Fidel y la pedagogía de una revolución

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Por Carlos Fazio (*)

Dibujo Francisco Pascacio Ávila Blanco (**)

Resumen

El texto remite a distintos conceptos que definen a la Revolución Cubana desde sus inicios y al papelde liderazgo de Fidel Castro en la conducción de un proceso signado por la contradicción permanente con nueve sucesivos presidentes de Estados Unidos. En el marco de la guerra fría, emerge la capacidad táctica y estratégica del líder de la Revolución frente a sucesos como el bloqueo económico, la invasión mercenaria de la Brigada 2506, la crisis de los misiles de 1962, el periodo especial y TV Martí, eventos, todos, donde quedan ratificados el patriotismo y el apego a los principios ideológicos, éticos y del derecho internacional, así como la firme voluntad de resistir, luchar y vencer de quien hasta el final de sus días supo ejercer con modestia su condición de soldado de las ideas.

El  1º de enero de 1899 era arriada de manera definitiva la bandera de España del Palacio de los Capitanes Generales en La Habana, poniendo fin a cuatro siglos de dominación colonial en Cuba. En su lugar fue izada la bandera de Estados Unidos, que irrumpía como potencia imperial en el escenario mundial. Exactamente 60 años más tarde, el 1º de enero de 1959, la revolución triunfante dirigida por Fidel Castro, culminaba el proceso trunco en 1898 con la intromisión de Estados Unidos, devolvía la soberanía al pueblo cubano e iniciaba profundas transformaciones económicas y sociales que llegan hasta nuestros días.

 Acerca de esa  “revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes” en la mayor de las Antillas y de su liderazgo, encarnado en Fidel, retomamos los comentarios de Adolfo Sánchez Vázquez, por tratarse de una visión externa sobre el original, creador y heterodoxo proceso revolucionario cubano, que al concretarse el primero de enero de 1959, no encajó en los moldes marxistas leninistas establecidos desde Moscú, en la antigua Unión Soviética, para la América Latina de la época (1). 

Sánchez Vázquez, quien definió a la cubana como una revolución popular, nacional-liberadora, democrática y antiimperialista, a lo que se sumó pocos años después su carácter anticapitalista, le dio un doble significado: 1) ser una victoria rotunda después de un largo período de derrotas, con la excepción de la Revolución Mexicana, y 2) justificar la vía armada cuando se han agotado las formas pacíficas para llegar al poder, en este caso, con la derrota de la dictadura de Fulgencio Batista.

Pero además, vino a significar la derrota de dos doctrinas, una, alimentada por la tesis lanzada en los años 30 por Ortega y Gasset, que proclamaba que la época de las revoluciones había pasado, y otra que tenía que ver con el determinismo histórico y el fatalismo geográfico, según la cual, la lucha armada, en condiciones de medios y fuerzas como las que enfrentaba a los barbudos de la Sierra Maestra con una dictadura apoyada por Estados Unidos, era imposible en las narices del imperio. Es decir, a 90 millas del hegemón del sistema capitalista mundial y en plena guerra fría.

En su momento, la heterodoxia de la Revolución Cubana fue vista con cautela por los viejos cuadros dirigentes de los partidos comunistas de América Latina, porque no fue producto de la participación activa de la clase revolucionaria (el proletariado), sino de un bloque de fuerzas populares, y además triunfó sin la dirección de la vanguardia por excelencia, esto es, el Partido de la clase obrera. No sin cierta ironía y repitiendo a Lenin, Sánchez Vázquez dice que una vez más los hechos fueron muy porfiados. La Revolución Cubana  representó una excepción a la teoría y la práctica consideradas entonces marxista-leninistas. Es decir, se impuso frente al marxismo dogmático dominante en la época. 

Con un agregado: tras su integración en la economía del llamado campo socialista −ante el asedio, las agresiones y la asfixia generada por el bloqueo económico del imperialismo, que la hizo estrechar lazos políticos, económicos y culturales con la ex Unión Soviética−, la Revolución Cubana supo rectificar en los años ochenta y recortó las alas al marxismo de Moscú, para volver con más fuerza a sus raíces: el pensamiento y el proyecto emancipador de José Martí, “el Apóstol”. El “autor intelectual” del asalto al cuartel Moncada, como le dijo el joven Fidel Castro al fiscal durante el juicio que se le siguió tras ser capturado el 26 de julio de 1953.

Sánchez Vázquez recuerda que cuando comenzó a derrumbarse el “socialismo real” nadie se echó a las calles para defenderlo, y también cómo, tras la autodisolución de la URSS, los países del bloque socialista transitaron hacia el capitalismo salvaje. Y se pregunta por qué 40 años después (cuando él escribió esas líneas), la Revolución Cubana se mantenía en pie. La respuesta que da es la misma que podemos darnos nosotros, hoy, a 59 años de la victoria: porque el liderazgo de la Revolución Cubana contó siempre con el consenso y el apoyo populares.

Lo anterior da pie para introducirnos en sendos textos de Ernesto Che Guevara: sus “Notas para el estudio de la ideología de la Revolución Cubana” (2) y “El socialismo y el hombre en Cuba” (3). Del primer texto queremos citar el pasaje sobre la recuperación por los dirigentes de la Revolución, en su arranque, de las leyes previstas por Marx, esas que aluden a la interpretación de la historia y la necesidad de transformarla desde sus raíces para que el hombre deje de ser esclavo e instrumento del medio y se convierta en arquitecto de su propio destino. 

Nosotros, revolucionarios prácticos −dice el Che−, simplemente cumplíamos leyes previstas por Marx el científico, y por ese camino de rebeldía, al luchar contra la vieja estructura del poder, al apoyarnos en el pueblo para destruir esa estructura y, al tener como base de nuestra lucha la felicidad de ese pueblo, estamos simplemente ajustándonos a las predicciones del científico Marx”.

Al final de ese texto publicado el 8 de octubre de 1960, en tácita alusión a Fidel, Guevara señala que “el jefe rebelde y su cortejo” entraron a La Habana “bañados en sudor campesino”, y “una nueva ‘escalinata del jardín de invierno, subía la historia con los pies del pueblo’.”

En el segundo escrito, donde el Che plasma su tan comentada concepción sobre el “hombre nuevo”, el elemento central de su análisis es “la masa”, ese personaje que se repetirá de manera sistemática a lo largo de todo el proceso revolucionario. Nos dice cómo, desde el inicio de la lucha armada, se va gestando ese vínculo estrecho entre el pueblo y los barbudos de la Sierra Maestra:

El pueblo, masa todavía dormida a quien había que movilizar, y su vanguardia, la guerrilla, motor impulsor del movimiento, generador de conciencia revolucionaria y del entusiasmo combativo que creó las condiciones subjetivas para la victoria”.

Pero también, señala Guevara, en ese primer período se dio un proceso de “proletarización” en el pensamiento de los dirigentes guerrilleros; se operó una “revolución” en sus hábitos y en sus mentes. Es allí donde hay que buscar la explicación de la coherencia ideológica que caracterizó al grupo dirigente castrista desde el triunfo de la revolución. Y en ese proceso de proletarización colectiva −generado por las influencias recíprocas entre dirigentes y masa−, el individuo será el factor fundamental.

En un segundo momento, después de la victoria, la masa, “ese ente multifacético” ya no actuará como un “manso rebaño”, dice el Che, y aunque siga sin vacilar a sus dirigentes, fundamentalmente a Fidel Castro −el “Caballo”, según el léxico común cubierto de admiración de los militantes y el pueblo cubano−, ello se deberá a que se supo ganar la confianza de la gente, dada la interpretación cabal de los deseos y aspiraciones de ese pueblo, aunque el Estado y su dirigencia a veces se hayan equivocado.

En ese escrito, dirigido en 1965 al periodista uruguayo Carlos Quijano director  del semanario Marcha de Montevideo, el Che alude a la conexión estructurada entre la dirigencia y la masa, y señala que en los extractos superiores del gobierno revolucionario “utilizamos el método casi intuitivo de auscultar las reacciones generales frente a los problemas planteados”. Y agrega: “Maestro en ello es Fidel”. 

En relación con el particular modo de integración de Fidel con el pueblo, abunda:

En las grandes concentraciones públicas se observa algo así como el diálogo de dos diapasones cuyas vibraciones provocan otras nuevas en el interlocutor. Fidel y la masa comienzan a vibrar en un diálogo de intensidad creciente hasta alcanzar el clímax en un final abrupto, coronado por nuestro grito de lucha y de victoria”.

Quienes hayan estado en la Plaza de la Revolución en un acto encabezado por Fidel, vivieron esa experiencia electrizante a la que alude el Che. Esto es, para decirlo con sus propias palabras, “esa estrecha unidad dialéctica existente entre el individuo y la masa, donde ambos se interrelacionan, y a su vez, la masa, como conjunto de individuos, se interrelacionan con los dirigentes”.

A continuación, Guevara define al individuo como el “actor de ese extraño y apasionante drama que es la construcción del socialismo, en su doble existencia de ser único y miembro de la comunidad”. Iban apenas seis años desde la victoria, y el Che señala que lo más sencillo era reconocer en ese actor “su cualidad de no hecho, de producto no acabado”. Y unos párrafos más adelante, plantea: “Para construir el comunismo, simultáneamente con la base material, hay que hacer al hombre nuevo”. De allí que, dice, sea tan importante “elegir correctamente el instrumento de la movilización de las masas”. Ese instrumento “debe ser de índole moral, fundamentalmente, sin olvidar una correcta utilización del estímulo material, sobre todo de naturaleza moral”.

En ese texto, donde sostiene que “el socialismo (en la isla) es joven y tiene errores”,  Ernesto Guevara pone el acento en la necesidad de desarrollar una conciencia en la que los valores adquieran categorías nuevas. Y habla de la autoeducación popular y de la sociedad en su conjunto como una “gigantesca escuela”. Todo ello ligado con la educación técnica e ideológica, lo que llevará a una toma de conciencia del individuo como “ser social”.

Hacia el final del texto, plantea: 

Quisiera explicar ahora el papel que juega la personalidad, el hombre como individuo dirigente de las masas que hacen la historia. Es nuestra experiencia, no una receta.

“Fidel dio a la revolución el impulso en los primeros años, la dirección, la tónica siempre, pero hay un buen grupo de revolucionarios que se desarrollan en el mismo sentido que el dirigente máximo y una gran masa que sigue a sus dirigentes porque les tiene fe; y les tiene fe, porque ellos han sabido interpretar sus anhelos”.

De nuevo aparece ahí la conjunción estructural entre la dirigencia y la masa. Esa sólida “armazón de individualidades” que caminan hacia un fin común. “Individuos que han alcanzado la conciencia de lo que es necesario hacer; hombres que luchan por salir del reino de la necesidad y entrar al de la libertad”. Es en ese mismo texto donde aparece la multicitada frase que el Che dirige a Carlos Quijano: 

Déjeme decirle, a riesgo de parecer ridículo, que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor. Es imposible pensar en un revolucionario auténtico sin esta cualidad”.

Es oportuno enlazar lo anterior con uno de los escritos de Fidel Castro que lleva por título “La lucha ideológica”(4). Allí, dice Fidel: 

Entre el enemigo imperialista y la Revolución Cubana existe y existirá (…) durante mucho tiempo, una feroz lucha ideológica, que se librará no sólo en el terreno de las ideas revolucionarias y políticas, sino también en el campo de los sentimientos nacionales y patrióticos de nuestro pueblo”.

Más adelante, sobre ideología, señala:

Ideología es ante todo conciencia; conciencia es actitud de lucha, dignidad, principios y moral revolucionaria. Ideología es también el arma de lucha frente a todo lo mal hecho, frente a las debilidades, los privilegios, las inmoralidades. La lucha ideológica ocupa hoy para todos los revolucionario la primera línea de combate, la primera trinchera revolucionaria”.

