Tres semanas de infarto en Brasil: el balotaje será entre Lula y la Casa Blanca

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Por Carlos Fazio (*)

 

Tras unas reñidas elecciones signadas por la geopolítica y un alto abstencionismo, habrá segunda vuelta en Brasil. Flavio Bolsonaro, el ultraderechista hijo del expresidente preso en Brasilia por un frustrado golpe de Estado en enero de 2023, obtuvo 47,06% de los sufragios frente al 45,13% de Luiz Inacio Lula da Silva, actual mandatario y líder histórico del Partido de los Trabajadores (PT). La decisión de quién ocupará el palacio de Planalto a partir del 5 de enero de 2027 quedó postergada hasta el 25 de octubre. Acorde con la ola en curso en toda la región, los resultados fueron una demostración del músculo derechista en todo el país, por lo que seguirán tres semanas de infarto, donde Lula, con sus 80 años a cuesta, tendrá que remar contra la corriente. Una hazaña difícil, pero no imposible.

En los próximos días los dos candidatos deben seducir a millones de personas que no acudieron a las urnas, anularon su voto o votaron en blanco el pasado domingo. Por Bolsonaro, candidato del Partido Liberal (PL), votaron 56.104.503 personas; por su parte, Lula obtuvo 53.879.538 sufragios. Pero sobre un padrón de más de 158 millones de personas, según datos del Tribunal Superior Electoral (TSE) 33.469.244 votantes se abstuvieron de participar (más del 20%), una cifra histórica que no se presentaba desde 1998. Asimismo, hubo 2.299.989 votos en blanco (1,84 % del total), y 3.671.970 de votos nulos (lo que corresponde a 2,93 % de la cifra global).

Un día después de los comicios, el lunes 5 de octubre, Lula afirmó que se debía trabajar en “recuperar el interés” de las personas que no sufragaron. “Treinta millones de personas no acudieron a votar. Posiblemente haya una razón para ello: la falta de interés”, aseveró. Ergo, sabe que debe ir a la caza de quienes no salieron a votar. También envió una advertencia a su contrincante político: “Yo soy muy bueno en el mata-mata. En el cabeza a cabeza. Bolsonaristas, prepárense, porque vamos a derrotarlos”. Y agregó: “Estoy convencido de que no hay razón por la que no podamos ser elegidos como presidente en la segunda vuelta. No hay ninguna razón económica, social ni política”.

La misma noche de los comicios, Valter Pomar, otro dirigente histórico del PT, dijo que aunque las condiciones para revertir el voto en la segunda vuelta serán muy difíciles, mantiene su “certeza” de que Lula puede ser reelegido por una pequeña diferencia. Pero para eso, frente al desgano y la incompetencia de parte de la dirección partidaria y de la campaña, el PT y su militancia tienen que llevar a cabo una inmediata y profunda corrección de rumbo. Según Pomar se cometieron no solo “equívocos” o “errores”, sino “cagadas homéricas”, por ejemplo, la decisión adoptada en la disputa de los gobiernos de Rio Grande do Sul y de Rio de Janeiro, donde no tener una candidatura petista al gobierno contribuyó a la victoria de la derecha en la primera vuelta.

Expresó Pomar: “De inmediato, podemos decir que venceremos, siempre que hagamos como decía un inglés que vivió hace 400 años: “Cree en Dios y mantén la pólvora seca”. O, en la versión atea de la misma idea, venceremos si tenemos un poco de suerte y si realizamos mucho trabajo duro, ¡pero mucho, de verdad! Eso significa campaña militante 24 horas al día, 7 días a la semana, hasta las 17 hs. del 25 de octubre”. Y en su mensaje a las bases, exhortó: “Polarización sin tregua para derrotar al crimen, a las milicias, a Faria Lima (nombre de la principal arteria donde está enclavado el centro financiero de San Pablo), a los mercaderes del templo, a los feminicidas, a los racistas, a los fundamentalistas, a los negacionistas y –sobre todo– a los imperialistas, a los golpistas y a los traidores de la patria. Trabajar para que la coordinación de la campaña y la dirección del Partido estén a la altura de la tarea. Lo que incluye prepararse para una redoblada injerencia externa y operaciones golpistas”.

