Venezuela: una mirada desde adentro

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Entrevista a Ximena González Broquen: «Vamos a la ofensiva, con amor revolucionario, con soberanía cognitiva y con la certeza de que otro mundo es posible, porque ya lo estamos haciendo posible».

Por Julieta García Ríos (*)

» ‘Jala’ que el pueblo es cuero seco
si lo pisan por un lado
por el otro se levanta
por algo tiene la piel
florecida de esperanza»
(Ali Primera, fragmento «La Soga»)

La académica y militante Bolivariana Ximena González Broquen, que recientemente asumió la coordinación internacional de la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad (REDH) es la invitada. La frase martiana «Patria es humanidad» bien le ciñe a ella. Nació en Francia durante el exilio politico de sus padres de las dictaduras del cono Sur. Hace 20 años eligió Venezuela como Patria.
A esa tierra en Revolución llegó en el 2006 la Doctorada y Magister en Estudios Políticos y Filosofía de la Universidad de la Sorbona.

Julieta García Ríos (J.G.R.): Antes de hablar de la tierra bolivariana y su situación actual hablemos de tus padres, ¿quiénes fueron?

Ximena González Broquen (X.G.B.): Mis padres son parte de esa geografía rebelde del Cono Sur. Mi papá, uruguayo, mi mamá, argentina. Ambos militantes, en Montevideo, en los años duros. En el 72 se refugiaron en Santiago de Chile, porque Allende era la esperanza. Ya sabemos lo que pasó: el golpe de Pinochet que los obligó a refugiarse en la embajada de Panamá. De ahí terminaron en Francia. Allí nací yo. Nací en el exilio.

El exilio, para quienes militamos, es un dolor que se vuelve memoria viva, y esa memoria, cuando la abrazamos sin miedo, se transforma en esperanza activa, en escuela de amor revolucionario. Mis padres pertenecen a esa estirpe de pueblos del Cono Sur que dijeron «basta» a las dictaduras del imperio. Mis padres me enseñaron que la colonialidad no es solo explotación económica: es, ante todo, secuestro de la palabra y fabricación del olvido. Y que la única respuesta posible es la memoria viva.

Ellos me transmitieron la certeza de que el poder colonial siempre intenta hacernos dudar de nosotras mismas, pero que la zona del no ser de Fanon no es un destino eterno: es una trampa que se desmonta con organización, conciencia y, sobre todo, con amor por lo nuestro. Mis padres me enseñaron que la patria,  la matria, no se recibe como herencia, se conquista como praxis. Por eso, cuando años después puse los pies en esta tierra bolivariana —que elegí como mía porque ella también me eligió—, supe que mis padres ya me habían dado la única herencia que no caduca: Ellos me legaron el fuego que aquí, en Venezuela se hizo hoguera colectiva. Mis padres no me dieron un lugar de origen geográfico. Me dieron una brújula ética: defender la humanidad, pasar a la ofensiva del pensamiento liberador y construir, desde el Sur, un horizonte que el imperio no podrá colonizar. Esa memoria la llevo en los huesos. Esa memoria fueron mis padres. Y esa memoria soy yo.

El domingo, Día de la Madre en Venezuela, cierro los ojos y la siento: mi madre sigue aquí, con su intransigencia amorosa que nunca negocia la dignidad, con su risa porteña que atravesó dictaduras y exilios y que aún me habita como un río subterráneo. Su abrazo no es recuerdo: es territorio. Es la primera trinchera donde aprendí que la ternura también es un arma de liberación.

J.G.R.: En el 2006 estudiaste un postdoctorado en FACES-UCV mientras trabajabas en el Despacho de la Cancillería… ¿qué encontraste en la nación bolivariana en la que echaste raíces?

X.G.B.: En Venezuela lo que encontré fue al pueblo de Bolívar en movimiento. No llegué a una República abstracta ni a una democracia formal de esas que venden en los manuales del Norte. Llegué a un proceso que había decidido retomar el hilo de la gesta libertadora, esa que Simón Bolívar soñó en el Congreso Anfictiónico de Panamá hace dos siglos: la unidad de Nuestra América como única garantía frente al imperio.

