La frivolidad: entre el mayo francés y el junio de todos

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Por Carlos Pereira das Neves(*)

“Seamos realistas, pidamos lo imposible” es sin dudas la expresión que más retumba de la primavera francesa de 1968, sobre todo de las manifestaciones estudiantiles ocurridas en mayo de aquél año.

Esa frase del filósofo Herbert Marcuse fue el eslogan y la declaración de principios de la revuelta iniciada en la Universidad de Nanterre, a las afueras de París, en las que se exigía mayores libertades sexuales pero terminaron -de hecho- paralizando el país, demandando el fin del capitalismo y la muerte de la sociedad de consumo.

En estas idas y venidas de las reivindicaciones históricas, la exaltación o la denostación del “mayo francés” oscila de acuerdo a las generaciones (jóvenes o adultos) o a los núcleos sociales clásicos de organización a los que pertenezcamos (estudiantes u obreros). Lo que para un grupo suele ser el ingreso a la lucha por la subversión del orden en todas las dimensiones posibles, para otros suele ser el chivo expiatorio de lo que se puede o no se puede hacer según los manuales tradicionales de la izquierda occidentalizada.

La lucha contra el sistema no llega nunca al cuadrilátero, se pelea contra sí misma tras bambalinas.

Las bambalinas

Algunas miradas sostienen que el Mayo Francés fue un movimiento de fondo caracterizado por la crítica a la enajenación, al fetichismo, y a las desigualdades profundas en las cuales se basa el sistema capitalista.  Un cuestionamiento de los mecanismos de explotación capitalista en el ámbito de las fábricas y un cuestionamiento de la sangrienta dominación imperialista empezando por una oposición el intervencionismo norteamericano en Vietnam. Pero también un cuestionamiento de los mismos agentes de la burguesía en el seno del movimiento obrero que abogan a favor del reformismo y la conciliación de clases.

Para el filósofo Francisco Fernández Buey “no fue la gran fiesta lúdica, como se viene diciendo casi siempre, sino el gran susto. O aún mejor: una gran protesta estudiantil que se acabó convirtiendo en un gran susto para la gran mayoría.” Lo que comenzó como quejas en las universidades se convirtió en un movimiento de protesta generalizado en las barricadas de París y siguió con ocupaciones de fábricas y huelgas obreras que asustó a la mayoría de la sociedad francesa del momento.

Los cuestionamientos de corte ideológico venían acompañados de una revolución silenciosa que buscaba un cambio de prácticas, de normas sociales: una mayor participación social, liberación del cuerpo y de la sexualidad…“la imaginación al poder”. En este sentido, el historiador Pascal Ory describe este tiempo “como el acontecimiento que hizo que se pasara de una izquierda generalista obrera a una nueva izquierda especializada en la lucha contra los valores de la sociedad”, es decir de una izquierda generalista a unos izquierdismos especializados.

Otras miradas, como las de Gilles Lipovetsky, sostienen que se trató de una revolución sin proyecto histórico, un levantamiento cool sin muerte, una «revolución» sin revolución. Incluso va más allá y sostiene que el 68’ fue el catalizador del individualismo narcisista triunfante en los años 80’.

Escribía el historiador francés, Charles Morazé: “¿Revolución? El Mayo del 68’ fue solamente una de tantas palabras, y lo fue, sobre todo, porque la gente estaba harta de ser gobernada”. Cuestionando las posturas de ciertos intelectuales que asumieron que huir de los formalismos de la expresión podía ser un acto político, mientras debatían sobre teoría política en un lenguaje inaccesible.

Para Eric Hobsbawm, la moderación y calma en las negociaciones salariales anteriores a 1968 fueron más significativas que el descontento estudiantil, aunque estos proporcionasen a los medios de comunicación un material más dramático. Describió el alzamiento estudiantil como un fenómeno ajeno a la economía y a la política, que movilizó “a un sector minoritario concreto de la población, hasta entonces apenas reconocido como un grupo especial dentro de la vida pública, y -dado que muchos de sus miembros todavía estaban cursando estudios- ajeno en gran parte a la economía, salvo como compradores de grabaciones de rock: la juventud.”

