Refuleras, construyendo otro fútbol.

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Por Claudia Suárez Delgado(*)

En este tiempo donde el fútbol se lleva gran parte de la atención, quisimos conocer otra cara del prisma. Porque este fenómeno social, lejos está de ser una unicidad. Bajo el mismo paraguas confluyen diferentes actores, escenarios, intereses y públicos. Nos acercamos al colectivo “Refuleras” para conocer más sobre las mujeres en el fútbol, al día de hoy, en Uruguay. Nos entrevistamos con Fiorella Besses, periodista deportiva, comunicadora e hija de un jugador de fútbol, nos cuenta que de niña se pasaba en la cancha. Y con Leticia Pérez, jugadora de fútbol y parte del proyecto “Guinda!”: cancha de fútbol con perspectiva feminista.

“Refuleras” es un colectivo de mujeres vinculadas al fútbol desde distintos lugares —jugadoras, periodistas, entrenadoras, integrantes de comisiones de género de clubes, sociólogas, antropólogas— que desde 2022 están construyendo un espacio para hacer visible el hecho de que las mujeres juegan al fútbol, quieren jugar más, y las condiciones para hacerlo a veces se configuran en el límite.

Cuentan que el colectivo nació en una marcha del 8M, en 2022. Leticia Pérez llevaba un tiempo con la idea de armar algo que juntara a mujeres del fútbol de distintos ámbitos. Desde su proyecto “Guinda!” venía pensando en cómo crear un espacio de diálogo, formación, encuentro. La idea se pateaba, se postergaba, nunca terminaba de cuajar. Hasta que ese 8M se lograron juntar, marcharon con las camisetas de sus equipos y desde allí vienen emprendiendo acciones.

«Estaría bueno juntarse con otras, marchar, y qué sé yo», recuerda Leticia. Y así fue. Una escuelita de fútbol feminista de Solymar, la comisión de género de Danubio, y algunas más se encontraron en esa marcha y decidieron seguir viéndose. Convocaron jugadoras, invitaron a más. En el 2023 volvieron a marchar, otra vez en el 2024. Y ahí fue cuando el grupo de WhatsApp empezó a transformarse en algo más.

«Entre 8M y 8M no pasaba nada», nos cuentan. «No éramos un grupo como tal. Éramos un grupo de WhatsApp que una vez al año nos juntábamos a marchar nada más.» Lo que les dio estructura fue un proyecto concreto. A partir del Fondo Mujeres del Sur ganaron una financiación, con esta construyeron una identidad visual, se pusieron un nombre y empezaron a trabajar en generar una encuesta para saber cuántas mujeres juegan al fútbol en Uruguay.

La encuesta la armaron tres compañeras: una economista, una estadística y una socióloga. Pregunta por edades, barrios, frecuencia con la que juegan, en qué formato —fútbol 5, fútbol 7, liga, con amigas—, qué barreras encuentran para jugar más, si les gustaría jugar más y por qué no lo hacen. Para las que juegan en clubes afiliados a AUF preguntaron también por las condiciones: si tienen asistencia médica, en qué estado están las canchas donde practican, si se sienten consideradas trabajadoras.

El criterio de inclusión era amplio, a propósito. No hacía falta estar federada, ni jugar en ningún campeonato. Alcanzaba con haber jugado un partido de fútbol 5 en los últimos dos años. Con unas amigas del trabajo, en el barrio, en el club donde van a hacer otro deporte y se suman a la pelota. «La idea era mostrar que hay un interés real de la mujer en estar en el fútbol», explican. «Como ser humano que es, tiene ese derecho. Y eso nos parecía súper importante mostrarlo en números.»

La metodología es la llamada «bola de nieve»: no se construye una muestra, se larga la encuesta y se difunde de boca en boca. En teoría, en algún momento se satura sola cuando empieza a llegar a gente que ya la respondió. En la práctica, eso está lejos todavía. Hasta ahora la respondieron más de 500 mujeres, un número que el colectivo reconoce que es menor al esperado. Cuando hacen una acción concreta —van a un partido de la selección femenina, visitan un plantel, participan en un evento— el formulario se llena. Cuando no hay acción, se frena. «Hay que empujar la bola de nieve», dice Leticia con una sonrisa.

