Por Claudia Suárez Delgado (*)
En los días previos al 8M circuló un llamado a personas que quisieran sumar una pieza de 20x20cm: bordado, tejido, cocido, telar u otras técnicas textiles. Junto a otras, esta pieza se convertiría en un mosaico textil. La idea surge de cuatro mujeres que participan del taller de mosaico de AUDA Mercado de los artesanos. Nos cuentan que esperaban que llegaran unos 10, pero llegaron 82 mujeres con 90 piezas: desde Salto, Rivera, Maldonado, Río Negro, Canelones y Montevideo.
Para conocer más sobre el proyecto, charlamos con Susana Zurbrigg, mosaiquista y tallerista; Analia Latour, cristalista y Sol Suarez, mosaiquista.
Cuentan que todo empezó con una convocatoria que no ganaron. El municipio B llamaba a hacer diseños para una balconera feminista y “Deshilvanando” se presentó con un bordado, pero no quedaron seleccionadas. Eligieron un diseño digital: «Nosotros presentamos un bordado, dos bordados», dice Susana. «Decíamos bueno, tal, o sea sí, buena la intención, todo, pero no era lo que a nosotros nos gustaba. Queríamos algo fundamentalmente más creativo, hecho con las manos, no con la pantalla.» y allí, dicen, se dieron cuenta que podían hacer una convocatoria ellas mismas. «Si no quedamos en la convocatoria, hagamos nosotros», dijeron. “¿por qué no invitamos a que otras mujeres se sumen?”. Buscaban que la convocatoria brindara libertad y se centrara en lo artesanal, sumara diversas técnicas y que pudieran participar personas con diferentes niveles de experiencia.

Me sorprende que hayan elegido las técnicas textiles siendo que vienen del mosaico y el vitral, les planteo, «No somos bordadoras», aclaran. Pero el hilo es lo que une a las mujeres más allá de la técnica.
La convocatoria las sorprendió gratamente, los últimos días llegaron de a montones. Fueron cuatro veces a Tres Cruces a buscar lo que mandaban desde el interior. Al final participaron 82 mujeres con más de 90 piezas, algunas mandaron hasta tres. Cada una era una historia diferente. Una mujer mandó un cuadrado grandísimo, de 30×40, bordado encima de texto escrito a mano. Nunca había bordado. La frase decía algo sobre sanar, mirando las fotos veo que dice, “Hoy es tiempo de sanar, de luz”. Me cuentan que escribió también una nota adjunta explicando que eso la había devuelto a hacer algo con las manos. «Parece un movimiento muy simple», dice Analía, «pero para las personas es inmenso, a veces.»
En el texto curatorial que hacen sobre el mosaico lo describen así:
“Este mosaico textil nace del gesto repetido, del tiempo sostenido y del saber que se transmite sin manuales. Cada pieza que lo compone dialoga con una historia personal, pero también con una memoria colectiva: la de las mujeres que, generación tras generación, trabajaron con las manos y con el cuerpo, sosteniendo la vida cotidiana desde un lugar muchas veces invisible, atravesado también por distintas formas de violencia y silenciamiento.
Bordar, coser, tejer, unir retazos fue (y sigue siendo) una forma de narrar cuando no había voz, de resistir cuando no había espacio, de crear cuando no había reconocimiento. Estos saberes, aprendidos en cocinas, patios, talleres improvisados o al costado de otras tareas, fueron transmitidos de mujer en mujer como un legado silencioso, profundamente político, capaz de transformar el dolor en acción y la experiencia compartida en cuidado y fuerza colectiva…Lo que durante mucho tiempo fue considerado trabajo menor, doméstico o artesanal, se presenta aquí como lenguaje político, como historia encarnada y como gesto común de denuncia, cuidado y construcción de una vida libre de violencias”.
Algunos colectivos se presentaron juntos, las jubiladas de la salud privada se juntaron y mandaron veinte cuadraditos, todos con crochet, con ellos hicieron el borde, porque eso era lo que sabían hacer y lo que querían hacer. Las de Casavalle los mandaron todos juntos, pegados en un solo rectángulo, como si no quisieran separarse.
