La solidaridad barrial amalgama la esperanza

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Por Claudia Suárez Delgado (*)

Fuimos hasta el barrio Bella Italia y debo confesar que esta nota carece de objetividad, como dice la canción “una vuelve siempre, a los viejos sitios donde amó la vida”. El barrio Bella Italia y sus centros comunitarios forman parte de mi vida desde niña cuando asistía al Club Bella Italia (hoy, Centro Juvenil Comunitario Bella Italia) a festejos familiares. Según cuentan los relatos barriales, el local se construyó a partir de jornadas culturales y cine comunitario donde los y las vecinas acercaban -a modo de entrada- bloques y otros materiales de construcción.

Posteriormente, trabajé durante casi 15 años en diferentes proyectos socio educativos con jóvenes y personas adultas del barrio que hacían base en el centro juvenil (en principio de Foro Juvenil hoy a cargo de los propios trabajadores en la Cooperativa Hincapié). Fueron años que recuerdo como los de mayor aprendizaje, desafíos y amor por quién está al lado.

Siempre sentí a Bella Italia como un espacio mágico donde la solidaridad de las y los vecinos, y de las personas que llegan a brindar su trabajo, se junta para sostener e impulsar proyectos, ideas y disfrute en un entorno tremendamente empobrecido por un sistema que entiende que, a partir de ciertos márgenes, los servicios y los derechos ya no son su competencia. Históricamente esto se ha traducido en un déficit de servicios: falta de centros educativos, centros de salud, locomoción, vivienda, en un barrio que (alrededor de un centro histórico de chacras) se fue poblando de asentamientos irregulares con población expulsada por su situación económica, del interior del país, desalojados del centro de Montevideo, con la demolición y desmantelamientos de los conventillos.

Hoy volví al barrio para entrevistarme con dos vecinas: Gimena y Gabriela Ríos, de la Cooperativa Fogonera que gestiona la cocina comunitaria Comuna Bella Italia. Nos relatan que todo empezó con una idea en la familia. Cuando se declaró la pandemia en 2020, el barrio Bella Italia quedó paralizado. Los recicladores, los vendedores ambulantes, la gente que vivía del trabajo informal, no podían salir. No había actividades públicas, no había ingresos. «Nuestro padre también es vendedor ambulante», cuenta Gimena. «Entonces ella planteó en la familia poder poner la olla y nosotros aceptamos.» nos cuenta refiriéndose a Gabriela y dejando en claro que había que apoyar aquello que su hermana traía como idea. En ese momento el Estado estaba totalmente ausente, la desesperación, el miedo y la incertidumbre de los vecinos se hacía insostenible.

Esa primera olla popular fue el punto de partida de todo lo que vino después. Rápidamente se conectaron con otros colectivos de la zona, como el Mercadito Bella Italia. Empezaron a reunirse, a armar redes. En todo el Municipio F llegaron a ser 136 ollas populares, divididas en dos grandes redes: la Red Bella Italia y la Brigada José Artigas. En la red de Bella Italia, al día de hoy, solamente quedan 8 ollas, el desgaste y la persecución fue generando un retroceso de la solidaridad barrial.

En aquel momento la coordinación era detallada: cada olla definía sus días de atención para que los vecinos tuvieran comida todos los días de la semana, al mediodía y a la noche, sin superposiciones. «Coordinábamos días de atención entre las ollas para no pisarnos y que la gente tuviera todos los días la comida», explica. La red cubría la zona junto con las ollas de Santo Domingo, 17 de Junio y Santa Teresa.

Luego viene un momento marcado por la persecución, el gobierno del Partido Nacional inició un proceso de debilitamiento de la actividad de las ollas en Uruguay, nos relatan que esto se llevó adelante con la baja de insumos. Una olla que cocinaba toda la semana recibía 10 kilos de fideos cuando cada vez que se cocinaba se necesitaba mínimo 4. Después las visitas sorpresa: «Nos preguntaban qué día cocinábamos, vos mandabas todos los datos y ellos te caían un martes», cuenta. «Obviamente si vos cocinás lunes, miércoles y viernes, y decís que el martes no, no va a haber nadie.» Y eso era lo que querían: llegar cuando no había nadie para después titular que se vendían los insumos.

