Por Diego Duarte Calleja (*)
Hace unos días visité a una persona que se encuentra viviendo una situación difícil, al final de su vida. Conversando con ella, me contaba que -más allá de lo que le toca atravesar- lo que más le duele es la soledad, debido (entre otras cosas) a que sus hijos no la acompañan como ella desea. Me contaba que toda su vida había cuidado de ellos, educándolos de la mejor forma posible, sacrificándose, poniéndolos siempre en primer lugar y que, a pesar de sus errores, “que todos tenemos” decía, se siente una buena persona por haberse esforzado siempre en toda su vida, en ser buena con ellos.
Me contó en esa visita, algunas preguntas que muy pocas veces se hizo en su vida y otras que nunca se había hecho; y que hoy le resuenan continuamente. Entre otras: ¿para qué vivimos? ¿por qué perdemos tanto tiempo en la vida en cosas superfluas? ¿qué sentido tiene la vida? ¿qué hay después de la muerte? ¿por qué sufrimos? ¿cómo sobrellevar la soledad? ¿qué es lo verdaderamente importante? Y un largo etcétera.
Pensé, en ese momento, que cuando una persona sabe que se acerca el final, empieza a hacerse muchas preguntas, principalmente las que más importan. Me propuse escuchar y no mucho más, la persona necesitaba desahogarse y reflexionar sobre su propia vida; y de paso terminé siendo ayudado e invitado a tener esa reflexión.

Cuando me fui de su casa pensaba, que algunas de esas preguntas a veces se nos pueden “atravesar” en la mente pero no siempre nos detenemos en pensar en ellas y mucho menos a intentar responderlas con profundidad. Quizá porque no tenemos tiempo, lo gastamos entre el trabajo, el estudio, la familia, los amigos, las obligaciones, los cuidados, algún que otro hobby y demás cuestiones -muchas de ellas sin importancia- que nos ocupan el día. En esto se nos va la semana, los meses y los años. O quizá simplemente porque son difíciles de responder, porque nos incomodan o directamente no sabemos las respuestas.
Más allá de nuestras diferencias como personas, finalmente no hacemos cosas tan distintas, nuestra vida se nos va en esas cuestiones diarias con las que tenemos que vivir por obligación y/o por gusto. Por tanto, si bien podemos algún que otro día “coquetear” con la idea de responder esas preguntas -o directamente llegar a hacerlo- lo general es que no lo hacemos hasta que “las papas queman”.
Existen personas que tienen una inclinación más natural, espiritual y/o incluso una formación humana y profesional que terminan posibilitando una mayor sensibilidad con estos temas. Pienso que el gran número de los mortales estamos metidos en el mundo, ocupándonos de muchas cuestiones que terminan “distrayéndonos” de esta reflexión sobre las grandes preguntas de la vida.
Por otra parte, todos hemos conocido (y muchos vivido) situaciones de vulnerabilidad y pérdidas de todo tipo: fallecimientos de seres queridos, enfermedades, pérdidas de trabajo, de relaciones, de bienes materiales, cambios bruscos en nuestros planes, etc. En definitiva, cambios importantes en nuestras vidas, ya sea desde el comienzo de nuestro proyecto de vida personal y/o familiar o cuando ya nos agarra “consolidados” y por tanto con más seguridades. Cuando esto llega, el golpe suele ser más fuerte. Lo que sí es cierto, es que cuando esto nos sucede, generalmente empezamos a buscar las respuestas a esas grandes preguntas de la vida.
Cuando regresaba a mi casa, me fue imposible no recordar a Tolstoi. Si hablamos de clásicos rusos, es imposible no hablar de Tolstoi, no porque sea el único, ni el más importante. Nobleza obliga, es imposible no citar a Dostovieski, Chéjov, Gógol, Turguénev, por nombrar a los más grandes. Todos ellos han trascendido épocas con obras fundamentales como: Guerra y Paz y Ana Karenina de Tolstoi, Crimen y Castigo, y Los hermanos Karamázov de Dostovieski, etc., (por mencionar a las más conocidas). Todas ellas obras fundamentales de la literatura, donde encontramos los grandes temas de la humanidad.
En este caso me vino a la mente la primera novela rusa que leí: La muerte de Ivan Ilich de Tolstoi, publicada en 1886. Quizá porque cuando tuve que decidir por cual clásico ruso comenzar, me resultaba más fácil con una novela de 140 páginas, que empezar con Guerra Paz de 1824 páginas (Alianza Editorial), que la tengo pero no la he leído. Lo cierto es que, en el fondo, nunca la olvidé del todo.
No pude dejar de pensar en la situación que acababa de presenciar y la relación directa con esta nouvelle de Tolstoi. En ella se narra la etapa final de la vida de Ivan Ilich, un reconocido e importante juez ruso de su época, quien no solo descubre que va a morir, sino que quiénes lo rodean son incapaces de empatizar y acompañarlo en ese momento de dolor. Su familia continúa con sus rutinas, así como sus amigos, solamente un criado lo acompaña en su sufrimiento. Ivan Ilich comienza a hacerse “las grandes preguntas” de cara al ocaso de su vida.
Hoy, luego de 140 años de publicada, la novela parece escrita para nosotros. Cambiaron las tecnologías, cambiaron algunas formas de trabajar y de relacionarnos, pero no cambió aquello que verdaderamente importa. Las grandes preguntas siguen siendo las mismas, a veces solo esperan a que dejemos de “distraernos” para aparecer y obligarnos -sin más remedio- a intentar responderlas, con o sin tiempo por delante.

Leyendo a Tolstói pienso, que los clásicos tenían razón.
(*) Diego Duarte Calleja es Licenciado en Trabajo Social (Facultad de Ciencias Sociales – Universidad de la República). Especialista en Estudios Urbanos e Intervenciones Territoriales por Facultad de Ciencias Sociales (UdelaR) y Doctorando en Estudios Urbanos por la Universidad Nacional de General Sarmiento UNGS de Bs As Argentina. Desde hace 10 años trabaja en MEVIR, Treinta y Tres