Por Juana Francisca Gómez(*)
El no abrazo
El Centro Cultural Guyunusa se encuentra ubicado en el local del viejo Mercado del Cerrito, donde la Avenida San Martín se cruza con León Pérez. Allí se desarrollan, habitualmente, actividades sociales y culturales para una barriada de 15 mil personas, aproximadamente. En esta oportunidad conversamos con Cristina Silva para conocer ¿cómo transitaron la pandemia?

Mate Amargo – ¿Qué percepción tenés de la época de la pandemia? ¿Te parece necesario hacer memoria del tema?
Cristina Silva – Yo creo que fue una época muy jodida y no está bueno no hablar. Creo que es importante poner en palabras lo que vivimos, la desazón, el decir cómo, por dónde, la incertidumbre, todos esos sentimientos que afloraron en ese momento. También está bueno hablar, porque surgieron en ese momento herramientas colectivas que nos permitieron afrontar de una manera diferente la pandemia y creo que eso es lo diferencial con respecto a otros países. Creo que el uruguayo es solidario. Somos solidarios, tratamos de ser empáticos, y quizás los más empáticos somos los que menos tenemos porque sabemos lo que es pasar frío, lo que es que un gurí se levante y no tenga un pedazo de pan, un vaso de leche. Esas cosas que para nosotros son básicas y fundamentales.
Claro que hay cosas en las que podemos ayudar y otras que no, pero creo que las herramientas colectivas siempre son la manera.
Son la forma, que nos juntemos con el otro, que veamos por dónde podemos ir juntos. Guyunusa es eso. Un espíritu que nació así y así se mantiene con un pie bien puesto en el barrio, en la realidad, en lo que está pasando, en la gente. La mirada en la gente, no en otras cosas.
El espacio arrancó como eso, amigos, hermanos, familia, vecinos y ver ¿cómo le poníamos el pecho a la situación?

M.A. – ¿En qué circunstancias el colectivo recibió la noticia de la pandemia?
C.S. – Es ahí como que uno empieza a hacer un poquito de memoria. Nosotros somos muy familieros y en ese momento estábamos en un cumpleaños. Ese día bailamos a morir porque no sabíamos ¿qué iba a pasar mañana?
La mañana siguiente fue bastante shockeante, porque estaba todo cerrado, no podías salir a la calle, no te podías mover de tu casa, estar con el otro. Creo que eso fue lo que más, creo, nos dolió a todos.
El no abrazo, el no estar con tu gente querida, esas cuestiones que son las más difíciles. Ese impacto primero, ver ¿cómo están todos en la familia y ver cómo está el otro también? el vecino de al lado, el de más allá.
Esa es la primera reflexión que surge siempre, ver ¿cómo están los gurises que están a la vuelta? a Guyunusa van muchos chiquilines. Ahí más o menos, uno va viendo las necesidades, por dónde van las cosas.
M.A. – ¿Y qué fueron encontrando?
C.S. – Creo que vos caías dependiendo de cómo ibas procesando los datos que te iban dando los medios. Por eso no está bueno estar solo. A la persona mayor que está en su casa sola, se le va la cabeza. Porque es diferente si vos estás rodeado de familia, te vas comunicando, te vas apoyando.
Nosotros, con los cuidados correspondientes, tratábamos de vernos. Yo tengo mis padres grandes y no me iba a quedar en mi casa sin saber cómo están mis viejos.
Y después de pasar esa primera semana que era todo no, creo que fuimos generando formas de irnos comunicando, ¿cómo podíamos hacer para saber cómo estaban sobre todo los vecinos que estaban solos? como que te vas siempre a las dos puntas, los grandes muy grandes y los gurises los más chiquitos.
Ahí empezamos a ver cómo se podía hacer algo, porque tampoco podíamos abrir las puertas del Centro Cultural en la forma convencional, teníamos que buscar alternativas con todas las medidas, comprar los implementos de higiene, todo eso también es plata y nosotros no recibimos apoyo del Estado.

