Por Michel Torres Corona (*)
Dibujo, Adán Iglesias Toledo (**)
Dos hombres sabios lo dijeron, con la sencillez propia de los postulados geniales: “La historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases”. No era un descubrimiento de Marx y Engels lo que se plasmaba en el Manifiesto Comunista: pensadores socialistas y economistas políticos ya habían entendido que la pugna entre grupos sociales —de intereses y modos de vida dispares— tenía mucha influencia en la realidad. Pero para los comunistas esa lucha de clases, como diría el propio Marx en su famosa carta a Joseph Weydemeyer, debía conducir a la “dictadura del proletariado”, una forma histórica de tránsito hacia una sociedad sin clases, sin explotación.
Fiel a su oncena tesis sobre Feuerbach, el Moro llamaba a interpretar y entender el mundo pero no por celo intelectual sino con fines revolucionarios: conocer y reconocer lo dado para trascenderlo, para negarlo. Y eso implicaba, por supuesto, el enfrentamiento —muchas veces violento— contra el statu quo y sus paladines. Marx y Engels conocieron de la fallida experiencia de la Comuna de París pero nunca pudieron ver el desarrollo de una revolución triunfante, que sobreviviera a sus primeros y tensos momentos de gestación, como sí lo pudo hacer (y protagonizar) su discípulo más brillante, Vladimir Ilich Lenin.
Lenin fue contrario de la corriente anarquista, que promovía la erradicación inmediata de todas las instituciones propias de la sociedad escindida en clases; y también a los socialdemócratas, que simplemente buscaban un Estado que propiciara algo de más justicia y mejor trato para los trabajadores. El líder bolchevique entendía, como dejó dicho en “El Estado y la Revolución”, que ese aparato administrativo, judicial y policial era el producto y la manifestación del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase, pero que en tanto no se erradicaran las clases en sí, en tanto debía transitarse por una “dictadura del proletariado”, esas formas jurídicas de “violencia organizada” no podían desaparecer del todo.

En otro de sus más célebres textos —La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo— lo dejaba todavía más claro: “La lucha de clases continúa después de la revolución, solo que cambia de forma.” Pensar, como los anarquistas, que un proceso revolucionario podía borrar de golpe milenios de historia, milenios de desarrollo social vinculados al Estado y al Derecho como instituciones clasistas de ejercicio del poder político, era un exceso de entusiasmo voluntarista; y pensar, como los socialdemócratas, que se podía dilatar hasta el infinito la existencia de esas instituciones era perder el horizonte comunista, la voluntad de extinguir las clases, sus jerarquías naturalizadas, como única fórmula que podía otorgar a los pueblos del mundo (especialmente, a los “pobres de la tierra”, como diría Martí) toda la justicia.
De modo que corresponde al socialismo —nombre que se le fue dando a la “dictadura del proletariado”— y a los comunistas la paradójica tarea de usar el Estado para reprimir y vencer a poderosas fuerzas dentro y fuera del ámbito social y nacional (Fidel dixit) mientras crean la conciencia y las condiciones materiales para que una nueva sociedad, desprovista de todo tipo de “violencia organizada”, pueda surgir. El comunismo ha de ser, entonces, el resultado de una suerte de apoptosis política, en la que toda forma jurídica va languideciendo en favor del verdadero reino de la libertad humana.
Para los cubanos no es muy difícil entender las paradojas y los conflictos de un proceso socialista: como en la Rusia bolchevique (luego URSS), en Cuba también triunfó un proceso revolucionario, donde la lucha de clases adoptó la forma de un Estado de trabajadores que se enfrentó tanto a la burguesía nacional como al imperialismo extranjero, condensado simbólica y geográficamente en Estados Unidos: la mayor potencia militar y económica jamás conocida en la historia apenas a 90 millas de La Habana.
No es baladí que haya sido la Reforma Agraria, un proceso que revolucionó la propiedad y las formas de producción y distribución asociadas a la tierra, el nudo gordiano que forzó la ruptura (lo irreconciliable del antagonismo, si se quiere) entre los barbudos y los yanquis, entre el pueblo de Cuba y el gran capital. Y, como reacción a la toma del poder político validada por los éxitos militares del Ejército Rebelde, la contrarrevolución buscó vencer por la fuerza al socialismo cubano. De ahí que se sucedieran sabotajes, invasiones, financiamiento al bandidaje, actos de terrorismo, etc.