  Plantean también la dificultad de la identificación: «A la mujer todavía le cuesta asumirse como jugadora de fútbol, aunque sea en el barrio». «No lo toma como algo que merece que lo llene. Si juego con dos amigas del trabajo, capaz no lo visualizo como que estoy jugando al fútbol.» Hay algo ahí, en esa dificultad para identificarse como jugadora, que tiene que ver con los aspectos que quiere trabajar “Refuleras”.

El objetivo final de los datos no es académico. Es político. «El discurso sigue siendo que no hay muchas mujeres que juegan, que no hay interés». «Y mientras no tienes números, ese discurso gana. Porque más allá de que vos digas, no, ahora hay pila de mujeres jugando, en realidad no tenés números. Entonces queremos poder decir: mirá, hoy están jugando tantas mujeres. Hay tantas ligas. Tantos equipos. Estos son los datos.» Los datos como argumento contra los argumentos de siempre. Conocer, visibilizar y así negociar mejores condiciones para la práctica.

Para entender el fútbol femenino uruguayo de hoy hay que tener presente cómo impacta la norma de Conmebol que, desde hace algunos años, obligó a todos los clubes de primera división a tener plantel femenino. Si un equipo no tiene plantel femenino en la temporada en curso, no podrá participar en la Copa Libertadores ni en la Sudamericana al año siguiente. No importa si clasifica. No podría ir.

«Imaginate que por ahí clasifican», dice Leticia. «No se van a arriesgar.» El resultado fue que de un día para el otro todos los equipos de primera empezaron a tener plantel femenino. Mujeres que antes no tenían a dónde ir empezaron a aparecer en los llamados de aspirantes. El número de jugadoras creció, las ligas se multiplicaron. Pero hay una diferencia enorme entre tener un plantel porque te obligan y apostar de verdad a él. La mayoría de los clubes hacen lo mínimo. Y en el momento en que la cosa se complica del lado masculino —si el club está en riesgo de descender, si hay problemas económicos— el femenino es lo primero que se corta. «Lo de Fénix: descendió y enseguida marchó». Wanderers está en la misma situación ahora. “A la primera de cambio la cierran», dice Leticia. «No es que no se logró instalar en el club, no hubo un proceso. Salvo en Nacional y Peñarol, que necesitan ganar en todo, nadie más lo toma en serio.»

Hay un problema que está antes que todos los demás. En Uruguay, las mujeres no pueden vivir del fútbol. Una jugadora llega al entrenamiento después de trabajar ocho horas, o de estudiar, o de cuidar a sus hijos. Llega tarde, cansada, con lo que puede. Si quiere ser realmente profesional —con una dedicación total al deporte, como exige cualquier deporte de alto rendimiento— no tiene cómo sostenerse.

Las que lograron vivir del fútbol se fueron. Pamela González, capitana de la selección uruguaya, les contaba que puede vivir del fútbol. Pero no vive en Uruguay. Las que se quedan entrenan en las condiciones que los clubes les dan, que en la mayoría de los casos son las sobras de lo que el masculino no usa, en los horarios que el masculino no necesita, en los vestuarios que el masculino no quiere. Su deseo, me dicen, es: «Claro, ser considerada trabajadora, tener un trabajo digno», dice Leticia. «La futbolista hoy no tiene un trabajo digno.»

Relatan que fueron a visitar a la selección femenina al Complejo Celeste. Fueron a llevar unos regalos, a decirles que las acompañaban, que importaban. Las recibieron en un depósito, con cajas apiladas, un espacio improvisado.»La doctora que estaba ahí —que es una genia— acomodó una mesa, sacó las cajas, y les dejó los sándwiches y una manzana que les habían mandado», cuenta Leticia.

Recuerdan que en Danubio durante años, el plantel femenino practicó en la Plaza 5, en la cancha de tierra. Eventualmente, con una mejor gestión, consiguieron ir a practicar al complejo del club. Una cancha preciosa, todo bien. Hasta que un día les dijeron que no podían seguir yendo. El argumento que dio el técnico del masculino fue que las jugadoras distraían a los jugadores.

También denuncian los límites más simbólicos que no solo llegan a las jugadoras, Fiorella es periodista. Y una de las cosas que más claramente describe es la diferencia de exigencias entre lo que se le pide a un varón periodista y lo que se le pide a una mujer. «El hombre está ahí en el campo de juego, está en cualquier cancha, no pasa nada. Pero a la mujer esperan que venga maquillada, de taco. No vas a salir, ¿cómo vas a hacer los mandados?»

