Péndulo doble: lo errático como política

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Por Carlos Pereira das Neves (*)

 

Empecemos por lo simple, cuando hablamos de péndulo todos entendemos que estamos hablando de un movimiento que oscila de un lado para el otro por la fuerza de la gravedad. Por eso, cuando lo utilizamos como metáfora, intentamos adjetivar el accionar -sobre todo- de una persona que puede adoptar tanto una posición como la opuesta, repetidas veces.

Lejos de verlo como una virtud, como la capacidad de una persona de adaptarse a un medio cambiante o de adaptar su postura para contemplar todo el espectro, se asocia más a una conducta errática, sin sustancia. Se asocia a una persona que no tiene claro ni sus ideas ni su accionar, que perdió o nunca tuvo un objetivo más que el accionar por el accionar: un reaccionar.

Así y todo, en la ciencia como en la vida, una persona pendulante puede ser estudiada y sus movimientos pueden ser anticipados. Casi que comprendidos, no para aceptarlos pero sí para entenderlos, y definir el lugar o la distancia desde donde observarlo para que su movimiento no nos comprometa.

Cuando hablamos de péndulo doble, nos referimos a dos péndulos, uno unido a otro en su extremo. Un movimiento caótico que hasta ahora la física no ha sido capaz de explicar, de anticipar o predecir su trayectoria a largo plazo.

A esto se ha reducido, o complejizado, la política en nuestro país. No podría decir en la región y en el mundo, porque allí los intereses parecen estar claros, acá no. Posturas contradictorias que a veces se justifican con un programa y a veces con la imposibilidad del mismo, que a veces se justifican con derechos o leyes de organismos internacionales y a veces con el cuestionamiento de los mismos, que a veces se justifican por el mantra del pragmatismo y a veces ni se hace ni se dice.

El mantra del pragmatismo

Ya en 1971, para no andar haciendo suposiciones, Hilario Pérez le contestaba a Zitarrosa en ‘Milonga de contrapunto’: “Hay que saber gobernar pa´ los pobres y los ricos”. En esa payada Zitarrosa expone ideas de contenido social, ideas de izquierda; mientras que Hilario defiende al gobierno de Pacheco Areco.

El pragmatismo no es objetivo, resulta hasta ofensivo plantearlo en estos términos, pero es que ofensivo se ha vuelto escuchar su invocación. Al punto que ya no es la última respuesta del debate cuando se agotaron los argumentos y uno se escuda en la urgencia del ejecutar, sino que es una primera (y única) ley a cumplir. ¡Hay que ser pragmáticos!

Sí, claro, se la llevo a un gran empresario o a un político que defiende los intereses del mandamás. Porque la ganancia o la pérdida son contantes y sonantes, poco importa el nombre o la situación del consumidor, si compra holgadamente o se endeuda para comer. Pero cuando se trata de cambiar el sistema o apenas intentar que se derrame dignidad en forma de recursos, hay que acompañar el pragmatismo con un sentido de pertenencia, de clase.

Es más sencillo y menos comprometedor, contraponer un hacer urgente a un pensar ¿quiénes se benefician? o ¿cómo hacemos para beneficiar a los que sin el apoyo del Estado no tendrían las condiciones materiales básicas para poder vivir o para vivir dignamente?. No se trata solo de los “planes”, el Estado interviene en vivienda, en transporte, en salud, en educación, en cultura, etc. Y debería ser una constante pragmática, el pensar y accionar para evitar la creciente sangría de las renuncias fiscales con las que se benefician a los grandes capitales; para que ese dinero se invierta en más vivienda, transporte, salud, etc., etc. ¿Por qué el pragmatismo siempre tiene que estar asociado a los concesiones para los ricos o las imposibilidades para el pueblo?

Hay que reconocerse en ese trabajador/trabajadora que tiene problemas de vivienda, de alimentación o de condiciones de trabajo, con el que compartimos barrio y lucha…pueblo. Afirmarse en ese discurso del bien público y llevarlo a la decisión, a todas las decisiones, porque en todas ellas se juega la transformación de las decadentes condiciones de vida en las que vive la inmensa mayoría de nuestros connacionales. Y en las que se seguirá viviendo hasta que no acabemos con este sistema.

Si me preguntás, verdaderamente, ¿hay que ser pragmáticos? Si, claro. Hay que definirse y que esa definición sea la guía de nuestras decisiones.

“Bajar al territorio”

Los “desembarcos”, y tantos otros términos que nos separan de nuestros iguales, son la expresión simbólica de concepciones políticas. No es un mero lenguaje, como si el lenguaje no construyera sentido además, es la materialización de la diferencia, de la distancia, del valor que tiene estar en un lugar de la lucha o en otro.

No existe una distancia entre la dirigencia y la militancia, la distancia que existe es en la falta de sustancia que se maneja para el abordaje de las situaciones: sea un genocidio, la invitación a un portaaviones de una potencia que utiliza esa misma nave para atentar contra la soberanía de otros países, la participación institucional en un foro sobre el terrorismo de izquierda o la habilitación a un megaproyecto urbanístico en una zona de humedales cuando faltan recursos para solucionar los problemas habitacionales de miles de compatriotas.

No hay que ser un intelectual, por citar la principal falsa contradicción con la que el pragmático de manual denosta a quienes también utilizan el estudio como herramienta de transformación, para darse cuenta lo contradictorio y el rechazo que esto genera en el pensamiento transformador. Si hasta genera rechazo en personas que ni se conciben como de derecha o izquierda, pero están al tanto y rechazan la guerra de Estados Unidos en Medio Oriente según una encuesta realizada.

¿Qué es lo que se le va a explicar a los “de abajo”? Pero antes que eso, ¿por qué algo tan cotidiano, como lo es el conversar entre compañeros sin importar el “lugar” que -coyunturalmente- se ocupe, se convirtió en rondas de asados filtradas a la prensa o eventos propagandeados con un aire de formalidad ministerial? Quizás en la respuesta ya tendríamos la mitad del camino recorrido para entender la distancia entre la dirigencia y la militancia, si pareciéramos que vivimos en dos realidades suntuosamente distintas.

El plano caótico domina el accionar político completo, en lo institucional y en lo militante, las mismas contradicciones que la administración del gobierno acarrea se reproducen en las discusiones políticas de base. Se mezcla demasiado fácil la gestión del gobierno con los objetivos de la fuerza política, un escenario a pedir de boca para quienes sostienen en lo doméstico el reordenamiento político global, en el que el hegemón mundial en retirada busca -por lo menos- no perder pisada en el continente.

 

(*) Carlos Pereira das Neves es escritor, columnista y co-Director de Mate Amargo. Coordinador del Colectivo Histórico “Las Chirusas” y miembro del Capítulo uruguayo de la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad (RedH)

Foto de portada. Claudia Suárez Delgado

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