En la famosa entrevista que concede al periodista italiano Gianni Mina en 1988, titulada “El Hombre nuevo”, Fidel liga conciencia con socialismo, y al socialismo con la idea de patria, la independencia nacional y con el apego a los valores sociales y el sentimiento de solidaridad entre los hombres. Dice que no puede haber una sociedad nueva “sin una profunda conciencia de altos valores éticos y humanos”.

El 28 de julio de 2013, a sus 86 años, en una carta dirigida a los jefes de las delegaciones que visitaron la isla con motivo del 60 aniversario del asalto al cuartel Moncada, Fidel recordó un discurso suyo del 1º de mayo de 2000 en la Plaza de la Revolución:

“Revolución […] es luchar con audacia, inteligencia y realismo; es no mentir jamás ni violar principios éticos; es convicción profunda de que no existe fuerza en el mundo capaz de aplastar la fuerza de la verdad y las ideas. Revolución es unidad, es independencia, es luchar por nuestros sueños de justicia para Cuba y para el mundo, que es la base de nuestro patriotismo, nuestro socialismo y nuestro internacionalismo.” (5)

Antes, el 24 de  febrero de ese año, durante la instalación de la Asamblea Nacional del Poder Popular, Fidel dijo que

la gran batalla que se impone, es la necesidad de una lucha enérgica y sin tregua contra los malos hábitos y los errores que en las más diversas esferas cometen  diariamente muchos ciudadanos, incluso militantes”.

Eso nos conduce de la mano a su hermano Raúl, presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, quien en ese mismo acto donde fue reelegido, volvió a reiterar lo que ya había dicho dos veces antes en el Parlamento: “A mí no me eligieron Presidente para restaurar el capitalismo en Cuba, ni para entregar la Revolución. Fui elegido para defender, mantener y continuar perfeccionando el socialismo, no para destruirlo” (6). 

Ese texto es clave, porque al tiempo que enfatiza la necesidad de la unidad de la nación, anticipa la puesta en marcha del mayor cambio generacional en la cúpula gobernante cubana desde el triunfo de la Revolución en 1959. Según el propio Raúl Castro, esa decisión reviste particular trascendencia histórica porque representa un paso definitorio en la configuración de la dirección futura del país,

mediante la transferencia paulatina y ordenada a las nuevas generaciones de los principales cargos, proceso que debemos concretar en un quinquenio y actuar en lo delante de manera intencionada y previsora (…a fin de que) constituya un proceso natural y sistemático”.

Al final de su intervención ante la Asamblea Popular, Raúl recuperó y amplió la “magistral” definición del concepto de revolución de Fidel, pronunciada el 1º de mayo de 2000:

Revolución es sentido del momento histórico; es cambiar todo lo que debe ser cambiado; es igualdad y libertades plenas; es ser tratado y tratar a los demás como seres humanos; es emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos; es desafiar poderosas fuerzas dominantes dentro y fuera del ámbito social y nacional; es defender valores en los que se cree al precio de cualquier sacrificio; es modestia, desinterés, altruismo, solidaridad y heroísmo; es luchar con audacia, inteligencia y realismo; es no mentir jamás ni violar principios éticos…

La idea de un cambio sin improvisaciones ni apresuramientos ya había sido planteada por Raúl dos años antes, el 19 de abril de 2011, en la clausura del VI Congreso del Partido Comunista de Cuba. En ese discurso (7), dijo que 

lo primero que estamos obligados a modificar en la vida del Partido es la mentalidad, que como barrera sicológica (…) es lo que más trabajo nos llevará superar, al estar atada durante largos años a los mismos dogmas y criterios obsoletos. También será imprescindible rectificar errores y conformar, sobre la base de la racionalidad y firmeza de principios, una visión integral de futuro en aras de la preservación y desarrollo del socialismo en las presentes circunstancias”.

Fue en esa intervención que Raúl anticipó el inicio de un proceso gradual de renovación y rejuvenecimiento de la cadena de cargos políticos y estatales, y donde dijo que “Fidel es Fidel” y no precisa de cargo alguno para ocupar, por siempre, un lugar cimero en la historia, en el presente y en el futuro de la nación cubana. Mientras tenga fuerza para hacerlo, “desde su modesta condición de militante del Partido y soldado de las ideas”, Fidel continuará aportando a la lucha revolucionaria y a los propósitos más nobles de la Humanidad, dijo Raúl.

Otro texto clave del presidente de Cuba, tiene que ver con la reivindicación del sistema de partido único, herencia martiana, frente al juego de la demagogia y la mercantilización de la política en el mundo occidental, que con la pantalla de la democracia representativa ha devenido invariablemente en “la concentración del poder político en la clase que detenta la hegemonía económica y financiera de cada nación”, donde las mayorías no cuentan y cuando se manifiestan “son brutalmente reprimidas y silenciadas con la complicidad de la gran prensa a su servicio, también transnacionalizada” (8). 

En el marco de la permanente agresión imperialista, del bloqueo económico, de la injerencia subversiva desestabilizadora de Washington y el cerco y las distintas formas de guerra biológica, mediática, electrónica, asimétrica y cibernética, la reinstauración del modelo multipartidista equivaldría, dijo Raúl, a “legalizar” al partido o los partidos de Estados Unidos en Cuba y “sacrificar el arma estratégica de la unidad de los cubanos”.

En esa intervención, señaló que la conformación de una sociedad más democrática contribuirá también a “superar  actitudes simuladoras y oportunistas” surgidas “al amparo de la falsa unanimidad y el formalismo” en el tratamiento de diferentes situaciones de la vida nacional. Ante la militancia del Partido allí reunida, afirmó:

Es preciso acostumbrarnos todos a decirnos las verdades de frente, mirándonos a los ojos, discrepar y discutir, discrepar incluso de lo que digan los jefes cuando consideramos que nos asiste la razón, como es lógico, en el lugar adecuado, en el momento oportuno y de forma correcta, o sea, en las reuniones, no en los pasillos. Hay que estar acostumbrados a buscarnos problemas defendiendo nuestras ideas y enfrentando con firmeza lo mal hecho”.

En esa ocasión volvió a reiterar que lo único que puede conducir a la derrota de la Revolución y el Socialismo en Cuba, sería “nuestra incapacidad para erradicar los errores” cometidos en el medio siglo transcurrido desde la victoria de 1959. Y agregó entonces: 

No ha existido ni existirá una revolución sin errores, porque son obra de la actuación de hombres y pueblos que no son perfectos (…) no hay que avergonzarse de los errores, lo grave y bochornoso sería no contar con el valor de profundizar en ellos y analizarlos para extraerles las enseñanzas a cada uno y corregirlos a tiempo”.

También mencionó la necesidad de asegurar la autoridad moral del Partido, de sus militantes y en especial de los dirigentes en todos los niveles que, dijo, en lo personal, deben ser ejemplo de demostradas cualidades éticas, políticas e ideológicas, en permanente contacto con las masas. 

Agregó que la Revolución dejaría de existir “sin efectuarse un solo disparo por el enemigo”, si su dirección llegara algún día a caer en manos de “individuos corruptos y cobardes”. Según Raúl, el fenómeno de la corrupción en la etapa actual es uno de los principales “enemigos” de la Revolución, “mucho más perjudicial que el multimillonario programa subversivo e injerencista” de Estados Unidos y sus aliados dentro y fuera de la isla. 

Al respecto, en un texto del 7 de julio de 2013 (9), Raúl Castro demandó el establecimiento de un clima permanente de “orden, disciplina y exigencia” en la sociedad cubana. Recordó las palabras de Fidel sobre la necesidad de luchar de manera enérgica contra los “malos hábitos” y los “errores” que a diario cometen  muchos ciudadanos e incluso militantes del Partido, y agregó: 

Ese tema no resulta agradable para nadie, pero me atengo al convencimiento de que el primer paso para superar un problema de manera efectiva es reconocer su existencia en toda su dimensión y hurgar en las causas y condiciones que han propiciado este fenómeno a lo largo de muchos años”.

Tras reivindicar el modelo económico y social cubano, que excluye la utilización de las “terapias de choque” del neoliberalismo en su actual fase del “capitalismo del desastre” −como lo llama Naomi Klein− (10) que han sumido en el desamparo a millones de personas víctimas de las políticas de ajuste aplicadas en los últimos años en varias naciones de “la rica Europa” y Nuestra América, Raúl hizo un crudo relato de algunas ilegalidades y conductas de indisciplina social propias de la marginalidad, que constituyen delitos recogidos en el Código Penal cubano y que podrían contener el germen de una eventual destrucción de la Revolución desde su propio seno. 

Al respecto, llamó a combatir esos hechos y conductas nocivas con diversos métodos y vías, y dijo que “lo real, es que se ha abusado de la nobleza de la Revolución”, de no acudir al uso de la fuerza de la ley, por justificado que fuera, “privilegiando el convencimiento y el trabajo político, lo cual debemos reconocer que no siempre ha resultado suficiente”.

¡Aquí Radio Rebelde, la voz de la Sierra Maestra!

Ese diálogo entre Fidel y el pueblo-masa todavía dormido del que hablaba el Che y al que había que movilizar al tiempo que se creaban las condiciones subjetivas para la victoria; ése decir la verdad, siempre, más allá de los errores, había iniciado en su fase final desde una radio clandestina ubicada en el sitio Pata de la Mesa, en el Alto de Conrado enclavado en la Sierra Maestra. Desde allí, el 14 de abril de 1958, Fidel Castro pronunció sus primeras palabras a través de los micrófonos de Radio Rebelde, la emisora fundada el 24 de febrero anterior por el comandante Ernesto Che Guevara (11). 

Dijo ese día Fidel:

A la opinión pública de Cuba y a los pueblos libres de la América Latina.

He marchado sin descanso días y noches desde la zona de operaciones de la Columna No. 1, bajo mi mando, para cumplir esta cita con la emisora rebelde.

Duro era para mí abandonar mis hombres en estos instantes, aunque fuese por breves días, pero hablarle al pueblo es también un deber y una necesidad que no podía dejar de cumplir.

Odiosa como es la tiranía en todos sus aspectos, en ninguno resulta tan irritante y groseramente cínica como en el control absoluto que impone a todos los medios de divulgación de noticias, impresas, radiales y televisadas.

La censura, por sí sola tan repugnante, se vuelve mucho más, cuando a través de ella no solo se intenta ocultar al pueblo la verdad de lo que ocurre sino que se pretende, con el uso parcial y exclusivo de todos los órganos normales de divulgación, hacerle creer al pueblo lo que convenga a la seguridad de sus verdugos.

Mientras ocultan la verdad a toda costa, divulgan la mentira por todos los medios.

Comandante en Jefe Fidel Castro
Radio Rebelde, Sierra Maestra
14 de abril de 1958

Como ha descrito Pedro de la Hoz, la confianza y la credibilidad de las transmisiones de Radio Rebelde radicaba en el “contacto directo” con el pueblo de los líderes de la gesta revolucionaria, comenzando por Fidel, mediante “un lenguaje ajeno a formalismos retóricos y sobre la base de la más absoluta transparencia”. Además de dar a conocer la vitalidad del foco guerrillero en la Sierra Maestra y su expansión progresiva en otras zonas del territorio oriental de Cuba –la apertura del Segundo y el Tercer Frente por los comandantes Raúl Castro y Juan Almeida, respectivamente−, y de romper el cerco mediático de la dictadura batistiana que impedía a la población tomar el pulso de la creciente actividad insurgente, Radio Rebelde perfiló un inédito modelo de comunicación asociado a las luchas populares.

