CARTA ABIERTA DE UN DIPUTADO URUGUAYO AL PRESIDENTE TRUMP

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Montevideo, 1 de enero de 2026

Señor Presidente de los EEUU:

Eduardo Galeano escribió alguna vez que “la división internacional del trabajo consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder”. Desde este pequeño rincón del sur me permito preguntarle: ¿se cree usted con el derecho de decidir quiénes deben ganar y quiénes debemos perder?

No es la primera vez que un presidente de su país pretende jugar a dueño del mundo. Pero usted lo hace con un entusiasmo y una irresponsabilidad inconcebibles, imponiendo castigos, amenazas y presiones, como si el mundo fuera un tablero de juego y cada país un casillero que pudiera comprar, hipotecar o expulsar. Actitud que han caracterizado muy bien en estos días desde Oriente como «comportamiento de cowboy» y que desde este "paisito" alzamos la voz para exigirle decline. 
Se equivoca, señor Presidente. Las naciones no somos piezas de su peligroso juego. Somos pueblos con ansias de paz, fraternidad, solidaridad, prosperidad, bienestar, igualdad y libertad.

Con sus vecinos del norte, su pretensión imperial perdió toda sutileza y pasó de la amenaza a la ambición inmobiliaria. Usted confundió el mapa con un catálogo de bienes raíces. Insistió en que “iba a conseguir Groenlandia” —antiguo territorio colonial danés, hoy autónomo y con aspiraciones de independencia— y llegó a sugerir la anexión de Canadá como si se tratara
de su Estado número 51. Un plan de “seguridad nacional” que no distingue entre diplomacia y
expropiación, y que reduce naciones soberanas y aliados históricos a simples activos estratégicos.

Pese a que en el inicio de su mandato usted dijo, refiriéndose a nosotros los latinoamericanos: “Ellos nos necesitan a nosotros mucho más de lo que nosotros los
necesitamos a ellos. No los necesitamos. Ellos nos necesitan…” lejos ha estado de esa enunciada prescindencia y no nos ha dejado de atropellar.

Con México, usted forzó a un país soberano a desplegar tropas en su propia frontera para hacerle el trabajo migratorio bajo amenaza arancelaria. A eso lo llamó “cooperación”. Muchos mexicanos lo llamaron “extorsión”. Y nosotros, con ellos, rememoramos aquella amarga y antigua ironía latinoamericana: “tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”. Cientos de personas han resultado gravemente heridas intentando cruzar el muro. Cuando usted dio una rueda de prensa en la que habló de cambiar el nombre del Golfo de México por el de “Golfo de América”, la presidenta Sheinbaum se paró ante un mapa de la época colonial de la región, del año 1607, y propuso secamente que Norteamérica pasase a llamarse «América Mexicana», porque un documento fundacional de 1814 que precedió a la Constitución de México se refería a ella de ese modo. Suena bien, ¿no?, dijo de manera sarcástica, para mandarlo a pensar como hace una maestra con un alumno que se salteó una lección.

Con Brasil, su intromisión fue aún más grave. No sólo alentó la política incendiaria consumada en la Amazonia por su amigo el golpista Jair Bolsonaro, sino que, además, usted se inmiscuyó directamente en el funcionamiento de la Justicia de un país ajeno y calificó el enjuiciamiento del hoy condenado por intento de golpe de Estado como una “caza de brujas”. Luego, llevó esa intromisión a la extorsión económica, amenazando con imponer aranceles del 50 % a los
productos brasileños si el juicio no se detenía “inmediatamente”. Convirtió así un proceso judicial soberano en una amenaza directa al empleo y el pan en la mesa de millones de familias brasileñas. El presidente Lula respondió con dignidad: “No están tratando con una republiqueta bananera”. Al final, señor Presidente, parece que confundió el Supremo Tribunal Federal de Brasilia con la Corte Suprema de Justicia de Washington.