En la Universidad Central de Venezuela, en FACES, realicé mi postdoctorado en Reconfiguración de la Política. Pero el aula más grande estaba afuera: en los consejos comunales donde las vecinas diseñaban presupuestos participativos, en las misiones sociales que llevaban alfabetización y salud a los barrios más humildes, en las calles donde el pueblo salía a defender su Constitución cada vez que las élites intentaban quebrarla. Allí entendí lo que significa poder constituyente permanente: la idea de que el proceso no termina nunca, que la revolución no es un punto de llegada sino una praxis cotidiana, exactamente como lo enseñó mi Comandante Chávez.

En el Despacho de la Cancillería, tuve el honor de trabajar cuando Nicolás Maduro era canciller. Allí aprendí que la diplomacia bolivariana es diplomacia de paz y es diplomacia de los pueblos, no protocolo ni retórica vacía. Es la defensa de la dignidad de los pueblos del Sur con coherencia y valentía. Aprendí que la soberanía relacional —la capacidad de ejercer la autodeterminación de manera colectiva y coordinada— se materializa en el ALBA, en la CELAC, en los puentes de solidaridad entre Cuba, Palestina, Venezuela, Irán, Líbano. Aprendí que la unidad Sur-Sur no es un slogan, sino una estrategia de autodefensa colectiva.

Pero sobre todo, encontré un concepto que me transformó para siempre: la corresponsabilidad. No como un principio moral abstracto, sino como una práctica cotidiana. La corresponsabilidad es la co-actividad que funda lo común. Es la certeza de que el poder popular no es una representación, sino un accionar conjunto, una reciprocidad auténtica en el ejercicio político. Eso lo vi en los consejos comunales, en las asambleas, en la forma en que un pueblo bombardeado por sanciones y agresiones seguía tejiendo redes de trueque, medios comunitarios, escuelas populares.

¿Por qué eché raíces? Porque aquí encontré lo que el exilio me había enseñado a buscar: un pueblo dispuesto a existir, resistir y reexistir. Y aquí entendí que la memoria viva no es un concepto abstracto: es corporal (se guarda en los gestos, en el caminar de las tejedoras y los sembradores), es comunitaria (se teje en los consejos comunales, en las asambleas de mujeres, en las escuelas populares), es relacional (no sigue una línea recta, sino redes de significado donde un ritual, una canción, una marcha contienen siglos de resistencia) y es insurgente porque desafía cada día la versión oficial de la historia. Encontré el horizonte del Estado Comunal, ese Estado que no se impone desde arriba sino que se edifica desde abajo, con consejos comunales, comunas y ciudades comunales como expresión territorial del poder popular. Encontré al pueblo de Bolívar, ese que no se rinde, ese que en cada batalla renueva el juramento del Monte Sacro. Eché raíces porque aquí la patria no es un certificado de nacimiento, sino un acto de amor militante. Y yo soy militante del amor revolucionario.

J.G.R.: En la madrugada del 3 de enero de 2026, el bombardeo de EEUU a Venezuela y el secuestro del presidente constitucional Nicolás Maduro y la diputada Cilia Flores conmovió al mundo. ¿Hay un antes y un después? ¿Qué reflexiones quisieras compartir al respecto?

X.G.B.: Este momento es duro, muy duro. No voy a venir aquí a decirles que todo es fácil, que no hay dudas, que no hay preguntas que nos atraviesan el pecho. Las hay y son legítimas, dolorosas. Cuando bombardean tu ciudad, cuando secuestran a tu presidente, cuando ves las imágenes de la destrucción, la primera reacción es el vértigo. ¿Qué hacemos? ¿Cómo seguimos? ¿Hasta dónde resistimos? Esas preguntas no son traición. Son humanidad. Y la memoria viva nos pide que no nos quedemos en el dolor, que lo transformemos en praxis.