Sumado a su inmediatez y capacidad multiplicadora −las emisiones clandestinas fueron realizadas diariamente desde el 24 de febrero de 1958 hasta el 1° de enero de 1959, en dos horarios nocturnos en las bandas de 20 y 40 metros−, las transmisiones a través del éter generaron un mayor impacto en las audiencias, pudiendo superar las dificultades de circulación de la prensa escrita clandestina (12). Se agregaba a ello su papel estratégico por ser un medio de divulgación masivo y por su carácter esclarecedor, orientador y movilizador, sobre la base de que todos los mensajes estaban avalados por la verdad. “En la Radio Rebelde –afirmó Fidel− no se puso nunca ni una bala de más, ni se dijo una mentira” (13).

Un elemento adicional fue que la difusora clandestina centralizaba las comunicaciones entre las tropas del Ejército Rebelde, gracias a que cada columna instalada en la Sierra Maestra poseía una estación de radio para establecer contacto con la emisora central a fin de obtener y repasar informaciones militares (14). Para la guerrilla, Radio Rebelde era también una herramienta de lucha por la liberación. Fidel concebía la música y los cantos del Quinteto Rebelde (15), que acompañaban las transmisiones, como un instrumento de presión psicológica. Asimismo, y gracias al uso de las ondas cortas, las señales emitidas eran captadas y retransmitidas en otros países de América Latina.

 

La Operación Verdad vs. la mentira mediática

Cuando la revolución apenas empezaba a gatear –no habían pasado ni dos semanas del triunfo de la Revolución–, el aparato propagandístico de Estados Unidos de la era Eisenhower, principalmente a través de sus agencias cablegráficas AP y UPI, revistas como Life, Newsweek, US News and World Report y sus principales periódicos, montó toda una campaña de intoxicación mediática internacional acusando a Fidel Castro y a otros dirigentes del proceso de convertir al país en un “baño de sangre” con los juicios de los tribunales revolucionarios y las sanciones de fusilamiento a un grupo de los más connotados criminales de guerra de la dictadura de Batista (16).

No era la primera de sus contiendas en el ámbito comunicacional. En la Sierra Maestra, exactamente dos años antes, Fidel había concedido una entrevista al periodista de The New York Times, Herbert Lionel Matthews, para destruir la ficción, potencialmente desmovilizadora, de que el líder del Ejército Rebelde había muerto (17).

Es decir, mucho antes de que se proclamase el socialismo en Cuba y de que se promulgara incluso la Reforma Agraria, alentadas por la administración Eisenhower y congresistas estadunidenses, las transnacionales de prensa y los medios derechistas del continente habían comenzado a generar un diluvio de calumnias, distorsiones y manipulaciones desinformativas en contra del proceso revolucionario. 

Como respuesta, Fidel convocó a la “Operación Verdad” en el Hotel Habana Riviera de la capital cubana los días 21 y 22 de enero de 1959. Acudieron a su llamado 380 periodistas de Estados Unidos, América Latina y el Caribe, entre ellos algunos agentes de la Agencia Central de Inteligencia como Jules Dubois, del Chicago Tribune. El objetivo fundamental de esos encuentros fue denunciar la campaña mediática sobre los juicios y fusilamientos de criminales de guerra en Cuba.

Un día antes del encuentro del líder de la Revolución con los periodistas, más de un millón de personas se habían concentrado en la Avenida de las Misiones, frente al antiguo Palacio Presidencial. Eso llevó a Fidel a decir: 

“Esta concentración ha sobrepasado todos los cálculos…La multitud se extiende desde el Malecón hasta el parque de La Fraternidad. Podemos decir una cosa aquí: ¡no hay lugar en La Habana para reunir al pueblo que apoya la Revolución! Pasé por algunas calles de la ciudad antes de llegar aquí, y La Habana estaba desierta; no se veía un alma en cuadras y cuadras…”

Y luego expresó: “Los que creyeron que después de nuestras victorias militares nos iban a aplastar en el campo de la información, en el campo de la opinión pública, se han encontrado con que la Revolución Cubana sabe también pelear y ganar batallas en ese campo…”

En esa concentración Fidel habló de otro asunto de interés. Aseguró que ya habían comenzado a lanzarse amenazas de muerte y a fraguarse planes de atentados contra él y otros dirigentes de la Revolución. «Lo que voy a decir al pueblo de Cuba es que no tenga temor… es que las revoluciones no pueden depender de un hombre… es que las ideas justas no pueden depender de un hombre, y además que los líderes no nos podemos meter en una caja de caudales».

Continuó diciendo que sería invariable su determinación de desafiar todos los peligros, pasara lo que pasara, y advirtió a los enemigos de Cuba:

…asesinándome a mí no van más que a fortalecer la Revolución. Le voy a proponer a la dirección del Movimiento 26 de Julio que designe al compañero Raúl Castro como segundo jefe… Lo hago no porque sea mi hermano, que todo el mundo lo sabe, sino porque lo considero con cualidades suficientes para sustituirme en el caso de que yo muriera en esta lucha. Porque, además, es un compañero de firmes convicciones revolucionarias, que ha demostrado su capacidad en la lucha; que fue el que dirigió el ataque al Moncada, el II Frente Frank País, demostrando capacidad como organizador y como militar”.

La Operación Verdad fue el inicio del enfrentamiento a lo que hoy conocemos como guerra mediática. Muchos años después, Fidel dijo: 

Si no se está dispuesto a desafiar los riesgos de cualquier tipo, los riesgos de agresión militar como los riesgos de su propaganda, no se puede dar respuesta adecuada al enemigo; intimidarse frente a la propaganda es como intimidarse frente a los fusiles del enemigo. No hay que tener miedo a nada”.

Las campañas difamatorias contra Cuba habían evidenciado la necesidad de contar con un medio de alcance internacional e independiente. Fidel Castro abordó el tema durante la conferencia de prensa en el salón Copa Room del Habana Riviera. Dijo a los periodistas extranjeros presentes: 

“Nosotros no tenemos cables internacionales. A ustedes, los periodistas latinoamericanos, no les queda más remedio que aceptar lo que les diga el cable, que no es latinoamericano (…) La prensa de América Latina debiera estar en posesión de los medios que le permitan conocer la verdad y no ser víctimas de la mentira”.
Pocos meses después nacía la agencia Prensa Latina (PL). El Che asumió la tarea y convocó al periodista argentino Jorge Ricardo Masetti para que dirigiera la nueva agencia noticiosa cubana. En abril de 1958, Masetti se había adentrado en la Sierra Maestra con el objetivo de reportar el progreso de la lucha guerrillera y entrevistar a Fidel y al Che. Bajo el fuego de las ametralladoras calibre 50 de la aviación batistiana, conversaron, entre otros temas, sobre la colonización informativa que habían impuesto las agencias occidentales y la necesidad de hacerles frente.

Según Masetti, Prensa Latina estaba llamada “a hacer la revolución en el periodismo” de la región. En el I Congreso Latinoamericano de Juventudes en agosto de 1960, dejó plasmada la ética que debía guiar a sus periodistas: “Nosotros somos objetivos, pero no imparciales. Consideramos que es una cobardía ser imparcial, porque no se puede ser imparcial entre el bien y el mal”.

Rodolfo Walsh, Playa Girón y la brigada 2506 

En la historia contemporánea de Nuestra América, marzo y abril reúnen algunos episodios clave vinculados con la barbarie golpista y terrorista del imperialismo estadunidense. El 8 de abril de 2011, en El Paso, Texas, un jurado exoneró de varios cargos por mentir a las autoridades migratorias estadunidenses, a Luis Posada Carriles, ex empleado de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y veterano de la fallida invasión mercenaria a Bahía de Cochinos, quien años después, desde la base salvadoreña de Ilopango, fue operativo de apoyo de los contras en la guerra encubierta de Ronald Reagan contra Nicaragua sandinista que culminó en el escandaloso Irangate. Además, Posada Carriles fue el autor intelectual confeso de la voladura de la nave de Cubana de Aviación sobre el espacio aéreo de Barbados, sabotaje terrorista que provocó la muerte de 73 personas en octubre de 1976, por lo que los gobiernos de Venezuela y Cuba pidieron su extradición a la justicia de Estados Unidos.

Aquel mismo año de 1976, siete meses antes, un 24 de marzo, el malón fascista encabezado por el general Jorge Rafael Videla daba un golpe de mano en la Argentina, y un año después, un 25 de marzo, Rodolfo Walsh era emboscado en un populoso barrio de Buenos Aires por un Grupo de Tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada. Para no ser secuestrado, para obligarlos a dispararle, se resistió a balazos con una miserable pistolita Walter PPK 22. Una ráfaga de ametralladora lo partió al medio a la altura del pecho. Su cuerpo fue trasladado a la ESMA y exhibido como un trofeo por la patota criminal del almirante Massera, uno de los miembros de la Junta Militar. Luego lo desaparecieron.

Playa Girón, el Irán-contras, el crimen de Barbados, Posada Carriles, el golpe de Videla, la ESMA, el centro de exterminio clandestino de Orletti en Buenos Aires y un largo etcétera, tienen un mismo patrocinador: Estados Unidos, y son otras tantas expresiones del terrorismo de Estado practicado a escala hemisférica por la Casa Blanca y el Pentágono en el último medio siglo. 

No es casualidad que al abordar  la victoria de Playa Girón, primera derrota del imperialismo en Nuestra América, hablemos de Rodolfo Walsh, un argentino que abrazó “el violento oficio de escribir” −como él lo llamó−, e incursionó en la literatura, incluidas la poesía y la dramaturgia, y que con su Operación Masacre, en 1957, inventó el género literario del policial negro y el periodismo de investigación mucho antes que Truman Capote escribiera A sangre fría (1966). Walsh fue también un periodista militante. En ese sentido, es el más cabal ejemplo de lo que debe ser un periodista y su deber. Porque un periodista no puede ni debe esconderse detrás de la máscara de la imparcialidad; del concepto capitalista de la “objetividad periodística”, como falso sinónimo de “neutralidad”.  

Apasionado de la investigación, Rodolfo Walsh había participado en Cuba junto con su compatriota Rogelio García Lupo, Gabriel García Márquez y el uruguayo Carlos María Gutiérrez, entre otros, en la fundación de Prensa Latina, cuyo primer director fue Masetti. Allí Walsh conoció al Che. Él (con 32 años), el Che (con 31) y Masetti (30) compartirían largas veladas de mate y discusiones políticas en las oficinas de Prensa Latina, cuando pasada la media noche Guevara dejaba sus tareas ministeriales. 

Debido a su pasión por el ajedrez, los enigmas y la criptografía, a Walsh le tocaría jugar un papel principal en un hecho vital para la Revolución Cubana. A raíz de un cable comercial de la empresa Tropical Cable de Guatemala que llegó al teletipo de su precaria oficina en Prensa Latina, que le resultó sospechoso por estar en clave y por su extensión, Walsh se internó a descifrar el texto con la ayuda de un manual básico de criptografía que compró en una librería de viejos de La Habana. 

El cable brindaba detalles del plan que la administración de John F. Kennedy heredó de Dwight Einsenhower para la invasión a Cuba a través de Bahía de Cochinos, invasión que ocurrió el 17 de abril de 1961. Con meses de anticipación, Walsh descubrió que el cable estaba dirigido a Washington desde la embajada de Estados Unidos en Guatemala, por el jefe de la estación de la CIA. El contenido del cable era un informe minucioso de los preparativos de una invasión a Cuba, y revelaba incluso el lugar donde oficiales de la Agencia Central de Inteligencia estaban adiestrando y equipando a un ejército de “gusanos” anticastristas: la hacienda Ratalhuleu, un antiguo cafetal ubicado al norte de Guatemala. 

 Se detallaban, además, la cantidad de hombres, nombre de las embarcaciones, apoyo aéreo y estrategias que la CIA pensaba indescifrables, y hasta el punto de desembarco donde sería la invasión para derrocar a Fidel Castro. Cuando llegó el día del desembarco de la paramilitar Brigada 2506, apoyado por aviones de la Marina de guerra de EU sin bandera de identificación, el Ejército cubano estaba esperando a los contrarrevolucionarios y abortó en un par de días la agresión imperialista. Gabriel García Márquez contó en 1977: “En realidad, fue Rodolfo Walsh quien descubrió, desde muchos meses antes, que Estados Unidos estaba entrenando a exiliados cubanos en Guatemala para invadir Cuba por Playa Girón”.

