Por Ricardo Pose(*)
En la escasa producción intelectual que acompaña los escasos debates en la izquierda y las esmirriadas políticas de formación, ha surgido una visión que arriba a la conclusión que: en una etapa que se inicia a mediados de los 80’ (en el caso del sur del continente latinoamericano coincide con el retorno al Estado de Derecho y el retraimiento de las dictaduras cívicas militares), se consolida como única propuesta viable de un programa de izquierda, el impulsado por los denominados Progresismos. Es decir, un proyecto político remasterizado -y acondicionado a la idiosincrasia latinoamericana- de los viejos Estados de Bienestar de la Socialdemocracia Europea.
Aducen, además, que este modelo que en términos absolutos implica una redistribución del ingreso del sistema capitalista, va acompañado del reconocimiento legislativo de una serie de derechos civiles, que no estaban tomados en cuenta como prioritarios por los movimientos de izquierda de los años 60’.
Este ultra pragmatismo progresista, se amparaba y ampara en una realidad innegable: la urgente necesidad de dar respuesta en base a la creación de Ministerios y Planes Sociales, sacando de las durísimas condiciones de exclusión e indigencia a miles de personas a las que el capitalismo (ese que se trata de humanizar) condenó.
Y pondera con urgencia las luchas reivindicativas de género, raciales y de diversidad sexual, de la defensa de bienestar animal. Ponderación que sería correcta si es que no fuera dejando para abordar en un -no muy preciso, pero cercano- día, la desigualdad en el seno de las sociedades.

Los ojos de Mariana
Somos de la generación, que por la franja etaria a la que pertenecemos, la lucha por Verdad y Justicia en las condiciones específicas de Uruguay, se convirtió en el eje principal de acumulación política, y posiblemente la más visible en cuanto a su profundidad democrática hasta nuestros días.
La campaña por el Voto Verde para derogar la Ley de Impunidad, para los militantes de las organizaciones de izquierda, iban acompañadas de su compromiso paralelo con la defensa de la revolución nicaragüense y la lucha revolucionaria en El Salvador.
En el plano nacional, la lucha por la condena a los terroristas de Estado iban acompañadas del relato “sobreviviente” de las luchas de los 60’ y 70’, con su cuestionamiento al sistema político dominante y el rol de sus aparatos coercitivos.
Los colectivos que juntaban firmas contra la ley de impunidad, informaban sobre las violaciones cometidas por militares, policías y civiles durante la dictadura, también formaban parte de sindicatos y gremios estudiantiles, agrupaciones políticas territoriales, cooperativas de vivienda y de producción, centros culturales, que apostaban a la construcción de gérmenes de Poder Popular.
Si el poder político de la burguesía, aliada al imperialismo, no podía ser derrocado, al menos, se pensaba, se podía crear una institucionalidad paralela (zonas liberadas) como un rumbo a seguir.
El desarrollo de una amplia política de alianzas, la construcción de un bloque social y político para los cambios, no implicaba “utilizar” a los sectores políticos de centro izquierda ni someterlos a aceptar un programa de izquierda en el Frente Político, pero lo que sucedió, sobre todo luego de la experiencia de gestión de gobiernos nacionales progresistas, fue la migración de cuadros de izquierda, su reconversión, al confort de políticas socialdemócratas que aprendieron a convivir con los sectores dominantes. Y compartir el grito horrorizado, al advenimiento de los nuevos fascismos, que hasta no hace mucho estaban ahí como unos muchachos macanudos.
Entonces, caída del socialismo del este mediante, se empezó a acuñar el término “sesentistas”, para minimizar, descartar, considerar obsoleto, un relato que más allá de los métodos, seguía cuestionando la estructura capitalista y una democracia que era la superestructura de la dictadura del capital internacional.
Sin machucones
La lucha de Madres y Familiares se ha convertido hasta el día de hoy, y seguramente por mucho tiempo, en la batalla más ética de la sociedad uruguaya.
Pelear por una sociedad donde no se concedan privilegios entre los ciudadanos frente a la ley, donde saber el paradero de todos los compatriotas detenidos desaparecidos no sea un saldo en rojo en el sistema democrático, y donde pueda pensarse en una policía y fuerzas armadas que no sean un instrumento de eliminación de la diversidad, son objetivos más que justos.
