Por Juana Francisca Gómez(*)
En la víspera de las Llamadas del Cerrito, uno de los encuentros más importantes que tiene la barriada en el año, conversamos con José Silva integrante del Centro Cultural Guyunusa para que nos cuente cómo se hilvana este espacio de organización vecinal.
Mate Amargo – ¿Cómo surge el espacio?
José Silva – Nosotros éramos un colectivo muy grande que se juntaba en la comparsa La Clínica, que era y es una comparsa con la particularidad de no consumo a la hora del toque.
Nosotros somos del Cerrito de la Victoria, al principio estábamos en la puerta de casa, luego nos fuimos para el lado de las viviendas de Chimborazo y General Flores un tiempo, otro tiempo para el lado de León Pérez y General Flores que son un par de cuadras, fuimos para la Plaza de Deportes N° 4. Así íbamos a diferentes lugares del barrio donde pudiéramos tener un baño y un lugar como para guardar las cosas.
Muchas veces éramos invitados por el Municipio a tocar gratuitamente en diferentes actividades. En un momento nos dijeron que había un espacio que era un comodato en San Martín y Santiago Sierra, que capaz que teníamos la posibilidad de ir a dar talleres ahí. Eso hicimos, ofrecimos dar talleres gratuitos de percusión, danza, plástica, había compañeras que eran profesoras de educación física, se lo planteamos a la comisión que había en ese momento y les gustó. Cada vez que abríamos el taller era populoso, porque veníamos con más de cien personas atrás.

Al mismo tiempo estábamos con la agenda del Municipio, íbamos a diferentes toques, en aquel tiempo estaba la carpa de la Intendencia que iba para todos lados, participamos en la Movida Joven.
Luego por distintos procesos, armamos una Asociación Civil, sin fines de lucro y nos presentamos al Municipio para gestionar ese espacio.
En aquel tiempo, mi hermana hacía todo el asesoramiento legal, para personas que tenían necesidad, compartimos la merienda y empezamos a mejorar el espacio físicamente.
Había gente en situación de calle que dormía bajo el alero, es un alero gigante el del mercadito, entonces empezamos un proceso con ellos para que pudieran ir a un refugio.
Desde ahí se armó una comisión, que es la comisión que está hasta el día de hoy aunque con algunos cambios, es una comisión de vecinos, usuarios activos que participan cotidianamente en las actividades. Ellos nos representan desde un lugar, desde el trabajo, y desde la buena voluntad. El abanico es grande porque se acercaron profesionales, psicólogas, amigas de mi hermana, que eran profesionales.

Ellas empezaron a dar contención a una cantidad de gente que en el 2012 estaba rota y que venía a todos lados: Casavalle, Borro, 40 semanas, Cerrito de la Victoria, porque en aquel tiempo no había otras propuestas, estas propuestas gigantes como por ejemplo el SACUDE, el Cedel, no existían.
La idea era que vos ibas a una actividad y si tenías algo para aportar, nosotros lo viabilizábamos, haciendo un espacio, y ahí se iban generando diferentes propuestas. Hasta el día de hoy es así.

