De los aplausos del establishment a una economía que se desangra

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Por Andrés Correa (*)

Portada Adán Iglesias Toledo (**)

 

En los estrados del Council of the Americas, Javier Milei desplegó una performance habitual: adjetivación feroz contra todo consenso académico que no comulgue con su marco teórico, despliegue de tecnicismos macroeconómicos y aplausos del establishment financiero. Ante ejecutivos y analistas, el Presidente celebró el desplome de la inflación, el superávit fiscal y un crecimiento supuesto que, según sus proyecciones, superará los estándares de la OCDE. Sin embargo, en las calles de la economía real, las variables macroeconómicas convergen en un síntoma insostenible: el ahogo del consumo y el endeudamiento sistémico de las familias.

El divorcio entre el relato oficial y las métricas cotidianas plantea un interrogante central: ¿es el modelo libertario una reestructuración de la competitividad o un esquema especulativo sostenido sobre la licuación del ingreso popular?

El relato oficial y su impacto en la calle

Durante su discurso, Milei acusó a economistas y periodistas de padecer «pobreza analítica», sosteniendo que el consumo privado y el PBI atraviesan récords históricos gracias al ajuste fiscal más drástico de la historia reciente.

Sin embargo, los indicadores alternativos y los registros de las entidades crediticias exponen una realidad contrapuesta:

La distorsión del Índice de Precios al Consumidor (IPC): Mediciones de centros universitarios y de consumo masivo advierten que la canasta representativa del INDEC no capta la totalidad de los incrementos en tarifas de servicios públicos, transporte y prepagas, reduciendo artificialmente la medición de la pérdida del poder adquisitivo real.

Mora crediticia en ascenso: La Central de Deudores del Banco Central (CENDEU) registra que cerca de 2,4 millones de personas se encuentran en situación de mora por montos inferiores a un salario mínimo. El porcentaje de deudores con cuotas atrasadas o saldos impagos alcanzó el 28,3%, duplicando los registros de dos años atrás.

El financiamiento del alimento: El crédito no se orienta a la inversión productiva ni a la compra de bienes durables, sino a financiar el costo corriente de la canasta básica familiar mediante tarjeta de crédito o préstamos personales.

 

 El motor del modelo:

El núcleo de la crítica económica al programa de Gobierno reside en la caída brutal del poder adquisitivo que nunca se recuperó. También en el equilibrio del esquema cambiario-financiero. El «éxito» de la desaceleración inflacionaria se apoya en un ancla doble

El plan tiene un dólar planchado que contiene los precios de los bienes transables pero deteriora la competitividad industrial y ahoga a las PyMEs.

 La vigencia del carry trade, donde capitales financieros ingresan dólares, los convierten a tasas en pesos que le ganan a la devaluación crawl y luego vuelven a dolarizarse, genera una rentabilidad extraordinaria para los fondos internacionales a costa de incrementar la deuda futura y descapitalizar el entramado productivo.

Hasta los viejos gurúes de la city porteña —aquellos economistas de traje oscuro que durante dos años celebraron la disciplina fiscal desde los canales de cable— han comenzado a carraspear con incomodidad. Miguel Ángel Broda avisa que los motores de la economía están «averiados»; Fernando Marull admite que el invierno económico viró de tibio a helado; y Domingo Cavallo advierte desde su blog que la trampa del dólar barato terminará cobrándose la paciencia de las reservas. La masa salarial en pesos no alcanza para consumir lo que la Argentina fabrica, pero el costo en dólares de producir en el país ha vuelto inviable cualquier intento de exportar algo que no brote directamente de la tierra o del subsuelo.

Destrucción creativa o desindustrialización

Milei apela en su discurso a la «destrucción creativa» de Joseph Schumpeter y cita a neoschumpeterianos para justificar el cierre de empresas e industrias tradicionales. Según la narrativa oficial, la quiebra de ciertos actores no es más que la reasignación libre de recursos hacia sectores hipercompetitivos como el extractivo (Vaca Muerta, minería y agro).

En la Argentina actual, los sectores extractivos son intensivos en capital pero marginales en la absorción del empleo formal masivo. La desregulación asimétrica produce una masa salarial en declive, aumento de la informalidad y un traspaso de ingresos desde las familias hacia el sector financiero y los grandes operadores de servicios.

El célebre superávit fiscal —la piedra angular sobre la que se erige la fe libertaria— revela así sus costuras más precarias. Se trata de un equilibrio de «base caja», una maniobra contable que confunde no pagar con no deber. Las facturas postergadas a las empresas generadoras de gas, los compromisos diferidos con las provincias y la acumulación de deuda flotante demuestran que el Estado nacional ha saneado sus balances haciendo exactamente lo mismo que las familias acorraladas: tirando los cupones de la luz dentro del cajón de la cocina y fingiendo que la noche no va a llegar.

 

El ajuste como deber moral y la deuda como condena

El discurso presidencial intenta clausurar la discusión técnica trasladándola al plano ético, definiendo el ajuste como un «deber moral» y acusando de corruptos a quienes cuestionan el desmantelamiento de los esquemas de protección nacional.

Sin embargo, se impone evaluar la consistencia de un programa no por sus principios dogmáticos, sino por sus resultados materiales. Un modelo que reduce la inflación deteriorando el consumo masivo, que sostiene el equilibrio fiscal bajando el valor real de salarios y jubilaciones, que alimenta las arcas de la especulación financiera a costa del sobreendeudamiento de las familias, avanza hacia convertir la ansiada «tierra prometida» en un desierto productivo.

Al finalizar el invierno de 2026 en Argentina, el orden consiste en mantener el tipo de cambio congelado a costa del empleo industrial y comercial, además garantizar el pago de la deuda financiera congelando el consumo popular. 

La propaganda oficial persigue demostrar las bondades de una inflación sin grandes fluctuaciones, el dólar amarrado y una aparente paz social. La multitud contiene el aliento. El gobierno sonríe para los fotógrafos, pero en la penumbra de los ojos de los miembros del gabinete se adivina el terror de saber que la gravedad no perdona, que los brazos están cansados y que el estrépito de la esperanza contra el suelo es solo una cuestión de tiempo.

 

(*) Andrés Correa, Periodista argentino-uruguayo, director y conductor principal del Programa Radial «De Fogón en Fogón», corresponsal de Mate Amargo en Buenos Aires, Argentina.

(**) Profesor Adán Iglesias Toledo, Dibujante Gráfico Cubano, Caricaturista Editorial y Director del Medio humorístico DEDETE del Periódico Juventud Rebelde, miembro de la UNEAC, la UPEC y la REDH (Capítulo Cuba). Colabora con varios medios de prensa en su país y en el extranjero. Autor de varios logotipos y campañas publicitarias, posee en su haber múltiples exposiciones individuales y colectivas, talleres e intervenciones nacionales e internacionales, y ha sido premiado más de 40 veces en su país y otros países.

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