La condena social hizo el resto: «La gente se informa prácticamente solo de internet y no chequea la información.» Las denuncias públicas sin sustento generaron angustia, problemas de salud, señalamientos. Gabriela tuvo que desaparecer de los medios. Había dado entrevistas en TV Ciudad, tenía visibilidad, y tuvo que retroceder. Los ataques de angustia le cerraban el pecho. No renunció a la olla, que funciona hasta hoy, pero tuvo que bajar el perfil.

La olla sigue funcionando todos los días. Comida caliente, fresca, sin descongelar ni recalentar. Esa constancia es lo que la distingue y lo que hizo que con el tiempo llegara gente de otros barrios. La población cambió desde 2020: hay más adultos mayores, más personas con dificultades físicas, gente que viene de lejos porque sabe que acá hay comida todos los días. Las campañas para los niños tampoco pararon: mochilas para iniciar las clases, Día del Niño, Reyes, cumpleaños, despedida de vacaciones de invierno.

«Cada fecha de los niños para nosotros es sagrada», dice Gimena.

Para emergencias también están. Cuando se inundan los barrios vecinos, cuando se incendia una casa, la red se activa. Ropa de abrigo, ropa de cama, lo que haga falta.

De la olla surgió el sueño: «Tener un club de niños era un sueño que venía de lejos», dice una de ellas, y tener un espacio no solo para cocinar sino también para poder brindar talleres de cocina y hasta lograr un espacio donde las vecinas puedan cocinar para sus micro emprendimientos. Ese sueño fue tomando forma de a poco, con dos presupuestos participativos ganados que permitieron construir el espacio donde hoy funciona la Comuna: una cocina comunitaria y un local de talleres.

La cocina comunitaria es la segunda de este tipo en Uruguay, inspirada en la de Casavalle, que visitaron antes de armar el proyecto. Tiene entrada de insumos, zona de lavado, espacio de almacenamiento, sector de desinfección: todo lo que requiere una cocina habilitada para manipulación de alimentos. El problema es que la habilitación sanitaria lleva un año esperando. «Hace un año nos entregaron pero hay muchas cosas que no nos permiten todavía.» Tienen habilitados los talleres y la venta de catering al Municipio y otros entes públicos pero no pueden abrir el espacio a que la gente cocine para sus propios emprendimientos.

El espacio es cogestionado con la Intendencia: 6 personas de la Intendencia y 6 de la cooperativa trabajan juntas. La Intendencia pone los talleristas, la cooperativa aporta la gestión, el sostén y el vínculo con el barrio.

Hoy funcionan 8 talleres en el espacio: panadería, cocina, textil, deporte. En agosto arrancan electricidad y construcción.

Los sindicatos son parte del entramado: el UNTMRA apoya con taller de soldadura, AUTE electricidad, SINTEP el apoyo educativo. Con SINTEP también funciona el programa DSEJA (Dirección de Jóvenes y adultos de ANEP), que permite a adultos acreditar primaria.

También la Universidad de la República apoya el proyecto, el ISEF provee practicantes de Educación Física para el taller de deporte. El PIM (Programa integral Metropolitano), también la Udelar acompaña el proceso desde 2021 y tiene registrado todo el trayecto de la cooperativa. Este año se sumó Trabajo Social de la UDELAR. La coordinación con los estudiantes universitarios es cuidadosa para que no se superponga demasiada gente: «Cuando querés acordar, tenés más estudiantes que participantes en los talleres.»

Los talleres tienen grupos de mañana y de tarde, con alrededor de 15 personas por grupo. En total, rotan aproximadamente 200 personas por año. La población que participa va de los 6 a los 12 años para los chiquilines, y adultos para los talleres. Algunos gurises de 13 o 14 prefieren quedarse en la comuna antes que ir al centro juvenil: «Entre que dejarlos en la calle y que se queden acá, preferimos lo mismo que ellos.»