Ese 3 de enero nos partió la historia en dos. El imperio desplegó, por primera vez en nuestra región, sistemas avanzados de inteligencia artificial para la guerra. No fue la delación de un general, ni la rendicion de un ejercito. Fue la fusión de petabytes de datos: patrones de consumo, firmas térmicas, comunicaciones encriptadas procesadas por algoritmos predictivos. Ejecutaron un sabotaje tecnológico masivo: apagones, desmovilización electrónica de radares, neutralización de defensas antiaéreas. La CIA no necesitó comprar a un general: compró y procesó datos.

Bombardearon el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC) , mi centro de investigación. Y aquí quiero detenerme. En el IVIC se encontraba un Reactor Experimental, que fue clausurado definitivamente en 1991. Desde entonces, Venezuela había estado solicitando al Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) la extracción y traslado del material nuclear restante, sin lograr responsabilización alguna de esos organismos. Luego del bombardeo, y de la catástrofe que hubiera podido ser si le hubieran dado, logramos con la fuerza de nuestra diplomacia de paz que la OIEA y el Reino Unido se hicieran, por fin, cargo del traslado especializado. Venezuela actuó con responsabilidad, transparencia y apego al derecho internacional. El bombardeo al IVIC —a 50 metros de ese reactor, aunque ya sin material— no fue un error de puntería. Fue un mensaje: el imperio no respeta la vida, la ciencia, la soberanía, ni siquiera los acuerdos internacionales que Venezuela cumplió. Es epistemicidio estratégico. Es necropolítica colonial pura.

Y lo mas doloroso, secuestraron a nuestro Presidente Constitucional, Nicolás Maduro Moros, y a nuestra primera combatiente, Cilia Flores. No los «arrestaron»; los secuestraron en su domicilio, violando todo el derecho internacional.

Ahora bien, en medio de este panorama, algo hermoso ocurrió. El pueblo no se quedó en sus casas a llorar. El pueblo salió. Aquí el mensaje fue claro: se expresó en la continuidad constitucional asumida con serenidad, en la movilización instantánea en las calles, y de manera emblemática, en la Consulta Popular del 8 de marzo, donde miles de venezolanas y venezolanos ejercieron la democracia directa. Esa jornada fue memoria viva, puesta en práctica de esa capacidad de autogobierno que nos constituye como proyecto colectivo. Y demostró que lo seguimos sosteniendo.

Con esa misma fuerza, con ese amor revolucionario que nos caracteriza, el pueblo volvió a salir. Desde el 19 de abril, respondiendo al llamado de nuestra presidenta encargada, iniciamos una peregrinación para exigir el fin del bloqueo a Venezuela, una caminata que durante doce días recorrió el país. El jueves 30 de abril,  nuestra perigrinacion desembocó en el Jardín Botánico de Caracas. ¿Saben qué significa para nosotros ese lugar? El 29 de febrero de 2004, desde ese mismo suelo, el Comandante Chávez declaró el carácter antiimperialista de la Revolución. Y allí, en ese mismo suelo, Delcy Rodríguez, como presidenta encargada, culminó nuestra peregrinación del amor y la esperanza. Allí, entre el recuerdo de Chávez y la fuerza del presente, nos abrazamos y supimos, una vez más, que la unidad no había sido quebrada.

Ese es el mensaje que late. A veces de forma subterránea, a veces invisible para los analistas de escritorio, pero late. La praxis constituyente antiimperialista y constituida en Venezuela sigue su curso. No es lineal ni perfecta. Se hace en la complejidad, en la duda, en el riesgo. Pero camina.

Entonces, frente a las lecturas lineales, frente a los que nos exigen pureza desde la comodidad, la memoria viva nos enseña una lección fundamental: los pueblos que han sobrevivido siglos de opresión no lo han hecho mediante el dogmatismo ni el «deber ser», sino mediante la adaptación estratégica. Nuestros ancestros y ancestras no tuvieron el lujo de ser «puros» o «intransigentes». Tuvieron que negociar, simular, ceder en lo accesorio para preservar lo esencial. Supieron navegar la incertidumbre sin perder el horizonte liberador. Esa sabiduría práctica es parte de nuestro archivo insurgente.

