una realidad que expone más concordancias que diferencias.

Tanto en la época de Batlle y Saravia como hoy, la historia es más compleja de lo que se muestra.

En el contexto actual, recordar la pulseada entre Batlle y Saravia se vuelve importante para entender que la historia no siempre la hacen los consensos chatos, sino los proyectos reales que se animan a confrontar.

 

(*) Joaquín Andrade Irisity es estudiante avanzado del Profesorado de Historia en el IPA y de Comunicación Social en UTU, escritor y periodista en formación

 

  • Referencias bibliográficas
  • Barrán, P. (1998). Apogeo y crisis del Uruguay pastoril y caudillesco.

Ediciones de la Banda Oriental.

  • Grompone, M. (1984). La ideología de Batlle. Librosur.
  • Laclau,yMouffe,C.(1987).Hegemonía y estrategia socialista. Hacia una radicalización de la democracia. Fondo de Cultura Económica.
  • Méndez Vives, (1998). El Uruguay de la modernización. Diario La República.
  • Mena Segarra, E. (1977). Aparicio Saravia: Las últimas patriadas. Ediciones de la Banda Oriental.
  • Nahum, (s.f.). La época batllista. Ediciones de la Banda Oriental.
  • Quirici Franzi, (2023). Uruguay siglo XX. Ediciones de la Banda Oriental.
  • Trías, (1988). Los caudillos, las clases sociales y el imperio (Vol. 1). Ediciones de la Banda Oriental.

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