Pero, cabe preguntarse, si detrás de ese Nunca Mas, el progresismo impulsa paradojalmente la “renuncia” a pelear por el programa profundo de cambios que perseguía la enorme mayoría de los detenidos desaparecidos.
La lucha por la Democracia, no era la democracia burguesa previa al golpe de estado, ni en términos absolutos, la de los últimos años antes del arribo de los gobiernos progresistas, y ni siquiera la vivida bajo su gestión.
Una concepción progresista que ya presente en los 60’, tildaba de “aventureros” a quienes en su momento entendieron que el camino electoral burgués estaba cerrado para arribar al menos al gobierno e implantar una serie de cambios en beneficio de los sectores populares.
Y si bien es cierto, que en los primeros años del siglo 21 en América latina, varios sectores de izquierda aliados al progresismo arribaron al gobierno, no es menos cierto que en el caso de la experiencia del Sur, ese relato ha “desarmado” política y organizativamente al movimiento popular.
El escenario de las tensiones sociales se ha enquistado en un teatro institucional, judicializado, donde prevalece la denuncia contra los machucones generados por las fuerzas coercitivas del estado (denuncia que está muy bien realizar), en desmedro de las clásicas y necesarias medidas de autodefensa, como si organizarse para protegerse y denunciar la represión fuera antagónico.
Antes de recibir un tirón de orejas y acusar a éste artículo de realizar una apología de la confrontación, aclaramos que de lo que se trata es de proponer sostener y preservar las medidas de lucha que, si bien no permitieron un triunfo de las fuerzas populares en los 60’ y 70’, explican su supervivencia hasta nuestros días.
La ocupación de los lugares de trabajo como una extensión del derecho de huelga, la colonización de tierras sin ningún provecho al decir de Artigas, por parte de familias sin vivienda, no debería ser solo posible como una concesión de la Justicia civil y penal.
Sin equidad
“La ley de la contradicción en las cosas, es decir, la ley de la unidad de los contrarios, es la ley más fundamental de la dialéctica materialista. Lenin dijo: «La dialéctica, en sentido estricto, es el estudio de la contradicción en la esencia misma de los objetos [ . . . ]»[1] Lenin solía calificar esta ley de esencia de la dialéctica y también de núcleo de la dialéctica[2]. Por consiguiente, al estudiar esta ley, no podemos dejar de abordar una gran variedad de temas, un buen número de problemas filosóficos. Estos problemas son: las dos concepciones del mundo, la universalidad de la contradicción, la particularidad de la contradicción, la contradicción principal y el aspecto principal de la contradicción, la identidad y la lucha entre los aspectos de la contradicción, y el papel del antagonismo en la contradicción”. (Mao)
Me atrevo a afirmar, que el progresismo (una suerte de erupción cutánea en el cuerpo de la izquierda), ha resuelto pragmáticamente el asunto de las dos concepciones del mundo, mezclando como el agua con aceite, la visión materialista y la metafísica.
En la visión materialista, denuncia las consecuencias de los gobiernos neoliberales y el crecimiento de las propuestas neofascistas, para concluir metafísicamente, que tales proyectos serán derrotados en las urnas, dando el triunfo a las fuerzas progresistas. Eso sí, por un tiempo, defendiendo la necesaria alternancia en el gobierno, tal cual lo estila la democracia representativa.
Demuestran lo inútil y desgastante que representa apostar a la construcción de proyectos alternativos a la democracia burguesa, como las comunas en Venezuela o en Chiapas, o el constante camino de construcción del socialismo en Cuba, a los que no demoran en tildar de autoritarios, cediendo (una vez más en actitud metafísica) el alma a los centros imperiales y locales de poder.
Una suerte de eterna luna de miel con los sectores dominantes, que no garantizan la equidad en la sociedad, pero protege de posibles machucones.
(*) Ricardo Pose, es Periodista en: Mate Amargo, Caras & Caretas, Ceiba Periodismo con Memoria; Coordinador WEB Telesur; Columnista de El Otro País, periódico España; y radial en Cadena del sol (Rocha-Uruguay), Radio Gráfica de (Bs. As.-Argentina), Voces en Conversa (Maracaibo-Venezuela). Blog personal «El Tábano». Participa en Foros de debates de Lauicom (Universidad de la comunicación Venezuela). Integra la RedH capítulo Uruguay y la Dirección (suplente) del Sector Prensa Escrita de la Asociación de la Prensa Uruguaya (APU).