Botija de mi país

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 Por Juana Francisca Gómez (*)

 

Rada dió su último adiós al Barrio Sur que lo vió crecer.

Es difícil decir algo que realmente no sobre, como decía Mario.

Solo acompañar. La calle estaba gris.

A la vuelta de su casa, el Lobo Nuñez despedía a un hermano mayor. Se lo veía firme pero no tranquilo. Él habitualmente tiene unas pausas, una serenidad, pero no, estaba contenido. De lentes negros tocaba el tambor como nunca o como siempre.

Claudio Martínez con el legado de los más jóvenes también haciendo lo posible junto a esa guardia de honor, vestida de tali, que lo despedía.

Toda esa solemnidad ceremonial que se rompió en el Palacio en el día de ayer, estaba en Barrio Sur.

Los tambores sonando en medio de un silencio sin protocolo. Cosa rara en Isla de Flores, ni los perros ladraban.

Creo que todos los presentes quisimos en algún momento cumplir esa suerte de mandato de alegría pero no pudimos, no hubo forma de disimular.

Los obreros del barrido, apoyados en sus escobillones detenidos por unos instantes, con la mirada perdida frente a la caravana que se acercaba.

Dos fotógrafos de prensa se iban abrazados calle arriba.

Beatriz Ramirez, venía caminando junto a un grupo de mujeres de canas cansadas, comentando que se había prometido no llorar pero que le fue imposible.

El único que parece haber cumplido fue un veterano que andaba en la vuelta con una bicicleta vestida de Uruguay que tenía enganchado un parlante viejo que sonaba a lata pero sonaba con la alegre música de Ruben.

A su paso el barrio aplaudió.

Será posible.

(*) Juana Francisca Gómez es escritora y miembro del Capítulo uruguayo de la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad (RedH)

 

 

 

 

 

 

 

 

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