El dibujo como memoria y resistencia.

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Estudiantes de arte documentaron con lápiz lo que los militares no dejan fotografiar.

Por Claudia Suárez Delgado (*)

Un grupo de estudiantes de la Facultad de Artes de la Universidad de la República, del Taller López, acompañó durante tres años, mes a mes, las visitas al sitio de memoria “300 Carlos, Infierno Grande”, donde más de 300 personas fueron secuestradas y torturadas durante la dictadura. Como estaba prohibido fotografiar, dibujaron. El resultado es un libro que se configura en un acto político, un gesto de resistencia y una denuncia de que ese lugar de horror todavía está bajo control militar y que nos resta mucho por saber y reparar. Participamos, desde Mate Amargo, en el lanzamiento del libro “Yo lo vi, dibujos urgentes” un espacio de encuentro e intercambio que se dio en “Lo de Molina”, en el mes de abril

El Centro de detención y tortura funcionó en el Servicio de Material y Armamento del Ejército (SMA), Av. De las Instrucciones 1952. En un Galpón en el centro del predio, alejado de sus límites y de esta manera aislado del entorno barrial. El predio pertenece a las Fuerzas Armadas. Vale recordar que en 2018 la Ley N° 19641 “Declaración y creación de sitios de memoria histórica del pasado reciente” define que aquellos lugares donde se cometieron crímenes de lesa humanidad, o fueron significativos en la resistencia, deben ser preservados. Para cumplir con este objetivo, se crean comisiones de los sitios de Memoria. En este caso, en 2019, es declarado sitio de memoria el (valga la redundancia) sitio “300 Carlos, Infierno grande”.

Las visitas se realizan mensualmente y requieren inscripción previa, con nombre y número de cédula. Cada ingreso se realiza acompañado de un oficial del ejército, otras personas uniformadas y una ambulancia. Y en el galpón donde se cometieron aquellos crímenes, el ejército tiene instalado -actualmente- su taller de trofeos. Ahí hacen medallas, bustos de Artigas y placas conmemorativas, con la violencia simbólica brutal que implica unificar este espacio de tortura con el de los honores y reconocimientos.

En el sitio está prohibido sacar fotografías y está prohibido filmar, por encontrarse en un predio militar. Entonces, la Comisión del sitio de memoria “300 Carlos” convocó a la docente e investigadora Ana Laura López de la Torre, del Taller homónimo de la Facultad de Artes de la Universidad de la República. El lugar tenía una doble ausencia de imágenes. Por un lado, la clandestinidad del centro de detención significaba que casi no existían registros de la época. Por el otro, la prohibición militar vigente impedía cualquier documentación contemporánea. ¿Qué podía hacer el arte frente a eso?

«Propusimos que el dibujo podría ser una salida, porque no se les había ocurrido prohibirlo», explicó Ana Laura en el acto de lanzamiento del libro. De esta forma inicia una experiencia de extensión que implicó compromiso y sostén durante tres años. Mes a mes grupos de estudiantes realizaron registros a través del dibujo, dejando plasmado lo que se ve, pero también lo que se siente, lo que se piensa a la interna y también en colectivo.

Durante ese primer año, los estudiantes dibujaron todo: la arquitectura del galpón, los movimientos del mobiliario, los cambios que los militares hacían de una visita a la otra “una puerta que se reemplazaba, un equipamiento que aparecía”, los uniformes y gestos de los oficiales que los acompañaban, la luz que permanecía encendida todo el tiempo, los tachos, los rincones. También escribieron. Llevaron una bitácora colectiva donde procesaban lo que veían, lo que sentían, lo que no tenían palabras para decir.

Después de cada visita, se reunían a tomar café, a conversar, a elaborar en conjunto lo que habían vivido. “La ronda de estudiantes procesando el dolor” quedó incluso en el libro y es la utilizada de portada en este artículo. Al finalizar ese primer año, con todos los materiales producidos, generaron diez libretas de dibujos, encuadernadas con el taller de encuadernación de la UTU. Durante los dos años siguientes, el proyecto continuó con otros estudiantes y artistas visuales, sumando material. El libro que hoy existe es la versión expandida y digitalizada de todo ese trabajo acumulado: tres años de visitas, cientos de dibujos y una bitácora colectiva.

Miguel Olivetti, pro-rector de Extensión de la Universidad de la República, fue uno de los oradores del lanzamiento y puso en palabras lo que el libro representa desde la perspectiva institucional. Para Olivetti, el libro «interviene como un dispositivo que implica una práctica de extensión universitaria y al mismo tiempo una operación discursiva que tensiona los modos tradicionales de representación del pasado reciente.» No se trata, señaló, de llevar conocimiento de la universidad a la sociedad, sino de coproducir prácticas de sentido junto con actores sociales. «El gesto del dibujo como un desvío táctico, no está prohibido, no está tipificado dentro de las cosas prohibidas, y en ese dispositivo de control que todavía ocurre allí muy fuerte, aparece ese desvío y esa resistencia.»