Brasil, escenario de una batalla geopolítica global

Una primera conclusión sobre los comicios es que el bolsonarismo no es un fenómeno residual; no desapareció tras la derrota de Jair Bolsonaro en 2022 ni puede expresarse exclusivamente por la figura del exmandatario. Su hijo Flavio y sus aliados se impusieron como primera fuerza en el Senado y la Cámara de Diputados, y ganaron en 15 estados contando el distrito federal de Brasilia y Lula en 12. Como en tantas otras ocasiones el nordeste se tiño de rojo lulista y el centro y sur del país de azul, el color del Partido Liberal que da cobijo al clan Bolsonaro. Una parte del voto a Bolsonaro responde a una adhesión ideológica consolidada; otra expresa rechazo al gobierno, preocupación por la seguridad, malestar económico o simplemente voluntad de cambio.

El teólogo Frei Betto entiende que el país no se ha hecho más derechista ni aspira precisamente al bolsonarismo. En su opinión, el sentimiento anti-PT –que ha sido estimulado por maniobras que se iniciaron desde la satanización del Partido de los Trabajadores y la prisión de Lula– ve a Flavio como el único entre los contendientes capaz de derrotarlo, y apuesta por él.

Para Gustavo Veiga, la algarabía que se veía en el estado de San Pablo tras los comicios, donde el actual gobernador Tarcisio de Freitas –un exmilitar y soldado disciplinado de la causa bolsonarista– ganó con una holgura desusada, con guarismos semejantes a la ola bolsonarista de las elecciones de 2018, es la radiografía más lograda de la victoria de un proyecto de país. Aquel, que en caso de imponerse Flavio en el segundo turno, dejará a Brasil en manos de las transnacionales de Estados Unidos, intentará darle la espalda a China (el primer socio comercial del país) y con el regreso del bolsonarismo al Planalto, se constituirá una especie de gabinete en las sombras para consultas con el Departamento de Estado; lo que ya fue anunciado por el propio candidato Bolsonaro.

Medios hegemónicos conservadores como O Estado y Folha de São Paulo, que apoyaron su candidatura, señalaron que Flavio Bolsonaro es una figura menor, sin ninguna estatura moral, intelectual o técnica como para gobernar Brasil. Se trata de un político de carrera con varias acusaciones de corrupción y heredero de una marca familiar; representa más una continuación de la reacción conservadora de la última década que una ruptura con ella. Y como señaló el politólogo y economista brasileño José Luis Fiori –entrevistado por el portal argentino El Destape–, en realidad, fue candidato por designación de su padre, Jair, un capitán expulsado del Ejército brasileño, acusado de intentar (o de planear) volar un cuartel de las Fuerzas Armadas de Brasil en la década del 80.

Cuando tenía poco más de 20 años, Flavio fue elegido concejal gracias a su progenitor. Después de eso no hizo nada más en la vida. De acuerdo con Fiori, quien examinó las claves de un proceso electoral de profundo impacto geoestratégico, Bolsonaro Jr. nunca ejerció un cargo ejecutivo; padece una notoria insuficiencia intelectual y muchos lo acusan de tener relaciones estrechas con las “milicias” que controlan el mundo del crimen en Río de Janeiro.

“Sin duda, ningún partido de la derecha brasileña lo hubiera elegido jamás como candidato si no fuera por la imposición de su padre”, dijo Fiori. Y agregó: “Comparado con él, el presidente Lula es un gigante. Ya gobernó Brasil durante 12 años, ganó cinco elecciones presidenciales y lleva luchando por sus ideas desde 1968. Primero como líder sindical y luego como fundador y militante del PT”, la mayor y única organización política brasileña que responde al concepto clásico de los partidos del siglo XX. El académico contrastó la política exterior multipolar, soberana e integracionista que promueve Lula frente al “alineamiento servil” con Estados Unidos e Israel que encarna la candidatura de la extrema derecha con Flavio Bolsonaro. Asimismo, alertó sobre las severas repercusiones que una victoria de éste en el balotaje provocaría en la dinámica de integración de América Latina y en la consolidación del bloque de los BRICS.

En la coyuntura, varios analistas han recordado que Brasil es demasiado importante para que sus comicios puedan analizarse exclusivamente dentro de sus fronteras. Es el quinto país más grande de la Tierra; su economía está entre las 10 mayores del mundo y su PIB representa el 50 por ciento del PIB total de Sudamérica. Es un jugador internacional y es el país más industrializado del subcontinente, uno de los fundadores de los BRICS y una de las pocas naciones del Sur Global con dimensión económica, territorial, demográfica y diplomática suficiente para intervenir sobre la configuración del sistema internacional, hoy en una crisis aguda. En contraste, Flavio Bolsonaro ha hecho de su proximidad política con Donald Trump y de la reconstrucción de una relación privilegiada con Washington uno de los elementos de su candidatura.