 

La historia oficial secuestrada por la CIA

Hasta el presente, la “historia oficial” estadunidense sobre esa operación bélica encubierta y su estrepitoso descalabro permanece secuestrada  por la CIA. El 14 de abril de 2011, un centro de documentación independiente, el Archivo de Seguridad Nacional, presentó una demanda judicial en Nueva York para obligar a la Central de Langley que divulgara al público la historia de la fallida invasión, que estaba clasificada como top secret. Antes, en 2005, el Archivo la había solicitado conforme a la ley de libertad de información, pero Washington la mantiene oculta por razones de “seguridad nacional”. 

En 1998, Peter Kornbluh y su equipo en el Archivo de Seguridad Nacional lograron la desclasificación de la investigación interna de la CIA sobre el fracaso de la invasión, redactada en 1961 por el entonces Inspector General de la CIA, Lyman Kirkpatrick. Según el sitio del centro universitario de investigación, el informe proporciona una “crítica mordaz de la mala conducta de la CIA y de su ineptitud para llevar a cabo una operación masiva de paramilitares”.

Hoy se sabe que el episodio de Bahía de Cochinos empezó con la autorización firmada por el presidente Eisenhower el 17 de marzo de 1960 (un año antes de la invasión), para un programa de capacitación de paramilitares, infiltración y asalto de 4.4 millones de dólares. Según la autorización oficial, el objetivo era lograr “la sustitución del régimen de Castro con uno más dedicado a los verdaderos intereses del pueblo cubano, y más aceptable a Estados Unidos, llevado a cabo de tal manera que evitara cualquier apariencia de una intervención estadunidense”. 

En realidad, el origen de esa resolución se remonta al 19 de abril de 1959, cuando, tras reunirse durante dos horas con el primer ministro cubano Fidel Castro, el entonces vicepresidente Richard Nixon preparó un informe donde aseguraba que era necesaria una acción de fuerza contra Cuba, al concluir que los revolucionarios instalarían un sistema político contrario a los intereses estadunidenses. Los hermanos Dulles, John Foster y Allen, secretario de Estado y jefe de la CIA, respectivamente, estuvieron de acuerdo. 

Allí nació el “Proyecto Cuba”, del cual responsabilizaron al director adjunto de la CIA, Richard Bissell. El 17 de marzo de 1960, el presidente Dwight Eisenhower aprobó el plan diseñado por Bissell, que englobaba la guerra psicológica, acciones políticas, económicas y paramilitares, teniendo como eje organizar, entrenar y equipar a exiliados cubanos para constituir una fuerza invasora.

En 1960 había elecciones presidenciales en Estados Unidos, y Nixon, del Partido Republicano, enfrentaba a John F. Kennedy, del Demócrata. En plena guerra fría, ambos iniciaban sus discursos de campaña refiriéndose al “caso cubano”. La derrota de Castro hubiera constituido un poderoso factor para el triunfo de Nixon.

En paralelo al proyecto militar y propagandístico, a fines de agosto la CIA puso en marcha otro plan. Bissell contactó a la mafia de la Cosa Nostra para que asesinara a tres de los principales dirigentes cubanos. Según la investigación de la Comisión Church del Senado estadunidense, en la Casa Blanca se consideraba que si “Fidel, Che Guevara y Raúl Castro no son eliminados al mismo tiempo”, toda acción contra el régimen cubano sería “larga y difícil”. Si los asesinatos se lograban y Cuba volvía al redil, la CIA se comprometía a que la mafia recuperara “el monopolio de los juegos, de la prostitución y de la droga.”

El 3 de enero de 1961, en la fase preparatoria de la invasión, Washington rompió relaciones con La Habana. El día 20, Kennedy asumió la presidencia, y 24 horas después ordenó continuar con los planes de agresión, incluido el trato con la mafia. Aunque el adiestramiento continuaba en la Florida, la CIA convirtió a Guatemala en el principal campo de entrenamiento, “con su propio aeropuerto, su propio burdel y sus propios códigos de conducta”. Washington había logrado que la casi totalidad de naciones del continente censuraran a la revolución cubana. Sin embargo, México, Brasil y Ecuador se opusieron a cualquier tipo de acción militar, evitando que Estados Unidos se sirviera de la Organización de Estados Americanos para una operación conjunta. 

Al cabo de un año, el plan había evolucionado para volverse un asalto paramilitar (mercenario) a gran escala, con mil 500 exiliados cubanos anticastristas capacitados en campos de la CIA en Guatemala y Nicaragua, y organizados en una fuerza bautizada Brigada 2506. En  Estados Unidos los medios de información apenas narraban los sucesos. Como dijo el ex director de la CIA, William Colby, la prensa no realizaba investigaciones “por autodisciplina patriótica”. En el New York Times la redacción sabía en detalle lo que se preparaba, “pero en nombre de la seguridad nacional –dice Colby− se dejó convencer por el propio presidente Kennedy de no publicar nada sobre el tema.”

El 14 de abril, Kennedy dio luz verde  a un ataque aéreo preliminar a la invasión. El 15, siguiendo la orden presidencial, Bissell envió ocho bombarderos B-26 para destruir la poca y vieja aviación de combate cubana. Cedidos por el Pentágono, los B-56 habían despegado de Nicaragua llevando las insignias de la Fuerza Aérea Revolucionaria (FAR). Luego de lanzar su carga, un B-26 aterrizó en Miami, y en minutos se regó una historia fabricada: los responsables de tal acción eran desertores. 

Mientras llovían bombas sobre la isla, el ministro cubano de Relaciones Exteriores, Raúl Roa, pedía en la ONU que se exigiera a Estados Unidos el cese de la agresión. El jefe de la delegación estadunidense, Adlai Stevenson, refutó las acusaciones mostrando fotos del avión en Miami. Su colega británico lo apoyó diciendo que “el gobierno del Reino Unido sabe por experiencia que puede tener confianza en la palabra de Estados Unidos.”

El día 16 se supo toda la verdad: La CIA y el presidente Kennedy le tenían todo escondido a Stevenson y al propio Secretario de Estado, Dean Rusk.

Durante el sepelio de las víctimas de los bombardeos, casi todas civiles, Fidel Castro llamó a la movilización total: “Cada cubano debe ocupar el puesto que le corresponde en las unidades militares y centros de trabajo sin interrumpir la producción, ni la campaña de alfabetización.” Ese mismo 16 de abril expresó una frase que dio la vuelta al mundo, porque anunciaba el camino ideológico del proceso: “Eso es lo que no pueden perdonarnos (…) ¡que hayamos hecho una revolución socialista en las propias narices de los Estados Unidos!”

Para entonces, cinco barcos “mercantes”, repletos de hombres y armas, escoltados por buques de la Marina estadunidense, entre ellos el portaviones USS Essex y dos destructores, se aproximaban a Cuba. Habían partido de Nicaragua y Nueva Orleans. Según lo planificado en Washington, los mercenarios de la Brigada debían lograr rápidamente un territorio “liberado”. Ahí sería trasladado, desde Estados Unidos, el “gobierno provisional”, el cual estaría compuesto de exiliados seleccionados por la CIA. En ese momento Kennedy le daría “reconocimiento”, el “nuevo gobierno” pediría ayuda internacional y los Marines desembarcarían.

A las 23:45 horas del 16 de abril de 1961, Grayston Lynch fue el primer hombre que tocó tierra cubana, en playa Girón. No lejos de ahí, en playa Larga, desembarcaba otro estadounidense: William ‘Rip’ Robertson. Ambos eran parte de la Brigada de Asalto 2506, conformada mayoritariamente por exiliados cubanos que participaron en la misión acompañados del espíritu de John Wayne. 

Como se señaló arriba, el objetivo de la Brigada mercenaria era intentar establecer una cabeza de puente con la intención de constituir, en un “territorio liberado”, un gobierno provisional que Washington iba a reconocer para pedir inmediatamente ayuda a la OEA y derrocar al gobierno revolucionario de Fidel Castro.

Sabiendo lo que se preparaba, el gobierno cubano había recibido tanques, cañones, morteros y ametralladoras de la Unión Soviética y Checoslovaquia. Los instructores venidos de esos países calcularon que era necesario dos años para entrenar a un ejército capaz de repeler una invasión. “Entonces inventamos una cosa −contó Fidel Castro en 1996− , fue pedirles a los milicianos que lo que aprendían por la mañana lo enseñaran por la tarde.” 

José “Pepe” San Román, de origen cubano y quien oficiaba como comandante de la Brigada 2506, constató en la mañana del día 19 que todo estaba perdido. Entonces envió un mensaje a su responsable en la CIA: “¡Por favor, no nos abandonen!” Al final de la tarde, en Playa Girón, la tentativa de invasión era derrotada. Casi toda la Brigada fue capturada: 1 214 prisioneros. Aunque se creían camino al paredón, Fidel Castro ordenó que se les respetara la vida. En combate murieron 114, incluidos cuatro pilotos estadunidenses. Años después Lynch recordaría: “Por primera vez, a mis 37 años de vida, me sentí avergonzado de mi país.” 

Después de la victoria, el 23 de abril de 1961, Fidel Castro expresó: “¡El imperialismo yanqui sufrió en América Latina su primera gran derrota!” Al día siguiente, y con otro tipo de emoción, el presidente Kennedy reconoció la responsabilidad de Estados Unidos. Colby escribió que ante tal “humillación”, Kennedy expresó encolerizado su deseo de “regar las cenizas de la CIA a los cuatro vientos”. Allen Dulles y Richard Bissell tuvieron que renunciar unos meses después.

El 22 de diciembre de 1962 los prisioneros fueron enviados a la Florida. Por su libertad, La Habana pidió unos 53 millones de dólares en alimentos, medicinas y equipos médicos. Siete días después, durante una ceremonia en Miami, San Román le entregó a Kennedy una réplica de la bandera de la Brigada. El presidente les aseguró que ella sería “devuelta en una Habana Libre”. Quince años después, la asociación de ex brigadistas pidió al Museo Kennedy que le fuera reintegrada, pues la palabra no había sido cumplida. ¡Se la devolvieron por correo!

Para preparar la invasión a Cuba, la CIA organizó de manera paralela una ofensiva propagandística a través de las agencias de noticias internacionales AP y UPI, ambas estadunidenses; del diario La Voz de América, estaciones de radio y la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP). Mediante la divulgación de un “Libro Blanco” contra Cuba −la fórmula utilizada por Hitler para anunciar y justificar su ataque y ocupación de los países de Europa Central−, la gigantesca campaña propagandísticas de Washington logró construir la imagen de un gobierno revolucionario como totalitario, forjando, en síntesis, un estereotipo que combinaba Barbudos = Paredón. Dotados con antelación de sus respectivos “libros blancos”, los diarios de la SIP hicieron su tarea: reprodujeron en el hemisferio la voz del amo. Sólo que en Bahía de Cochinos (o Playa Girón), como vimos, todo terminó en un gran fiasco. Aunque mejorada, la fórmula se utilizó después para aislar a Cuba, separarla de la OEA e imponerle el bloqueo económico, en el marco de una guerra psicológica que llega hasta nuestros días. 

En el marco de la invasión y su desenlace algunos hechos históricos no han sido suficientemente dimensionados. Lo más significativo, tal vez, fue la actitud y el derroche de valor y coraje de los jóvenes combatientes cubanos, que carecían de preparación y experiencia y no superaban los conocimientos militares más elementales para enfrentar a una brigada mercenaria mejor armada, más organizada, mucho mejor entrenada y posicionada en una situación favorable en Playa Larga y Playa Girón, e integrada por soldados y oficiales del antiguo Ejército de Batista. Entre ellos, los dos jefes de la fuerza invasora, José Antonio Pérez San Román y Erneido Andrés Oliva González, quien al triunfo de la Revolución pasaba un curso en una escuela del Pentágono en Panamá, y tras regresar a la isla desertó y enfrentó a su pueblo en nombre de una potencia extranjera (18).

