Por Ricardo Pose(*)
Este artículo no va a referir al mal de sambito, de los últimos tiempos, de etiquetar a diversos gobiernos de autoritarios según el sesgo político. Debate, en sí, imprescindible, en tanto la etiquetación ha sido hegemónicamente tomada por un relato derechizante y timorato, cargado de cinismo. Pues varios de los gobernantes que apuntan con el dedo a los autoritarios, fungen como “carmelitas descalzas”, mientras despedazan poblaciones con democráticos bombazos.
Aquí lo que nos interesa intentar abordar, es como una “sociedad autoritaria” se ha instalado desde hace un buen tiempo y logra que buena parte del electorado de varios países en el continente y en el mundo, otorgue su voto y la responsabilidad de gestión de gobierno a los nuevos fascismos.
En definitiva, el autoritarismo se ha impuesto como derrota de la convivencia, y respuesta de las sociedades rehenes del miedo.
Un miedo que es una construcción social, no exclusivamente producto de los grandes medios de comunicación, sino la suma de ese trabajo potenciado por las redes, del exacerbado individualismo de nuestros tiempos y la falta de “pedagogía comunal”. Aquella que ofrece al individuo la contención colectiva y no el “sálvese quien pueda”, que rige con fuerza desde mediados de los 80’ del siglo pasado.

Cantos de Sirena
El filósofo coreano Byung-Chul Han plantea, en La sociedad del cansancio, que: “la sociedad disciplinaria de Foucault, que consta de hospitales, psiquiátricos, cárceles, cuarteles y fábricas, ya no se corresponde con la sociedad de hoy en día. En su lugar se ha establecido desde hace tiempo otra completamente diferente, a saber: una sociedad de gimnasios, torres de oficinas, bancos, aviones, grandes centros comerciales y laboratorios genéticos. La sociedad del siglo XXI ya no es disciplinaria, sino una sociedad de rendimiento”.
Una postal del imaginario colectivo impuesto por las clases medias.
Para que los nuevos ciudadanos/as puedan ejercer su aparente libertad hasta agotarse y romperse los músculos para verse más bellos; disfrutar de gimnasios, parques, centros comerciales; acceder a las torres de oficinas, viajar en barcos y aviones…hubo que ir asegurando La Vigilancia, la mansa aceptación de vivir controlados, guiados en nuestros desplazamientos, pagar el costo de cánones sociales para tener derecho de acceso y de estadía.
Ya no es solo la presencia policial que previene y reprime el delito, sino que un ejército de Guardias de Seguridad controlan el acceso, la estadía y el desplazamiento, no en la prevención de actos contrarios a la ley, sino en simple ejercicio de un mandado o paseo.
De ésta manera, el “imaginario colectivo” de sentirse parte de las clases medias para los sectores más humildes, junto a los verdaderos “clasemedieros”, se autoconstruye un mundo confortable, vigilado por guardias de seguridad, en su inmensa mayoría, provenientes de los mismos sectores subordinados que andan de paseo o habitando barrios no exclusivos, pero tampoco marginales.
Entre marquesinas, luminarias, ofertas, préstamos y créditos a pagar hasta en 36 meses, una buena parte de la sociedad en vigilia, avala y absorbe el uso del control y la represión contra lo que califica como “el otro”.
A pesar de los cantos de sirena del capitalismo, la advertencia del histórico dirigente tupamaro Raúl Sendic en 1988, se cumplió como una profecía: si no se lograba frenar a tiempo los efectos del neoliberalismo sobre la desnutrición infantil y las madres en gestación, habría una nueva generación creciendo por fuera y contra el orden establecido.
Una, o dos generaciones, desde aquellos años, pueblan las cárceles o cumplen penas alternativas, y sobre las que “resbalan” políticas de rehabilitación, porque no se puede rehabilitar lo que nunca estuvo habilitado a tener una vida digna, inclusiva.
Uruguay registra una tasa de 480 personas privadas de libertad por cada 100.000 habitantes, lo que equivale aproximadamente a 465 o 480 presos por cada 100.000 residentes (o cerca de 1 de cada 200 a 210 personas en el país).