Ese archivo nos da tácticas concretas: el cimarronaje, el uso del derecho colonial contra el propio sistema, la preservación de saberes bajo apariencias de sumisión. También nos brinda fortalecimiento subjetivo: nos recuerda que hubo quienes resistieron en condiciones mucho peores, y que a pesar de todo preservaron su humanidad. Nos recuerda que nosotros/as mismas hemos sobrevivido golpes de Estado, guarimbas, quema viva de nuestra gente, guerra económica, acaparamiento. Y si ellos y ellas pudieron, si pudimos ayer, también podremos hoy y mañana. Eso nos quita el miedo y nos devuelve la esperanza.

Pero hay más: la memoria viva es el sustrato de la organización. Los consejos comunales, las cooperativas, las redes de trueque, las escuelas populares, las radios comunitarias, los medios alternativos: todo eso es memoria viva puesta en práctica. Son formas de reexistencia —volver a existir a nuestra manera— que nuestros ancestros ya ensayaron y que nosotras actualizamos en condiciones distintas. Porque el cumbe de ayer es —y no es— a la vez el consejo comunal de hoy. La comunalización del poder que soñaron las cimarronas es la que organizamos en asambleas populares. La economía comunitaria de los pueblos originarios es la que reinventamos en redes de trueque y cooperativas.

¿Cómo respondemos a la guerra cognitiva? ¿Con más información? No. La infoxicación no se combate con más datos, sino con más sentido. Y el sentido no lo dan los datos, lo da la memoria. Nos dicen todo el tiempo que no comunicamos bien. Yo respondo: el problema no es comunicar más. Es el sentido, la capacidad de hilar los hechos. Tenemos que reaprender a leerlos, a reconectarlos, a luchar contra esa guerra mediática que nos embrutece y nos acostumbra a mensajes predigeridos, a respuestas inmediatas, a reaccionar en tiempo real. Tenemos que volver al pensamiento político, a la comunicación política. No la que procesa datos masivamente, sino a la que reaprende a pensar, a hilar, a tejer. Con amor revolucionario.

La memoria viva nos proporciona un marco interpretativo propio. Cuando sabemos de dónde venimos, sabemos quiénes somos. Y cuando sabemos quiénes somos, es mucho más difícil que nos atrapen las narrativas del miedo o la desesperanza.

El 3 de enero fue un antes y un después. El después es más doloroso, pero también más consciente. Nos encuentra con más preguntas, pero también con más memoria. Y la memoria es nuestra trinchera, no para quedarnos encerrados en ella, sino para desde ella salir al ataque. Salimos de esa madrugada con más unidad, más ofensiva, y con la certeza de que mientras haya un solo venezolano dispuesto a caminar hasta el Jardín Botánico, la soberanía no ha muerto. Está viva. Y lucha.

J.G.R.: Ximena te corresponde coordinar la Red de Intelectuales, Artistas y Movimientos Sociales en Defensa de la Humanidad (REDH) en momentos cruciales para el mundo: caída violenta del imperialismo yanqui, genocidio en Palestina, invasión a Venezuela, escalada injerencista en América Latina y el Caribe. ¿Qué acciones refuerzan hoy el trabajo de la REDH para hacer frente al imperialismo, el fascismo y el colonialismo?

X.G.B: La REDH no es, no puede ser, un club de opinología, ni un seminario académico. Es una trinchera de pensamiento militante que nació de la mano del Comandante Hugo Chávez y del Comandante Fidel Castro en 2004, cuando nos dijeron: «Estar en defensa de la humanidad es ir a la ofensiva». Hoy, asumir la coordinación internacional de la REDH es para mí un honor y una responsabilidad inmensa. No vengo a administrar lo existente. Vengo a pasar a la ofensiva del pensamiento liberador.

En este momento de agresión múltiple —el genocidio en Palestina, el bloqueo criminal a Cuba, la resistencia de Venezuela, las amenazas a México, Colombia, Haití, las agresiones a los movimientos de liberación en África—, creo que como REDH tenemos por lo menos cinco líneas de acción concretas:

Primera: Desmontar la fragmentación y mostrar el patrón histórico. El imperio opera presentando cada agresión como un episodio aislado. Nuestra tarea es tejer la trama, demostrar que lo que ocurre en Gaza, Venezuela, Cuba, el Sahara Occidental o el Líbano responde a una misma lógica colonial de despojo y muerte. 

