Compañeros y compañeras:
Otra vez nos encontramos a finales de abril para recordar a Raúl Sendic y en él a todos y cada uno de nuestros referentes y compañeros.
Raúl fue un gran pensador del Uruguay del siglo 20, que colocó en agenda muchos de los temas importantes que aún están vigentes.
Fue un luchador social con doble ciudadanía. Tenía la ciudadanía rural y la ciudadanía urbana. Revolucionario de las ideas y de la acción. De proyección y de mirada de largo plazo. Con una fuerte impronta personal, pero que sembró organización por donde pasó. Compañero que tejió en el llano la unidad, haciendo y sumando con su ejemplo y con los pies en la tierra, mirando al Uruguay profundo que estaba muy lejano de la izquierda convencional. Un compañero que caminó con las penurias del pueblo olvidado a cuestas.
Raúl entendió en su tiempo que había que organizar al pueblo para liberarse de los lastres históricos que mantenían inmóvil, subdesarrollado y totalmente desigual a nuestro país. Le contestó a la clase política tradicional y totalmente acomodada, una clase política funcional a los intereses de la oligarquía nacional y totalmente servil a los intereses extranjeros. Tenía un profundo análisis y sabía que había una clase política que en varios casos despreciaba al pueblo trabajador, al pueblo rural. Romper esa inercia política, histórica y trabajar sobre esa contradicción principal de la oligarquía pueblo, dieron los cimientos de lo que vendría varias décadas después. Quizás en esta premisa fundó gran parte de su pensamiento y acción e identificó los principales desafíos para lograr una patria para todos.
La segunda mitad del del siglo 20 dividía el mundo en dos mitades y muchos intereses. Ante una América Latina tensionada y disputada por esa fuerza surgían movimientos que comenzaban a interpelar ese contexto. Varios movimientos comenzaron a construir sus procesos de lucha hacia la liberación nacional, a organizar las expresiones populares. Comenzaron a causar el descontento, a organizar a los excluidos históricamente, a los explotados, a los oprimidos, a los desplazados, con una fuerte impronta campesina e indígena. Lo hacían sin recetas, sin manuales, construyendo sus procesos y contemplando su cultura desde su experiencia, desde sus trabajos, desde su clima y su geografía. Estos movimientos se sembraron por muchos países, poniendo de manifiesto y alertando cómo se articula el poder de las naciones y cómo el imperialismo tenía marcado para cada región un objetivo, perforando la soberanía nacional y atentando contra ella. Intereses imperialistas que lograban imponer regímenes en los países con políticos débiles y serviles, dando golpes de Estado en complicidad con la oligarquía nacional, haciendo uso de la fuerza y de la violencia contra el pueblo.
Ante estos embates, los movimientos también hicieron su síntesis y concluyeron que la lucha y la defensa no es solo de carácter nacional. Que se necesita pensar en la continental de la lucha. Que nadie se salva solo ante los objetivos intervencionistas del imperialismo. Estas experiencias estructuraron una manera de pensar la organización en estas tierras, de leer e interpretar la realidad, de construir la estrategia, de dar la lucha desde nuestra épica: tupamaros.
Hoy han pasado varias décadas, desde aquellos momentos pasaron varios golpes de Estado y varias décadas de democracia en América Latina, pero nunca se pudo revertir ser el continente con la mayor desigualdad. Me surgen preguntas: ¿Cuáles son las causas? Un continente con un potencial de producción de alimentos que supera su demanda y que es capaz de alimentar a otros continentes con varias represas hidroeléctricas, muchas de las más grandes del mundo, con petróleo, con gas, con carbón, con litio, con cobre, con reservas de agua dulce, con las zonas pesqueras más ricas del mundo. ¿Cómo explicamos que gran parte de los niños del continente nacen en la más extrema pobreza? ¿Qué responderá la inteligencia artificial tan de moda en estos tiempos si le hacemos esa pregunta? O los señores de las calificadoras de riesgo o los consultores de los organismos internacionales de financiamiento que parecen saberlo todo, que tienen recetas para todo. Pero el destino y la realidad de nuestra América Latina no cambia.
