Por Carlos Pereira das Neves(*)
Hace un par de días se hicieron públicos los resultados de las encuestas que Latinobarómetro realiza en países de la región, un monitoreo de la democracia que ya va para 30 años. Y algunos datos son preocupantes, a la vez que reveladores del estado de situación de la representación en nuestro país.
Estamos hablando de que hay un 65% de uruguayos que no se sienten representados ni por diputados ni por senadores y un 45% al que no le importaría tener un gobierno no democrático con tal de resolver los problemas.
Si el porcentaje, de por sí, no enciende las alarmas, hablemos de porciones de ciudadanía a ver si queda más claro. Casi la mitad de nuestros compatriotas no creen que la democracia, o la capacidad actual de nuestra democracia, pueda resolver los problemas que nos aquejan. Mientras que casi dos tercios de la población no siente que lo que votó en las últimas elecciones esté cumpliendo con lo que ellos esperaban.
Interpretación más, interpretación menos, lo cierto es que más de la mitad de nuestra población no ve que la política institucional esté al servicio de sus problemáticas; igualando a blancos, colorados, cabildantes, independientes y frenteamplistas, en la ecuación. No ven diferencias en el accionar de los distintos partidos, que en los últimos períodos de gobierno han estado a cargo de las decisiones del país y con representación parlamentaria.

Mal de muchos, consuelo de tontos
Los datos también indican que en Uruguay tenemos el segundo mayor respaldo a la democracia de la región. ¿Qué significa? Nada, que estamos un poco menos peor, no es ninguna virtud.
Es un dato que sirve para entender que no es un tema de cuál partido esté o haya estado en el gobierno, qué está haciendo o qué hizo. Es el todo, claramente con la sumatoria de todas las experiencias. Y es un todo instalado en la región. Seguramente en el mundo también, no tengo pruebas pero tampoco dudas, porque se trata de un problema sistémico.
También es seguro que veremos desfilar teorías, culpas, aclaraciones. Veremos desfilar políticos intentando ponerle el cascabel al perro, porque el gato hace rato que se les escapó. Que la culpa es de los que despilfarran, de la gente que no entiende o no tiene paciencia; que la culpa es de los que siempre protestan, de los que hacen pero no saben comunicar; que la culpa está en otros países que definen las políticas globales, que estamos atados de manos.
Difícilmente escuchemos alguna voz pública que admita que no se tiene idea, que no se tiene voluntad de enfrentar lo que haya que enfrentar con tal de lograr cambios irreversibles y que, a medida que pasa el tiempo, ya no se acuerden que se arrimaron a esta historia de la política con el fin de aportar un grano a la sociedad, representándola en la procura de resolver sus problemas.
Me temo que la puntería, como siempre, será hacia algún tipo de justificación. Porque más importante que el problema de que no se resuelvan los problemas y la gente así se pronuncie, es la posibilidad cierta de que toda esa gente ya no vuelva a elegir a los elegibles. Se buscará una o varias repuestas que, lamentablemente o por suerte, ya no van a alcanzar, ya no reparan el daño, la falta.
Como pedrada en ojo de boticario
Sin dudas que esta voz también será vestida de oportunismo y es que, ya que estamos dicharacheros, a la ocasión la pintan calva.
Mientras los dependientes del circo sufragista se arrugan los esmóquines para ver quién sale, a esta altura, menos mal parado, quienes no nos endulzamos con romanticismos democráticos desclasados tendremos que insistir en otros tipos de representación. Quizás ninguna, aunque mejor colectiva. Otro tipo, incluso, de democracia. Una más directa, una a la que le pese más el hambre de la gurisada que la cortesía parlamentaria de menos de 150 personas, algunos ya casi que profesionales legislativos.
La distancia entre la vida y la interpretación de algunos que se olvidaron de obedecer, de mandar obedeciendo, seguirá creciendo en la dinámica del sistema actual. No hay recursos para todos, no hay decisiones para todos, no va a haber planeta para todos y en breve no habrá refugios anti catástrofes para todos.
Son esos que construyen ciudades inteligentes y búnkeres millonarios en islas o montañas, quienes manejan las empresas que operan a nivel mundial y a quienes no nos atrevemos ni a decirles que “lo vamos a pensar” cuando vienen con dólares en los bolsillos y nos compran tierra, puerto, aire. Es más, los salimos a buscar, que vengan con sus inversiones a seguir enriqueciéndose mientras nuestros trabajadores se siguen empobreciendo.
Es contra ellos que tenemos que cargar nuestras baterías y sacar pa´ afuera a todo el que tenga miedo de ir contra esos intereses. A todo el que se le ocurra decir que los recursos no alcanzan para todos, porque si es verdad que no alcanzaran no habrían tantos extranjeros invirtiendo en Uruguay ni tantos uruguayos guardando millonadas de dólares en paraísos fiscales.
Ese 45 y 65% de uruguayos son nuestros trabajadores, nuestros gurises, nuestros veteranos, cobrando jubilaciones mínimas, cobrando $25.000 de sueldo, con necesidades básicas insatisfechas, viviendo en la pobreza, hacinados, endeudados.
Ojalá haya voluntad, por lo menos, para verle los dientes a todos los caballos que nos quieran regalar. Ojalá todavía quede un poco de vergüenza.
(*) Carlos Pereira das Neves es escritor, columnista y co-Director de Mate Amargo. Coordinador del Colectivo Histórico “Las Chirusas” y miembro del Capítulo uruguayo de la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad (RedH)