Por Diego Duarte Calleja(*)
Hace algunas semanas leí una noticia que parecía sacada de una novela de ciencia ficción. Una empresa dedicada al desarrollo de inteligencia artificial estaba comprando miles y miles de libros usados y nuevos, para luego destruirlos. La noticia, que de por sí resulta bastante extraña, se vuelve todavía más curiosa cuando conocemos los motivos por los cuales se destruyen libros.
Los libros eran comprados, trasladados a depósitos enormes, se les cortaba el lomo para separar las páginas y posteriormente eran escaneados. El objetivo era utilizar todo ese material escrito para entrenar modelos de inteligencia artificial. Una vez realizado el proceso, los libros ya no eran necesarios y terminaban destruidos.
El proyecto se llamó “Panamá” y fue desarrollado por Anthropic, la empresa creadora de Claude, uno de los tantos sistemas de inteligencia artificial que han aparecido en estos últimos tiempos. Según trascendió, la empresa llegó a comprar y procesar millones de libros de esta manera. Los invito a googlear la noticia.

La noticia me llamó la atención por varias razones. La primera, porque me gustan los libros y me resulta difícil imaginar la destrucción consciente de miles de libros sin sentir enojo. Pero hay algo contradictorio, según la empresa, se destruían libros precisamente porque lo que había dentro de ellos era considerado “valioso”. No se los destruía porque fueran inútiles o dañinos. Todo lo contrario. Se los destruía porque contenían algo que las máquinas necesitaban aprender, etc.
Me acordé de Fahrenheit 451.
Ray Bradbury publicó Fahrenheit 451 en 1953. La novela presenta una sociedad futura o distópica en donde los libros están prohibidos y los bomberos tienen una función bastante diferente a la que conocemos. En lugar de apagar incendios, los inician. Cuando descubren libros escondidos en alguna casa, deben quemarlos, incluidas las viviendas. Cuando leí la novela entendí que 451 grados Fahrenheit sería, precisamente, la temperatura a la que Bradbury decía que arde el papel. La verdad no me sonaba, seguramente porque por estos lados manejamos grados Celsius y no Fahrenheit.
Realmente la idea me pareció original, ni hablar el título. El protagonista de la novela es Guy Montag, uno de esos bomberos, durante años cumple su tarea sin hacerse demasiadas preguntas, quema libros y las casas en donde son encontrados hasta que algunos acontecimientos comienzan a cambiar su forma de ver las cosas. Montag empieza a preguntarse qué pueden tener aquellos objetos para que resulte tan importante destruirlos. ¿Por qué alguien estaría dispuesto a esconderlos, e incluso arriesgar su vida por ellos?
Hay algo de Fahrenheit 451 que siempre me ha resultado especialmente interesante. Los libros no desaparecen solamente porque exista un Estado que decide prohibirlos y quemarlos. La sociedad que describe Bradbury también ha ido perdiendo el interés por leerlos. Las personas viven rodeadas de enormes pantallas, entretenimiento, velocidad, ruido e información. Hay poco lugar para el silencio, para detenerse, para leer durante horas o simplemente para pensar.
La novela fue publicada en 1953. Más de setenta años después no tenemos bomberos recorriendo nuestras ciudades buscando bibliotecas clandestinas. Tampoco está prohibido leer. Por el contrario, probablemente nunca en la historia haya sido tan fácil acceder a un libro. Podemos comprarlo sin movernos de nuestra casa, descargarlo en nuestros teléfonos y llevar cientos de ellos con nosotros en todo momento.
Sin embargo, hay algo de aquella sociedad imaginada por Bradbury que resulta difícil no relacionar con nuestro presente.
Vivimos también rodeados de pantallas. Pasamos buena parte del día mirando teléfonos, computadoras y televisores. Saltamos de una noticia a otra, de un video a otro, de una publicación a otra. Nos cuesta cada vez más permanecer durante mucho tiempo haciendo una sola cosa. Y ahora, además, contamos con herramientas capaces de resumirnos prácticamente cualquier texto en cuestión de segundos.
Podemos pedirle a una inteligencia artificial que nos cuente de qué trata Crimen y castigo, que nos explique quiénes son sus personajes principales, cuáles son los grandes temas de la novela y hasta cómo termina. Podemos hacer lo mismo con El Quijote, Cien años de soledad, La montaña mágica o con el propio Fahrenheit 451.
En menos de un minuto podemos tener un resumen que nos llevaría horas, días o incluso semanas obtener mediante la lectura.