Es en ese sentido que las elecciones presidenciales brasileñas no representan una mera contienda doméstica, sino el epicentro de un choque estratégico de alcance planetario donde se define la soberanía de la región frente al poder asimétrico e imperial de Estados Unidos –ahora bajo el corolario Trump a la doctrina Monroe, plasmado en la Estrategia de Seguridad Nacional de la Casa Blanca–, que cuenta a su favor con sectores de las élites civiles y militares brasileñas caracterizados por tener una mentalidad binaria y servil, antes como una burguesía dependiente y asociada, y ahora como una nueva burguesías financiera internacionalizada.

Esa dimensión adquiere una importancia adicional por las denuncias sobre posibles interferencias trumpistas durante el proceso electoral. En septiembre, un informe de la Agencia Brasileña de Inteligencia (Abin) alertó a la Presidencia y al Tribunal Superior Electoral sobre las presuntas actuaciones injerencistas  de Estados Unidos. La agencia elevaba a un nivel “crítico” la posibilidad de influencia e interferencia estadunidense y hablaba de una “creciente presión de Washington sobre Brasilia”. A su vez, un grupo de 31 congresistas estadunidenses exigieron al gobierno de Donald Trump que no interfiriera en el resultado de las elecciones brasileñas. Por lo que no se trata de sustituir la decisión de millones de brasileños por una explicación basada en la mera intervención exterior. Hacerlo sería negar las contradicciones internas propias de un país como Brasil y la profundidad social del resultado electoral.

Pero tampoco sería razonable ignorar que durante su segundo mandato, Trump ha venido interviniendo cada vez más abiertamente en los procesos políticos electorales de la región mediante instrumentos económicos, diplomáticos, tecnológicos y comunicacionales. El caso del mercenario argentino Fernando Cerimedo, fundador del pasquín La Derecha Diario y operador de la ultraderecha regional, está muy fresco como expresión de los fraudes electorales de última generación –por la vía digital a través de granjas de bots y la guerra cognitiva–, como para ignorar esa variable; los casos de Daniel Noboa en Ecuador, Nasry Asfura en Honduras, Rodrigo Paz en Bolivia, Alberto De la Espriella en Colombia y Keiko Fujimori en Perú dan cuenta de ello, en una saga que según varias investigaciones nacería en Miami, Florida, bastión de Trump, su subordinado Marco Rubio y la gusanera cubano-estadunidense que desde hace muchos años vive de la industria de la contrarrevolución .

En ese sentido, cabe destacar que a diferencia del presidente argentino Javier Milei y del colombiano Abelardo de la Espriella, figuras marginales, sin pasado político, que surgieron de la nada y de forma repentina con un lenguaje agresivo y vacío, que conectó con el sentimiento generalizado de insatisfacción social y política en sus países, Flavio Bolsonaro no es un outsider. Como se dijo antes, él y su familia llevan muchos años militando en el “bajo clero” de la política brasileña y son parte inseparable del “sistema”; de lo peor de ese sistema corrupto –que ellos dicen atacar– para ascender políticamente, al amparo de la administración Trump.

Lula ha sido uno de los pocos líderes mundiales que se atrevió a desafiar públicamente el autoritarismo  plutocrático corrupto depredador de Trump. Pero más allá de la denuncia contra Flavio y su hermano, el diputado prófugo Eduardo Bolsonaro, como los verdaderos inspiradores de la imposición de aranceles y sanciones comerciales de Trump a Brasil, y por su probable influencia en la designación de Primeiro Comando da Capital y de Comando Vermelho como Organizaciones Terroristas Extranjeras para favorecer la eventual intromisión militar de Estados Unidos en territorio brasileño, hoy las principales preocupaciones de Lula apuntan contra un nuevo elemento, altamente sensible en la ya extenuante convivencia establecida con el mandatario de EU y su ambicioso secretario de Estado, Marco Rubio, quien aspira a convertirse en el candidato presidencial republicano para suceder al actual inquilino de la Casa Blanca.

¿Financiaron JD Vance y Peter Thiel la campaña de Bolsonaro?

Según un despacho de Daniel Kersffeld en Página 12, una renovada expresión de interferencia política se estaría dando en el país sudamericano a través de Rockbridge Network, una exclusiva red de donantes creada en 2019 por Christopher Buskirk, editor del sitio web nacionalista conservador American Greatness, y JD Vance, actual vicepresidente de EU, bajo la inspiración directa del tecnooligarca Peter Thiel. Considerada como una empresa de capital riesgo centrada en la política –con iniciativas que van desde el cabildeo para empresas, financiamiento para candidatos, influencia directa en medios de comunicación y/o la movilización de votantes–, Rockbridge tuvo como uno de sus primeros éxitos la elección de Vance como senador en 2022 y luego consiguió imponerlo como compañero de fórmula del magnate inmobiliario para un segundo mandato, y tiene además en Donald Trump Jr., hijo del actual presidente, a uno de sus miembros más conocidos y con mayor influencia.