La curadora y gestora cultural Macarena Montañez, integrante de la productora Pozo de Agua y la Fundación Monitor Plástico, plantea que el libro es «una cuña más que se mete en estos procesos de visibilización y de denuncia», y recordó que pedir la cédula para ingresar a un sitio de memoria no es un trámite inocente. «Se despierta la paranoia. Va a quedar documentado que yo fui, que yo estuve. Eso seguramente es un factor de inhibición importante. Esos actos que no son inocentes, que tienen un fundamento y están sustentados, se pueden subvertir, se pueden revertir.»

Montañez también recordó que esta práctica tiene arraigo en la tradición de los dibujantes de juicios, como en la visita de una organización internacional al Penal de Libertad durante la dictadura, donde un dibujante fue contratado para visualizar las condiciones de reclusión. Recordó también, entre otros artistas, a Ernesto Vila quien logra sacar entre su ropa varios dibujos hechos en reclusión: palomas, el horizonte, barcos. Nos cuenta: «Lo que se nombra no se olvida», decía Vila. La práctica realizada por este colectivo nombra, plasma y de esta forma lucha contra el olvido.

El lanzamiento del libro contó con la palabra de Rodolfo Porley representante de la Comisión del sitio de memoria y sobreviviente, quien durante ese primer año de visitas fue también quien guio prácticamente todas las recorridas. Rodolfo habló desde la perspectiva de los sobrevivientes y de la Comisión. Recordó la importancia de la declaración formal de sitio de la Memoria a «casi 45 años de los hechos, toda una conquista de la sociedad democrática», y puso en perspectiva histórica lo que significó el terrorismo de Estado en Uruguay. Citó la caracterización de un senador norteamericano, quien llegó a calificar a Uruguay como «una gran cámara de tortura»: no porque todos estuvieran siendo torturados, sino porque el terror se había instalado en la vida cotidiana de toda la sociedad. Pedir permiso para hacer una reunión familiar, vivir bajo la vigilancia permanente.

Rodolfo también recordó que en 2012, con la instrucción histórica de la jueza Mota, pudieron acceder al sitio por primera vez, tras décadas. Y que cuando llegaron, encontraron —igual que ahora— las mesas con medallitas y placas. «Fue maravilloso que jóvenes de una universidad y de una facultad, con crédito de rebeldía conceptual profunda y radical, al punto de que no temblaron en crear desde su profundidad, desde su conciencia, desde su capacidad, estas imágenes que valen más que mil fotos», afirmó.

La coproducción es clave. El libro no es solo la obra de los estudiantes. Es también la obra de la Comisión que abrió sus puertas, de Rodolfo que guio cada visita y compartió su historia, de una institución universitaria que acompañó y validó el proceso, de quienes durante décadas lucharon para que ese sitio tuviera reconocimiento legal. Es el resultado de una alianza política entre la academia y el movimiento de derechos humanos.

El libro llega en un momento en que los discursos negacionistas sobre las dictaduras del cono sur vuelven a circular con mayor descaro. En que hay quienes relativizan los crímenes, o insisten con la teoría de los dos demonios, minimizan los testimonios y se niegan a reconocer lo que ocurrió como terrorismo de Estado. En ese contexto, cada dibujo del libro es un acto de resistencia. Cada imagen que documenta la luz permanente del galpón, los tachos, las puertas, los movimientos del mobiliario, los uniformes de los oficiales que custodian a los visitantes, es una afirmación: esto existió, existe, lo vimos, lo dibujamos, no lo vamos a olvidar.

El libro tiene además una dimensión intergeneracional que no es menor. Quienes dibujaron no vivieron la dictadura. Son jóvenes que eligieron aproximarse a ese dolor ajeno y volverlo propio.

Quienes quieran adquirir un ejemplar pueden contactarse con la Comisión del Sitio de Memoria, vía mail [email protected] o se puede adquirir durante las visitas mensuales. Las visitas mensuales al sitio continúan abiertas. Requieren inscripción previa con nombre y número de cédula. Siguen siendo acompañadas por personal militar y el galpón sigue en uso. También sigue, y se va renovando en las nuevas generaciones, el compromiso en la búsqueda de Verdad y Justicia para que NUNCA MÁS vivamos terrorismo de Estado.

 

(*) Claudia Suárez Delgado es licenciada en Psicología, ceramista,  especialista en Gestión Cultural, integrante de la Red de intelectuales y artistas en defensa de humanidad (REDH) y de la Fdim, parte del colectivo Libertadoras antifascistas.uy

Imágenes tomadas del libro

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