Segunda: Disputar el poder de nombrar. La batalla por las palabras es una batalla por la realidad misma. Cada palabra justa es un acto de soberanía cognitiva. Estamos elaborando un glosario insurgente para medios comunitarios y escuelas populares.

Tercera: Desactivar las trampas divisorias y cultivar la confianza como acto político revolucionario. El imperio nos ataca con rumores tóxicos —pactos secretos, traiciones, fracturas, la mentira del «uranio regalado»—, con narrativas de división. Es el divide y vencerás actualizado en laboratorios de guerra cognitiva. Frente a eso, promovamos una cultura política de la confianza radical basada en la memoria viva, no en la ingenuidad. Recordamos la historia compartida, las lealtades demostradas. 

Cuarta: Construir infraestructuras propias de soberanía cognitiva y tecnológica. No podemos depender de plataformas del imperio para pensar nuestra liberación.

Quinta: Pasar a la ofensiva constituyente continental: el poder popular como único horizonte

Nos encontramos frente a una crisis civilizatoria estructural, donde el fascismo resurge con bases populares, montado sobre problemas reales que las democracias liberales —y a veces incluso nuestros propios procesos— no han podido resolver del todo: la inseguridad que el fascismo capitaliza con su «mano dura», la dependencia de políticas monetarias hegemonizadas por bancos centrales alineados con la banca privada, la corrupción estructural que debilita la confianza ciudadana.

Este neofascismo se caracteriza por el autoritarismo securitario montado sobre figuras personales, la captura del Estado por élites empresariales, la remilitarización de la vida pública, los incentivos ecológicos depredadores bajo el rótulo de «energías verdes», el ataque sistemático a la Universidad pública y la guerra cognitiva para silenciarnos y embrutecernos.  Lo hemos visto en la región, y lo estamos viendo crecer.

Frente a esto, debemos convocarnos a activar un proceso continental constituyente de los pueblos. No desde la vieja soberanía westfaliana que el Norte nos niega y el Sur reclama sin obtener, sino desde la activación de las soberanías cuerpo-territorio, desde esos espacios donde, como en Venezuela con nuestras comunas, ejercemos el verdadero poder constituyente, la verdadera corresponsabilidad y la autogestión. Se trata de transformar desde la praxis activa, desde la memoria viva, nuestras vidas. Paso a paso, abrazo a abrazo, disputa por disputa.

Pongamos en movimiento el sueño de Bolívar de la unión de Nuestra América. Rearticulémonos. Unámonos los pueblos del Sur desde abajo, desde las comunidades, desde los movimientos de mujeres, desde los pueblos indígenas, desde las universidades críticas, desde los gobiernos locales que aún resisten. Construyamos puentes de solidaridad operativa: insumos críticos, redes jurídicas de defensa, sistemas de alerta temprana. Y sobre todo, construyamos pedagogía popular para desmontar la guerra cognitiva, y estrategias comunicacionales propias que nombren y reconecten la realidad, y propongan horizontes de justicia social liberadora. 

Hagamos vida el horizonte del Estado Comunal, no como un sueño futuro, sino como una práctica presente de paz en acción.. Esa paz es, ni más ni menos, el despliegue del poder constituyente en cada rincón de nuestra geohistoria.

El fascismo avanza, sí. Pero nosotras avanzamos más rápido. Porque tenemos de nuestro lado la memoria viva de los pueblos, la verdad de nuestra historia y la fuerza del pensamiento liberado. Como nos enseñó Amílcar Cabral, la liberación nacional es ante todo un acto de cultura. Y la cultura, cuando es insurgente, es el arma más poderosa contra el imperialismo.

Vamos a la ofensiva, con amor revolucionario, con soberanía cognitiva y con la certeza de que otro mundo es posible, porque ya lo estamos haciendo posible. 

 

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