El fuego como lugar común

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“Alrededor del fuego, una comunidad” (Agarrate Catalina)

 

Por Claudia Suárez Delgado (*)

Participamos de un encuentro que ya se está transformando en costumbre los dos últimos años. En las cercanías de la fecha de San Juan, las cooperativas de viviendas del Bajo de la Ciudad Vieja celebran generando un gran fogón, en el MUMI Museo de la Movilidad y las Identidades. Cuando llegás a la fiesta te recibe la diversidad, un espacio de disfraces para las infancias, una feria de emprendedoras, espacios de información y folletería, puestos de las diferentes cooperativas de vivienda con vino caliente, chorizos, refrescos, entre otras. Un escenario en el cual el cantante hace referencia a nuestros pueblos originarios y -por supuesto- una gran fogata vallada y custodiada por personal de bomberos.

Participamos de la actividad y charlamos con vecinas, vendedoras, integrantes del equipo organizador y con el director del museo. Según nos cuenta Beatriz, integrante del equipo organizador y de la cooperativa COVISIVI (la primera cooperativa que llegó a Ciudad vieja, hace 33 años), nos comenta esto surge a partir de cinco cooperativas COVISIVI, La Kolonia, Covi Pedro y vecinos del barrio. Me explica cómo surgió todo esto. «Empezamos en el 2021», dice. «Se formó en el tiempo de la pandemia. Éramos vecinas que nos veíamos en la calle, pero no nos conocíamos entre nosotros y dijimos: tenemos que hacer algo para juntarnos.» La pandemia, que tanto separó, también reveló la magnitud de los vacíos que ya existían antes. La cuarentena hizo visible que la cercanía física no garantiza comunidad.

Andrea Reina, de la Cooperativa La Kolonia, fue de las que estuvo desde el primer año. Cuando le pregunto qué la convoca a seguir organizando esto, me cuenta. «El frío es individualista. Esto hace que nos unamos todos con un fin común.»

Desde ese primer año, la organización fue creciendo. El primer San Juan lo hicieron en la calle, sobre Ituzaingó esquina Rambla 25 de Agosto, con un permiso precario de la Intendencia, con la gente de la radio comunitaria Vilardevoz. «Fue la ventolera ese día», me cuenta Bernie uno de los organizadores. «Fue impresionante. Superó las expectativas de todo tipo. Se llenó de gente un día de mucho frío.» Y eso prendió.

Cada cooperativa vende dentro de lo que le permite la Intendencia. Lo que se recauda en la noche no queda en manos de ninguna en particular. «Se hace un fondo común”. Uno de los organizadores reflexiona: lo que hoy convoca a las cooperativas a seguir armando esto: «No se trata tanto de los fondos. Se trata de renovar esa conexión con los cooperativistas, de seguir laburando juntos, porque en definitiva la cooperativa la tenemos que seguir manteniendo entre todos.» Y agrega algo que me parece central: «No hay que bajar los brazos porque siempre hay que seguir manteniendo el cooperativismo.” Con lo recaudado se cubren los gastos, se apoya al merendero y se divide entre las cooperativas.

Desde el año pasado el fogón se realiza en el predio del MUMI, un museo que no es solamente un museo, sino también, como me dice su director Luis Bergatta “un ágora, un club social, un lugar donde se legitiman relatos que el Estado nunca registró como patrimonio”.

Durante la noche les voy preguntando a diferentes personas si tuvieran que seguir la tradición de San Juan pensando en su comunidad qué quemarían y qué pedirían.

Andrea, de La Kolonia, no duda: quemaría el individualismo y la pobreza. «Tendríamos que apoyarnos más en ayudar a otros», dice. Y señala algo que la toca de cerca: «Incluso compañeros nuestros de cooperativas están pasando momentos difíciles. Tendríamos que estar más unidos.»

Beatriz, cuando le pregunto qué quemaría, enumera: la violencia contra las mujeres, la violencia contra los niños, la gente en la calle. «Hay mucha cosa», resume. Y cuando le pregunto qué pediría: «Que el gobierno se hiciera cargo. Que no tengamos que ser nosotros los que nos hagamos cargo. Que sea el gobierno.»

Claudia, que vende amigurumis en un puestito y pertenece a la Red del Bajo, dice que quemaría «todo lo negativo, la mala onda, la competencia». Y pediría «lealtad, compañerismo, comunidad. Entre nosotros podemos hacernos mucho más fuertes y no tanto daño.»

Mariana, profesora, que llega por primera vez al evento, pide igualdad y menos violencia para los niños. «Veo mucho en las aulas», dice. Y quemaría las injusticias. Andy, que vende esculturas de duendes y haditas, parte de la red de emprendedoras de FUCVAM, dice que pediría «abundancia, salud, trabajo”, y expresa un deseo compartido por muchas “el arte, que se pueda vivir del arte». Sus limitaciones son lo que quemaría.

