El hombrón afincaba sus doscientas libras en el arma

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Memoria de alguien y de todos.

Historia de un correo imaginado de las tropas rebeldes

Por Katiuska Blanco (*)

Humberto Lázaro Miranda Ramírez. LAZ (**)

 

Yo lo veía alambicado al mirar por la ranurita del escopetón viejo y ruidoso. El hombrón afincaba sus doscientas libras en el arma, miraba, medía, calibraba la distancia, luego se ajustaba los lentes de montura de carey para aminorar la miopía y arrimaba los cristales a la mirada limpia, amanecida sin ahumaderas ni nubarrones. Disparaba y con el disparo se alzaba la espantada de pájaros, alas de mariposas y polvo de hojas, chirriaban los grillos, se escondían los lagartijos y rodaban de una sola escapada todos los goterones de rocío. El tiro se moría, rápido, languidecido en un tronco de marañón alabeado, con ese vicio que tienen los palos de combarse en el lomerío.

Yo llevaba y traía papelitos garabateados que no entendía, pero eso sí, me aventuraba por los caminos con entendimiento de trillos y atajos, a sabiendas andaba por la palma de mi mano, y a mis modos, sin muchos rebuscamientos, comprendía bien, afabricaba los aconteceres de sólo echarle una ojeada a lo suceder sucedido.

Esta vez había emprendido la marcha en lo oscuro y después, la mañana levantó anubarrada, como olvidada del azulado, y yo sentía entumidos los huesos, pero seguía subiendo las angosturas resbaladizas del fanguizal empinado. En la Comandancia, la escalada era más fácil por los peldaños de madera y las barandas de Marpacífico que Celia mandó a plantar para que los soldados rebeldes no rodaran al bajío en lo tupido de la noche, cuando el humo no delataba las posiciones y estaba preparada la comida, arriba en la cocina, situada junto al brocal donde el arroyo era todavía un caudal estrecho, recién nacido en la altura.

Así como estaba yo, pormenorizaba al Comandante y él permanecía quietecito en aquello de marcarle el rumbo a  los tiros de arma. Contaría unos 32 años y ya no tenía la barba rala de las primeras semanas en campaña. A pesar de su robustez, sus manos eran huesudas: las llevaba de los espejuelos al disparador una y otra vez. Se tapaba de la frialdad con dos camisas, una sobre la otra; fumaba y mascaba tabaco, y a mi figurao, tenía a la cintura una browning, la cantimplora y una canana de balas que ponía más peso y torpeza a sus zancadas si se movía de lugar para alcanzarse el fusil de mira telescópica. Fijaba el ojo a la hendija y consultaba con cierta impaciencia los dos relojes en la muñeca izquierda. Poco antes de un combate se le descompuso el suyo y resultó a ver no sabía la hora y había indicado tirar parejo y esperar por él para la iniciada en el momento justo que no lograba adivinar en el silencio del aire.  Desde entonces usaba dos relojes para no quedar a la deriva del tiempo detenido. Solo una vez recordaba una sensación de desconcierto igual, cuando el yate Granma navegaba en el mar con una lentitud no calculada en las tranquilas aguas del río Pantepec, en México, y él había maldecido su ingenuidad poco previsora.

Desde los días abrileños finales se notaba el revuelo de la aparición de unos diez mil soldados de la tiranía batistiana por todos los contornos de la Maestra, y demasiado movimiento sigiloso de nosotros – éramos unos 300 hombres- y muchas defensas aparecidas y desaparecidas un día aquí y otro allá, y yo figurándome que el hombrón ya lo pensó todo con anticipo para evitar encontronazos de frente con el enemigo, y juntar a nuestra gente de nuevo, a la vuelta de por acá, donde la Columna 1.