Otro hecho a destacar, que exhibe a Fidel Castro en su capacidad de liderazgo, fue que desde las 2 y media de la madrugada del 17 de abril de 1961, cuando un contingente de la Brigada 2506 desembarcó en la región de la Ciénaga de Zapata, se puso al mando de la defensa de la patria. Según el relato del general de división (r) José Ramón Fernández, esa noche se hallaba al frente de la Escuela de Cadetes de Managua y recibió una llamada del Comandante en Jefe, quien le ordenó que se trasladara a la Escuela de Responsables de Milicias, en Matanzas, y que al mando de ella se dirigiera a Playa Larga a combatir la invasión.

 Fidel dirigía personalmente la defensa del país y seguía las operaciones hasta el mínimo detalle. Llamó a Fernández varias veces para darle instrucciones. “Eso explica la forma enérgica y tenaz con que Fidel exige el cumplimiento de las tareas y controla su organización y desarrollo”, comentó el militar.

Inclusive, en medio de los combates y el tronar de los cañones de los tanques, las bazucas, las ametralladoras y los fusiles, Fidel estuvo presente en los puestos de mando en el pobladito de Pálpite y en el Central Azucarero Australia, no obstante la preocupación de todos por su vida y el reiterado pedido de que se marchara. Sin embargo, señaló Fernández, “la presencia física de Fidel, o saber que seguía cada acción, resultaba decisiva”.

Hacia el mediodía del 18 de abril, ya tomada Playa Larga por el Ejército Rebelde y mientras se disponía a avanzar hacia Girón, José Ramón Fernández recibió un mensaje “urgente” desde el Central Australia: “Dice Fidel que el enemigo está derrotado, que lo persigas sin tregua, pues es el momento sicológico. Ahora o nunca, es el momento”. Quince minutos después llegaba otra orden: “Hay que tomar Girón antes de la 6:00 de la tarde”.

Tras retirarse de Playa Larga, los mercenarios se habían concentrado en Girón, y según se confirmó después con documentación estadunidense desclasificada, contaron con apoyo de ametralladoras, cohetes y napalm disparados desde una escuadrilla de aviones B-56 tripulada por pilotos norteamericanos, lo que elevó el saldo de combatientes del Ejército Rebelde muertos y heridos,y generó desorganización.

No obstante, el 19 de abril se fue estrechando el cerco sobre Playa Girón. Tropas provenientes de Yaguaramas y del Central Covadonga coincidieron en El Hechenal, y bajo el mando de Fidel Castro, en medio de encarnizados combates que duraron varias horas y a un costo de numerosas vidas, Girón fue tomado. Habían pasado 65 horas y media de iniciado el desembarco invasor. Como Fidel iba en camino, José Ramón Fernández le envió de inmediato el siguiente mensaje: “Tomamos Girón a las 17:30 horas. Territorio Libre de América”.

Fueron tres días y dos noches de continuos combates donde las fuerzas revolucionarias hicieron derroche de arrojo, valentía y decisión de vencer. El enemigo sufrió una aplastante derrota y se le hicieron 1 214 prisioneros.

Pero hay un hecho que pudo haber desencadenado la III Guerra Mundial y que fue reconstruido por Peter Wyden en su obra Bahía de Cochinos. La verdad no dicha. Durante la jornada del 19 de abril, dos destructores de la Armada de Estados Unidos habían ingresado a las aguas jurisdiccionales cubanas, a menos de dos mil metros de la costa y avanzaban con sus cañones desenfundados apuntando hacia tierra en actitud provocativa y amenazante. Enardecidos e irritados por las bajas sufridas por el Ejército Rebelde, los subordinados inmediatos de José Ramón Fernández, especialmente de las baterías de artillería, le demandaron hacer fuego, pero él tomó la decisión de no hacerlo. Fue, según narró el propio Fernández, el acontecimiento de mayor riesgo y tensión de ese 19 de abril. 

Según escribió el estadunidense Peter Wyden, quien entrevistó a jefes de los elementos de la Fuerza Aérea y de los portaviones y destructores que estuvieron allí –y que acompañaban y protegían a las fuerzas invasoras−, Fernández no tenía instrucciones sobre cómo proceder con los barcos de EU. Escribió Wyden, en lo que según José Ramón Fernández se corresponde con la realidad: 

“El comandante Fernández estaba indignado. Estaba ansioso por haber tomado Girón antes de las 6:00 p.m. del martes, como Fidel había ordenado. Ya era miércoles por la tarde y estaba paralizado, a una o dos millas de la victoria final sobre los invasores. (…) El fuego enemigo era intenso. Había muchas bajas. Sus hombres tenían sed y estaban agotados (…) Reiniciaron la marcha durante una tregua en el bombardeo a las 2:10 p.m. De pronto, el capitán Eugenio Teruel Buyreu, señaló con el dedo dos barcos de guerra en el mar. Los dos hombres corrieron hacia un montículo cubierto de hierba debajo de un árbol al lado izquierdo de la carretera. Fernández miró detenidamente con sus binoculares Zeiss. Definitivamente, los barcos eran destructores. Nadie en la zona tenía destructores salvo la Marina de Estados Unidos. Estaban a menos de dos millas de distancia, definitivamente en aguas cubanas, y avanzaban con rapidez. Sus cañones estaban descubiertos. Muchas embarcaciones pequeñas se movían entre la costa y barcos que estaban frente a Girón. Algunas parecían venir, otras ir. Fernández pensó que debían ser unas cuarenta, tal vez cincuenta”.

“Escribió a la carrera una nota al cuartel general en el central Australia en la que informó que estaban desembarcando refuerzos para los invasores y pidió otro batallón de infantería y un batallón de tanques. Ahora, sus tropas se habían detenido junto al agua, señalaban con el dedo y hablaban con excitación acerca de los barcos. ‘Todo el mundo quería disparar’. Fernández ‘pudo haberles dado sin duda’. No tenía instrucciones sobre cómo proceder con los barcos estadunidenses. Con anterioridad había descubierto aviones a chorro estadunidenses y había dado orden de dispararles, sin éxito, pero eso era distinto. Los aviones estaban ‘violando nuestro espacio aéreo y participando en la intervención’. Si él hubiera atacado a los destructores que estaban a cierta distancia y ellos hubieran asegurado que solo estaban patrullando en aguas internacionales, las ‘consecuencias podrían haber sido trascendentales”’.

(…) Manteniendo en la mira de sus binoculares los cañones de los barcos que navegaban a toda prisa, pensó que era posible que los destructores atacaran. Cuando redujeron la marcha y ‘casi pararon’, empezó a pensar que no dispararían. Fue ‘el momento más dramático’ de la guerra. Se sentía muy solo. Echaba mucho de menos tener a otra persona responsable con la cual intercambiar opiniones (…) Entonces Fernández vio aviones de su fuerza aérea que también atacaban las pequeñas embarcaciones. Se alegró mucho. Era la primera vez durante toda la batalla que veía aviones amigos (…) Los destructores se dieron vuelta después de unos treinta minutos, calculó después Fernández. En aquel momento, no pareció ese tiempo: Parecía que nunca terminaría (…) Un extraño silencio invadió el frente”.

Fue obvio que la administración Kennedy no quiso que sus destructores y portaviones participaran en actos de guerra directos. “Es verdad que los barcos se retiraron −relató Fernández−. En ese instante tuve la impresión de que la guerra había concluido, y sentí un silencio enorme en mi cabeza, como si estuviera flotando en el aire. Fue la intensa descomprensión que experimenté”. 

Nadie quiso iniciar la III Guerra Mundial. En marzo de 2001, durante una conferencia por los 40 años de Girón, televisada en vivo, acostumbrado a tomar decisiones trascendentes, Fidel, reafirmando su aprobación por aquella decisión, le preguntó al general Fernández en tono de broma:

−¿Con quién consultaste?

      Abriendo los brazos en plegaria y dibujando una sonrisa, el militar respondió:    

                   −“Estaba solo. Con quien iba a consultar, ¿con los dioses?

 

La crisis de los cohetes

La derrota sufrida en Playa Girón no llamó al presidente de Estados Unidos John F. Kennedy a la cordura sino a la revancha. La Comisión Taylor, designada por el mandatario para analizar el citado fracaso, recomendó “emprender nuevas medidas político-militares, económicas y propagandísticas contra Castro”, lo que sirvió de base para la preparación y puesta en marcha de un nuevo plan de operaciones encubiertas, la llamada Operación Mangosta, que a partir de noviembre de 1961 desencadenaría miles de actos terroristas, sabotajes, planes de asesinatos de dirigentes y agresiones armadas (19).

Unos meses más tarde, el general Maxwell D. Taylor, en aquel momento presidente de la Junta de Jefes de Estado Mayor, aseguraba al jefe de la Oficina Oval que no creía posible el derrocamiento del gobierno cubano sin la intervención directa de Estados Unidos, por lo cual recomendaba “un curso más agresivo de la Operación Mangosta”, cuya ejecución, autorizada por Kennedy, debía escalar sus medidas hasta crear el escenario propicio para asestar un golpe aéreo masivo sorpresivo y/o realizar la invasión. 

El presidente del consejo de ministros de la URSS, Nikita Jruschov, quien durante la Gran Guerra Patria se había destacado como comisario jefe de la defensa de Stalingrado (actual Volgogrado), había percibido la clara intención de Kennedy de invadir a Cuba tan pronto estuvieran preparadas las condiciones políticas y diplomáticas, especialmente después de la aplastante derrota de la invasión mercenaria de Bahía de Cochinos.

Según ha relatado el propio Fidel Castro, en medio de la creciente escalada de Washington, el 29 de mayo de 1962 llegó a La Habana una delegación soviética presidida por un miembro del presidium del Comité Central del Partido Comunista de la URSS, que traía la encomienda de proponer la instalación en Cuba de cohetes con carga nuclear a fin de garantizar que EU no invadiera la isla y fortalecer las posiciones del socialismo en el mundo. 

Los gobiernos de la URSS y Cuba firmaron un acuerdo de colaboración militar para la defensa del territorio nacional cubano. Dicho acuerdo era totalmente legal y su concertación estaba dentro de las prerrogativas de dos gobiernos soberanos. Pero la dirección soviética no aceptó la propuesta cubana de hacer públicas esas decisiones, y eso le sirvió de pretexto a Kennedy para desencadenar la crisis. 

El 20 de junio de 1962, el Estado Mayor General de la URSS aprobó la composición de la Agrupación de Tropas Soviéticas que participaría en la Operación Anadyr. El comandante Raúl Castro viajó a Moscú del 3 al 16 de julio y, entre otras cosas, reiteró el criterio Fidel de hacer público el acuerdo militar cubano–soviético, pero  la parte soviética insistió en mantener la operación en secreto, algo imposible de lograr debido a su envergadura y al sobrevuelo sistemático de la aviación de exploración estadunidense  sobre la isla. 

Cuenta Fidel:

Las unidades de la Agrupación de Tropas Soviéticas comenzaron a llegar a Cuba a principios de agosto. Por esos días ya la inteligencia de EU había determinado la presencia en Cuba de cohetes antiaéreos y aviones Mig-21, construcciones no identificadas y la existencia de especialistas militares soviéticos. Para el 16 de octubre los U–2 confirmaron la presencia de emplazamientos coheteriles nucleares en San Cristóbal, Pinar del Río y ese mismo día, sobre las 11:00 horas Kennedy citó a un grupo de funcionarios que posteriormente conformarían el Comité Ejecutivo del Consejo de Seguridad Nacional y estos, después de estudiar durante cinco días las variantes propuestas, decidieron, el 20 de octubre, aplicar el “Bloqueo Naval” a Cuba, para lo que fueron creadas cinco fuerzas de tarea.