Y esto me genera una pregunta: ¿saber de qué trata un libro es lo mismo que haberlo leído? Pienso que no.

La literatura necesita tiempo. Hay que entrar en la historia, conocer a sus personajes, aburrirse, decidir no leerlo, volver algunas páginas hacia atrás porque no entendimos ni un pomo, detenerse frente a una frase, imaginar una casa, una calle o una cara. Incluso abandonar un libro forma parte de nuestra experiencia como lectores, aunque a veces nos de un sentimiento extraño de “culpa”, creo que si algo no nos gusta, no hay porque leerlo.
Quizá allí esté una de las grandes paradojas de esta noticia. Estamos destruyendo libros para construir máquinas capaces de conocer lo que esos libros dicen. ¿Las máquinas necesitan leer cada vez más porque nosotros queremos dedicar cada vez menos tiempo a hacerlo? Podría ser, o no.
Pero hay otra cuestión de todo esto que me genera cierta preocupación. Parece que damos por hecho que una vez que un libro fue digitalizado, ya está, su contenido quedó guardado y por lo tanto podemos prescindir del libro físico. Si tenemos todas sus páginas y palabras guardadas en una computadora, en una nube, servidor o donde sea, ¿para qué queremos conservar el libro?
No estoy tan seguro de esto. Todos alguna vez perdimos fotos, documentos, archivos, videos o algo que estábamos convencidos que teníamos guardado. Cambiamos el teléfono, se nos rompe una computadora, perdemos una contraseña, desaparece un programa, cambia un formato o vaya uno a saber qué corno puede pasar dentro de cincuenta, cien o doscientos años con toda la información que hoy estamos guardando digitalmente.
Con los libros pasa algo bastante curioso. Podemos agarrar un libro que fue impreso hace cien o doscientos años, abrirlo y leerlo. No necesitamos internet, una contraseña, pagar una suscripción, actualizar nada, tener batería o contar con determinado aparato para hacerlo. Está ahí. Alcanza con abrirlo y empezar a leer.
No quiero tampoco caer en aquello de que el libro de papel es bueno y el digital es malo. Para nada. Leo libros en los dos formatos y encuentro ventajas en ambos. Pero sí me parece un poco peligroso pensar que porque digitalizamos algo, el objeto original automáticamente deja de tener valor y podemos destruirlo. ¿Estamos seguros de que todo lo que hoy guardamos digitalmente va a seguir estando ahí dentro de cien años? ¿Y dentro de quinientos? ¿Estamos seguro que el contenido será el mismo? No lo sabemos.
Pienso también en las bibliotecas. Los libros están desparramados por todos lados, enbibliotecas públicas, universidades, librerías, depósitos y principalmente en nuestras casas. Hay miles o millones de ejemplares de un mismo libro repartidos por el mundo. Y quizá esto, que puede parecernos antiguo frente a las posibilidades que tenemos hoy de guardar millones de libros en un servidor, sea también una buena manera de conservarlos.
Volviendo a Fahrenheit 451, los bomberos de Bradbury tenían que encontrar los libros para poder quemarlos. Tenían que descubrir dónde estaban escondidos, entrar a las casas y prenderlos fuego. Mientras quedara un ejemplar en algún lugar, todavía quedaba el libro.
Quizá hoy deberíamos hacernos otra pregunta: ¿qué pasaría si algún día una parte importante de los libros que hemos escrito existieran solamente en formato digital?
No sé. Pero destruir un libro porque antes lo guardamos en una computadora me sigue generando una sensación bastante extraña.
Bradbury imaginó un mundo en donde para hacer desaparecer los libros había que quemarlos. Nosotros hemos encontrado métodos bastante más sofisticados. Podemos cortarlos, escanearlos, convertirlos en datos y destruirlos después. Podemos incluso ordenarlos en una biblioteca y no abrirlos nunca.
Quizá esa sea la parte más inquietante. Porque para que desaparezcan los libros no necesariamente hay que quemarlos. Ni siquiera hay que destruirlos.
A veces alcanza con no leerlos.
(*) Diego Duarte Calleja es Licenciado en Trabajo Social (Facultad de Ciencias Sociales – Universidad de la República). Especialista en Estudios Urbanos e Intervenciones Territoriales por Facultad de Ciencias Sociales (UdelaR) y Doctorando en Estudios Urbanos por la Universidad Nacional General Sarmiento (UNGS) de Bs As, Argentina.