Esa realidad que parece tan lejana en tiempo y espacio, convive con nosotros en Uruguay, un país que hace punta en el PBI per cápita y en indicadores socioeconómicos que pasan de largo por los barrios más pobres de nuestro país. Hoy en día gran parte de nuestros niños nacen en hogares pobres y sufren la pobreza en sus primeros años. Hoy tenemos más de 3000 personas en situación de calle. Hoy tenemos las cárceles abarrotadas de jóvenes cumpliendo penas con un futuro incierto, muchas mujeres con hijos encarceladas. Somos el 8.º país en el mundo con la tasa más alta de personas privadas de libertad en relación a la población. Hoy hay más de 46.000 uruguayos en el seguro de desempleo y un desempleo general bastante alto, con una seguridad social deficitaria y en crisis, con índices de violencia y delincuencia nunca pensados para estas tierras. Hoy nos enterábamos del déficit de Ancap es de algunos millones más que no van a estar para quedar disponibles para el pueblo. Son muchos los temas que nos ponen en alerta y nos desafían. Uruguay está herido de injusticia y no puede cicatrizar sus heridas.
Estructuralmente nuestra economía está concentrada en pocos actores y quizás el relato de las 2000 familias y algunos grupos económicos corporativos, antiguos dueños del Uruguay, expliquen parte de estos resultados. Pero hay más factores. La estructura de la tierra ha sido totalmente injusta y concentrada desde etapas muy tempranas, desde nuestra constitución como nación y antes. Situación que se ha mantenido inmóvil hasta hoy en día. Esto explica una parte de los resultados actuales y una forma de entender el desarrollo nacional y nuestro rol económico en el orden global.
Ya en el 1948 se crea el Instituto Nacional de Colonización a partir de la Ley 11.029 y en su primer artículo decía que había que darle una racionalidad a la a la división de la Tierra. Ya se era consciente que el latifundio era una situación totalmente irracional. Ya hace 75 años atrás existía la misma preocupación sobre la concentración de la tierra y sus consecuencias para el desarrollo nacional. Consecuencias que no se resolvieron y generaron un éxodo de la población durante cinco décadas, incrementando la concentración y la pérdida de nuestra capacidad de trabajo.
Hoy se suman nuevos actores al proceso y el capital global también nos impacta, nos impacta con sus negocios en diferentes territorios, compitiendo y agudizando esta situación, generando un incremento del precio de la tierra que se multiplicó por diez en 20 años y una presión sobre los rubros como la lechería y la ganadería familiar, sobre el campo natural que hace insostenible que los pequeños productores puedan estar en sus establecimientos.
Por otro lado, las nuevas formas de negocio global van dejando de lado los complejos agroindustriales, pasando a formar parte central del entramado transnacional. Estos cambios van modelando la ruralidad y generando procesos a nivel territorial que son irreversibles, con cambios profundos y con nuevos procesos de expulsión de la producción familiar y sobre todo, agravando el proceso concentrador.
Es necesario hablar de la estructura agraria. Hoy en el Uruguay el 18% de las explotaciones manejan el 80% de la superficie del país. En un periodo de 24 años, el 60% de nuestra superficie agrícola ha sido vendida o cambió de mano, y siempre con una tendencia concentradora. Sin duda que son elementos que nos tienen que llamar la atención y poner en alerta. Ese proceso de compra y venta, significó 19 mil millones de dólares y el alejamiento de muchas familias del sector productivo. Cuando se vende un campo se va la gente, se va la cultura y la capacidad de cambiar el rumbo. Esta desaparición de productores fue acompañada por la profundización de políticas neoliberales que afectaron fuertemente el salario, la base industrial de nuestro país, la reducción de la inversión pública, el debate, el desmantelamiento de las instituciones del Estado y en especial la falta de políticas de promoción de producción. Un financiamiento poco acorde para los más chicos del medio rural con un mercado interno deprimido y de poco volumen. También pasamos por una apertura económica que permitió que ingresaran productos agropecuarios alimenticios a menores, precios que fueron desplazando los productos nacionales que no pueden competir, dejando en riesgo toda nuestra base productiva de pequeña y mediana escala.