Esta cifra, con una población carcelaria total que ronda las 16.789 personas, sitúa a Uruguay en el primer lugar de Sudamérica en tasa de prisionización por habitante y entre los puestos más altos a escala global.
Te incluyo para excluirte
Por el momento el gran triunfo de las clases dominantes en ancas de la tecnología, es haber “integrado” a miles de personas a un mundo virtual del que forma parte desde el magnate hasta el que casi vive de hurgar en la basura (reconociendo los abismos de acceso a la diversidad y calidad de los equipos tecnológicos), y paradójicamente, el que roba celulares a otros para revender.
Se naturaliza la sensación de un mundo donde “todos están incluidos”, registros mediante, pero sobreviviendo a un universo caótico, tanto fuera como dentro de los hogares. Y el hogar, sin la correspondiente vigilancia, puede terminar siendo una trampa mortal.
En la lucha necesaria por la supervivencia, el Estado se “aprecia” como insuficiente y la política como inútil.
Una parte de la sociedad “fatigada” de cumplir metas laborales, mantener el estado de salud mental y corporal, regirse por las “normas sociales”, clama por más vigilancia y represión.
Y emergen con fuerza las lógicas economicistas: “¿por qué debo financiar con mis impuestos presos y programas de rehabilitación, planes sociales, centros de educación públicos y gratuitos, empleos públicos, etc.?
El sistema excluye a los más pobres, a los que nacieron en el lugar de los rezagados, de las posibilidades de educación, salud, vivienda, trabajo, servicios de agua y energía, ofreciendo como meta de inclusión la meritocracia o las cárceles.
Los excluye de las posibilidades de realización personal y los incluye en laberintos de endeudamiento financiero, los excluye de la participación política decisiva y los incluye en el fantasocio acto electoral, donde el condenado termina votando por su verdugo.
El neofascismo encuentra, entonces, tierra labrada para su germinación.
Aunque la izquierda ponga el grito en el cielo, desde Trump hasta Milei en América (por no mencionar la lista de países europeos) han llegado al gobierno por el voto popular, y donde no han ganado o podido ser reelectos, sus huestes sociales están allí, gozosos en la fiesta de la Democracia Republicana y Representativa.

La guerra social
La izquierda parece seguir sin estrategia y rumbo, y el progresismo no supera una política mojigata que, con suerte, administra un poco mejor las migajas del capitalismo.
Sin embargo, hace décadas que los excluidos dejaron de esperar las políticas redistributivas del “Estado paternalista” y macanudo.
Las cárceles recluyen, pero no aíslan y el narcotráfico se ha convertido en una “industria rentable” y con capacidad de penetración en todos los sectores sociales.
El universo de habitantes en situación de calle aumenta y establece sus propias lógicas de supervivencia, sus “zonas liberadas”, donde el Estado llega con represión o con caridad.
Aunque el rumbo hacia un mayor autoritarismo con consenso social, en las sociedades occidentales, avanza con paso firme, el abismo del mundo tal cual lo conciben nuestras clases medias…parece estar llegando a su fin.
Agréguese a las “leyes de la sociología”, las catástrofes naturales, las pandemias y las guerras.
Pero el autoritarismo, sea de gobiernos de derecha o “progresistas”, es una respuesta de los ricos contra los pobres desde tiempos inmemoriales.
Hay que volver a definirse, de qué “lado de la mecha” se está.
(*) Ricardo Pose, es Periodista en: Mate Amargo, Caras & Caretas, Ceiba Periodismo con Memoria; Coordinador WEB Telesur; Columnista de El Otro País, periódico España; y radial en Cadena del sol (Rocha-Uruguay), Radio Gráfica de (Bs. As.-Argentina), Voces en Conversa (Maracaibo-Venezuela). Blog personal «El Tábano». Participa en Foros de debates de Lauicom (Universidad de la comunicación Venezuela). Integra la RedH capítulo Uruguay y la Dirección (suplente) del Sector Prensa Escrita de la Asociación de la Prensa Uruguaya (APU).
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