Lo que describe no es anecdótico, es sistemático. Las mujeres que aparecen en pantalla cubriendo fútbol —en Uruguay, en Argentina, en Europa— responden a un perfil: jóvenes, delgadas, espléndidas: «Modelos maravillosas». El saber está, pero la imagen tiene que estar también, y la imagen tiene requisitos que para los varones no existen. Y si te quedás hablando de fútbol femenino, si tu especialidad es ese tema, no terminás en la tele. Porque la tele no quiere ese tema: «También tenés que ir cambiando hasta la forma de encarar la profesión.»

El acoso, en ese mundo, también existe. «Se vive», y a las entrevistadas les preocupa el que viven las gurisas, las chicas que arrancan, que tienen veinte años, «¿Cuántas cosas se guardan y no salen?» Los gestos simbólicos, dice, son tan constantes que se naturalizan. El compañero que te pone la mano en la cintura al saludarte. El chiste en el grupo de WhatsApp donde la mujer siempre es el objeto. «Estás en un espacio totalmente masculinizado. La mujer está, pero no pertenece.»

Hubo una presidenta del Consejo Femenino de AUF —Matilda Reisch— que decía algo que Leticia recuerda con claridad. Cuando jugaban en los años dos mil y las jugadoras de fútbol eran llamadas «machonas» por los gestos que tenían, por cómo se movían, por cómo se expresaban en la cancha, Reisch señalaba algo que Leticia repite ahora: ¿de dónde iban a sacar otros gestos?. «En esa época no veías mujeres jugando al fútbol en ningún lado. Nada. En la tele, nada. Entonces, en tu construcción, los gestos deportivos, los gestos técnicos, los adoptabas de ver a varones. Incluso tus técnicos eran varones. Y repetías el gesto técnico.»

Si el único modelo disponible era el masculino, los gestos iban a ser masculinos. No porque el fútbol convierta a las mujeres en “machonas”, sino porque la imitación es la base del aprendizaje deportivo y las mujeres no tenían a quién mirar que no fueran varones. Reisch hacía el paralelismo con los bailarines: sus gestos se leen como femeninos porque son delicados y no es porque el ballet los feminice. Leticia jugó desde chica. A los doce años, en su barrio, ya estaba más o menos catalogada como lesbiana. «Una asociación directa tan rápida», dice. Y recuerda el efecto que eso tiene en la infancia: si jugar al fútbol hace que te vean de determinada manera, las chicas empiezan a alejarse. Y así se construye la percepción de que las mujeres no quieren jugar al fútbol. No porque no quieran. Sino porque las condiciones hacen que no lo hagan. «Si lo ves de la niñez, el fútbol es un juego como cualquier otro. Es divertido. Lo ves en la tele. ¿Por qué vos no querrías jugar? Es ridículo. Como que no.»

Leticia tiene Guinda: una cancha de fútbol, alquiler normal, con la intención desde el primer día de que sea un espacio donde la mujer se sienta bienvenida. Organiza torneos, tiene una escuelita. Y nota algo que pasa cada vez que hay un partido de mujeres con público. «Cuando hay algún campeonato, o incluso en los partidos normales, hay gurises en la vuelta. Cuando van los varones. O sea, se quedó en su casa con alguien.» Los cuidados también son una barrera. El hecho de que las tareas de cuidado sigan recayendo de manera desproporcionada en las mujeres hace que cuando es una mujer la que sale a jugar nadie la suple en esos cuidados. Las infancias aparecen en la cancha cuando juegan las madres, y desaparecen cuando juegan los padres.

También está el tema de la maternidad. En el fútbol femenino profesional, o lo que se intenta que sea profesional en Uruguay, una jugadora que queda embarazada no tiene garantías. No tiene derecho automático a volver al equipo. No tiene espacio para amamantar si necesita volver a entrenar en período de lactancia. «Que no tenga que quedar fuera del equipo porque decidió ser madre», dice Fiorella. «Eso también es la mirada de género.»

