Por Carlos Pereira das Neves (*)
¿Desde cuándo el tiempo dejó de ser ese espacio en donde suceden los acontecimientos que atraviesan el estado de la materia, para transformarse en una medida? ¿En qué momento dicha medida dejó de ser la posibilidad de -valga la redundancia- medir las distancias entre distintos acontecimientos, para ser ella misma una creadora de acontecimientos? ¿Quién le ha dado al tiempo ésta nueva forma, que lo disfraza de productivismo, que lo rebaja a un simple medio para un fin o -cuando mucho- a un fin en sí mismo?
Nos toca vivir una era marcada por la falta de tiempo constante. Por supuesto que para la gran mayoría de las personas (porque para una escasa minoría el tiempo no es una preocupación), que tienen que trabajar, cuidar, hacer las tareas de la casa, vincularse. Algunas, incluso, militar alguna causa, practicar un arte o deporte. Y todas, absolutamente todas, seguir los mandatos de la sociedad del consumo, del coaching y de las poses.
No dan las 24 horas del día para cumplir con todo, ni para cumplir con la mitad, porque además a un gran porcentaje de esa mayoría no le alcanza su salario y tiene que conseguirse otro trabajo u otra forma de generar más ingresos para cubrir las necesidades más básicas. Porque los especuladores inmobiliarios y las grandes superficies vendedoras de alimentos definen el aumento constante de precio de sus productos, sin importarles que la gente hasta se tenga que endeudar para comer.

Pero el tiempo también se ha vuelto un valor de cambio en el campo de las relaciones y en el de la política, unidos estos quizás por el interés o, mejor dicho, por la mímica de mostrar interés para sacar el máximo -e individual- provecho.
Hacerse desear
Las nuevas generaciones, y algunas viejas (generaciones) aggiornadas, manejan un tipo de lenguaje para describir las tácticas o prácticas inherentes a la comunicación a través de redes sociales. Es un lenguaje que a veces sirve para describir, pero mayoritariamente sirve para crear.
Se crean formas de relacionarse a través de algún anglosajonismo que decore una actitud de mierda, de modo que se pueda volver una realidad de masas, cuestionable cuando la realiza un otro pero aplicable cuando nos queremos hacer “el otro”.
No sé si tiene algún término asignado, pero no responder enseguida cuando tenemos habilitadas todas las notificaciones de todas las aplicaciones en nuestro celular…se practica cotidianamente como una supuesta forma de hacer crecer el interés de esa persona que intenta comunicarse con nosotros, cuando en el fondo se trata de alimentar una falsa auto percepción inundada de mérito y narcisismo.
El tiempo, de espera en este caso, deja de ser una medida para convertirse en una variable, en una herramienta que define la comunicación. Ya sea que se utiliza como medio para el fin de “atrapar (a)” o como el fin de “atrapar (se)” en esa máxima neoliberal y media hippie de “quiérete a ti mismo”.
Somos un producto de nosotros mismos, inventando versiones que cautiven a través del misterio, a través de intentar manejar la ansiedad o la necesidad de quien espera nuestra respuesta. Como Hittler cuando se paraba en el estrado ante las multitudes y los observaba por largos minutos antes de esgrimir cualquier palabra.
Somos el Hittler y la multitud de todas las conversaciones, una estrategia constante, fingida, insulsa.
La Política como producto
Las empresas de marketing, que asesoran campañas y gestiones políticas, sostienen la cada vez más creciente importancia de la comunicación y el timming en la misma. ¡Qué decir! y ¡cuándo decir! Transformando, de esta manera, el propio ejercicio de la política en una puesta en escena constante, ya sea que se tenga algo qué decir o no.
La posibilidad de modificar la realidad para bien de todos queda supeditada a la necesidad de quedar bien parados ante la opinión pública, por lo que los problemas de las personas dejan de importar o importan muchísimo menos que los niveles de aprobación o desaprobación de los políticos de turno.
Las y los políticos alcanzan los lugares que el pueblo les confiere, a partir de ciertas ideas y planes que ellos se comprometen a realizar. Ideas y planes que son, o debieran ser, la síntesis de los problemas que más aquejan a la población.
También se llega a esos lugares sabiendo más o menos la realidad material para llevar adelante esas ideas o con una propuesta de financiamiento, por lo que no debería haber demora para que la institucionalidad se ponga manos a la obra ni bien las y los representantes comiencen a ejercer sus funciones.
Pero es un hecho que esto no sucede así, que el lobby empresarial -ya sea que financie o no la campaña del ganador- y la injerencia extranjera definen lo más importante de la agenda de gobierno. Las temáticas y los tiempos.
Y es así como vemos las caras más bonitas de los busca votos cuando la elección pende de un hilo, para luego ver como se auto adjudican las victorias populares y se creen dueños de nuestros tiempos y nuestras urgencias, para nuevamente verlos en campaña, a mitad de su mandato, y con niveles de desaprobación que ponen en riesgo futuros gobiernos, futuros sillones y sueldos.
¡Qué momento!
Nuevamente, no existe interés en el otro, existe interés en cómo el otro me ve para ver cuánto más le puedo sacar, cuánto más puedo aprovechar para mis aspiraciones personales.
Es imposible definir de ante mano cual es el punto exacto en el que una palabra o una acción producirá más y mejor repercusión, por lo que estaría bueno ser menos calculadores y simplemente hacer las cosas que nos proponemos al empezar un vínculo o una responsabilidad.
Podemos, por lo menos, arrimarnos a una idealidad de momento por la negativa. Entender que cuánto más lejos estemos de nuestro interés explícito, mejor recibido será. Cuánto menor sea la subjetividad, menor será la suspicacia. Pero, sobre todo, cuánto más genuino el planteo y el tiempo, más duradero y transformador será.
El gesto, la comunicación, la acción, no son totales sino existen los otros, sino se piensa en los otros, sino se construye con los otros. Es fácil proponer y prometer cuando la caldera chilla, lo difícil y revolucionario es sostenerse en el tiempo, con coherencia, sin perder de vista que lo que hacemos lo hacemos por un otro y solo es ahí cuando verdaderamente podemos ser.
Así que cuánto menos inundado de nuestra necesidad el tiempo esté, menos idealizado y más mundano el momento será, menos yo y más nosotros tendrá.
(*) Carlos Pereira das Neves es escritor, columnista y co-Director de Mate Amargo. Coordinador del Colectivo Histórico “Las Chirusas” y miembro del Capítulo uruguayo de la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad (RedH)