Porvenir: estamos llamando a un gato con silbidos

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Por Carlos Pereira das Neves (*)

 

Marea esta noción de un tiempo lineal, finito, con un principio y un fin. Marea y determina.

La idea de un tiempo que está por venir abriga la esperanza, también la excusa, de que algo va a pasar o alguien va a cambiar -mágicamente- lo dado para que nuestros presentes no se sientan tan abrumadores.

Cierto es que en el plano de los vínculos, de los afectos, el tiempo suele consolidar lo que se trabaja con paciencia y amor, al mismo tiempo que sana y relativiza lo que se derrumba abruptamente o lo que se bifurca.

Pero en el plano material, político, en el plano de todo aquello que incide en nuestra experiencia vital concreta…el tiempo no existe. Lejos de ser un alegato de la inmediatez, por el contrario, es un rechazo del letargo. Un rechazo a la promesa que inmoviliza, que nos vuelve pasivos a la acción del propio tiempo, como si este fuera un ser con la capacidad de enmendar, organizar.

Ese tiempo por venir ya está acá. Ese futuro divergente, de dicha o aterrador, es nuestro presente, viene siendo nuestro presente desde siempre.

Sería interesante comprender el mecanismo por el que elegimos, conscientemente, no ver los procesos por lo que son. ¿Será que es tanto el agobio o será que no podemos ni queremos hacer algo al respecto? Sin descartar los efectos de la alienación y la dominación simbólica, cultural, es necesario que quienes queremos modificar la realidad, elijamos verla para después elegir cambiarla.

El futuro se está construyendo hoy, todo el tiempo.

Hoy se define su cara, sus alcances, sus beneficiarios y sus padecientes. Con el hombre actual, con los vínculos que se eligen construir, con las miserias que se eligen ignorar, con todo lo bueno que elegimos descartar para sentirnos parte del ser humano promedio. Ser humano promedio que es una construcción de quienes detentan el poder real y nos quieren obedientes, uniformes, en todos los aspectos de nuestras vidas.

Nos tocó vivir este acontecer y es en él que debemos poner nuestro compromiso a prueba. Al querer hay que agregarle el hacer, y al hacer lo tenemos que cuestionar todos los días para ver si sigue siendo transformador o ya nos lo absorbieron.

Vivimos tiempos de indefiniciones, en los que nuestras aspiraciones revolucionarias -cuando mucho- no son capaces de ir más allá de la formulación de preguntas. Preguntas con tintes catastróficos, que sirven para dimensionar la profundidad de los problemas, pero que de tanto repetirlas sin algún esbozo de respuesta, alimentan un sensacionalismo que también inmoviliza. Porque adorna la sensación de que no hay salida, y de ahí a fluir con el colapso dominante hay un solo paso. Y esto también forma parte del ejercicio del poder que busca avasallar simbólicamente, luego de avasallar materialmente, para derrotarnos dos veces y sacarnos las ganas de rebelarnos.

Cuando hablamos de la seguridad social del futuro, de la educación o el trabajo del futuro, básicamente cualquier temática a la que le agreguemos la palabra “futuro”…cada vez se vuelve más difuso interpretar si se trata de un ejercicio de prospección con fines liberadores o se trata de esta muletilla con la que se pretenden disfrazar de progreso las mismas ideas conservadoras de siempre.

Quizás haya propuestas que realmente son innovadoras y surgen de la necesidad de compartir conocimiento para beneficio de las grandes mayorías, pero el solo hecho de tener que apelar a la inventiva para no tener que pasar ni cerca del cuestionamiento del poder actual, las vuelve reaccionarias y a la larga terminan fundiéndose con la dinámica hegemónica.

En el caso del trabajo es, todavía, peor. El trabajo, siempre que el beneficio vaya para un patrón, es esclavitud. Así que ya sea que se hable del futuro del trabajo o, ¡vaya parafraseo revolucionario!, el trabajo de futuro, se sigue hablando de prolongar la esclavitud.

En esta etapa de transición, dificilísima pero de transición al fin, hacia la sociedad que queremos, es necesario defender el trabajo si es que no somos capaces de pensar en ninguna otra forma de organizarnos para poder vivir sin deberle la vida a nadie. Pero, insisto, si pensamos en cambios profundos, debemos ir más allá del trabajo, más allá de engordar patrones para recibir sus míseros sueldos que -además- van a ir a parar a los bolsillos de otros patrones/empresarios que nos alquilan sus propiedades o nos venden los alimentos que consumimos…que no paran de crecer en precio y disminuir en calidad.

El trabajo no dignifica, el trabajo no es salud, el trabajo no es la aspiración humana ni es el ejercicio que eleva nuestra conciencia transformadora. No es un mérito que debemos coleccionar para subir, lo que nos dejen, en la escalera de explotación con la que vienen organizando la experiencia vital de la humanidad desde que un hombre decidió gritar “esto es mío”. Tampoco, mucho menos, es algo por lo que debemos hacerle la venia a nuestros esclavizadores y a quienes intentan convencernos de que somos unos privilegiados y tenemos que estar agradecidos. Calladitos y agradecidos.

Así que sea ahora o en el futuro que pretendemos imaginar, cuyas bases no dejan de sentarse en nuestro presente, el trabajo o el resto de las relaciones que queremos transformar deben ser vistas y debemos operar en ellas ahora. Sin mediciones públicas, sin parafraseos ni consignas, enfrentando el poder y no tomando los desvíos que el mismo poder propone.

Tiene que ser siempre ahora, porque siempre es ahora.

 

(*) Carlos Pereira das Neves es escritor, columnista y co-Director de Mate Amargo. Coordinador del Colectivo Histórico “Las Chirusas” y miembro del Capítulo uruguayo de la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad (RedH)

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