Todos saben, pero nadie hace nada

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Por Diego Duarte Calleja (*)

Hace unos días conversaba con unas personas sobre un hecho ocurrido en una ciudad del interior. No importa demasiado cuál era el hecho en sí, lo que me llamó la atención fue otra cosa. Todos conocían la situación desde hacía bastante tiempo. Todos coincidían en que era un problema delicado. Todos pensaban que alguien iba a intervenir. Sin embargo, durante mucho tiempo nadie hizo nada, ellos tampoco y el desenlace final no los sorprendió, sino que según ellos era predecible.

Mientras volvía a mi casa seguía pensando en esa conversación. Me preguntaba en qué momento ocurre ese extraño fenómeno por el cual un problema deja de ser responsabilidad de alguien puntual y pasa a ser responsabilidad de todos nosotros. Porque, curiosamente, cuando eso pasa y sabemos, muchas veces no termina siendo responsabilidad de nadie.

Creo que todos hemos vivido situaciones parecidas. Alguien que necesita ayuda, un compañero de trabajo que hace tiempo no se lo ve bien, alguien que empieza a aislarse o a demostrar indicios que algo está mal. Un caso de violencia doméstica que todos conocen en el barrio, pero “nadie se mete”, etc. Muchas veces todos los sabemos. Todos comentamos y a su vez esperamos que otros hagan algo.

Me acordé de la novela de Gabriel García Márquez: Crónica de una muerte anunciada, publicada en 1981. Si alguien todavía no la leyó, quizá esta columna pueda servir de disparador para hacerlo. No solamente porque es una buena novela latinoamericana y corta (para quienes le esquivan a las novelas muy largas), sino porque pocas veces una novela muestra con tanta claridad cómo una tragedia puede ir elaborándose delante de todos sin que nadie haga algo por evitarla. De paso también para leer otra novela del autor y salir un poco de su gran clásico: Cien años de soledad.

La historia comienza con una frase que revela el final de la novela desde la primera oración: «El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo.” Desde ese momento sabemos que Santiago Nasar va a morir. Lo sorprendente es que él es quien no lo sabe. Quizá no es tan sorprendente, a veces puede sucedernos que somos los últimos en enterarnos de algo importante. Muchos pueden estar hablando de algo sensible de nosotros y somos los últimos en enterarnos. Por ejemplo lo vemos en temas de infidelidad en las parejas, cuantas veces hemos escuchado y dicho frases como que la persona que padece la infidelidad es la última en enterarse, mientras todos lo saben y comentan esa situación, etc. O cuando directamente estamos en conocimiento junto con más personas de alguna situación delicada que alguien está pasando, pero decidimos no meternos, sea por las razones que sean.

Los hermanos Vicario anuncian públicamente que van a matarlo. Lo dicen en la carnicería, en la plaza, en el bar, en las calles. Se entera desde el comisario, hasta el cura del pueblo. La noticia circula por todos lados, pero Santiago Nasar no se entera. Algunos creen que no serán capaces de hacerlo. Otros que alguien lo evitará, otros piensan que alguien ya le habrá avisado, otros deciden no meterse en problemas ajenos e intentan así convencerse y seguir con su rutina.

Siempre me impresionó que García Márquez no construyera el suspenso alrededor de quién era el asesino. Recuerdo que cuando leí la primera oración pensé: ¿Y ahora qué? ¿Cómo sigue la historia? Desde el principio se sabe quiénes son los asesinos y qué van a hacer. En realidad, la verdadera pregunta de la novela creo es otra, es: ¿cómo puede morir alguien cuando prácticamente todo un pueblo sabía que iba a ocurrir? ¿Por qué nadie hizo nada? Es natural pensarlo. Creo que todos tenemos dentro un instinto natural que nos mueve a evitar situaciones de peligro y ayudar a quienes se encuentren en situaciones de ese tipo. En definitiva, evitar que se produzcan esos hechos trágicos, no solo para ayudar a quienes estén en situaciones límite de ese tipo, sino también para evitar lamentarnos luego y tener problemas de conciencia.

Vivimos en una época en la que sabemos mucho. Nunca fue tan fácil enterarnos de un inicio de una guerra, de un acontecimiento político importante, de un chisme en el trabajo o en el barrio, de una catástrofe natural en algún lugar del mundo, de algún pedido de ayuda a la sociedad por alguien que esté enfermo, etc. Sabemos mucho, pero a veces nos resulta difícil intervenir. Sucede también que cuanto mayor es el número de personas que conoce o presencia una situación de esas características, menor suele ser a veces la responsabilidad individual de intervenir.

No creo que García Márquez haya querido escribir solamente una novela policial. Pienso que escribió una historia sobre nosotros, en definitiva sobre nuestra humanidad. Sobre esa facilidad que tenemos para convencernos de que otro se encargará, de que no nos corresponde meternos, etc.

Tal vez por eso Crónica de una muerte anunciada sigue resultando tan actual 45 años después de su publicación. Porque las muertes anunciadas no siempre terminan con una persona asesinada (en este caso). A veces son vínculos que se rompen lentamente, personas que se quedan solas, que necesitan ayuda, que están en riesgo o directamente en peligro. Incluso el título del libro se ha transformado en una frase que utilizamos para reflejar que algo predecible terminó sucediendo.

Al terminar la novela uno comprende que García Márquez no estaba escribiendo únicamente sobre una tragedia sucedida en un pequeño pueblo de Colombia. Estaba escribiendo sobre una posibilidad que siempre nos acompaña, la de creer que porque todos lo saben, ya no hace falta que hagamos nada.

Y quizá esa sea una de las advertencias más vigentes del autor, las tragedias sociales no siempre ocurren por la maldad de unos pocos, muchas veces también ocurren por la pasividad de muchos.

Leyendo Crónica de una muerte anunciada pienso que García Márquez tenía razón.

(*) Diego Duarte Calleja es Licenciado en Trabajo Social (Facultad de Ciencias Sociales – Universidad de la República). Especialista en Estudios Urbanos e Intervenciones Territoriales por Facultad de Ciencias Sociales (UdelaR) y Doctorando en Estudios Urbanos por la Universidad Nacional de General Sarmiento UNGS de Bs As Argentina. Desde hace 10 años trabaja en MEVIR, Treinta y Tres

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