Hicimos una colecta en red con gente amiga. Te sorprendía que de pronto me llamaban amigas, con una buena posición económica a preguntarme ¿con qué podían ayudar? Se sumó gente en el barrio, los vecinos, gente de los comercios. Y bueno, con ese espíritu y con ese ánimo comenzamos a organizarnos, porque esa ayuda tiene que tener un orden.
Tuvimos que ver ¿por dónde?, ¿qué era lo que se necesitaba realmente? Primero la limpieza del centro, hipoclorito, tener alcohol, tener tapabocas, guantes, tener todo eso es mucha plata.
Los vecinos se iban arrimando, no es por nada, pero el Cerrito es un barrio solidario, y todos fueron trayendo algo. Estaba bueno igual con esas medidas de seguridad encontrarse con el vecino, aunque tuvieras el tapabocas. Mucha gente que trabajaba pero sin contrato se quedó sin ingresos de un día para el otro, la que vendía tortas fritas en el barrio también, no alcanzaba a pagar las cuentas y las deudas se acumulan. El alquiler come contigo todos los días.
Empezamos a pensar en lo más urgente, la comida.
Olla, fuego, el guiso siempre era lo que fundamentalmente se cocinaba.
Luego empezamos a pensar en la difusión, la llegada, que el vecino se enterara de que era una opción para alimentarse. El Centro Cultural trabaja siempre teniendo redes con la plaza, con el liceo, con el centro de salud Giordano. Así se empezó a saber que funcionaba una olla.
Por otro lado los vecinos, de forma anónima, te traían una bondiola, te decían: – no me sobra la plata pero una bondiola te puedo dejar -. Traían pollo, o una bolsa de papas. Unos gurises de una cooperativa juntaban y traían arroz, fideos. Cada vez la gente que iba a comer era más. El Municipio D también se acercó.
Tenías que ver en ese momento, mi mamá, mi papá, mi tía Eva, el tío Horacio, todo el mundo picando. Había que picar y pelar mucho para que quedara potente como para uno mismo, y así fue saliendo.
Cuando pudimos empezar a hacer alguna actividad para los chiquilines, una merienda, algo caliente, con las medidas correspondientes, fue importante porque los gurises en las instituciones públicas tenían poco contacto con otros niños, por el tema del aislamiento. Tenías las clases por zoom pero sin la previsión de que había hogares que en ese momento no tenían conexión. Como en El Cultural había internet, venían los gurises, formaban una mesa con los cuidados necesarios.
Nos hizo bien a todos, porque todos sentimos que podíamos hacer algo más allá del terror que se trataba de fomentar, porque era una situación de angustia y los medios te bombardeaban con que la gente se moría y te mostraban todo el tiempo como sacaban cadáveres por acá y por allá.

Fue importante generar un espacio con una energía linda donde estaba bueno encontrarse, y ver que hago por el otro, por lo menos una conversación mínima, hubo cosas muy lindas.
Hicimos obras de teatro generadas por los vecinos y coros improvisados. Pamela, estaba trabajando en generar talleres para los adolescentes, porque la salud mental había que cuidarla también, se generó una red de referencia, también talleres sobre el uso de las redes porque los adolescentes que tenían internet y que los padres trabajaban, quedaban encerrados y pasaban muchas horas expuestos a cosas que no están buenas. Vimos que durante ese período aumentó el acoso por redes, entonces en estos talleres se trabajó ¿cómo generar una protección y un cuidado?
Hicimos murales en la plaza, talleres de baile, de candombe, de historia del candombe, una huerta.


M.A – Tengo entendido que se acercaban a la gente que estaba aislada.
C.S. – Los que no podían llegar, la verdad que mi hermano, tengo que decir que él se metía por donde fuera. No solamente de llevarles, también llevaba noticias, porque había ayudas del estado, mínimas, pero que no llegaban porque la gente no las conocía, porque estaba aislada y no tenía las herramientas para acceder. Había limitantes tecnológicas porque para todo había que agendarse y llenar formularios. No todos se manejan con eso porque están en una edad y un contexto que no les permite. Fue importante acercar esa información y acompañar para tramitar las ayudas.
Le vino muy bien a mucha gente, porque consiguió cosas como hipoclorito, jabón, alcohol porque estábamos en una emergencia sanitaria y no tenían los insumos mínimos. Creo que también es una de las reflexiones que nos quedaron, el tema de la accesibilidad, sigue no siendo accesible, nos preguntamos ¿qué pasa con eso?, ¿es un nuevo sistema de exclusión?
(*) Juana Francisca Gómez es escritora y miembro del Capítulo uruguayo de la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad (RedH)
Apuntes para seguir la conversación:
Redes Centro Cultural Guyunusa
https://municipiod.montevideo.gub.uy/node/526
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Nuestro pequeño paraíso
Tercer Relevamiento Ollas UDELAR
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https://www.mateamargo.org.uy/2026/06/29/ollas/
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