El 22 de octubre de 1962, al decretarse el bloqueo naval contra Cuba y crearse todas las condiciones para bombardear e invadir la isla, se desencadenaba la llamada Crisis de Octubre. El presidente Kennedy demandó la retirada de las armas estratégicas soviéticas basificadas en Cuba, ante lo cual, las FAR respondieron con la Alarma de Combate para todas sus unidades y la movilización popular para hacerle frente a la posibilidad de una agresión de proporciones gigantescas que podía desencadenar un holocausto nuclear.

La aviación de exploración táctica estadunidense incrementó sus vuelos rasantes, al punto que el 26 de octubre Fidel Castro ordenó que a partir del día siguiente se abriera fuego contra los aviones enemigos en vuelo a baja altura. En algunos de sus escritos ha recordado Fidel: “Dada la insolencia del gobierno norteamericano, el 27 fue derribado un avión U–2 sobre el norte de Oriente por un cohete antiaéreo, hecho que marcó uno de los momentos más dramáticos de la crisis”.

El domingo 28 de octubre, el Kremlin comunicó a Washington que se habían impartido órdenes para interrumpir la construcción de las instalaciones, desmantelar las existentes y retornar las armas nucleares desplegadas a la URSS. Estados Unidos impuso la condición de inspeccionar esa operación. En la tarde de ese día, Cuba rechazó la inspección de su territorio que habían acordado las dos potencias y dio a conocer su posición con “Los Cinco Puntos” (20). 

Sobre esos hechos,escribió Fidel:

“El 28 de octubre de 1962 yo declaré que no estaba de acuerdo con la decisión inconsulta e ignorada por Cuba de que la URSS retiraría sus proyectiles estratégicos, para los cuales se estaban preparando las rampas de lanzamiento que serían un total de 42. Al líder soviético le expliqué que ese paso no había sido consultado con nosotros, requisito esencial de nuestros acuerdos. En una frase está la idea: ‘Usted puede convencerme de que estoy equivocado, pero no puede decirme que estoy equivocado sin convencerme’, y enumeré 5 Puntos (21) que se mantenían intocables: Cese del Bloqueo económico y de todas las medidas de presión comercial y económica que ejercen los Estados Unidos en todas partes del mundo contra nuestro país; cese de todas las actividades subversivas, lanzamiento y desembarco de armas y explosivos por aire y por mar, organización de invasiones mercenarias, filtración de espías y saboteadores, acciones todas que se llevan a cabo desde el territorio de los Estados Unidos y de algunos países cómplices; cese de los ataques piratas que se llevan a cabo desde las bases existentes en Estados Unidos y Puerto Rico; cese de todas las violaciones de nuestro espacio aéreo y naval por aviones y navíos de guerra norteamericanos; y la retirada de la Base Naval de Guantánamo y devolución del territorio cubano ocupado por los Estados Unidos”.

Washington y Moscú se pusieron de acuerdo sobre la base de la propuesta de Jruschov del día 26 de octubre. Estados Unidos inspeccionaría las armas en los barcos soviéticos fuera de las aguas territoriales cubanas, lo que para ambas superpotencias marcó el fin de la Crisis. El 30 y 31 de octubre fue suspendido el bloqueo por la visita a Cuba del birmano U Thant, entonces secretario general de la ONU; el bloqueo se reanudó el 1 de noviembre. Ese día Fidel compareció ante la televisión y la radio cubanas para explicar al pueblo los resultados de las conversaciones con U Thant y las posiciones cubanas en torno a lo que se ha conocido como la Crisis Coheteril de Octubre. 

En su memorable intervención, dijo Fidel:

“Nosotros no hemos violado ningún derecho, no hemos llevado a cabo agresión absolutamente contra nadie. Todos nuestros actos han estado basados en el Derecho Internacional. No hemos hecho absolutamente nada fuera de las normas del Derecho Internacional. En cambio, nosotros hemos sido víctimas, en primer lugar, de un bloqueo, que es un acto ilegal; en segundo lugar, de la pretensión de determinar desde otro país, qué tenemos nosotros derecho a hacer o a no hacer dentro de nuestra frontera (…) Cuba es un Estado soberano, ni más ni menos que cualquier otro de los Estados miembros de las Naciones Unidas, y con todos los atributos que son inherentes a cualquiera de estos Estados.

Además los Estados Unidos han estado violando reiteradamente nuestro espacio aéreo sin ningún derecho, cometiendo un acto de agresión intolerable contra nuestro país. Han pretendido justificarlo con un acuerdo de la OEA, pero este acuerdo no tiene para nosotros ninguna validez. Nosotros fuimos, incluso, expulsados de la OEA.

Nosotros podemos aceptar cualquier cosa que se ajuste a derecho, que no implique merma en nuestra condición de Estado soberano. Los derechos violados por Estados Unidos no han sido restablecidos, y por medio de la fuerza no aceptamos ninguna imposición.

Entiendo que esto de la inspección es un intento más de humillar a nuestro país. Por lo tanto, no lo aceptamos.

Esa demanda de inspección es para convalidar su pretensión de violar el derecho nuestro de actuar dentro de nuestras fronteras con entera libertad, a decidir lo que podemos o no podemos hacer dentro de nuestras fronteras. Esta línea nuestra no es una línea de ahora. Es un punto de vista que hemos mantenido invariablemente y siempre.

En la respuesta del Gobierno Revolucionario a la resolución conjunta del Gobierno de los Estados Unidos, nosotros dijimos textualmente:

«Es absurda la amenaza de lanzar un ataque armado directo si Cuba se fortaleciera militarmente hasta un grado que Estados Unidos se toma la libertad de determinar. No tenemos la menor intención de rendir cuentas o de consultar al Senado o a la Cámara de Estados Unidos acerca de las armas que estimamos conveniente adquirir y las medidas a tomar para defender de modo cabal nuestro país. ¿No nos asisten, acaso, los derechos que las normas, las leyes y principios internacionales reconocen a todo Estado soberano de cualquier parte del mundo?”

Más adelante, agregó:

“¡Si los Estados Unidos lo que pretende, además de eso, es humillar a nuestro país, no lo conseguirá! Nosotros no hemos vacilado un solo minuto en la decisión de defender nuestros derechos. No podemos aceptar imposiciones que sólo pueden hacer a un país vencido. Nosotros no hemos desistido de nuestra decisión de defendernos, y en un grado tal que nunca podrán imponernos condiciones, porque antes tendrán que destruirnos y aniquilarnos y en todo caso no hallarán aquí a quien imponerle condiciones humillantes. 

¡Un pueblo así es un pueblo invencible!

El 20 de noviembre a las 18:45 horas, Kennedy ordenó levantar el bloqueo y el 22 el gobierno cubano declaraba la vuelta a la normalidad en la isla, luego de permanecer en pie de guerra desde el 22 de octubre. La Crisis de Octubre en Cuba le costó el cargo a Nikita Jruschov. Lo que pudo ser una importante victoria moral se convirtió en un costoso revés político para la URSS. En 1964, Jruschov fue sustituido por Leonid Brezhnev. A la muerte de Brezhnev, el 10 de noviembre de 1982, le sucedió Yuri Andrópov, director de la KGB. Fidel Castro lo consideraba un hombre serio y franco. Andrópov le dijo al dirigente cubano que si la isla era atacada por Estados Unidos deberían luchar solos. Fidel le preguntó si podían suministrarles las armas gratuitamente como hasta ese momento. El líder soviético respondió que sí. Fidel le comunicó entonces: “No se preocupe, envíenos las armas que de los invasores nos ocupamos nosotros”.

La fruta que no cayó

A inicios de la década de los ochenta,  tras la llegada al poder de la extrema derecha en Estados Unidos −con Ronald Reagan y George Bush padre en la Casa Blanca−, se incrementó de manera notable la probabilidad de una agresión militar a Cuba. Por esas mismas fechas, los dirigentes de la URSS comunicaron de forma sorpresiva a las autoridades cubanas, que no acudirían en su ayuda en caso de un bloqueo militar o de bombardeos o invasión a la isla. A la etapa en que se llegara a esa contingencia extrema, se le denominó “Período Especial en Tiempo de Guerra”.

Cuando en 1989, tras la implosión de la URSS y la descomposición del campo socialista en Europa Oriental, la dirección cubana pronosticó la posible compleja situación económica futura y llegó a la conclusión de que en cierta forma sería similar a la prevista en caso de que el país tuviera que enfrentar sin ayuda una agresión militar de la principal potencia del planeta. Por tal razón comenzó a denominarse “Período Especial en Tiempo de Paz” al período de grandes dificultades económicas que pudiera producirse. 

El siguiente pronunciamiento público de Fidel Castro Ruz, en enero de 1990, se explica por sí solo:

¿Qué significa período especial en tiempo de paz? Que los problemas fueran tan serios en el orden económico por las relaciones con los países de Europa Oriental o pudieran por determinados factores o procesos en la Unión Soviética, ser tan graves, que nuestro país tuviera que enfrentar una situación de abastecimiento sumamente difícil. Téngase en cuenta que todo el combustible llega de la URSS, o y lo que podría ser, por ejemplo que se redujera en una tercera parte o que se redujera a la mitad por dificultades en la URSS, o incluso se redujera a cero, lo cual sería equivalente a una situación como la que llamamos el período especial en tiempo de guerra (…) No sería desde luego sumamente grave en época de paz porque habría determinadas posibilidades de exportaciones e importaciones en esa variante”.

Pocos meses después esa situación era ya una realidad. En septiembre, en un discurso pronunciado en el teatro Carlos Marx de La Habana, Fidel habló de las dificultades que enfrentaban el país y la Revolución (22). Advirtió que las dificultades podrían ser mucho mayores. Dijo:

“Ahora, les pregunto (…) ¿Qué vamos a hacer, darnos por vencidos? ¿Rendirnos? ¡Jamás! ¿Qué vamos a hacer? ¿Vamos a renunciar a la revolución? ¿Renunciar al socialismo? ¿Renunciar a la independencia? ¡Jamás! Lo que debemos hacer es resistir, luchar y vencer, por supuesto.”

Desde Washington, la administración de George Bush (padre) intentó sacar réditos. Acorralar a Cuba fue la consigna. Estados Unidos volvía a aplicar contra la isla la arcaica política de la “fruta madura” (23), fiel patrimonio de la Doctrina del Destino Manifiesto. Ahora que el propio Fidel Castro había reconocido que el campo socialista ya no existía, los neocolonialistas de Washington intentaban una vez más torcerle el brazo. La contradicción volvía a ser anexión versus independencia nacional.

Cuba vivía una trágica soledad. Tras la debacle de la Unión Soviética, los viejos burócratas del Este comenzaban a convertirse en nuevos burgueses. Para ellos −dijo entonces Fidel Castro−, el internacionalismo ya no existía y la palabra “revolución” parecía maldita. Ya no se hablaba de marxismo-leninismo y en la URSS eran demolidas las estatuas de Lenin. Los antiguos socialistas iban al capitalismo. Nuevo signo de los tiempos, Europa del Este transitaba hacia la economía de mercado y la propiedad privada. “Lo que está ocurriendo en los países del Este es el desmantelamiento del socialismo y no su perfección”, afirmó Fidel. “Es la conspiración de la mentira a nivel mundial”.

Washington no era ajeno a ese juego de apariencias. Era el principal instigador de las contradicciones entre Cuba y sus antiguos amigos socialistas. Presionaba e incluso exigía públicamente a la URSS el cese de la colaboración económica con la isla. La pedía a Moscú que se sumara al bloqueo y le ayudara a destruir a la Revolución Cubana. Estados Unidos promovía activamente la “teoría de la soledad”. Sus aliados, entre ellos muchos intelectuales políticamente correctos y no pocos gobernantes latinoamericanos, eran los portavoces de la disuasión fundada en el pragmatismo conservador de la rendición. 

