Cuando la ciudad escribe: literatura y fenómenos urbanos

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Por Diego Duarte Calleja(*)

 

Desde hace siglos, la literatura no solo narra historias ambientadas en ciudades, sino que piensa con ellas. Calles, casas, barrios y territorios no funcionan únicamente como escenarios narrativos, sino como configuraciones simbólicas capaces de condensar relaciones de poder, desigualdades sociales, procesos de modernización y formas de exclusión. En este sentido, la literatura dialoga con una idea central de los estudios urbanos contemporáneos: la ciudad no es solo un soporte físico, sino un producto social, resultado de relaciones históricas, económicas y políticas que producen espacio, como señaló Henri Lefebvre. Allí donde el urbanismo estudia indicadores, fenómenos y políticas públicas, la literatura traduce esos procesos en experiencias vividas, afectos y memorias.

No es casual, entonces, que la ciudad aparezca reiteradamente como el lugar donde se concentran los grandes dilemas colectivos: el acceso a la vivienda, la organización del territorio, la desigual distribución de oportunidades, la tensión entre centro y periferia, el abandono y la promesa de progreso. Numerosas obras literarias de los siglos XIX y XX se apoyan en fenómenos urbanos reconocibles para formular preguntas que, en muchos casos, los estudios urbanos tardaron en sistematizar. La literatura no ofrece diagnósticos sustentados académicamente, pero sí lecturas densas sobre el habitar, capaces de iluminar dimensiones que suelen quedar fuera del análisis técnico.

Desde esta perspectiva, uno de los ejemplos más contundentes es Comala, el pueblo de Pedro Páramo del mexicano Juan Rulfo. Comala es un territorio materialmente existente, pero socialmente muerto. No faltan construcciones: hay casas, patios y calles; lo que falta es el habitar. Las viviendas persisten, pero no alojan vida, y el espacio ya no reproduce comunidad ni proyecto colectivo. Desde una lectura urbana, la novela permite pensar debates hoy centrales como la vacancia estructural, el despoblamiento rural y de pequeñas localidades y la concentración del poder territorial. Pedro Páramo no narra un problema de déficit habitacional, sino una forma extrema de desajuste entre vivienda y territorio: espacios construidos, pero socialmente desocupados. La novela anticipa así una crítica que hoy atraviesa las políticas de vivienda, bien sintetizada por Raquel Rolnik: construir casas no equivale necesariamente a producir hábitat.

Algo similar, aunque desde otra escala y otra temporalidad, puede observarse en Macondo, el escenario de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez. Su crecimiento desordenado, su prolongado aislamiento y su colapso final remiten a procesos característicos de territorios dependientes: espacios que se expanden sin planificación, sujetos a economías externas y con escasa capacidad de sostener en el tiempo un proyecto colectivo. La novela muestra cómo la debilidad, más que la ausencia de instituciones estables y de un horizonte común erosiona progresivamente el tejido social y territorial. Macondo acumula viviendas y población, pero carece de mecanismos capaces de garantizar su reproducción social, una fragilidad que dialoga con los análisis latinoamericanos sobre urbanización desigual y desarrollo dependiente.

Si Comala y Macondo permiten pensar el colapso y la fragilidad territorial, otras obras literarias se detienen en la ciudad como dispositivo activo de control y producción de desigualdad.

En La ciudad y los perros, Mario Vargas Llosa construye una Lima atravesada por la disciplina, la jerarquía y la violencia institucional. Aunque gran parte de la acción transcurre dentro del colegio militar Leoncio Prado, la ciudad está siempre presente como trasfondo social que produce y legitima esas lógicas. El espacio urbano aparece organizado en torno a mecanismos de control que reproducen desigualdades y naturalizan la exclusión. Desde una lectura urbana, la novela permite pensar cómo ciertas instituciones funcionan como dispositivos espaciales que moldean subjetividades y preparan a los individuos para habitar una ciudad autoritaria, en la que la forma urbana y el orden social se refuerzan mutuamente.

