Por Juana Francisca Gómez(*)
En este recorrido que busca pistas a contrapelo de la historia, nos encontramos con la experiencia de la Olla Plaza Terminal Goes que surge en pandemia, fruto de la organización de un grupo de funcionarios y funcionarias que trabajaban en aquel momento en el Centro Cultural. En esta oportunidad, conversamos con Gustavo Zidan para que nos cuente sobre los comienzos de la iniciativa.

Mate Amargo – ¿Cómo fue que se empezó a formar la olla?
Gustavo Zidan – En ese momento estaba dirigiendo el Centro Cultural Terminal Goes. En la plaza donde está ubicado el Centro, en la que teníamos una dinámica bastante activa, empezó a confluir gente pidiendo para comer. Con todo lo que fue el parate de la pandemia, hubo gente que casi que inmediatamente pasó a estar en una situación compleja.
Esa situación compleja, por supuesto, empieza por la comida. A partir de ver esta situación con otros compañeros de trabajo, funcionarios y funcionarias de ahí del Centro Cultural, tuvimos la iniciativa de abrir la olla.
Primero, empezamos a cocinar en la propia cafetería del Centro Cultural y después la demanda fue tal que tuvimos que ir organizando el proyecto de otra forma, entramos como en otra dimensión, otra escala.
El Centro Cultural estaba cerrado, aceptando las medidas que se estaban planteando en el momento para los diferentes espacios, nosotros estábamos pegados a las decisiones que iban tomando a nivel nacional en cuanto a las medidas sanitarias, a las medidas de prevención también. Muchos de los trabajadores igual frecuentamos el centro cultural, particularmente nunca dejé de ir a trabajar.

M.A. – ¿Quiénes se acercaban?
G.Z. – Arrancó con gente que estaba en situación de calle, pero después entramos a ver personas que habían quedado sin trabajo, gente que tenía de repente algún tipo de contrato precario que inmediatamente quedaron en la calle, llegó un momento que la población de la olla era bastante heterogénea. Podía acercarse gente que estaba muy, muy rota, a trabajadores que habían quedado desocupados hacía muy poco.
En la plaza hay una parte techada, eso también te protege, entonces la gente se quedaba ahí. También viendo que ahí se podía comer la gente se fue arrimando. No fue solamente el tema de comer, ahí se empezaron a desplegar otro tipo de acciones, se juntó ropa, se empezó a armar un programa que se llamó Social Pan, que trabajamos con El Abrojo y algunas personas que estaban en la casa venían y hacían el pan para la olla, algunas también cocinaban. Tuvimos muchas iniciativas, incluso cuando se abrió la posibilidad de empezar a programar actividades artísticas, el lugar por donde arrancamos fue por la propia plaza, con algunos músicos, algunos números de circo. En las fiestas de Navidad y Nochebuena se hicieron actividades con otras características, con comidas especiales.
M.A. – ¿Cómo se financiaban en ese momento?

G.Z. – Se autofinanciaba, con muchas donaciones que recibimos de gente, incluso de alguna empresa, y organizaciones. Más adelante empezó a intervenir la Intendencia, también con algunos insumos. Posteriormente en algún momento vino algo del MIDES.
M.A. – ¿Qué impacto tuvo en la comunidad de la olla las acusaciones de las autoridades del momento?
G.Z. – Eso fue un poco más adelante. Cualquier tipo de cuestionamiento que hubiera habido, nosotros estábamos totalmente por fuera, porque para nosotros eso era una falta de respeto, o sea, el nivel del compromiso que había con la gente, para nosotros eso no nos daba ni siquiera para sentarse a discutirlo. Impensable. Nosotros tenemos una organización bastante horizontal, además, y realmente era muy dinámico, porque es difícil sostener la dinámica entre la gente que entra y sale.
Es difícil sostener y sistematizar esa actividad, particularmente me marcó mucho estar un año y medio todos los sábados yendo a cocinar, estar enfrentándose a una situación que, por un lado, se sabía que estábamos aportando, pero en un momento muy difícil.