M.A. – Pasaron más de 20 años…
J.S. – En estos más de 20 años han pasado generaciones, estudiantes de enfermería, la gente de la plaza de deportes, del centro de salud, el liceo, la escuela, con todos hemos proyectado diferentes cosas.
Por ejemplo, con las escuelas coordinamos los paseos culturales, con la Plaza de Deporte hacemos eventos grandes, como el Encuentro Inclusivo, festejo del Día del Niño, del Abuelo, festejo de todo tipo.
Tenemos algunos hitos que son grandes, el carnaval obviamente es masivo, cada vez que hacemos actividad viene mucha gente. Hacemos cuestiones culturales para potenciar a las personas. La salud siempre la tenemos muy presente. Nuestro lema sigue siendo “Cultura es Salud”.
Se logró un mix entre lo que es el centro por lo físico y la diversidad, los talleres que se fueron haciendo y la comparsa que siempre está empujando del carro.
Hubo un crecimiento colectivo porque además de la agenda de carnaval había objetivos personales de crecimiento.
Cuando en aquel tiempo empezamos a trabajar, yo solamente tocaba el tambor, y daba talleres de tambor. Hoy en día trabajo para la Intendencia, dando talleres en los barrios, soy profesor de batería, trabajo con discapacidad, es decir, a mí estas actividades me reforzaron muchísimo.
Después tengo un compañero que había salido, en ese momento, de estar preso por un error que había cometido, se rehabilitó, se reinsertó, le sirvió para conseguir trabajo, trabaja en mantenimiento ahora.
De ahí salían hasta propuestas de trabajo, en aquel tiempo, en el 2002, que no crecía ni el pasto.
El cumpleaños de alguien de la comisión que tenía un hijo y no tenía para alquilar un espacio, porque nosotros no lo alquilamos tampoco, pero para alguien de la comisión, la familia, le prestamos para que haga el cumpleaños.
Todas estas actividades aportan al crecimiento colectivo, es crecimiento para las personas, es tejido social.
Es un espacio que hace 20 años tiene actividades todos los días, diversas y gratuitas. No es un limitante que no tengas dinero. Después la persona si tiene un saber lo comparte. Desde ahí generamos otra actividad, de repente hay gente que trabaja en la construcción, hay gente que ha hecho experiencias de huerta, hay vecinos que vienen a traer al nene a una actividad, se va adentrando y termina haciendo cosas para el centro. Es un lugar que está abierto, que está en crecimiento, al no tener dinero, los avances para nosotros son muy lentos.
M.A. – En el viejo mercadito conviven otras propuestas…
J.S. – Nosotros teníamos un tercio. El otro tercio lo tiene un Centro Juvenil que tiene el apoyo de INAU. Hace poco hicimos otro comodato y agregamos ese otro tercio pero aún lo estamos recuperando, ya compramos las ventanas, pusimos los contrapisos, agua, electricidad.
Las organizaciones de la zona siempre nos están pidiendo el espacio por la convocatoria y por el espacio físico. El Centro de Salud trabaja con mujeres embarazadas, también van a hacer Terapia del Dolor, se reúnen con grupos de mujeres para fortalecer lo psicológico, lo social.
Es una coordinación bien cercana, por ejemplo la Plaza de Deportes también nos presta el gimnasio cuando tenemos actividades grandes.
Lo que pasa es que también en 20 años han ido cambiando las direcciones de las instituciones del Estado, hay algunas direcciones más abiertas a trabajar con la comunidad que otras.
Nosotros tenemos la debilidad de que no podemos ir a una reunión a la una del mediodía o a las dos de la tarde. Es difícil, porque lo tenemos que acompasar con los tiempos personales. Por lo general, nuestro centro empieza a trabajar a las cuatro de la tarde.
Temprano vienen los adultos mayores pueden hacer actividades a esa hora. Pero el grueso de la comunidad va después de las 4 de la tarde, cuando termina la jornada laboral o salen los gurises de la escuela. O los fines de semana que es cuando los vecinos pueden.
Pero por eso son diferentes los espacios que manejan los vecinos, que están al lado de la gente, que hay dificultades y ves cómo las sorteas. Te construís vos y se construye la comunidad.
Tratamos de poder ir por ese lado.
M.A. – ¿Qué preocupaciones tienen?
J.S. – Tenemos un fondo que no tiene rejas. Hacer rejas para ahí cuesta unos buenos mangos. En general tenemos que convivir con gente en situación de calle, tratamos de convivir de la mejor manera.
Hay un gurí que es criado ahí en el barrio, que mismo fue usuario del Centro Juvenil. Él siempre está ahí. Después el resto es gente que está de pasada. Lo que pasa es que con los que están de pasada a veces tenemos ahí un conflicto.
Después tenemos poca iluminación en el fondo del Centro Cultural aunque mejoró un poco después del evento de Folclore.
Tenemos la idea de hacer varios eventos, que sean primero para terminar el espacio y después le vamos a tener que entrar a la reja para poder cerrar el fondo. Pero bueno, tampoco quiero dar un mensaje fatalista, porque todo esto nos construyó a todos los que formamos parte del colectivo. Nos construyó y todos, si miramos para atrás, estamos todos mejores.
M.A. – ¿Cuáles son las preocupaciones que se conversan?
J.S. – El tema del abandono de los adultos mayores. Por eso hay unas cuantas actividades para adultos mayores. El tema del sedentarismo, por eso pusimos actividades de deporte. El tema de salud mental, por eso generamos el encuentro inclusivo. Lo de seguridad, se conversa en los grupos.
Yo creo que el centro sirve para relacionarse. Hay mucha gente que le gusta ir porque se puede vincular con personas diferentes y en esa misma actividad encontrarse.
La pandemia fue como algo que nos cayó, un balde de agua fría a todos.
Tuvimos que resetearnos, pero bueno, una cantidad de gente, de diferentes lugares, atinó a ir al centro cultural, a decir las necesidades, pero también a compartir las herramientas que podían llegar a tener para ayudar a otros.
Hubo gente que tenía espaldas como para hacer cuarentena. Fue al supermercado a comprar cosas. Pero había gente que no, que vivía en el día a día, hacían feria, changas, etc. Los jóvenes que participaban del Centro estaban desempleados, no podían salir a pedir trabajo. Era como que se terminaba el mundo.
Acá había gente mayor, había una señora ciega en el Cementerio del Norte, cuando ella venía a comer le robaban todo. Ahí empezamos a llevarle la comida y empezamos a saber más de la vida de esta señora. No pudimos hacer más nada que llevarle la comida, después empezamos a ver que era un problema que se extendía y se extendía, y se extendía. Y decíamos, che, pero nosotros tenemos identificada a la gente que viene acá y que problemática tenía. Hay gente que tenía problemas de salud mental, otros con adicciones, otra que estaba desempleada. En ese momento salimos a tocarle las puertas al Estado, y no pudimos hacer nada, nada más que darle de comer durante casi un año y generar un buen momento que se recuerda hasta el día de hoy.
Entonces como que nos quedó un gusto bastante agridulce.
Después pudimos revertirlo porque eso lo transformamos en una merienda cultural.

M.A. – ¿Qué tienen para adelante?
J.S. – Tenemos la invitación de la Junta Nacional de Drogas para hacer un proyecto. Queremos terminar el espacio del fondo y la reja. Nosotros construimos, pensamos que alguien más va a venir atrás y cuando llegue le dejamos algo para que le sea más fácil.
En estos años trabajamos con niños que se sentaban en una silla y los pies no les tocaban el suelo. Ahora son profesores de educación física, son músicos, son cantantes, son maestros. Ellos están haciendo la vuelta y están viniendo al centro para poder colaborar.
Entonces, mucho más no puedes proyectar. Tener la casa fuerte, con actividades abiertas y después yo creo que el ritmo le pone el que siga.
(*) Juana Francisca Gómez es escritora y miembro del Capítulo uruguayo de la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad (RedH)
Apuntes para seguir en diálogo:
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