En ese ensimismamiento de lo imaginado estaba cuando se me acercó, saludó cumplido y mando a pasar a la cabaña. Celia trajinaba al fondo y colaba café en un espacio estrecho de  celosías de madera, como balcón a la barranca, en la caída de la montaña hasta el arroyo, y por un costado, una escalerita de sube y baja por si se quiere aislar la casa, asentada en troncos de carolina secos en su espesura, en su altivez, y reverdecidos bajo tierra; la casa de cobija de guano sin puertas, con paredes como alas de cedro, levantadas o no desde dentro. En la salita, los libros, papeles y mapas atiborraban los anaqueles, y el hijo pequeño sonreía desde las fotografías en la pared. De un lado, la mesa larga y los bancos de cuaba, y del otro, un refrigerador de kerosene con una herida calibre 50 en un flanco. Más allá, la habitación casi desierta porque dicen el Comandante se está brevemente y ya va saliendo de operaciones y regresa mucho después con el uniforme verde oliva pegado a las espaldas y un olor a ungüento de amargo de mil demonios.

Celia había llegado ese día primerita desde Las Vegas. Ella era para todos como el horcón del medio, también para él. Lo acompañaba en sus recorridos y era a su lado, como un ángel de la guarda. No se estaba quieta nunca y en un abaniqueo constante volaba siempre sin acusar cansancio ni detenerse. Junto a Che, el médico argentino, hacía de lugarteniente del Comandante, mandaba sin titubeos y trabajaba incansable en el suministro a la guerrilla. Ella apadrinaba los casorios campesinos, ahijaba los vejigos que le nacían a las lomas y cuidaba de nosotros con un cariño especial de flor y sombra.

Sin demorar, enseguidamente, pasé a cumplimentar mi encargo y saqué de la carterita de nailon el recado que traía para Fidel. Él repasó el mensaje con la vista, se haló la chiva en un gesto de hábito y me pidió esperar la contesta; pero primeramente reinició sus paseos crujientes sobre el entablado del piso y se volvió a los oficiales para terminar la idea poco antes suspendida como una rama de copal: “…no importa cuántos sean ellos, lo importante es la cantidad de gente que necesitemos para hacer invulnerable una posición…y lo otro, lo acostumbrado, retirarse, emboscar…” Yo escuchaba y me sentía en familia, sin remilgos me estaba allí y recordaba lo que dicen del hombrón, que vislumbra y conjetura derechamente todas las verdades astuciadas y sueños de justicia. Él descubre quién es quién de solo mirarlo fijo y augura siempre cosas buenas aunque tenga alucinaciones tristes. Por eso recibí sin azoramiento la aseveración del triunfo de la revolución cubana, tan tempranamente afirmada en sus palabras de la conversación ese día, en torno al café humeante y cálido de Celia Esther de los Desamparados, que nunca conocí persona mejor nombrada que ella. Cuando principié el regreso, yo iba seguro de que íbamos a capear el temporal del verano 58, preludiado con tiempo bastante para prepararnos y vencer. Él estaba convencido de cierto, y aún así, su impresión fue grande, confesada a sí mismo el último día de la guerra: “…son cosas, sensaciones que uno tiene, ya estaba la guerra ganada (…) pero hay algo… uno siente de repente un vacío, es la primera sensación que se experimenta cuando piensas que llevas dos años de guerra y de pronto aquel escenario cambió por completo: se acabó la guerra. Dos veces me pasó eso. La primera fue cuando liquidamos la ofensiva y vi que la victoria estaba al alcance de la mano…” Pero la vez de mi subida a la Comandancia General de la Plata, todavía no se habían desenvuelto los aconteceres y solo él veía más allá, con una certidumbre deducida y razonada, sin olvidar la clarividencia del corazón. Muchísimos menos podía yo imaginar entonces que, casi cuarenta años después, continuaría vivo, con todos los plomos de la guerra adentro, el tronco de marañón alabeado.     

 

(*) Katiuska Blanco Castiñeira (La Habana, 1964). Periodista y ensayista. Fue corresponsal de guerra en Angola y redactora del diario Granma durante más de diez años. Es autora de libros como Ángel, la raíz gallega de Fidel, Fidel Castro Ruz, guerrillero del tiempo. Conversaciones con el líder histórico de la Revolución Cubana, y Todo el tiempo de los cedros. Paisaje familiar de Fidel Castro Ruz.

(**) Humberto Lázaro Miranda Ramírez. LAZ. Cuba. La Habana. 1960-2025. Licenciado en artes visuales por el Instituto Superior de Arte. Caricaturista, historietista, ilustrador, caricaturista personal. Fue miembro del colectivo dedeté. Poseía entre tantos premios y reconocimientos la Distinción por la Cultura Cuabana.

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