Por Nerí Mutti(*)
A unos la edad, lo vivido, los hábitos de pensar, etc., nos dificulta comprender adónde vamos como especie. Y cuando logramos ver algo del futuro, que nos significa un gran esfuerzo, no nos gusta. No nos gusta porque en nuestro mundo habíamos elaborado un camino hacia una sociedad más justa, humana. El hombre era su centro.
A otros, una gran mayoría, éste camino vertiginoso de uniformización, de ruptura de los lazos sociales, de dejarse conducir, de dejar de pensar -y construir- para ser conducido. Les está pasando sin que se den cuenta. Sucede esto cerca y lejos de los que se niegan a ser conducidos. El poder de aislar, separar, de romper todo proceso de desarrollo personal como un producto social e histórico, como producto de enormes procesos sociales…es enorme.
Y en lo cercano, la ruptura con las generaciones inmediatamente anteriores. Es más, los ejemplos más extremos parecen demencia, lo son para mi. Natural para una parte, no inmensa pero importante. Desde el hijo que mata a sus padres por retirarle como sanción su celular y su computadora, para que salga al mundo, que se relacione con la vida,(según nosotros la entendemos). De ahí para abajo en degrade, todo lo que pueda imaginarse.

Nuestro mundo, nuestras relaciones sociales, las cosas que amamos, pueden convivir con el desarrollo tecnológico. Es más, era parte de nuestros sueños su existencia liberadora. Dejaría tiempo al hombre para disfrutar del ocio, para dedicarse a otras
cosas que quería y no podía, por el yugo del trabajo necesario para vivir. Todos los sueños de vida, se verían colmados. La inclinación poética, la musical, la creación científica, el disfrute de la vida en toda su extensión.
Lo soñábamos desde una sociedad diferente, una sociedad que liberara todas esas capacidades del ser humano. Cada paso -que serían miles- de los seres humanos sobre la tierra nos llevaría al mundo del pan y de las rosas. No nacerían, ni crecerían con hambre, sin educación, sin vivienda. No habría seres humanos explotados, embrutecidos por la droga.
Y el impresionante desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad sería el tendón de Aquiles que llevaría al sistema capitalista a su muerte. Al generar contradicciones sociales tanantagónicas entre unos pocos y la inmensa masa de pobres del mundo, con su desarrollo y consecuencias, que lo haría estallar hacia la aurora socialista. Hacia esa sociedad liberadora del ser humano.
La brutal contradicción está, fue una mirada del devenir histórico, correcta. ¿Donde está el problema? Y si está, ¿no lo vemos? ¿Qué faltó?
Hoy por hoy, ese brutal desarrollo de la tecnología está en manos enemigas de los pueblos del mundo. La propaganda como forma de dominación, basadas en la intuición, en el análisis humano de los comportamientos sociales, que es buen ejemplo Hitler en su aplicación, fue reforzada con el aporte del desarrollo tecnológico. Ese que creíamos liberador por las contradicciones sociales que creaba. Creó aparatos militares y económicos donde se conjuga la dominación económica militar e ideológica.
De todos esos aspectos de la dominación, el que hace posible la supervivencia del sistema capitalista es el aspecto ideológico. Si los más del mundo no ven lo que les está pasando, los menos seguirán dominando.
Es desde aquí que pienso, y estoy convencido, que no alcanza con la denuncia de lo que le pasa a la inmensa mayoría de los seres humanos. Las injusticias, las violaciones de los derechos de ser, de existir, a cada ser humano.
El desarrollo desigual y combinado, es una ley de la dialéctica, en la que creo. No es destruyendo las máquinas, como los anarcos a fines del siglo 18 y principios del siglo pasado, donde encontraremos el camino. No lograron las ideas revolucionarias del siglo pasado acompasar el desarrollo inevitable de las fuerzas productivas, con el desarrollo de sociedades que las liberen en bien de todos. Aún así fue una enseñanza, dejó experiencias intencionadas hacia ese derrotero.
La izquierda se volvió racionalista. Lo económico desplazó la batalla ideológica contra la superestructura ideológica de la burguesía.
La inquebrantable revolución cubana nos demuestra que la batalla ideológica es determinante, y que el desarrollo de las fuerzas productivas es inevitable. No es algo que podamos definir los revolucionarios, por más que sea la base necesaria sobre la cual construir el futuro.
La batalla ideológica pasa por una necesaria batalla cultural.
La antagonía entre el mundo de los ricos y los pobres pasa por plantear la necesaria e inevitable visión del futuro de las sociedades humanas, pasa por la batalla hacia una sociedad socialista y no por un capitalismo más humano.
Esa bandera es la que dejamos, abandonamos, o la tenemos “en la marquesina de nuestros comunicados”, al decir del “viejo” Julio Marenales.
(*) Nerí Mutti es un ex preso político salteño, militante, miembro del Movimiento de Liberación Nacional – Tupamaros