La coerción imperialista, con la complicidad de los burgueses vencidos y el lumpen mercenario, no tuvo éxito. Todo lo contrario: como dijera Fidel en legendario discurso de homenaje a las víctimas del atentado atroz contra un avión en pleno vuelo, conocido como el Crimen de Barbados, el dolor no se compartía sino que se multiplicaba; y se multiplicaban con ese dolor las razones del pueblo para resistir. El dolor y el rencor eterno contra los que atacaban a la Patria —parafraseando a Martí— se tornaban fuerza para defender ese país que se configuraba, con plena sinceridad, en nación de todos y para el bien de todos.
Ese fracaso no implicó renuncia a los propósitos de sometimiento, que tienen motivos geopolíticos pero también —y, quizás, sobre todo— motivos de índole simbólica: ¿es posible para la hegemonía del gran capital permitir que una pequeña isla se mantenga desafiante, aun después de desaparecido el campo socialista? Y es precisamente Gramsci, el gran teórico marxista de la hegemonía, quien nos da las claves para entender cómo la lucha de clases pasó de “guerra de movimiento” (asalto frontal al poder estatal) a “guerra de posiciones”, una disputa mucho más sutil que, desde lo ideológico y lo cultural, buscó infiltrar el modelo socialista cubano.
El bloqueo, ese acto genocida que lleva décadas de impunidad, se fue convirtiendo de mero instrumento de guerra económica en argumento para la imposibilidad de otro tipo de desarrollo que no fuera el capitalista. Las reformas y aperturas que tuvo que validar el gobierno revolucionario desde la década de los 90 fueron aprovechadas para que en la sociedad cubana germinara el “realismo capitalista”, la idea de que un mundo diferente era imposible de alcanzarse. Tanto desde la burda claudicación, potenciada por una tradición anexionista que no podemos negar, como desde la “ingenuidad” socialdemócrata de desarrollar un “capitalismo cubano” que mantuviera las conquistas de la Revolución, en la sociedad civil y en el aparato gubernamental y partidista se fue filtrando la inicua concepción de que el comunismo era una utopía, un sueño trasnochado por el que no valía la pena sacrificarse.
Eso no implica que todo el que entienda como cierta esa concepción sea un apátrida o un traidor. Hombres y mujeres de muy buena voluntad pueden llegar a asumir ese discurso en aras, precisamente, de salvar la Patria y el proceso revolucionario. Las carencias —apagones, inflación, pobreza, servicios públicos fallidos, etc.—, potenciadas por el asedio estadounidense, conducen a un estado de desesperación y desesperanza (que no es lo mismo pero es igual) que induce incluso a personas decentes y responsables a llamados a la rendición, a la intervención militar extranjera o, con algo más de mesura, a dejar atrás los “sueños de justicia para Cuba y el mundo” .
Esa es, sin dudas, la principal expresión de la lucha de clases en la Cuba de hoy, donde una protoburguesía no solo va acumulando posiciones de poder económico e incluso político, sino que su discurso, su imago mundi, va impregnando también a aquellos que poco o nada pueden esperar de un modo de producción capitalista; como lo diría Gramsci, una batalla campal en la que las concepciones liberales se van convirtiendo en hegemónicas, lo cual implica que cuestionarlas acarrea infortunios y sinsabores.
No obstante, en Cuba todavía no podemos hablar de restauración capitalista. La voluntad expresa del gobierno cubano y del Partido es la de defender el curso socialista y, aunque de buenas intenciones esté pavimentado la ruta hacia el Averno, eso tiene un valor simbólico y político que no puede menospreciarse. Persisten, pese a todo, nociones de justicia y de soberanía: como diría Martí, no pasan en vano las revoluciones por los pueblos. Hay hombres y mujeres que saben alzarse por encima de las muy difíciles circunstancias vitales que hoy padecemos y recordar que no es el socialismo el verdadero culpable de nuestra asfixia, sino que ha sido este la condición de nuestra insospechada supervivencia; que saben que los millonarios y los banqueros no son ni serán los salvadores de la Patria.
La lucha de clases continúa hoy en Cuba. Sería un absurdo negarlo: solo en el comunismo, estrella cada vez más distante en un planeta infestado de egoísmo y banalidad, podría darse un escenario así. Pero esa lucha no solo implica la heroica resistencia del pueblo cubano ante el cerco estadounidense, maquinaria coercitiva que puede aburrirse un día de la sutileza hegemónica y tratar de ganar la partida a bombazos; sino que se expresa también (y es su forma más radical y definitiva) en la batalla que se da, en primer lugar, en la conciencia de cada individuo y con la influencia de sus condiciones materiales de existencia, y que se reproduce en las relaciones que se establecen para crear riqueza y distribuirla (estadios que no pueden ser divididos metafísicamente).

Esa lucha continúa, y es lógico que así sea: es la esencia misma del socialismo, de esa “dictadura del proletariado” donde los trabajadores deben ganar y preservar sus espacios dentro del Estado, para que este siga siendo su instrumento de poder. No se trata de purismos infantiles, al decir de Lenin, sino de entender que, incluso cuando las circunstancias imponen que se adopten posiciones reformistas o más conservadoras, no se puede perder de vista el verdadero horizonte de emancipación que dota de sentido a todo proyecto político revolucionario. Sin eso, todo sacrificio será y habrá sido en vano.
(versión en Aleman en Junge Welt)
Nota Mate Amargo: Te invitamos a ver y a seguir este programa de la TV cubana con Michel Torres Corona, y conocer así más de cerca «todos los matices, las noticias, los hechos, las matrices de opinión que circulan en los medios y en las redes» sobre la realidad de un pueblo que es también la nuestra.
(*) Michel Torres Corona, abogado y comunicador cubano, conductor del programa «Con Filo» de la Televisión Cubana. Director del grupo editorial Nuevo Milenio, es además colaborador de varios medios de su país y el mundo.
(**) Profesor Adán Iglesias Toledo, Dibujante Gráfico Cubano, Caricaturista Editorial y Director del Medio humorístico DEDETE del Periódico Juventud Rebelde, miembro de la UNEAC, la UPEC y la REDH (Capítulo Cuba). Colabora con varios medios de prensa en su país y en el extranjero. Autor de varios logotipos y campañas publicitarias, posee en su haber múltiples exposiciones individuales y colectivas, talleres e intervenciones nacionales e internacionales, y ha sido premiado más de 40 veces en su país y otros países.