La figura institucional que gestiona el espacio fue cambiando. Primero fue la Cooperativa Fogonera, una cooperativa de trabajo. Para seguir cogestionando con la Intendencia les pidieron pasarse a cooperativa social y fundaron la Cooperativa Acción Partisana. Para todo el proceso administrativo cuentan con el apoyo de una cooperativa de gestión que les hace los trámites, lleva las cuentas y orienta las decisiones. La directiva de la cooperativa tiene presidenta, secretario y tesorero, que están en contacto permanente con la contadora: «Manejar las cuentas, pagar los sueldos, es un quebradero de cabeza», reconocen. «Tratamos de todos los días estar activos y hacer un poco.»

La comuna no trabaja sola, funcionan en red y coordinando con el Centro Juvenil Bella Italia, Mercadito Bella Italia, Santa Teresa, Santo Domingo, 17 de Junio. La Usina del Mercadito Bella Italia, que recibió a los chiquilines de la Comuna y el Centro Juvenil para grabar la canción que compusieron junto al profesor de música, sobre su barrio.

Las escuelas de la zona también se acercan. Una maestra comunitaria les pidió usar el espacio para juntar a las madres en un taller de cocina. La lógica es clara: «A la escuela no te llegan. Muchas de ellas tuvieron malas experiencias en la Escuela y no es un lindo lugar para volver.»

Las problemáticas más fuertes del barrio, para ellas, son la falta de trabajo y la violencia: «Desde intrafamiliar hasta el entorno del barrio.» Lo ven en la realidad cotidiana que atraviesan quienes llegan a los talleres, a la olla, al espacio, por esto coordinan con MIDES para poder orientar a las personas a que reciban atención: “nosotros lo que hacemos es tratar de guiarlos a dónde se puedan acercar, cómo para que los ayuden”. También tuvieron funcionando, un tiempo, un servicio de orientación de la IM.

Los sueños son concretos. Presentaron en el presupuesto participativo, la extensión del local para poder tener un centro de empleo, lo cuentan como un espacio que funcione como bolsa de trabajo y un espacio más grande con gimnasio para los chiquilines, y de esta forma lograr el tan deseado Club de niños que la zona reclama hace décadas. El centro de empleo viene de una necesidad que ven todos los días: «No hay una bolsa de trabajo en la zona. Los CEPE desaparecieron.» Tuvieron una reunión con el Ministerio de Trabajo que prometió apoyo sin confirmar nada. Lo mismo con INAU, con MIDES, con la Intendencia: «Prácticamente en todas las áreas del Estado nos dicen lo mismo: no hay presupuesto.»

Lo que sí hay, a fuerza de sostén barrial y de amalgamar recursos de diferentes lugares, es un espacio que funciona todos los días. Que tiene comida caliente, talleres, niños que salen a abrazar a Gimena en la vereda: «Si vos cambiás al niño, cambiás todo», dicen. «Nosotros tenemos 30 niños todos los días acá. Eso es lo que hacemos.» “Esto era una volqueta Pisaban barro. Ahora hay una cocina, un local, 8 talleres, una red. Y una olla que no para,” plantean logrando dimensionar el trabajo que vienen realizando: “vivimos mejoras desde que nosotros estamos acá”

Para contactarse con la Comuna Bella Italia está su página en Facebook e Instagram (@comunabellaitalia), siempre están recibiendo insumos para la olla, en este momento ropa de abrigo, ropa de cama, porque partes del barrio sufren inundaciones y también ha habido situaciones de incendio de viviendas.

 

(*) Claudia Suárez Delgado es licenciada en Psicología, ceramista,  especialista en Gestión Cultural, militante en organizaciones de la economía solidaria, feminista, integrante de la Red de intelectuales y artistas en defensa de humanidad (REDH) y de la Fdim, parte del colectivo Libertadoras antifascistas.uy

 

Fotografías tomadas de las redes de la organización

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