Por Carlos Pereira das Neves (*)
Recuerdo aquellos primeros años del primer triunfo frenteamplista a nivel nacional, la esperanza y la credibilidad de toda una militancia y hasta de un pueblo que no le iba a importar esperar un poco para empezar a ver los resultados, porque veníamos de la miseria generalizada.
Recuerdo los planes, los discursos, la necesidad de mantener las ideas de izquierda agazapadas porque primero había que darle de comer a la gente o, como se solía escuchar en las reuniones políticas de entonces, “una persona con la panza vacía no puede razonar”.
Así pasaron uno, dos y hasta tres gobiernos nacionales con distinta fuerza, distintas ambiciones y distintos resultados. Así también, distintas sensaciones en muchos de aquellos que conformaron la victoria frenteamplista -en primera vuelta- de 2004, que fueron dando lugar a continuidades y cambios.
Continuidades y cambios que, dialécticamente, fueron creando bloques uniformes de votos (no de pensamientos) que han devenido en la alternancia del hoy, tan temida por la izquierda de antaño y tan venerada como “ejemplo de democracia” del progrecentrismo de hoy.

Se puede decir que fue fácil proponer y conseguir en el primer lustro, veníamos de la nada misma, cualquier cosa iba a tener sentido y repercusión. En todas las áreas no faltaron las propuestas y los resultados fueron inmediatos. En todas las áreas menos en el área económica estructural, difícil de definir -ciertamente- pero difícil de ocultar, esa nebulosa que nadie sabe hasta dónde llega y qué resortes del poder toca, pero que permite que los muy ricos sean cada vez más ricos sin importar el color del partido que gobierne.
Escucho a muchos entendidos en economía y con una visión de izquierda, porque objetivo no soy ni pretendo ser, sostener que -desde 1985 hasta hoy- la política económica del país no ha variado significativamente. Una visión que fue censurada en los dos primeros gobiernos nacionales frenteamplistas, porque no había que “hacer olas”, pero que fue creciendo en el segundo mandato de Tabaré Vázquez y se ha mantenido en crecimiento sobre todo con la alternancia.
Todavía cuesta verla como opción política tomada más que como resultante administrativa de lo que hay que hacer para “gobernar seriamente”…macro equilibrio fiscal…bla, bla, bla. Y en eso, la derechización de las ideas tiene mucho que ver, la derechización de nuestra manera de pensar el orden vigente y la certeza de la imposibilidad del cambio a la que el progrecentrismo se ha ido aferrando más y más. Pero, sobre todo, tiene que ver con la renuncia a la lucha ideológica de quienes hasta no hace mucho mantenían ideas y comportamientos de izquierda, o un poco más a la izquierda del progresismo frenteamplista (para ser menos dramático con la magnitud de los cambios).
Renuncia que, conforme pasa el tiempo y la comodidad de los estrados que el sistema ofrece para presentarse como dignos representantes del mundo civilizado, va calando y cambiando posturas de personas que ya no quieren alimentarse de colectivos organizados y pensantes, y solo buscan mantenerse representativos de una sociedad expuesta a la derechización sistémica.
Porque razones, hay “para cualquier acomodo” decía Zitarrosa en ‘Milonga de contrapunto’, para luego decir “yo le v’ia a dar a mi modo las razones que colijo”. El tema es que las razones o bien brillan por su ausencia, en un montón que solo siguen la corriente por estar faltos de entrenamiento crítico o por estar en proceso de acomodamiento ideológico, o bien no se plantean blanco sobre negro porque todavía existe un poco de vergüenza colectiva para asumirse distintos.
Lo que si se plantea, y mucho, es el pragmatismo. Obvio que no en su aspecto filosófico, porque hasta para eso son pragmáticos, sino más bien en su aspecto concreto. Es decir, un pragmatismo del pragmatismo, que tiene que ver con el accionar posible desde los lugares de decisión a los que se ha arribado, cambiando la lógica de los acontecimientos, priorizando el llegar para después ver, sumándose a la desacreditación del espacio político como lugar de construcción de respuestas.
Y ¿qué es ser pragmático para quienes reivindican esta -al parecer- vía? Es entender una determinada realidad, inmodificable por cierto, para plantearse cosas que sean realizables. Y cuando digo realizables, quiero decir permitidas. Y cuando digo permitidas, no estoy diciendo necesitadas por la población que las vería con buenos ojos, sino permitidas por la clase que detenta el fruto de la desigualdad reinante.
Pragmático también se vuelve el discurso que hace hincapié en el contorno, en los adornos del cuadro principal, para demostrar que hay margen para actuar. El pelotero de la realidad en el que podemos saltar, gritar, empujar, mientras los adultos cenan y resuelven con comodidad y silencio. El pelotero del “por mientras”: por mientras que no venga la comida, por mientras que los adultos terminan de comer o de charlar, por mientras que no tenemos el presupuesto que deberíamos, por mientras que no llegan las inversiones extranjeras.
Se viene con ese “por mientras” desde hace rato, al punto que se ha vuelto un para siempre. Las propuestas no apuntan al objetivo, de antemano se presentan lavadas y sobre ese lavaje se realiza el intercambio, el escarnio, que resulta en un doble lavado…por las dudas, no sea que los comunistas, tupamaros (y viceversa) escondan sus verdaderas razones en alguna “coma” o en algún “punto y seguido”.
Y como la realidad está tan jodida en un país capitalista, sub desarrollado, dependiente y tomador de políticas internacionales, siempre va a haber un “por mientras” para entretenernos. Siempre va a haber un derecho, cuanto más rimbombante mejor, siempre va a haber una conquista para sentir que todavía hay margen y que no es tan necesario aceptar que tenemos ideas distintas para poder enfrentarlas. Y esos derechos, esas conquistas, se esfuman en cuanto la derecha vuelve a recomponer sus fuerzas sociales para legitimar una vuelta al pasado, muchísimo más rápido que todo lo que demoraron nuestros pequeños avances.
Siempre estamos guardando fuerzas para una futura batalla, mientras el enemigo se apropia de los mejores lugares para garantizar su victoria -cada vez más- total. Sea fruto de la renuncia o de la disparada constante, conforme pasa el tiempo vamos perdiendo esencia y apego de clase, cediendo espacio político transformador. Al punto que no hacen falta victorias de Trumps o ultra derechas, porque ellos mismos son una resultante de la corrida de la izquierda hacia el centro, ellos son fruto de las renuncias de la izquierda más que de las peleas.
Repito, por si no quedó claro, no me interesa la objetividad. Entiendo que ver la realidad con el prisma de esa dicotomía es haber optado por la visión de los opresores, pero además el mensaje ya no debe ser para quienes se acostumbraron a que el “por mientras” forme parte de su léxico y de su práctica política, sino para quienes producen y reproducen la riqueza mientras son obligados a conformarse con lo posible de opciones políticas progresistas que aceptaron la lógica sistémica.
Hay que animarse a hablar más, construir un sentido con quienes compartimos la desdicha de ser descartables (por propios y ajenos), para -por fin- no depender más de retóricas populistas que no han logrado robarle ni siquiera un metro a la avasallante máquina fascista. Pues de ese sentido saldrá la necesidad de una nueva organización para la lucha por la vida y la subsistencia.
(*) Carlos Pereira das Neves es escritor, columnista y co-Director de Mate Amargo. Coordinador del Colectivo Histórico “Las Chirusas” y miembro del Capítulo uruguayo de la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad (RedH)
Fotografía de portada. Claudia Suarez Delgado