En otro registro, Ulises propone una mirada radicalmente distinta. El Dublín de James Joyce representa la ciudad moderna como experiencia total: caminar, trabajar, habitar, desear y recordar aparecen como prácticas indisociables del espacio urbano. Joyce convierte la ciudad en un mapa viviente y anticipa enfoques que hoy destacan el papel de la vida cotidiana y del espacio público en la producción urbana. Aquí la ciudad no se presenta como colapso ni abandono, sino como un entramado complejo, tenso y contradictorio, donde se despliega la modernidad en toda su densidad.

Esa dimensión simbólica del espacio urbano adquiere otra forma en la obra de Jorge Luis Borges, donde Buenos Aires se presenta como una ciudad fragmentada, hecha de orillas, pasajes y laberintos. Más que una descripción sociológica, se trata de una construcción simbólica que permite pensar un fenómeno urbano clave: la identidad producida en los bordes, en lo no planificado y en la tensión permanente entre centro y periferia. La ciudad aparece así como una superposición de tiempos, memorias y desigualdades.

En una clave distinta, pero profundamente complementaria, La colmena, de Camilo José Cela, ofrece una mirada descarnada sobre la ciudad moderna como espacio de hacinamiento, precariedad y fragmentación social. El Madrid de posguerra aparece compuesto por habitaciones alquiladas, pensiones saturadas y espacios mínimos donde el habitar se reduce a la supervivencia cotidiana. No hay proyecto colectivo ni promesa de progreso, sino una acumulación de vidas aisladas que coexisten sin integrarse. Desde una lectura urbana, la novela permite pensar la vivienda no como refugio, sino como límite: un espacio insuficiente que condiciona vínculos, trayectorias y expectativas, y que anticipa debates contemporáneos sobre segregación socioespacial, informalidad habitacional y desigualdad urbana persistente.

La literatura europea del siglo XIX ya había advertido tempranamente los efectos sociales de la modernización urbana. En el París de Victor Hugo y, de manera especialmente elocuente, en el Londres de Oliver Twist, de Charles Dickens, la ciudad aparece como una estructura que produce pobreza, hacinamiento y exclusión. Workhouses, barrios degradados y espacios de encierro conforman una infraestructura social que administra la desigualdad y expulsa sistemáticamente a quienes habitan la ciudad desde abajo. La ciudad no es solo escenario del conflicto social, sino una condición activa que lo genera y lo reproduce, una intuición literaria que dialoga con los análisis contemporáneos de David Harvey sobre urbanización, acumulación y conflicto.

En esta misma línea crítica se inscriben los clásicos de la literatura rusa. La San Petersburgo de Fiódor Dostoievski y Nikolái Gógol aparece como una ciudad concebida desde el poder y profundamente hostil para quienes la habitan desde abajo. En Crimen y castigo o El capote, la vivienda deja de ser refugio y se convierte en un dispositivo que intensifica la alienación y la exclusión; mientras que en Noches blancas la ciudad emerge como un espacio de soledad extrema, donde la falta de arraigo y de vínculos estables vuelve precaria incluso la experiencia afectiva del habitar. Aquí, la forma urbana no solo refleja la desigualdad: la amplifica.

De Comala a San Petersburgo, de Macondo a París, de Lima a Dublín, de Buenos Aires a Madrid, la literatura traza un mapa urbano donde las ciudades no solo alojan la vida social, sino que la modelan, la limitan o la empujan al conflicto. Leer literatura, desde esta perspectiva, no sustituye al análisis urbano, pero lo complementa: permite comprender cómo se viven, se sienten y se padecen los territorios. En ese cruce entre ciudad y relato, la literatura se convierte en una herramienta insustituible para pensar críticamente el hábitat, la vivienda y la ciudad como experiencia social.

 

(*) Diego Duarte Calleja es Licenciado en Trabajo Social (Facultad de Ciencias Sociales – Universidad de la República). Especialista en Estudios Urbanos e Intervenciones Territoriales por Facultad de Ciencias Sociales (UdelaR) y Doctorando en Estudios Urbanos por la Universidad Nacional de General Sarmiento UNGS de Bs As Argentina. Desde hace 10 años trabaja en MEVIR, Treinta y Tres

Fotografía Claudia Suárez Delgado

 

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