La asfixia como doctrina: dialéctica de la coerción, cerco mediático y resistencia en Cuba

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Interdependencia instrumentalizada, sabotaje a los servicios esenciales y cerco informativo: la anatomía del laboratorio coercitivo que despliega Estados Unidos contra Cuba.

Por Águeda Sáez Fick. (*)

Dibujo Adán Iglesias Toledo (**)

 

En el discurso del poder global, el diferendo entre Washington y La Habana suele despacharse como una reliquia ideológica de la Guerra Fría. Sin embargo, la realidad material del conflicto expone uno de los laboratorios geopolíticos más avanzados del capitalismo tardío: la transformación de la infraestructura global —los circuitos del crédito, las rutas navieras, los nodos tecnológicos y las plataformas de comunicación— en aduanas ideológicas y dispositivos de disciplinamiento estatal.

La última semana de agosto sintetizó con nitidez esta confrontación de época. Mientras en La Habana 1.500 delegados de 63 países se reunían en el Coloquio Internacional «Fidel Castro: legado y futuro» para articular redes de internacionalismo concreto (suministros médicos y paneles solares desmercantilizados), el Departamento de Estado respondía con una nueva andanada punitiva bajo el amparo de la Orden Ejecutiva 14404. El contrapunto ilustra el choque frontal entre la diplomacia solidaria del Sur Global y la fuerza estructural del unipolarismo.

 

El sabotaje a la reproducción social

La asimetría de poder contemporánea ya no requiere invasiones territoriales para quebrar la soberanía de una nación periférica. El reciente paquete sancionatorio revela un viraje táctico: la meta no es únicamente asfixiar la caja fiscal del Estado, sino desarticular de raíz las cadenas de valor y golpear las condiciones materiales indispensables para la reproducción de la vida de la clase trabajadora cubana.

Al penalizar a empresas del complejo minero-metalúrgico (Ernesto Che Guevara, GEOMINSAL, Metalcuba), el cerco busca clausurar las fuentes soberanas de divisas indispensables para sostener el presupuesto público. Pero el golpe más descarnado se descarga sobre el tejido cotidiano: la inclusión del Ministerio de la Construcción (MICONS) y de firmas importadoras estratégicas como Transimport y Consumimport no es un abstracto trámite burocrático; se traduce en turbinas sin repuestos, apagones prolongados en el sistema electroenergético, hospitales sin insumos y familias impedidas de reparar sus viviendas.A este nuevo estrangulamiento material se suma un salto cualitativo: la judicialización de la solidaridad. Al sancionar al Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (ICAP) y a espacios culturales como la Casa Memorial Salvador Allende, Washington formaliza una doctrina alarmante: catalogar la cooperación cívica transfronteriza, la ayuda humanitaria y la solidaridad como amenazas a la seguridad nacional.

 

El frente simbólico: la maquinaria mediática del cerco

Esta guerra económica no opera en el vacío; requiere de un blindaje ideológico permanente. El dispositivo hegemónico se apoya en los conglomerados de medios y en las plataformas digitales dominantes para construir el sentido común global: invisibilizar la violencia estructural del bloqueo y presentar sus consecuencias materiales devastadoras como meras «fallas endógenas del modelo».

El cerco mediático opera a través de una pinza sistemática:

  • Naturalización de la asfixia: Se borran deliberadamente de la narrativa pública los efectos del over-compliance bancario y la persecución financiera, atribuyendo la crisis de suministros o los cortes energéticos exclusivamente a la ineficiencia administrativa local.
  • Criminalización de la resistencia: La cobertura internacional hegemónica caricaturiza o silencia encuentros de articulación Sur-Sur —como el Coloquio del centenario en La Habana— mientras amplifica informes securitistas diseñados en oficinas de Washington, tales como Cuba: La capital del comunismo del siglo XXI, legitimando de antemano la agresión punitiva.

La batalla por la opinión pública es, en los hechos, la retaguardia indispensable de la guerra económica: despojar a la población sancionada de su condición de víctima de un asedio para quebrar su moral interna y justificar la impunidad extraterritorial del agresor.

 

La trampa imperial y los límites de la asfixia

El dispositivo punitivo reactiva la premisa histórica del memorando Mallory de 1960: provocar deliberadamente desencanto, penuria y colapso material para forzar un quiebre sociopolítico interno. En el siglo XXI, este mecanismo se sofistica mediante la extraterritorialidad y el terror corporativo, paralizando en puertos remotos cargamentos de alimentos y fármacos previamente abonados por la isla.

No obstante, en términos de coercive statecraft, -el arte de gobernar coercitivo- la estrategia norteamericana tropieza con una dialéctica de rendimientos decrecientes. La intensificación del cerco maximiza el costo humanitario sobre la población, pero fracasa sistemáticamente en doblegar la voluntad política de Cuba, país sancionado. Al mismo tiempo, el uso abusivo del dólar y la censura narrativa generan el efecto contrario: erosionan la credibilidad del sistema financiero y mediático unipolar, estimulando la búsqueda global de mecanismos comerciales, monetarios e informativos alternativos entre las naciones del Sur.

La resistencia de Cuba no es una anomalía aislada ni un diferendo bilateral menor; constituye el campo de batalla testigo del orden mundial contemporáneo. Allí colisionan la voluntad imperial de subordinar el derecho internacional a la hegemonía del capital financiero y la persistencia de un horizonte basado en la soberanía, la autodeterminación y el internacionalismo popular.

Frente a la lógica unipolar de disciplinar al planeta mediante guerras, listas negras, asfixia económica y relatos de odio, el Sur Global opone una certeza irrenunciable: la dignidad de las naciones y la solidaridad entre los pueblos jamás podrán ser canceladas por decreto.

 

 

(*) Águeda Sáez Fick es una periodista y comunicadora social chilena con experiencia en comunicación estratégica, diseño de campañas sociales y edición de libros científico-culturales. 

(**) Profesor Adán Iglesias Toledo, Dibujante Gráfico Cubano, Caricaturista Editorial y Director del Medio humorístico DEDETE del Periódico Juventud Rebelde, miembro de la UNEAC, la UPEC y la REDH (Capitulo Cuba). Colabora con varios medios de prensa en su país y en el extranjero. Autor de varios logotipos, y campañas publicitarias, posee en su haber múltiples exposiciones individuales y colectivas, talleres e intervenciones nacionales e internacionales y ha sido premiado por más de 40 veces en su país y otros países.

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