Por Gabriela Cultelli (*)
Aquella foto que hace 53 años conmueve al continente, fue la última del Presidente Allende y otros compañeros.
Se ven dos muchachos con la firmeza revolucionaria de no rendirse, la mirada altiva y las metralletas punto 30, chilenos, pero que evocan a los 32 cubanos caídos en combate este año en Caracas.
De la suerte de Salvador Allende, que peleó hasta el final, ya sabemos, pues como sostuvo en su último discurso: “pagaré con mi vida la lealtad del pueblo”. Recordando aquellas palabras del Che en su carta de despedida a Fidel… “en una revolución se triunfa o se muere (si es verdadera)”, y comprendiendo bien a fondo la consigna joven que asistió siempre a la Revolución cubana “Patria o muerte. ¡Venceremos!”, nos preguntábamos quienes eran y que fue de la suerte de esos dos muchachos, miembros de la guardia presidencial que acompañan a Allende en la foto aquel 11 de septiembre de 1973.
Ellos son Luis Fernando Rodríguez Riquelme (alias «Mauricio», el más alto a la izquierda de Allende) y Héctor Daniel Urrutia Molina (alias «Miguel» a la derecha de Allende), ambos miembros del Partido Socialista de Chile (PS) y de la Unidad Popular (UP), pero sobre todo, dignos hijos de la clase obrera y de esta Patria Latinoamericana y del Sur.
Luis Fernando Rodríguez Riquelme tenía 26 años, dos hijos pequeños, su familia y su pueblo aún lo buscan, pues continúa desaparecido. Era fotógrafo de profesión y miembro del GAP (guardia presidencial) pues entre sus funciones estaba fotografiar actos y reuniones del presidente; vivía en una modesta morada de la población “Violeta Parra”. Aquel 11 de septiembre cumplía con sus funciones en el Palacio de la Moneda (presidencia) cuando comenzó el bombardeo. Salió de la Moneda por orden del presidente Allende en el último grupo, y fue detenido y trasladado al Regimiento Tacna, donde fue torturado hasta el 13 de septiembre, fecha en que se lo llevan en un camión militar con destino desconocido. Eran 49 prisioneros, algunos fueron liberados, 21 de ellos identificados más otros 5 o 6 más, fueron lanzados unos sobre otros en esos camiones que a las 14 horas del día 13 los llevaron hacia la muerte, tal vez en los campos militares de Peldehue frente a la fosa contra la cual se les disparó de cuatro en cuatro. Su familia fue perseguida y le quitaron hasta la vivienda.

Héctor Daniel Urrutia Molina tenía tan solo 21 años, también del PS y del GAP. Era de la ciudad capital de Chillán, en la Región de Ñuble, en el Centro Sur de Chile, a poco más de 400 km de Santiago, entre la abrumadora belleza del mar y la montaña. El 9 de septiembre había regresado a Santiago para reincorporarse a sus labores tras su licencia correspondiente. Habría tenido igual suerte que su compañero.

En la foto aparece además Danilo Bartulín, médico personal y gran amigo de Allende, también detenido ese día, torturado y 9 meses después liberado para partir al exilio. Falleció el 10 de diciembre de 2024, por esas cosas de la vida, coincidiendo con el día Internacional de los Derechos Humanos. Detrás y en la misma foto estaba el ex capitán de Carabineros José Muñoz, quien formaba parte de la guardia presidencial y fue leal hasta su muerte. Las vueltas de la historia, o de la vida, resultaron en que su hijo (con igual nombre), militante del MIR y del EGP de Chile, y excombatiente en Nicaragua, El Salvador y otros países de Nuestra Patria Grande, fuera asesinado por sicarios en Caracas en 2017.
La foto en cuestión fue atribuida a Orlando Lagos, fotógrafo de La Moneda, aunque investigaciones posteriores sugirieron que fue tomada por el sargento de la Fuerza Aérea Leopoldo Víctor Vargas. De hecho, y más allá de su autoría o la voluntad del propio fotógrafo o los premios con que haya sido laureada, marca la historia de Chile, del continente y del mundo, por más que el actual presidente Kats, admirador del golpista Pinochet, haya intentado ocultarla negando todo tipo de conmemoración oficial.
El pueblo chileno salió a la calle, homenajeó a su presidente asesinado y a los miles y miles de chilenos y chilenas muertas/os, torturadas/os, exiliadas/os.
Siempre duele, es una herida que no cierra y no lo hará. Fue uno de los golpes de Estado en la región (Brasil 1964, Bolivia 1970, Uruguay junio 1973, Argentina 1975) que resultó más sangriento dado el avance mismo de la lucha de clases. La derecha más rancia se dio la mano con EE. UU. y los militares traidores hicieron el trabajo sucio (nada nuevo en nuestra historia).
Hoy, el avance de las derechas y de los EE. UU. en la región hace que valga la pena reiterar y reiterarnos una y mil veces aquel discurso de Allende, para no olvidarnos quiénes somos y a qué nos debemos:
(En Radio Magallanes):
«Esta será seguramente la última oportunidad en que me pueda dirigir a ustedes. La Fuerza Aérea ha bombardeado las torres de Radio Portales y Radio Corporación.
Mis palabras no tienen amargura, sino decepción, y serán ellas el castigo moral para los que han traicionado el juramento que hicieron… soldados de Chile, comandantes en jefe titulares, el almirante Merino que se ha autodesignado, más el señor Mendoza, general rastrero… que sólo ayer manifestara su fidelidad y lealtad al gobierno, también se ha nominado director general de Carabineros.
Ante estos hechos, sólo me cabe decirle a los trabajadores: ¡Yo no voy a renunciar! Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que entregáramos a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente.
Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen… ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos.
Trabajadores de mi patria: Quiero agradecerles la lealtad que siempre tuvieron, la confianza que depositaron en un hombre que sólo fue intérprete de grandes anhelos de justicia, que empeñó su palabra en que respetaría la Constitución y la ley y así lo hizo. En este momento definitivo, el último en que yo pueda dirigirme a ustedes,. quiero que aprovechen la lección. El capital foráneo, el imperialismo, unido a la reacción, creó el clima para que las Fuerzas Armadas rompieran su tradición, la que les enseñara Schneider y que reafirmara el comandante Araya, víctimas del mismo sector social que hoy estará en sus casas, esperando con mano ajena reconquistar el poder para seguir defendiendo sus granjerías y sus privilegios.
Seguramente Radio Magallanes será callada y el metal tranquilo de mi voz no llegará a ustedes. No importa, lo seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes. Por lo menos, mi recuerdo será el de un hombre digno que fue leal a la lealtad de los trabajadores.
El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse.
Trabajadores de mi patria: tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo, donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor.
¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!
Éstas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano. Tengo la certeza de que, por lo menos, habrá una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición».
(*) Gabriela Cultelli, Economista, asesora, investigadora y docente uruguaya. Co- directora de este medio de prensa alternativo, MateAmargo, Coordinadora del capítulo uruguayo de la Red de Intelectuales, Artistas y Movimientos Sociales en Defensa de la Humanidad y del colectivo feminista de la REDH «Libertadoras».