¡Qué tiempo loco!

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Por Carlos Pereira das Neves (*)

 

Debe ser una de las frases más utilizadas para iniciar una conversación, que busque contrarrestar la incomodidad del silencio entre dos personas que tienen que pasar un, valga la redundancia, tiempo juntos.

Sea en una parada de ómnibus, en un taxi, en la fila de algún almacén…en cualquiera de esos lugares en que nos cruzamos con una persona desconocida y hacemos uso del latiguillo del clima, buscando -a su vez- conectar/acordar con esa persona, con alguien. Porque, en la amplia mayoría de los casos, la respuesta va a ir en el sentido de quien realiza la pregunta, dando por sentada la incomprensible inestabilidad climática. Así se trate de una garúa.

Pero el “tiempo loco” al que quiero referirme, no es el clima, sino la herramienta que utilizamos para medir la duración de un hecho o la distancia entre los acontecimientos. Ese que sí ¡está bien loco!, con intencionalidad, pero cuya locura normalizamos en el intento de poder acompasar nuestro ritmo a su exigencia.

Y ya que estamos con la locura, lo -en efecto- verdaderamente loco es pensar que haya más cordura en intentar cumplir a tiempo las exigencias del hoy, entregando vida en el intento, que en una lluvia, una tormenta o un viento.

El tiempo a lo largo del tiempo

 

Para el historiador francés Jacques Le Goff(1), el primer modelo de periodización es el propuesto por el profeta Daniel en el Antiguo Testamento (siglo VI antes de Cristo). Daniel era un noble judío, exiliado en Babilonia tras el sitio que el rey persa Nabucodonosor le impuso a Jerusalén. El hablaba de cuatro reinos sucesivos cuyo conjunto constituirá el tiempo completo del mundo, desde su creación hasta el final.

Al mismo tiempo que el de Daniel, otro modelo judeocristiano de periodización prevaleció. Venía de San Agustín, quien distingue seis períodos: de Adán a Noé; de Noé a Abraham; de Abraham a David; de David al cautiverio de Babilonia; del cautiverio de Babilonia al nacimiento de Cristo; de Cristo hasta el final de los tiempos.

Es en el siglo VI después de Cristo (d.C.), que el escritor escita Dionisio el Exiguo propone dividir la historia tomando como base la encarnación de Jesucristo. Desde entonces, en Occidente y a nivel internacional con el reconocimiento de la Organización de las Naciones Unidas, el tiempo de la humanidad se divide en: antes de Cristo (a.C.) y después de Cristo (d.C.)

Dice Le Goff “La periodización, obra del hombre, es tanto artificial como provisoria. Evoluciona con la historia misma. Desde esta perspectiva tiene una doble utilidad: permite controlar mejor el tiempo pasado, pero revela al mismo tiempo la fragilidad de esta herramienta del saber humano que es la historia.”(2) A lo que, con humildad y desvergüenza, le agregaría que también permite controlar el relato. Por las connotaciones, las proyecciones y -sobre todo- los intereses (políticos y económicos, principalmente) asociados a cada visión.

También sostiene este autor, que fueron los tiempos modernos que trajeron la cuestión de la duración de los períodos y la rapidez de la evolución de la historia. Señalando que la Edad Media y el Renacimiento se caracterizaron por la lentitud del paso de un período a otro.(3) Y reparo en esta opinión porque coincide con la de otro historiador, también francés pero más contemporáneo: Laurent Vidal; quien sostiene que: “…la existencia de un patrón rítmico que se instala en los inicios de la modernidad clásica, con la aparición de un discurso religioso (que asocia la lentitud a la pereza, considerada un pecado capital) y de un discurso económico (que valora la rapidez en los intercambios comerciales y en la producción)…Más tarde, las revoluciones industriales y, después, las digitales, al imponer los principios de la aceleración y la instantaneidad como normas sociales, confirmarán la primacía de este patrón rítmico.”(4)

 

No pierdas tiempo

Y si hablamos del latiguillo del clima, ¿cómo no hablar del latiguillo de la productividad?

