Por Ricardo Pose (*)
El mundo mira horrorizado el reverdecer del imperialismo estadounidense, la política belicista de Donald Trump y el accionar genocida del líder sionista Netanyahu; mientras el dedo señala el aparente estado de alteración mental de ambos líderes, miles que tiran la piedra y esconden la mano, festejan.
Civiles y militares cipayos, gerentes -en sus respectivas naciones- de los intereses imperiales, celebran en sus propios festines.
Hay términos que el lenguaje de lo políticamente correcto ha dejado de utilizar, pero Cipayo, es un término con dos significados principales: históricamente, describe a los soldados indios al servicio de potencias europeas (especialmente británicas) y sobre todo en América Latina, debería seguirse usando para describir a quien sirve a intereses extranjeros en detrimento de su propio país.
A pesar del origen militar de la expresión, ya hace muchísimos años el General José Gervasio Artigas se refería a los peores americanos; se refería a los enemigos de la revolución de independencia que emigraron a Buenos Aires, España o Portugal, y a los terratenientes locales opositores, cuyas tierras fueron expropiadas para ser repartidas entre los más desposeídos, bajo el lema: «los más infelices serán los más privilegiados”.
Oligarquía cipaya, rosca financiera, burguesía berreta, han sido los calificativos para señalar a dirigentes y grupos de poder que han entregado soberanía nacional, en el proceso uruguayo.
Pero hoy, a partir del segundo gobierno de Donald Trump, los cipayos se muestran con orgullo y obsecuencia: Kast en Chile, Milei en Argentina y Asfura en Honduras (candidatos con apoyo explícito de Trump), Noboa en Ecuador, Fujimori en Perú, Paz Pereira en Bolivia, son alguno de los integrantes del pomposo nombre del cipayismo: El Escudo de las Américas.
Confirmar ser el patio trasero de Estados Unidos, además de ser una clara decisión política e ideológica, lo es comercial y culturalmente.

Cipayismo cultural
Sin caer en un chauvinismo nacionalista, hay una expresión cultural colonialista, impulsada por una actitud de cipayismo.
Los economistas explican porque la dolarización de nuestras economías resultó ser un proceso imparable, pero poner a los gobernantes de la época como pobres víctimas obligadas a entregar la soberanía de sus monedas es un incomprensible acto de benevolencia.
Si la dependencia tecnológica, de la obtención de maquinaria y sus repuestos, de la instalación de redes informáticas, de manuales de instalación, hallaba en el aprendizaje del idioma imperial un mecanismo de autonomía, no es menos cierto que se convirtió en una suerte de obtención de estatus cultural.
Saber hablar y escribir en inglés no es visto como una herramienta, sino como algo que está muy cool, y no hacerlo, implica quedar excluido de las posibilidades de algunos trabajos y de ciertos círculos sociales.
Manejar el idioma imperial debería ser una tarea de resistencia y no un galardón de imperceptible sumisión, un trofeo del colonialismo, tan distante del cantar de Cutumay Camones: “tío caimán hablaba inglés, y andaba por todo el mundo, y en cada sitio que iba, metía su sonido inmundo”.
Fue el aprendizaje del idioma, por aquello de que la palabra construye realidad y pertenencia, que la historia se ha llenado de Cipayos, en nuestro caso, desde la maldición de Malinche hasta nuestros días.
Cierto es que en el caso de nuestra historia como colonia, la presencia del idioma español y el portugués se personificaba en la intervención militar, así como los ingleses y los yanquis en otras regiones.
El proceso colonialista cultural no vino en buques de guerra sino a través de los medios de comunicación y la industria del entretenimiento, fundamentalmente el cine, a mediados del siglo pasado.
No entró por la sangre sino por los oídos y los ojos; luego llegó por el sabor, y ahora, con mayor intensidad, por el conocimiento.

Trincheras de resistencia
En los tiempos que corren, poder liberarse de las cadenas económicas del imperialismo estadounidense no parece ser una posibilidad inmediata.
Política e ideológicamente parece más realizable, pero aun los pueblos que se han alzado en ese plano contra el imperio yanqui están sometidos a su poder económico, por necesidad de los intereses de los grupos empresariales nacionales o por sometimiento como el caso de Cuba y Venezuela.
Sin embargo no hay que perder de vista que economía, ideología y cultura forma parte del mismo entramado, los hilos de la telaraña colonial.
La izquierda no ha logrado sintetizar el rol de la lucha entre Imperialismo – Nación y Capital – Trabajo, viéndolos siempre como etapas cuya resolución no se veía complementariamente, sino por separado, siendo la segunda una etapa a resolver, luego de la primera.
La expansión y dependencia del imperialismo ha “facilitado” la comprensión de esa perspectiva y debería permitir la elaboración de nuevas estrategias de resistencia, para lo cual hay que tomar distancia del pragmatismo político imperante.
Hay en todos los sectores de la economía una relación, un vínculo, donde la lucha de las dos contradicciones, atendiendo cual resulta ser la principal y cual la secundaria, se pueden librar en un mismo plano.
Sin espejos, ni espejismos
La uruguayes tiene un problema adicional a la sobrevivencia de su identidad; nuestra baja natalidad y sin que esto sea una alegoría nacionalista de corte “supremacista”, implica un necesario mestizaje reproductivo con integrantes de otras nacionalidades, y en su elección esta seguir con la tarea permanente de construcción de la Patria Grande.
Los cipayos están ahí, visibles para todo el mundo; también está allí la decisión de romper de una buena vez con la cultura de occidente, que desde nuestro origen ha sido la expresión de nuestro sometimiento colonial.
Tampoco se trata de emigrar hacia nuevas formas coloniales, ir al calor de otros imperios, por más amigables que nos resulten.
Pepe dejó un desafío planteado: el «Proyecto Amazonia», que no es una iniciativa infraestructural física, sino una propuesta geopolítica, cultural y de integración regional para América Latina.
Conceptualmente planteaba un cambio de Identidad en donde América Latina debería llamarse «Amazonia» o «Amazoonia», ya que argumentaba que este nombre representa mejor la verdadera identidad de la región: el tronco indígena, la herencia afrodescendiente y los inmigrantes europeos, unificando el continente a través de su corazón ecológico común.
Ver a la Amazonia como el «corazón común» necesario para crear una civilización americana unida, que, ante la crisis ecológica y la competencia global, la región debe unirse para defender sus recursos estratégicos y no depender de la bonanza externa.
Implica a la vez levantar banderas de sostenibilidad contra el «Holocausto Ecológico»: Pepe vinculaba esta propuesta con la lucha contra la destrucción del medio ambiente, advirtiendo que la deforestación del Amazonas es una «criminalidad contra las generaciones futuras» y un acto contra la ciencia.
Un desafío hoy puramente intelectual, como ha sido el origen de todos los movimientos emancipadores; una conspiración, en el medio del festín de los cipayos.
(*) Ricardo Pose, es Periodista en: Mate Amargo, Caras & Caretas, Ceiba Periodismo con Memoria; Coordinador WEB Telesur; Columnista de El Otro País, periódico España; y radial en Cadena del sol (Rocha-Uruguay), Radio Gráfica de (Bs. As.-Argentina), Voces en Conversa (Maracaibo-Venezuela). Blog personal «El Tábano». Participa en Foros de debates de Lauicom (Universidad de la comunicación Venezuela). Integra la RedH capítulo Uruguay y la Dirección (suplente) del Sector Prensa Escrita de la Asociación de la Prensa Uruguaya (APU)
Fotografía de portada Claudia Suárez Delgado