«Todas las personas que venían a traer los cuadraditos, tenían una historia diferente», dice Susana. Y nos cuenta que le decían: «Que se volvió a conectar con los textiles, o que mirá quién me enseñó, o que le conté a tal persona y pudimos conversar sobre esto.»
El armado fue otra odisea. Cinco, seis personas cosiendo a la vez y no llegaban a tiempo. Vinieron más. Al final eran un montón. Intentaron colgar el mosaico para ver cómo quedaba y se caía todo porque pesaba. Tuvieron que hacer puntadas con hilo transparente a último momento. Mientras me van contando se nota el goce y la alegría por el proyecto compartido «En un momento así, cuando trabajás contra el reloj, hay gente que se pone nerviosa, que la lleva mal», dice Susana. «Pero acá no. Estábamos todas contentas en el caos. Nos divertimos pila.»
¿Por qué textil y no mosaico? Les pregunto teniendo en cuenta que ellas suelen utilizar otras técnicas.
«Si hay algo que une a la mujer más allá de sus experiencias, es el hilo», dice Susana. «Siempre hay algo. Es muy raro que una mujer no haya tocado un hilo o una lana para hacer algo, aunque sea para pegar un botón. O que no haya visto a la madre, a la abuela, a la tía.», “en todas nuestras casas hay hilos y aguja”. Eso es exactamente lo que hace democrática a la técnica. En una convocatoria de pintura, mucha gente diría que no sabe. Con una aguja, la mayoría se anima. «Había gente que realmente no sabía ni cómo hacerlo y se juntaba con tres o cuatro y lo hacían juntas.»
Susana siempre nombra a las arpilleras de Chile. Durante la dictadura, grupos de mujeres hacían arpilleras —tejidos sobre arpillera— contando lo que estaba pasando. Denunciaban desaparecidos, hambre, represión. «Como era algo textil, algo de mujeres, nadie les daba bola. Pero en eso que hacían decían mucho de lo que estaba pasando.» Era la única vía de expresión que el régimen no había pensado en prohibir. El trabajo textil de las mujeres siempre fue invisibilizado. Catalogado como pasatiempo, como cosa menor, como lo que hacen las que no tienen nada mejor que hacer. «Yo tenía un compañero que decía, no, a ella no le debo nada, porque ella está para tomar el té y hacer crochet. Despectivo», cuenta Susana. «Lo que nosotros queremos es categorizar ese trabajo, ponerlo encima. Una madre con pocos recursos saca una telita de algo para hacerle a una hija, o cose algo para que siga funcionando. Eso es un trabajo impresionante que está totalmente oculto.» El valor de reparar, de reutilizar, de darle nuevos sentidos a las cosas.
El 8M el mosaico inició su exposición y estuvo en la plaza acompañando la marcha. Después se quedó todo el mes de marzo expuesto en la planta alta del Mercado de los Artesanos. Desde ahí empezó a moverse. Fue a Casavalle, primero al Centro Cívico Luisa Cuesta donde las mujeres de las organizaciones del barrio empezaron a contar sus propias historias mientras lo miraban. Una se acordó de que había estado mucho tiempo enojada con la aguja, sin entender bien por qué. El mosaico destraba cosas. Después fue al Sacude, al CEDEL donde había un congreso, estuvo de marco para una presentación de proyectos.
«Cuando fuimos a Casavalle, nos dijeron: gracias por llamarnos, porque a nosotros no nos llaman en ningún lado», recuerda Susana. En Casavalle hay más de 15 organizaciones de mujeres trabajando por el barrio. Son grupos de cuatro, de cinco, que se van juntando. Nadie las llama. «Entonces me pareció bárbaro seguir trabajando con las mujeres, con redes de mujeres.»
De Casavalle el mosaico fue a Fray Bentos. Lo recibieron en La Estrella, el espacio social que está dentro del predio patrimonial del Frigorífico Anglo. Hizo frío ese día. Igual juntaron 40 o 50 personas. El encuentro fue en ronda, con sillas dispuestas en círculo. Cada una que quiso, habló. De lo que hace, de su vida, de lo que quiso.