Decía Martín Lutero: “Merece la pena subrayar que el hombre no fue creado para permanecer ocioso, sino para trabajar.” Por eso no se puede perder el tiempo, al punto de que ya no solo se castiga el “no hacer nada” sino que también se castiga el hacer algo que no reditúe, que no “monetice” como está de moda decir hoy en día.

No se puede perder el tiempo haciendo lo que uno quiere hacer, así sea no hacer nada, de la misma manera que no se puede contestar a un irracional, no se puede intentar arreglar cualquier cosa sabiendo que con unos pocos pesos más nos podemos comprar una cosa nueva, no se puede arribar a una solución que implique más tiempo que la solución que ofrece el mercado…no se puede parar, hay que seguir el ritmo que viene.

La modernidad ha hecho del dominio de la velocidad un modelo de virtud social, como dice Vidal: “Modernos, los que saben mantener el ritmo, acompañar la cadencia. Modernos son los rápidos, los eficientes.”(5)

Otro francés, pero teórico literario, semiólogo y filósofo estructuralista, como Roland Barthes, subraya que ya el debate etimológico impone un triángulo que vincula lentitud con pereza y decisión de no trabajar. Porque en griego, perezoso se dice argos, que es la contracción de a-ergos, que significa ‘que no trabaja’.

 

Otros tiempos vendrán

Está cada vez más difícil pensar que la esperanza está en el porvenir, en la medida en que el sistema en su totalidad no sea cuestionado. Porque, además, es el propio sistema -y su ritmo frenético- que ha aniquilado la posibilidad de un porvenir, estableciendo la inmediatez como única cualidad de lo temporal.

La discusión sobre la Inteligencia Artificial está muy presente entre los seres pensantes, por las bondades que podría acarrear si se utilizara buscando el bien común de toda la humanidad. Ahora, sin querer queriendo, el debate sobre la IA se ha tornado apocalíptico y acerca demasiado la realidad a esa frase del crítico y teórico literario estadounidense Fredric Jameson: “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. Porque ya no discutimos quiénes se benefician y quiénes se perjudican con los adelantos de la ciencia, ya directamente pasamos al miedo de pensar ¿qué pasaría si las máquinas se nos rebelan?

Y uno se pone a mirar a esa gente que va de un trabajo a otro, después a la rutina del gimnasio, después a la casa a ver cómo puede hacer más plata o cómo aprovecha mejor el tiempo, que cocina algo e intenta monetizarlo en las redes sociales, que se va a desconectar al medio de la nada pero hasta ahí llega la señal para un nuevo posteo…y es válido preguntarse si no es que no somos lo suficientemente máquinas ya, como para ser suplantados por otras.

Dice el anteriormente citado Vidal: “…es necesario ir más allá y considerar la lentitud como una posible subversión de la vertiginosa cadencia impuesta por el ritmo de las actividades económicas y del trabajo. Se trata de un proyecto, en definitiva, de resistencia o de reexistencia, donde los lentos buscarían, a tientas, mediante las rupturas del ritmo, el camino hacia otra existencia posible.”(6)

La lentitud y la quietud. Probar no estar siempre, así más no sea para judearnos un poco el ego que nos bombardea diciendo que si no estamos no sucede, que si no estamos no sale del todo bien, que si no estamos nos lo perdemos.

No estar, no hacer, puede ser criticado como una manera de no cambiar, pero también es una manera de no justificar. Más vale no cambiar, que cambiar un poco para que no cambie nada.

 

(*) Carlos Pereira das Neves es escritor, columnista y co-Director de Mate Amargo. Coordinador del Colectivo Histórico “Las Chirusas” y miembro del Capítulo uruguayo de la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad (RedH)

 

NOTAS

 

1- Le Goff, Jacques. ¿Realmente es necesario cortar la historia en rebanadas?. Fondo de Cultura Económica; Buenos Aires; 2016

2- IDEM; Pág. 25.

3- IDEM; Pág. 97.

4- Vidal, Laurent. Los lentos. La resistencia a la aceleración de nuestro mundo. Del siglo XV a la actualidad. Errata naturae editores; Madrid; 2024; Pág. 11-12.

5- IDEM; Pág. 19

6- IDEM; Pág. 29.

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