El fútbol masculino uruguayo tiene un problema de violencia que lleva décadas creciendo y lleva décadas siendo tratado como «cosas que pasan en el fútbol». Los cantos en las tribunas son una mezcla de homofobia, misoginia, referencias a violación y pedofilia que se cantan delante de niños con total naturalidad. Hace unos meses trascendió el episodio de las muñecas inflables en la cancha. La violencia física entre barras es rutinaria. Leticia fue a un clásico femenino en el Parque Central hace unos años. Era la primera vez que ese clásico se jugaba en cancha oficial, habían abierto las dos tribunas detrás de los arcos, estaban llenas. Y en la previa, sin haber entrado todavía, empezaron a escucharse bombas y tiros. Todos corrieron. Un padre con una beba en brazos y una nena de la mano, sin saber para dónde. Se escondieron en jardines de casas. Lo que había pasado era que Peñarol jugaba ese mismo día en el estadio, llegó un camión de hinchas y se bajaron a hacer lío en el clásico femenino. No tenía ninguna lógica.

Las consecuencias fueron que durante años los clásicos femeninos se jugaron a cancha cerrada, sin público. Sin aficionados que pudieran apoyar a los equipos, sin ambiente, sin nada. Y en el masculino, donde la violencia es exponencialmente mayor y tiene décadas de historia, los partidos siguen siendo con público. La sanción fue desproporcionada.

Les pregunto como es “el futbol que queremos” al que hacen refencia varias veces en la charla: «Un fútbol inclusivo», dice Fiorella. «No la inclusión obligatoria, del tipo ‘no me queda otra y se siente que estás de más’. La inclusión de verdad, que permita habitar el deporte con la misma naturalidad y los mismos derechos con que lo habita el hombre.»

Un fútbol donde una chica de doce años que quiere jugar lo vea como una posibilidad real, no como algo que va a tener que abandonar a los dieciocho porque no puede vivir de esto. Un fútbol donde las condiciones de entrenamiento sean dignas, independientemente de si jugás en Nacional o en un club del interior. Un fútbol donde ser madre no te saque del equipo.

«Que lo que mueve el fútbol no sea solo el dinero que me puede dar este producto». «Porque si no, si esto no es un producto que me dé dinero, no invierto en él.»

Un fútbol menos violento para todo el mundo. Las integrantes del colectivo vienen de clubes distintos, son hinchas de equipos distintos, y están juntas trabajando por algo común. Eso, dicen, no les pasa a los varones. «A los varones no los ves en una comisión donde hay de Peñarol, de Defensor y de Danubio, trabajando juntos por un objetivo que trascienda ser hincha de no sé qué», dice Leticia. «No es que esperamos que les pase. Pero sí que no le peguen siete tiros en el pecho al rival.»

El fútbol femenino, observan, tiene algo que el masculino perdió. Vas a ver un partido de mujeres y van los gurises con la camiseta y no pasa nada. Nadie se mete con nadie. Las hinchadas pueden ser mixtas. Se puede ir en familia, tranquilo. Eso es lo que quieren que el fútbol sea: un espacio habitable para cualquiera que quiera estar ahí.

A futuro “Refuleras” tiene dos prioridades. La primera es empujar la encuesta hasta que los números sean contundentes. Publicarla, difundirla, ponerla sobre la mesa donde se discuten las políticas públicas del deporte. La segunda es seguir visitando planteles. Lo de Wanderers fue el primero, pero la idea es hacerlo de forma periódica, con distintos equipos, con la intención de escuchar, de hacer visible la situación desde adentro, de mostrarles a las jugadoras que hay gente a la que le importa lo que les pasa. «Que no estén solas». «Que sepan que si quieren hacer alguna acción, estamos. Que si quieren que alguien esté ahí con una pancarta en el último partido, estamos.»

«El fútbol femenino tenía la oportunidad, como no era nada todavía, de ser otra cosa», dice Leticia. «Y no. Está siendo la misma lógica. Y eso me parece súper triste.» “Refuleras” trabaja para que eso cambie.

La encuesta sigue abierta, te agradecemos se la hagas llegar a todas las mujeres y disidencias que jueguen al fútbol en Uruguay y te invitamos a seguir al colectivo en sus redes

 

Refuleras» está en Instagram como

 

El formulario de relevamiento de mujeres futbolistas en Montevideo y zona metropolitana está disponible en su sitio  Refuleras.org

 

 

 

(*) Claudia Suárez Delgado es licenciada en Psicología, ceramista,  especialista en Gestión Cultural, militante en organizaciones de la economía solidaria, feminista, integrante de la Red de intelectuales y artistas en defensa de humanidad (REDH) y de la Fdim, parte del colectivo Libertadoras antifascistas.uy

 

 

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