M.A. – ¿Quiénes estaban sosteniendo la olla?
G.Z. – En principio fueron los funcionarios del Centro Cultural y luego se fueron arrimando gente de las cooperativas de vivienda, gente del Club Aguada, del Club Goes, comercios y gente del barrio. La gente que iba a trabajar y a sostener la olla, partió del primer impulso, fue el núcleo de los funcionarios y funcionarias, pero se empezó a acercar gente del barrio, porque particularmente el barrio Goes tiene esa característica de solidaridad, es una cosa que está presente, lo ves además en otro tipo de acciones y emprendimientos que se han llevado adelante en otros momentos.
En aquel momento también sosteníamos acciones colaborativas con otras ollas, con otros espacios, tenemos todo un trabajo que hacíamos con una gente que estaba en el Cerro en torno al Teatro Verano de ahí, que tenían un proyecto de merendero. Logramos en ese momento un nivel de organización muy importante.
Era una de las ollas que más comida hacía, en un momento llegamos a las 780 porciones cada sábado.
Teníamos una especie de cábala, de registrar todos los sábados. La jornada empezaba a la una de la tarde y terminaba a las diez de la noche. Había que sostener, entonces trabajábamos mucho en sostener al colectivo que sostenía el otro colectivo, trabajábamos con las pocas herramientas, porque ninguno de nosotros teníamos conocimientos de trabajo en lo social, veníamos del ámbito cultural más vinculado a lo artístico, pero con eso nos fuimos haciendo ahí, en el camino.
M.A. – ¿Sintieron miedo en algún momento?
G.Z. – No, nunca. Hubo algunas peleas reflejos de la situación que se estaba viendo, gente muy rota, atravesada también por el tema de consumo problemático, consumo de drogas, alcohol, etc. Además hubo un retiro fuerte de gente que trabajaba en territorio con esas situaciones, de forma inexplicable, incluso gente que tenía, de alguna manera, ciertas certezas para poder desenvolverse de mejor manera o poder estar en una línea de contención con más certezas, se retiró. Eso para mí, todavía no lo hemos analizado, por qué el trabajo social que se hacía desde el ámbito público en esos momentos, inmediatamente aceptó las pautas que se establecieron desde el gobierno, dejando sin contención a toda esta otra gente que estaba en una situación muy compleja.
Creo que no hemos tenido ni la valentía ni la suficiente proyección como para analizar qué fue lo que pasó en ese momento. Me parece que es un tema tabú, del que no se habla.
Gente que tenía ciertas certezas laborales, que, por ejemplo, en ningún momento se vió amenazado, se podría haber tenido un rol más activo.
El repliegue de los programas sociales fue increíble.
Hay un tema cultural respecto a que hay un delicado equilibrio que hay que tener cuando uno está en ese lugar, saber que uno primero que nada es un servidor público y que le están dando una retribución salarial por ese servicio. Y eso es estar al servicio de un proyecto colectivo, comunitario, de incidencia colectiva, uno es un engranaje, nada más. Entonces, muchas veces quedan por encima de las acciones, de los condicionantes, los intereses de los trabajadores. O sea cuando se trabaja en esos lugares y más lugares en situación complicada, es una cosa que el país tendrá que discutir, que siento que no ha discutido, es una discusión postergada.

M.A.- ¿Qué cambios tuvo la olla cuando terminó la pandemia?
G.Z. – Estuvo mutando, incluso ahora sigue activa, ha seguido trabajando, hay militantes que han estado y continúan trabajando.
Cuando nosotros empezamos con la olla, dijimos bueno vamos a hacer algo porque a nosotros nos golpeaba la puerta el tema. Tuvimos algún cuestionamiento de porqué esa tarea no la hacía el gobierno, pero eso lo puede decir alguien que come todos los días.
El Centro Cultural está en un lugar donde la gente viene a pedir comida de forma angustiante. Me parece que hay un reflejo humano, más que nada, que resiste cualquier tipo de análisis político, que es, que con la comida no se juega. El tema de comer, de alimentarse, para mí, es, es un acto totalmente primario y básico, ahí creo que no hay dos posiciones, si alguien tiene hambre tiene que comer.
(*) Juana Francisca Gómez es escritora y miembro del Capítulo uruguayo de la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad (RedH)
Apuntes para seguir conversando:
Info de la Olla
https://www.instagram.com/ollaterminalgoes/
Centro Cultural Goes
https://culturalgoes.montevideo.gub.uy/etiquetas/sala-de-espectaculos
https://www.mateamargo.org.uy/2026/09/06/relatos-de-la-pandemia-olla-palermo/
https://www.mateamargo.org.uy/2026/08/23/relatos-de-la-pandemia/
https://www.mateamargo.org.uy/2026/07/05/ollas-parte-dos/
https://www.mateamargo.org.uy/2026/06/29/ollas/
Olla popular Toledo
El Milagro de Candeal – Fernando Trueba 2004
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