“Hay que ceder en el sentido de los deseos estadunidenses”, recomendaban. Y algunos ya le daban el pésame en vida a la revolución cubana.

Durante un encuentro en Brasil, el ex jefe de Gobierno español Felipe González y el ex presidente de Venezuela, Carlos Andrés Pérez, le habían demostrado su preocupación a Fidel. “Temían” que Cuba se convirtiera en una nueva Numancia (24). Temían un holocausto en el Caribe. “De sus contactos con funcionarios norteamericanos tienen la impresión que EU va a lanzar un zarpazo militar contra Cuba”, reveló por aquellos días Fidel. Y por eso, con “delicadeza”, le habían dicho al presidente de Cuba: “Queremos ayudarlos; pero hace falta que ustedes nos apoyen para respaldarlos”.

 Según Fidel, Felipe González y Carlos Andrés Pérez no plantearon ninguna fórmula concreta. Pero dijeron que “la estrategia no puede ser la resistencia”. Y Fidel razonó: “Si la fórmula no era la de la resistencia, entonces era la de las concesiones. La concesión es el camino de hacer hoy una y mañana otra”. 

Al respecto, en un discurso pronunciado en Sao Paulo, Brasil, el 17 de marzo de 1990 (25), Fidel expresó:

“En días recientes los presidentes de Venezuela y España me expresaron esas preocupaciones, hasta las expresaron públicamente, y como nosotros hemos dicho Patria o Muerte, ellos han dicho que no debe ser la resistencia la estrategia del futuro de Cuba; hablan de Sagunto, de Numancia, de que si un holocausto, y a un español que me hizo la pregunta en la conferencia de prensa, le pregunté de dónde era y le dije: «¿Cuántos murieron en la defensa de Zaragoza a raíz de la invasión napoleónica? ¿Cuántos murieron en la lucha de independencia de ustedes? Ustedes en ese momento no se acordaron de Sagunto ni de Numancia, sino que se decidieron a defender la patria a cualquier precio y por eso lograron derrotar la invasión napoleónica.”

A nosotros no pueden venir, realmente, a hablarnos de Sagunto y de Numancia; primero, porque preferimos no existir antes de ser esclavos y volver a ser dominados por Estados Unidos y, segundo, que no vamos a dejar de existir, que si nos agreden estamos tan preparados y podemos cobrarles un precio tan alto, que no solo seremos capaces de resistir, sino también de vencer”.

La política de las concesiones bailaba al son del neoliberalismo. España ya lo había demostrado ante la Comisión de Derechos Humanos de la ONU en marzo de 1990. Votó a favor de la moción de EU de sentar a Cuba en el banquillo de los acusados. EU tuvo entonces otros aliados inesperados: Polonia, Checoslovaquia, Hungría y Bulgaria. El gobierno de Carlos Andrés se abstuvo. Como lo hicieron Argentina, Brasil, Colombia, Perú. Sólo México apoyó a Cuba.

Fidel justificó parcialmente el voto de España y América Latina en Ginebra: 

Las elecciones públicas son muy difíciles para nosotros. En votaciones secretas nos eligieron para el Consejo de Seguridad de la ONU y para ser miembros de la Comisión de Derechos Humanos. Pero en elecciones públicas los países tienen que encararse abiertamente con EU. Y tienen que defender un crédito del Banco Mundial, del FMI, del BID. Y cuando EU no logra que le den el voto, ruega, exige la abstención. Ese es el tipo de presiones. Saben que cada uno que se abstenga es un voto y cada uno que cambie de bando dos votos. Uno menos para Cuba, uno más para ellos”.

Durante tres años, América Latina había apoyado a Cuba en Ginebra Ya no. España osciló. “Todo el mundo sabe que lo de Ginebra es un descaro de EU”, dijo Fidel. “Algo impuesto”. Por eso, agregó, “nosotros no acatamos esa basura  producto de la presión, del soborno, del chantaje de EU, de la cobardía y de la traición. Ni soñar que vamos a aceptar una sola coma de eso”.

Fidel se reforzaba en los principios. Cuba elegía el camino de Numancia. En La Habana, el 4 de abril de 1990, aunque había aceptado la necesidad de rectificar errores, Fidel dijo que la revolución no capitularía ni haría concesiones a EU ni a nadie. Optaba por el camino de la resistencia. Dijo: “La revolución nos enseña que las concesiones son el camino de la claudicación. Pero también nos enseña que la revolución tiene que ser auténtica y que la tiene que hacer el pueblo, porque una revolución ni se exporta ni se importa”.

Y cuando le preguntaron si no se trataba de un “empecinamiento” que podía llevar a un “suicidio colectivo”, respondió: “¿Y qué es empecinarse? ¿Los Niños Héroes de Chapultepec eran acaso empecinados porque no se rindieron ante el invasor norteamericano y prefirieron la muerte? ¿Debemos condenar a soviéticos y yugoslavos porque resistieron al fascismo? ¿O al pueblo vietnamita por no haberse rendido?”

Alentada por el resultado de las elecciones en Nicaragua que parecía dejar atrás la experiencia sandinista; después de la victoria pírrica lograda con la invasión a Panamá y ante el naufragio estrepitoso de un sistema usurpador del socialismo en Europa Oriental, la administración Bush andaba envalentonada. Estaba convencida de que los tropiezos del socialismo habían hecho perder a la Unión Soviética su poder de disuasión real. Por eso, quería aprovechar la coyuntura y sacarse la espina cubana; una espina que tenía metida desde hacía 31 años. Ahora, al despuntar los años 90 era el momento.

Washington hacía su juego. Exploraba nuevos mecanismos de presión. Movilizaba buques de guerra a la base de Guantánamo. Incrementaba sus vuelos de espionaje sobre la isla. Medía los “tiempos” de América Latina con ataques navales en el Caribe, como el que realizó contra el carguero de bandera cubana Hermann. Pero su nueva punta de lanza para la etapa era el denominado “Proyecto TV Martí”.

En el caso de TV Martí, y para justificar su accionar subversivo desestabilizador, los políticos estadunidenses se escudaban en una doctrina de seductora y demagógica denominación: “Libre flujo de información”. Pero la “Tele-agresión” −como la denominaron los cubanos− era sólo una acción de ablandamiento con claros objetivos político-ideológicos. Ilegal y semi-clandestina, por cierto, porque violaba todos los tratados internacionales sobre telecomunicaciones. 

Como su antecesora Radio Martí, que había salido al aire el 20 de mayo de 1985, TV Martí era un producto del Documento de Santa Fe II, hechura de Ronald Reagan y de George Bush. Era un arma de desestabilización masiva, pues; parte de la guerra psicológica al servicio de la desinformación. Fidel la calificó como una estación “gusana” y “subversiva”.

Auspiciada en 1986 por congresistas de la Florida −a la caza del voto conservador de la comunidad cubano-estadunidense de Miami−, la idea de TV Martí recogía el proyecto de Edward Murrow, quien en 1962, durante la llamada “Crisis de los Cohetes” y siendo director de la Agencia de Información de Estados Unidos (USIA), había enviado al presidente Kennedy un memorándum sobre la posibilidad de enviar propaganda anticubana mediante la televisión.

En mayo de 1986, el representante Lawton Chiles envió una carta al director de la USIA, Charles Wick, promoviendo la idea. “TV Martí facilitaría al pueblo cubano otra fuente de información, noticias e ideas”, argumentó Chiles. En agosto del año siguiente, los representantes Daniel Mica, Dante Fascell, Bill Nelson, Claude Pepper y Lawrence Smith presentaron una resolución ante el Comité de Relaciones Exteriores del Senado, y poco después Reagan aprobó una asignación de fondos.

Los consultores del proyecto se pronunciaron por la utilización de un aerostato cautivo, situado en Cudjoe Key (26), bajo jurisdicción del Pentágono, área donde existen otros medios similares destinados a la vigilancia o monitoreo de Cuba y al servicio de guardacostas de Estados Unidos. El sitio está ubicado a 170 kilómetros de la capital cubana. El globo cautivo, inflado con helio, que flotaría “anclado” en el extremo de un cable de acero de 3,000 metros, contaría con un transmisor de alta potencia y una antena direccional adecuadamente diseñada que, orientada al este de la ciudad de La Habana, abarcaría una importante porción de la región occidental de la isla. Los estudios incluían la posibilidad de utilizar uno o dos aviones para ampliar la cobertura de la señal y suplir las limitaciones técnicas del aerostato.

En marzo de 1990, cuando ya había comenzado la fase de prueba de 90 días concedida por el Congreso, se sabía que la Fuerza Aérea de EU había prestado el globo –no se descartaba que pretendiera utilizarlo con fines de espionaje− y la compañía General Electric aportó el equipo electrónico. Las emisiones contaban, además, con equipos, instalaciones y técnicos del sistema de La Voz de América (VOA), manejado por la USIA, que a su vez es una agencia de “diplomacia pública” del Departamento de Estado.

A todo ese andamiaje diseñado para aportar al pueblo cubano “información balanceada” (sic), había que sumar la Fundación Nacional Cubano-Americana  −organismo de presión ligado a la CIA y a un hijo del presidente de EU, Jef Bush−, y presidida por el acaudalado contratista de obras de ingeniería Jorge Mas Canosa, de origen cubano.

La FNCA y su Chairman Mas Canosa contaban con el apoyo de los senadores de Florida Connie Mack y Dante Fascell, y Phil Gramm, de Texas, quienes en febrero de 1990 habían participado en la creación de un grupo de legisladores, cuyo objetivo era que Fidel Castro no durara “más de doce meses en el poder”.

El poder de Mas Canosa estaba justificado. Y sus aspiraciones también. No había duda de que gozaba de las simpatías del presidente Bush. Había sabido ganarse a pulso ese aprecio: según datos de la Comisión Federal Electoral de EU, las campañas políticas de Bush (padre) y de algunos congresistas ligados a la VOA, habían recibido fondos aportados por Mas y de un comité cubano-estadunidense de acción política llamado “Cuba Libre”.

A las 01 horas 45 minutos del 27 de marzo de 1990, el gobierno de Estados Unidos comenzó las transmisiones de un servicio de televisión en español  exclusivamente dirigido contra Cuba (Televisión Martí), usurpando un canal del espacio radioeléctrico nacional  que utilizaba la emisora cubana Tele Rebelde. Pero no habían pasado 10 minutos, cuando la eficaz interferencia electrónica de un grupo de científicos y técnicos cubanos pareció dar la razón a quienes, en Estados Unidos, consideraron que el proyecto era una “estupidez”. Aparte de que reforzaba el peculiar sentimiento nacionalista cubano. Fidel Castro dijo que, “con franqueza, no necesitábamos esta porquería para que la revolución se fortaleciera ideológicamente frente al desastre que ocurrió con los países de Europa del Este”.

Lo cierto es que los técnicos cubanos habían desbaratado con relativa facilidad las transmisiones de TV Martí. Una vez iniciada la transmisión, un número indeterminado de helicóptero MI-17, portando el equipo de interferencia, se elevaron y bloquearon la señal, apoyados por unidades navales y terrestres con transmisores y repetidoras. El hecho no era una novedad. El ingeniero SV Stiepler, de la AD Ring & Associates, afirmó entonces que había participado en los estudios de factibilidad de TV Martí, y había anunciado que Cuba podría interferir fácilmente la señal de televisión. El dato fue ratificado por William Hassinger, vocero de la Comisión Federal de Comunicaciones de EU.