En Fray Bentos había un colectivo que se llama Tejiendo Patrimonio. Habían sublimado telas con imágenes de mujeres que querían homenajear de Río Negro y las habían intervenido. Estaban en el mosaico algunas de las mujeres representadas. «Ver todo eso, como formar parte de algo más grande, te das cuenta que es re importante.» De las mujeres homenajeadas en el mosaico, dos están vivas. Una es una médica que visita a sus pacientes en moto. «Al estilo Pepe», dicen. La comunidad le quiso comprar un auto en algún momento. No quiso. Va en moto a todos lados. Estuvo en el encuentro ese día, llegó con el casco y tuvo que salir rápido porque tenía una urgencia. «Lo curtida que está de cara, que se ve que ella va donde sea que tenga que ir.»
La otra es una enfermera de Pueblo Greco, un pequeño pueblo cerca de Fray Bentos. No tienen policlínica, no tienen médico. Ella es la única referencia que tienen con algo parecido a la medicina. Te pase lo que te pase, van a buscarla a ella. En el encuentro había una mujer que había sido maestra en Pueblo Greco. Se emocionó. «Yo cuando llegué, la primera persona que me recibió fue ella”. Dice Analía. «Había que ver la cantidad de gente que hubo, para hacer un encuentro en Fray Bentos en un día de muchísimo frío.»
El mosaico sigue moviéndose. Hay invitación para ir a la Experimental de Malvín, aunque la fecha no está confirmada. Rivera quedó pendiente por problemas de coordinación.
Pero además tienen varios proyectos en funcionamiento o en etapa de construcción o sueño.
Para el 25 de noviembre —Día Internacional contra la Violencia hacia las Mujeres— nos adelantan que tienen un proyecto nuevo. Una convocatoria parecida a la del 8M pero en lugar de un mural van a hacer un libro textil. Cada cuadrado de 20×20 va a ser una página. Si llegan 80, van a ser varios tomos, dicen riendo. «Que cada hoja sea una historia», dice Analía.
Y tienen otro proyecto en marcha, todavía pendiente de aprobación institucional, en el marco del programa Fortalecida del municipio: dos talleres para mujeres en municipios con alta incidencia de violencia de género. El primero de cuerda seca, el segundo de vitrofusión. El tema central va a ser las hermanas Mirabal. Las mariposas de la vitrofusión van a hacer referencia a ellas. Y van a necesitar un horno para vidrio que todavía no tienen. El programa Fortalecida les permitiría financiarlo.
También han realizado actividades de muralismo como un mural de Pájaros en Marconi—cinco paneles, dos metros cuarenta de alto— y ya les preguntan qué viene después. Tienen algo en San Gregorio de Polanco que puede salir. «Es el entusiasmo por el amor al arte, nunca mejor dicho», dice Susana. «Porque no ganamos un peso, al contrario, siempre tenemos que estar poniendo algo.»
Deshilvanando financia sus proyectos de bolsillo propio. Lo mínimo que piden a las organizaciones que los invitan es el pasaje y un lugar donde quedarse. Lo demás lo cubren ellas. El sistema de financiamiento de la cultura en Uruguay, dicen, no está pensado para esto. «El Ministerio de Educación y la Intendencia tienen como meta que el país se represente en el exterior con ciertos artistas. Pero esos artistas muy pocas veces nos representan de verdad.»
El arte popular sigue siendo tratado como arte menor. México tiene los alebrijes, tiene los muralistas; Japón tiene los origamis; cada lugar tiene algo que lo identifica desde lo popular.
«Si algo cambia las personas, que después pueden cambiar la sociedad, es la cultura», dice Susana.

(*) Claudia Suárez Delgado es licenciada en Psicología, ceramista, especialista en Gestión Cultural, militante en organizaciones de la economía solidaria, feminista, integrante de la Red de intelectuales y artistas en defensa de humanidad (REDH) y de la Fdim, parte del colectivo Libertadoras antifascistas.uy
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