El filósofo Regis Debray, en su “Modeste contribution aux cérémonies officielles du dixième anniversaire”, también -al igual que Lipovetsky- va más allá del cuestionamiento y sentencia que “Mayo concede brillantemente los deseos del capital, incluso si eso significa violar sus tabúes e incurrir en su ira”.

Ir hasta el fondo

Estos debates fueron propios del tiempo y las circunstancias que los parieron. Circunstancias tanto creadoras como limitadoras, razones y análisis hubo de sobra, quizás faltó la voluntad de acompañar y multiplicar la acción, en París y en el resto del mundo. Aquello que decía el Che “uno, dos, tres Vietnam”, aunque no se parecieran a Vietnam.

Pero el mayo francés puso o volvió a poner en el tapete una lucha que -quizás- por ser muy púbica hoy no nos permite contemplar su dimensión histórica. El cuerpo, el deseo, la imaginación, la profundidad. La posibilidad de llevar una vida en completa libertad, claro que atada completamente al derrotero de la lucha por las condiciones materiales para la existencia y, por eso, nunca ajena.

Las contradicciones están a la orden del día, siguen estando. Sigue siendo válido pensar que si uno se entrega a la lucha por mayores libertades individuales está siendo funcional al sistema, tan válido como pensar que es igual de funcional la moral burguesa del progreso, la superación, a la que nos entregamos por completo cada vez que renunciamos a enfrentar cualquier resorte del sistema y solo nos conformamos con una pequeña redistribución de los excedentes cuando nos toca en suerte gobernar sobre un -cada vez más inusual- período expansivo de la economía capitalista.

Y hoy, en plena expansión y dominación de vínculos digitales por sobre los tridimensionales, en plena victoria de la mercantilización del deseo, es que ciertos debates instalados en Francia en el 68’ cobran particular interés para quienes nos resistimos a deshumanizarnos.

La lucha también la estamos dando en el campo vincular, cuando elegimos arreglar en lugar de romper/tirar/cambiar; cuando elegimos estar de cuerpo y mente presente en lugar de esperar a que pase un tiempo razonable de atención para poder ir a tirarnos a algún sillón y consumir el resto del tiempo que nos queda de día; cuando elegimos sostener o dejarnos sostener en lugar de mirar para el costado y después dar lecciones de cómo convivir o lamentarnos del estado de violenta ebullición en el que vive constantemente nuestra sociedad…cuando elegimos querer.

Tantas síntesis como ganas

Los movimientos de 1968 confirmaron y reforzaron el patrón de posguerra que revelaban la dificultad de involucrar a la mayoría de trabajadores en ambiciosos proyectos políticos o sociales, los cuales se basaban en ideologías que atraían solo a las élites y a los militantes mucho más que al público en general o a la clase obrera. Para muchos asalariados, sus intereses personales y familiares inmediatos tenían prioridad sobre temas políticos y sociales más amplios.

Pero también confirmaron que la lucha tiene varias dimensiones y no hay que descuidar ninguna. Las guerras cognitivas actuales lo demuestran fehacientemente, para aquellos que se creen que amar es de hippies y no un espacio de lucha tan o más importante que la más primera de las trincheras.

Si no existe humanidad, no va a haber humanidad que salvar o -por lo menos- cuidar. Si todas nuestras actividades se resumen en transacciones, comerciales o emocionales, no va a ser necesario el cuidado del planeta ni una discusión razonable sobre el destino de la Inteligencia Artificial porque ya habremos perdido el sentido de vivir, con otros y hasta con nosotros mismos.

La imaginación, el deseo, lo imposible, están ahí, esperando nuestras ganas y nuestro compromiso. Esto no es una retirada, es volver al origen de nuestra vida en comunidad.

(*) Carlos Pereira das Neves es escritor, columnista y co-Director de Mate Amargo. Coordinador del Colectivo Histórico “Las Chirusas” y miembro del Capítulo uruguayo de la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad (RedH)

Fotografía portada:  Claudia Suárez Delgado es licenciada en Psicología, ceramista,  especialista en Gestión Cultural, integrante de la Red de intelectuales y artistas en defensa de humanidad (REDH) y de la Fdim, parte del colectivo Libertadoras antifascistas.uy

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