La llegada del progresismo comenzó a plantear el desarrollo productivo y el desarrollo rural. Se fortaleció la institucionalidad y en el 2008 se generó la Dirección de Desarrollo Rural. Durante más de 100 años no habíamos hablado antes de desarrollo rural. Se reconoció a los asalariados rurales y el derecho a las 8 horas, luego de décadas de atraso. Se compraron más de 120.000 hectáreas de tierra para colonización, en donde ingresaron más de 200 colectivos de productores, muchos de ellos asalariados de la caña, del arroz, de la ganadería y del citrus. Se reforzaron así las políticas públicas de cara al desarrollo.
Pero las inercias y las lógicas del desarrollo son difíciles de cambiar. La inversión extranjera directa, el agronegocio, las industrias de la celulosa, la concentración y extranjerización de los frigoríficos y de los inmuebles y de los molinos, la concentración de la industria láctea, los capitales especulativos que empezaron a jugar fuertemente en el agro y en las cadenas de valor, han hecho un daño irreparable. El lavado de activos, los esquemas Ponzi de inversiones, como lo vimos ahora con lo de conexión ganadera, fueron y son factores determinantes que nos desafían y nos afectan, que pone en riesgo nuestra estructura productiva de desarrollo y también parte de nuestra reputación en el esquema de comercio exterior.
Este quinquenio es determinante. Tenemos que definir nuestro rumbo productivo, nuestra inserción internacional en un mundo convulsionado por la guerra arancelaria. Somos tomadores de precios y eso lo reconocemos. Pero es central diversificar nuestra matriz productiva y nuestro diferencial de calidad.
Este quinquenio nos desafía a transformar los sistemas de producción a sistemas más sostenibles, donde el cuidado de los bienes naturales y los ecosistemas sean parte central de la estrategia de desarrollo. Tenemos que pensar y poner foco en los sistemas de alimentación de nuestra población. Más de 3 millones de uruguayos tienen que comer todos los días y poco hemos pensado y planificado esta noble tarea. Hay que revisar nuestros sistemas de compras estatales para que sean un dinamizador de las economías locales y de los pequeños productores, cooperativas y pequeñas y medianas empresas. Tenemos el desafío de mirar hacia el mar, ese tesoro productivo totalmente olvidado. La pesca, tanto artesanal como industrial, es un recurso que no podemos abandonar y es un ecosistema a cuidar y a estudiar.
Son muchos los desafíos, pero hay que ser certeros en dónde ponemos nuestros esfuerzos. No podemos discutir todo al mismo nivel. Nuestra prioridad es el pueblo y a ese le debemos responder.
Traer estos temas hoy y traerlos aquí es traer es también un compañero que se puso al lomo los desafíos de la ruralidad y el desarrollo, que habló claro y llegó al corazón de los paisanos, ampliando la base de apoyo que puso en la agenda de nuestro país y de la región, los desafíos que tenía el mundo rural y su gente. Que miró a largo plazo y transformó parte de nuestra matriz energética y nos abrió una ventana al mundo con su humildad y ejemplo de vida. En estas palabras quiero saludar a José Pepe Mujica, compañero militante que sintetizó gran parte del sentir y de la propuesta de los asalariados rurales, de los productores familiares y de la paisana.
Es necesario revisar de dónde venimos y saber por qué y para qué. Nuestra organización nos puso en esta tarea. Nuestros veteranos nos interpelan. Somos hijos de militantes sociales, de revolucionarios, revolucionarios que dejaron su vida en la transformación social, que cargaron heridas, que cargaron años de cárcel, que dejaron el cuero en la estaca. Pero, sobre todo, nos enseñaron a cultivar la esperanza, a construir organización, a caminar en los terrones duros de la realidad. Ahí está el bebé Sendic caminando con nosotros y en él todos los luchadores de América Latina. Habrá patria para todos y todas, compañeros.