Más allá de su radio de acción centrado en Estados Unidos, la fundación de Thiel y Vance (quien competirá con Rubio por el sillón presidencial de la Oficina Oval) ha iniciado una política de expansión internacional, y el interés en la principal economía sudamericana es evidente, sobre todo en medio de la intensa carrera global por la infraestructura de la inteligencia artificial entre EU y China. Según Kersffeld, representantes del grupo Rockbridge ya habrían tenido contacto directo con empresarios y políticos brasileños y, especialmente, con el postulante de la ultraderecha Flavio Bolsonaro para, de ese modo, asegurar su inserción en el escenario económico brasileño. Asimismo,  las sospechas apuntan al financiamiento de su campaña política. El caso adquiere una particular gravedad porque las contribuciones económicas extranjeras en las campañas electorales, de manera directa o indirecta, están prohibidas en Brasil, por lo que ya existe una solicitud de investigación al Supremo Tribunal Federal.

De acuerdo con la nota de Página 12, la vinculación entre Rockbridge y Flavio Bolsonaro parecería estar bastante afianzada. Un “memorándum estratégico” titulado “Alianza para la Prosperidad” y redactado por André Marinho, candidato a gobernador de Río de Janeiro por el Partido Novo, cercano al candidato de la ultraderecha, explica cómo funcionaría una alianza entre Brasil y Estados Unidos para la exploración de minerales críticos y tierras raras. En el documento titulado se asegura que un gobierno de Bolsonaro se alejaría de China y posicionaría a Brasil como uno de los tres principales proveedores mundiales de minerales críticos, a la vez que lo situaría como el principal centro de procesamiento del hemisferio occidental, y como un eslabón clave en las cadenas de suministro alineadas con Estados Unidos, especialmente, en los sectores de defensa, energía e inteligencia artificial.

Brasil posee 21 millones de toneladas de yacimientos de tierras raras, pero sólo tuvo capacidad para extraer unas 2 mil toneladas en 2025, lo que revelaría una extensa brecha entre las reservas y la producción de estos recursos estratégicos. El 20 de abril, la firma USA Rare Earth –en la cual a través del Pentágono el gobierno estadunidense posee el 10 por ciento de sus acciones–, adquirió el grupo brasileño Serra Verde, propietario de la única mina que explota tierras raras en Brasil. Con esa adquisición por dos mil 800 millones de dólares, el nuevo propietario aspira a explotar seis mil 400 toneladas anuales y convertirse en líder mundial en la producción de imanes utilizados, sobre todo, en los sistemas de guiado de misiles y de otros armamentos especializados. El gobierno de Lula intentó bloquear esa operación comercial, y el 2 de septiembre el Congreso brasileño aprobó una ley para preservar las reservas de minerales críticos y tierras raras. Si el actual presidente obtiene su reelección, es posible que se revise la venta de Serra Verde.

El desafío para Lula, el PT y el progresismo brasileño es mayúsculo, todavía más, bajo el riesgo de que el gobierno de Trump finalmente desconozca los resultados si es que, en la segunda vuelta, el favorecido es el actual mandatario. Lula deberá contar con nuevas y heterogéneas alianzas y un firme apoyo social y económico a nivel nacional, pero también internacional, para hacer frente a la tormenta extremista y regresiva que, desde el norte y desde hace ya un par de años, se está preparando en contra de uno de los pocos baluartes del centroizquierda a nivel global.

En diciembre de 1971, el presidente Richard Nixon pronunció la frase “hacia donde vaya Brasil, se inclinará América Latina”. Entonces, el subcontinente estaba infectado de dictaduras cívico-militares. Cincuenta y cinco años después, la región cuenta con gobiernos derechistas de nuevo tipo. Falta Brasil.  La aritmética juega a favor de Flavio Bolsonaro, Por lo que de triunfar en la segunda vuelta, lo que hasta estos días era una tendencia pasaría a ser el orden de la próxima década. Con Cuba bajo un cerco petrolero naval genocida del Pentágono, el México de Claudia Sheinbaum quedaría como excepción aislada, y la pregunta dejaría de ser hacia dónde va la región para pasar a ser cuánto va a durar. Pero Brasil todavía no terminó de elegir hacia dónde se inclinará.

 

(*) Carlos Fazio, escritor, periodista y académico uruguayo residente en México. Doctor Honoris Causa de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Autor de diversos libros y publicaciones. Miembro de la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad (Capítulo México)

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