Conversamos con Luis Bergatta, arqueólogo y director del museo. El museo nació en 2009 bajo el nombre de Museo de las Migraciones, con estudios de factibilidad que arrancaron en 2004. El año pasado cambió su nombre a Museo de la Movilidad y las Identidades, un cambio que no es cosmético. «No vino a inaugurar nada», aclara Luisito. «Vino a cerrar una etapa de transformaciones, de trabajo con las comunidades, de curaduría social, de museografía participativa.» El nuevo nombre reconoce que la movilidad humana es más amplia que la migración entendida como proyecto voluntario. Incluye la movilidad forzada, la trata esclavista, el desplazamiento, la huida.

El MUMI está instalado sobre los cimientos de la muralla colonial de Montevideo. Eso tampoco es un dato secundario. La muralla fue construida con mano de obra esclavizada —africana, y de indígenas procedentes de las misiones jesuíticas— y funcionó como dispositivo de exclusión: dentro y fuera, los que cuentan y los que no. Sobre esa herida, con el tiempo, se instaló una fábrica metalúrgica y una escuela pública. Hoy, el museo.

«Me gusta describir la arqueología como ese viaje de la superficie a las profundidades para volver con las profundidades a la superficie», dice Luis. «No es para quedarse ahí, pero sí para ver elementos que todavía están actuando en nuestra propia superficie.» El racismo, la xenofobia, las fobias hacia las identidades sexuales diversas, la violencia de género: todo eso tiene raíces que la arqueología puede señalar, sin que eso signifique que el destino esté sellado.

El museo ha ido generando murales a través de la participación social. Hay uno sobre la trata esclavista y las identidades afro-uruguayas. Hay otro sobre las migraciones latinoamericanas contemporáneas, muchas de ellas pedestres, a pie: «No todos llegaron en barcos.» Este año quieren inaugurar el cuarto mural, dedicado a los pueblos originarios, en articulación con comunidades y con el trabajo de la Comisión de Patrimonio.

«La reinscripción de la muralla resignifica el lugar sin olvidar qué fue», dice. Memoria y transformación al mismo tiempo. No el borrón, sino la capa nueva encima de lo que existió.

A partir de mi comentario de como aparece la reinvindicación de nuestra memoria charrúa en el marco de una fiesta de San Juan, que en principio uno imaginaría como «europea» pero que en estas cooperativas del bajo se celebra con vino caliente de tradición brasileña, con sonidos de pueblos originarios, con artesanías tejidas con técnica japonesa, con duendes de arcilla, me dice «¿Sabes que no somos otra cosa?” y yo me quedo pensando: “¿cómo tenemos esa capacidad, cuando queremos, de mezclonear lindo?»

El museo, me explica, funciona como espacio donde distintas comunidades encuentran legitimidad y lugar. Un día podés encontrar una feria de celíacos, y al otro día son los venezolanos, y al otro día cultura afro, y así va cambiando «Un espacio para disfrutar, para crecer, para aprender y para unir.»

El objetivo del museo, dice, es «cohesionar, pero a través de la pluralidad». No la unidad que aplana diferencias, sino la que las sostiene. «Como arqueólogo te voy a decir dónde está lo común: lo común está en la negociación. Habitamos una misma tierra, pero no habitamos una misma memoria. Somos muchos habitantes de una misma tierra que tienen muchas historias.»

Y después agrega algo que me parece clave para entender qué están construyendo estas cooperativas, este museo, este fogón: «La comunidad es la base para generar algo más grande. No que se lo trague, sino un conjunto de comunidades integradas en red, pero que no deje de bailar.» Y sonríe: «Creo que nos une mucho la fiesta y la danza.» Hablando de la riqueza de la diversidad plantea  “como algo que enriquece y es político también. ¿Por qué es político? porque es la forma también que tenemos de enfrentar los discursos de odio, los discursos reaccionarios, los discursos de miedo frente al otro” porque “quitarle al otro su alteridad, su posibilidad de ser otro y contarte el mundo cómo lo ves, yo creo que nos lleva a lugares que ya transcurrimos” refiriendosé a momentos como la violencia de la colonia o el terrorismo de Estado.

Cuando le pregunto qué quemaría y qué pediría para su comunidad, responde sin dudar: «Que busquen lo común. Que la sabiduría está en las cosas sencillas de la vida. Los grandes pensamientos, al final, resumen una misma pregunta. Hacerse esa pregunta que nos une. Buscar la vecindad. Encontrarse en esa cuestión común.»

Me quedo pensando en la importancia de estos espacios de “apropiación cultural inversa” como lo decía uno de los entrevistados, pero en definitiva espacios de encuentro, apropiación de los espacios públicos, lugares para unir la esperanza, el trabajo y el disfrute colectivo porque en la Ciudad Vieja eso también es San Juan.

(*) Claudia Suárez Delgado es licenciada en Psicología, ceramista, especialista en Gestión Cultural, militante en organizaciones de la economía solidaria, feminista, integrante de la Red de intelectuales y artistas en defensa de la humanidad (REDH) y de la FDIM, parte del colectivo Libertadoras antifascistas.uy

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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