Por Michel Torres Corona (*)
Portada, Marina Cultelli (**)
Las óperas clásicas y románticas suelen tener escenarios exóticos y legendarios. La trama de “El anillo del nibelungo”, de Wagner, transcurre lo mismo en el reino subterráneo de Nibelheim que en el mítico Valhalla, hogar de los dioses nórdicos; “Aida”, de Verdi, narra un triángulo amoroso en el antiguo Egipto. Mozart se inspiró en los palacios turcos y en las cortes islámicas para “El rapto en el serrallo”, con libreto de Gottlieb Stephanie basado en una obra de Christoph Friedrich Bretzner.
Para su última ópera, Giacomo Puccini musicalizó un guion que se desarrollaba en la antigua China, un “cuento de hadas” con una protagonista, la princesa Turandot, tan cruel como bella. Una de sus arias más famosas, conocida como “Nessun dorma” (por su primer verso), fue escrita para lucimiento del tenor principal, y cierra con una vibrante expresión: “All´alba vincerò”.
El arte, en su incesante decursar, fue llevando a Turandot, desde la China fantástica, hasta la Italia de Puccini, y de ahí hasta los más disímiles y recónditos lugares del planeta. Por muy inspirados o imaginativos que fueren, ni el mismo Puccini, ni Mozart, Wagner o Verdi pudieran haber imaginado que su obra perduraría a través de los siglos, y que en una pequeña isla del Caribe —que quizás ni siquiera conocieran— se cantaría ópera. Y es que, por exótico o irreal que parezca, en Cuba se escucha y se canta ópera, en el teatro, en vivo.

Una de las últimas funciones del Teatro Lírico Nacional fue, precisamente, la puesta en escena de Turandot. Se hizo con los modestos recursos de nuestras compañías, todas con financiamiento y apoyo del Estado y sus instituciones, pero con el talento y el oficio que poseen los intérpretes —cantantes e instrumentistas— formados en el formidable sistema de escuelas de enseñanza que se construyó con la Revolución, y que cada año gradúa a decenas de profesionales (músicos, dramaturgos, cineastas, plásticos) como consagración del acceso universal y gratuito a la educación que el modelo socialista ha defendido siempre.
No obstante, la crisis electroenergética que sufre el país también hizo su aparición en el escenario. Con dramatismo operático, en medio de la función ocurrió un apagón. El Sistema Eléctrico Nacional (SEN) se desconectó, de forma abrupta, por tercera vez en marzo. Huelga decir que la inestabilidad del SEN no se debe a un mero problema técnico, sino a la escasez de petróleo que induce el bloqueo estadounidense y agrava con su cerco absoluto, impuesto por el emperador Donald Trump.
En medio de la penumbra instantánea, y luego de la natural conmoción, el público alumbró a los artistas con las linternas de sus celulares y ellos, en reciprocidad, continuaron la función. Los tenores y las sopranos hicieron gala de su técnica vocal, y la orquesta no falló ni desafinó en su acompañamiento. Los aplausos coronaron la noche que, según la lógica de algunos, debería haber terminado en fracaso debido al apagón.
Aun con circunstancias tan difíciles, sin petróleo, con escaseces de todo tipo, en Cuba no se deja de hacer por el arte y la cultura. Se siguen presentando libros cada sábado, en una plaza colonial de La Habana Vieja; un cine del Vedado se abarrota de público para el estreno de una película cubana; hay conciertos y bailes en todo el país. Por supuesto, no claudicar en la lucha por la espiritualidad de la nación cubana implica un gran sacrificio de trabajadores del sector público, de los mismos artistas, y una fidelidad de los amantes de la música, de la plástica y de la literatura que hasta caminando largas distancias no dejan de asistir a espectáculos, exposiciones de artes gráficas y actividades de todo tipo.
La esperanza, la fe en esa luz al final del túnel, no se pierde. Un buque petrolero ruso, el único en casi cuatro meses, hace poco arribó a Cuba, dando un respiro al pueblo, un alivio momentáneo pero no por ello menos importante. Trump, con su prepotencia habitual, afirmó que “permitía” el ingreso de ese barco, de esos 700 mil barriles, porque él quería, porque la gente lo necesitaba, en clara contradicción con afirmaciones anteriores suyas que hablaban de no dejar entrar nada al país. Para colmo, dijo que el combustible ayudaría a los cubanos a tener calefacción… ¡calefacción en Cuba!
Ciertamente, para el emperador de turno, y aunque desea someternos, Cuba es un país tan exótico como lo fue China para Puccini, o Egipto para Verdi. Somos una nación que no conoce y que, por ende, no logra calibrar. Del mismo modo en el que cree que por aquí no pasan huracanes, desconoce la historia de este país, que se ha enfrentado lo mismo a ciclones que a tiranías, y que ha logrado superar obstáculos de todo tipo, impuestos por la naturaleza o por el imperialismo.
Trump no nos puede entender. No entiende a un pueblo que, en medio de apagones, sigue cantando. Un pueblo que no se rinde. Este pueblo sobrevivirá la larga noche que nos impone su crueldad. Y como el aria de Puccini, veremos el alba y venceremos.
(*) Michel E. Torres Corona, abogado y comunicador cubano, conductor del programa «Con Filo» de la Televisión Cubana. Director del grupo editorial Nuevo Milenio, es además colaborador de varios medios de su país y el mundo.
(**) Marina Cultelli: Es una de las artistas uruguayas contemporáneas más versátiles, integrante de la RedH y de su colectivo feminista Libertadoras. Es Licenciada en Artes Escénicas, Magister y fue Profesora en Facultad de Artes (UDELAR), donde integró órganos directivos además de dictar cursos en otras universidades latinoamericanas. Recibió premios nacionales e internacionales. Fue Asesora en Educación y Arte. Desarrolló trayectoria teatral y es autora de varias publicaciones individuales y colectivas. Realizó exposiciones de pintura y performances.