Pero ese “Girón electrónico”, como lo bautizaron los cubanos, tenía otros riesgos El peligro de que Cuba respondiera con acciones de legítima defensa y emisiones de revancha. Cuando en 1988 el Senado de EU aprobó los primeros fondos para TV Martí, el gobierno cubano realizó pruebas con sus propios sistemas radiofónicos y demostró capacidad para penetrar muchos estados de la Unión Americana. La propia Comisión Federal de Comunicaciones de EU informó entonces que dos estaciones cubanas de la banda de AM habían enviado una señal que se captó hasta la ciudad de Salt Lake, en el estado de Utah. Y Susan Kraus, de la Asociación Nacional de Radiodifusores −que representaba a 5,200 radioemisoras y 950 estaciones de televisión de EU−, admitió que “los cubanos pueden interferir las transmisiones de Amplitud Modulada (AM) en 30 estados, abarcando hasta el noroeste del país y todo hacia el oeste, hacia Utah”.

Es decir, más de la mitad del territorio norteamericano. Según Kraus, Cuba contaba con transmisores que dejan pequeños a los autorizados para operar en EU. “Un transmisor tiene una potencia de un millón de kilovatios, otros tienen 500,000. En EU el máximo es de 50,000”.

Cabe recordar que en 1985, a raíz de los preparativos para el lanzamiento de Radio Martí, el presidente Reagan había dicho que EU podría recurrir a una “operación quirúrgica” −es decir a bombardeos− si Cuba interfería las transmisiones. En enero de 1990, un funcionario de la USIS había retomado la amenaza de la acción quirúrgica contra instalaciones de interferencia si Cuba se decidía por cortar la entrada de las imágenes de TV Martí y desarrollar una ofensiva de las ondas hacia el interior de EU.

El encargado de la contra-propaganda del exterior del Departamento de Orientación Revolucionaria (DOR), del CC del Partido Comunista de Cuba, Jorge Gómez Barata, declaró entonces que la amenaza le parecía una “bravuconada”.
Gómez Barata advirtió que Cuba no se quedaría cruzada de brazos. Y que en una guerra del éter entre Cuba y EU, terceros países, como México y Canadá, podrían verse afectados. Dijo: “Estamos listos para dar una respuesta que los norteamericanos no pueden prever, por buenos que sean sus espías. Sin embargo, preferimos ir a la mesa de negociaciones. El bombardeo de nuestras instalaciones sería una estupidez. Cuba no es Panamá”

El 3 de abril, en La Habana, Fidel Castro repitió, palabras más, palabras menos, la misma idea: “Si EU se atreve a efectuar una operación militar quirúrgica, no nos quedaremos cruzados de brazos. Sabremos responder golpe por golpe. Aunque vengan con sus aviones invisibles. Nosotros también podemos hacer cosas invisibles. Que lo interpreten como quieran”.

El lanzamiento de TV Martí provocó un pronunciamiento de las Naciones Unidas que declaró “ilegal” la emisión dirigida a Cuba. La vocera del Departamento de Estado, Margaret Tutwiler, admitió que su gobierno estaba “estudiando” la resolución. Reunido en México el 29 y 30 de marzo de ese año, el Grupo de Río rechazó “categóricamente” y “con grave preocupación” las “acciones unilaterales” de EU, que dieron inicio a las transmisiones de TV Martí a territorio cubano “sin que haya mediado la voluntad y acuerdo de ambas partes, de conformidad con las convenciones y acuerdos que rigen la materia”.

 Al esgrimir el recurso de la vigencia del derecho internacional, el Grupo de Río estaba emitiendo un claro pronunciamiento político, donde el respaldo inequívoco recayó sobre Cuba y la censura sobre EU.

Cuba no admitió el argumento estadunidense de que TV Martí era un mecanismo para que la población de la isla tuviera libre acceso a la información. Para Cuba se trataba de un asunto de soberanía nacional. El canciller Isidoro Malmierca dijo que Cuba estaba dispuesta a discutir con EU el libre intercambio de programas radiales y televisivos, pero en el marco del respeto a las normas de reciprocidad y de las leyes internacionales.

Fidel Castro, a su vez, dijo que el diferendo con EU por TV Martí no sería llevado por su gobierno al Tribunal de Justicia de La Haya. Explicó: “Es una cuestión de soberanía e independencia; (cosas que) no se someten a tribunales de arbitraje. De eso nos encargamos nosotros”. Tratándose de la soberanía “iremos hasta las últimas consecuencias”. Fidel dijo que la gente seria del planeta se oponía a esa aventura. “Una vez más, esta es la guerra entre David y Goliat. Una guerra electrónica. Y ahora bien, ¿por qué fue derrotado Goliat? Por bruto.” 

En un texto de enero de 2007, que titulamos “Hay Fidel y revolución para rato” (27), comentamos entonces cómo los agoreros a sueldo de Washington habían lanzado por esos días una campaña de intoxicación propagandística sobre la “enfermedad maligna” y el “estado terminal” de Fidel Castro, donde vaticinaban una “transición caótica”, “violenta” y una “explosión social” en la isla que conduciría de manera “inevitable” a una “guerra civil”.

Dijimos entonces que desde hacía medio siglo y a lo largo de nueve sucesivas administraciones de la Casa Blanca, la Revolución Cubana tenía la virtud de “decepcionar a sus enemigos”. Y tras hacer referencia a la solidez institucional del proceso cubano y a la doctrina de la Guerra de Todo el Pueblo como concepción estratégica diseñada para enfrentar un ataque a gran escala con superioridad numérica y tecnológica del enemigo, decíamos que una eventual aventura militar de Estados Unidos en Cuba no sería un paseo. 

Sin cantar victoria, ahora como entonces decimos que no está de más “tirarle una trompetilla al imperio”. La fruta madura no ha caído en manos de Estados Unidos y en Cuba hay Revolución para rato. 

(“Fidel y la pedagogía de una revolución”, forma parte del libro
Fidel: 17 aproximaciones, coordinado por John Saxe-Fernández, prologado por Roberto
Fernández Retamar y publicado por el Fondo de Cultura Económica y el Consejo
Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso), México, 2022.)

Llamadas:

(1) Sánchez Vázquez, Adolfo, “La Revolución Cubana y el socialismo”, México, enero de 1999.

(2)  Ese ensayo fue publicado en la revista Verde Olivo el 8 de octubre de 1960.

(3)Texto enviado por Ernesto Guevara a Carlos Quijano, director del semanario Marcha de Montevideo, Uruguay, que lo publicó el 12 de marzo de 1965.

(4) Ese texto corresponde al VII Capítulo del Informe Central al 2º.  Congreso  del Partido Comunista de Cuba, redactado por Fidel Castro.

(5) Fidel Castro, fragmentos del discurso pronunciado el primero de mayo del año 2000, citado en la carta a los Jefes y vicejefes de las delegaciones que visitaron Cuba con motivo del 60 aniversario del asalto a los cuarteles Moncada y Carlos M. de Céspedes. Cubadebate, 28 de julio de 2013.

(6) Raúl Castro Ruz, “Continuaremos sin prisa, pero sin pausa”. Palacio de las Convenciones de La Habana, 24 de febrero de 2013.

(7) Raúl Castro Ruz, “Cambiar todo lo que se tenga que cambiar”. Discurso de clausura del VI Congreso del PCC, Palacio de las Convenciones de La Habana, 19 de abril de 2011”.

(8) Raúl Castro Ruz, “No ha existido ni existirá una revolución sin errores”. Discurso de clausura de la 1º Conferencia Nacional del Partido, 29 de enero de 2012.

(9) Raúl Castro Ruz, “Orden, disciplina y exigencia en la sociedad cubana”. Discurso pronunciado en la Primera Sesión Ordinaria de la VII Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular, Palacio de las Convenciones, 7 de julio de 2013.

(10) Ver Naomi Klein, La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre. Ediciones Paidós, 2010.

(11) Ver Pedro de la Hoz, “Radio Rebelde, modelo revolucionario de comunicación. Ni una bala de más, ni se dijo una mentira”. Granma, 26 de febrero de 2018.

(12) Al final de la guerra operaron 32 emisoras integradas en la llamada Cadena de la Libertad.

(13) Pedro de la Hoz, Granma, ya citado.

(14) Ver Beatriz Pasqualino, “Radio Rebelde, la radio creada por el Che Guevara durante la lucha revolucionaria”. Nodal Cultura, FILA, 15 de febrero de 2018.

(15) El llamado Quinteto Rebelde estaba compuesto por campesinos de una misma familia y que fueron invitados por el propio Fidel para tocar músicas durante las transmisiones.

(16) Juan Marrero, “Hace 55 años: Breve historia de la Operación Verdad”. Cubadebate, 22 de enero de 2014.

(17) Editorial de Cubaperiodistas “La ‘Operación Verdad’ no ha terminado”. Cubadebate, 20 de octubre de 2016.

(18) Ver la entrevista realizada por Magali García Moré al general de división ® José Ramón Fernández y publicada en Granma el 20 de abril de 1976

(19) Ver Fidel Castro Ruz, “La Crisis Coheteril de Octubre de 1962”. Agosto de 2013

(20) Fidel Castro Ruz, “Fidel y la crisis de los cohetes”. Agosto 13 de 2013.

(21) Ver el comunicado de Fidel Castro “Los Cinco Puntos”, publicado en Revolución, el lunes 29 de octubre de 1962.

(22) Fidel Castro Ruz, discurso en el acto central por el XXX aniversario de los Comités de Defensa de la Revolución. Teatro Carlos Marx, La Habana, 28 de septiembre de 1990.

(23) La metáfora de la “fruta madura” fue elaborada en 1823 por el secretario de Estado, John Quincy Adams, mentor de la Doctrina Monroe, y expresaba las intenciones de Estados Unidos de apoderarse de la isla caribeña, sosteniendo que al igual que una manzana que se cae de un árbol, al desprenderse del dominio español era comprensible que Cuba cayera bajo la órbita estadunidense.

(24) Numancia, ciudad española que se enfrentó a Escipión antes de ser devastada y convertirse en el símbolo de 200 años de resistencia ibérica a las invencibles legiones romanas.

(25) Fidel Castro Ruz, discurso pronunciado en el acto de entrega del premio Estado de Sao Paulo al etnólogo Orlando Villas Boas, realizado en el Memorial de América Latina, en Sao Paulo, Brasil, el 17 de marzo de 1990.

(26) Cudjoe Key es un lugar designado por el censo ubicado en el condado de Monroe, en el estado estadunidense de Florida.

(27) Carlos Fazio, “Hay Fidel y revolución para rato”. Periódico La Jornada, 15 de enero de 2007.

 

 

(*) Carlos Fazio Periodista de investigación y profesor-investigador de la Maestría de Derechos Humanos de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México y docente de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Doctor Honoris Causa en Historia de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Colaborador de los diarios La Jornada y El Correo del Orinoco, y corresponsal de Brecha de Montevideo. Fue consultor de UNESCO y UNICEF, y director de la Agencia Latinoamericana de Servicios Especiales de Información (ALASEI). Autor de El eje Wojtyla-Ratzinger. ¿La dictadura del Papa? (Católicas por el Derecho a Decidir, 2012;  Terrorismo mediático. La construcción social del miedo en México (Random House Mondadori, 2013), y Estado de emergencia. De la guerra de Calderón a la guerra de Peña Nieto (Grijalbo, 2016). Miembro del Capitulo mexicano de la REDH.

(**) Francisco Pascacio Ávila Blanco. BLANQUITO. Cuba. La Habana. 1930-2021. Caricaturista, historietista, y periodista. Fundador y editor de las revistas de historietas Cómicos, Pablo y Mi Barrio. Merecedor de unos 50 premios nacionales e internacionales en la especialidad. Caricaturista editorial del periódico El Mundo desde 1960 y dibujante de la agencia de noticias Prensa Latina en 1959. Fue también fundador del semanario Palante y Palante, que dirigió entre 1970 y 1985. Fue miembro fundador de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y la Asociación Cubana de Comunicadores Sociales (ACCS). Premio Nacional de Periodismo José Martí 2018.

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