Con Colombia, la injerencia escaló hasta la amenaza abierta. Usted cortó ayuda financiera como castigo y llegó a señalar al país y a su presidente Gustavo Petro, acusándolo de ser un “líder del narcotráfico”. Declaró incluso que Colombia “produce cocaína y la vende directamente a Estados Unidos”. ¿Cómo puede un jefe de Estado —y nada menos que el de los Estados Unidos de América— afirmar semejante disparate? Sabe usted perfectamente que los países no fabrican la cocaína sino el crimen organizado que opera a escala global, y en su propio territorio, ante sus propias narices, alentado por el fracaso de su “guerra a las drogas” que solo ha traído más consumo, más violencia y más muerte a las grandes mayorías, mientras se enriquecen unos pocos que manejan los mercados ilegales y lavan sus pingües ganancias. El presidente Petro le respondió con claridad: “No amenace nuestra soberanía. Atacarla es declarar la guerra”.

En Argentina, la intromisión fue un chantaje electoral explícito. Usted condicionó la ayuda económica de un país al resultado de unas elecciones legislativas, advirtiendo que si el candidato de su preferencia no triunfaba, Estados Unidos “no sería igual de generoso”.
Convirtió así la soberanía de una nación en una moneda de cambio electoral. No extraña que surgieran respuestas firmes, como la del gobernador Saenz de la provincia de Salta, quien le recordó: “Argentina, jamás será colonia gobernada desde afuera”. Tampoco extraña que el presidente Milei (la antítesis funcional al proteccionismo que usted aplica) hoy le esté diciendo al mundo que celebra sus prepotentes amenazas y acciones ilegítimas contra Venezuela de estos tensos días.

Durante el reciente proceso electoral en Honduras, usted mantuvo una injerencia directa y muy grave que influyó en el clima político de ese país. Su impropio apoyo total al candidato Nasry Asfura amenazando con cortar la ayuda económica a Honduras si, según usted «el
único verdadero amigo de la libertad» no se alzaba con la victoria, y su ataque en paralelo a sus competidores (especialmente a Salvador Nasralla) tildándolos de «narcocomunistas», así como el indulto al expresidente hondureño Juan Orlando Hernández (quien cumplía condena por narcotráfico en EEUU) justo antes de las elecciones completan una lista de injerencias imperdonables; para terminar, tras el cierre de las urnas, cuando el conteo avanzaba lentamente y mostraba un «empate técnico», utilizó sus redes sociales para presionar a las autoridades electorales advirtiendo que «habría un infierno que pagar» (hell to pay) si se intentaban cambiar los resultados; acusó al Consejo Nacional Electoral (CNE) de detener abruptamente el conteo a media noche para perjudicar a Asfura y, como «frutilla de la torta», usted demandó que se terminaran de contar todos los votos, afirmando, sin filtro, que el
gobierno hondureño estaba tratando de «robar» la elección.

Por la centésima parte de esto, si eso que llaman «comunidad internacional» existiese, debería haber habido ya un freno para usted, Mr. Trump.

Hoy, señor Presidente, sus prácticas tienen un marco doctrinario explícito. Su nueva Estrategia de Seguridad Nacional no inaugura la ambición imperial de sus gobiernos; lo que inaugura es una franqueza brutal. Usted desempolva y actualiza la vieja Doctrina Monroe, esa idea arcaica de que América Latina es vuestro “patio trasero”. El documento convierte a la región y a la migración en prioridades centrales, y define una estrategia explícita de control total de Occidente por parte de EEUU con un objetivo real que apenas disimula: frenar y contener la migración hacia allí. Declara que la migración masiva es la mayor amenaza
que enfrenta su país y propone asegurar que el hemisferio occidental se mantenga “razonablemente estable y bien gobernado” para impedir que los pobres del sur crucen sus fronteras. No se trata de ir por la prosperidad compartida, sino de dominar, extraer, explotar y controlar mediante amenazas para no ser molestados por los desposeídos del mundo.

Con ese mismo espíritu de capataz mundial, su gobierno patrulla hoy el Caribe como si fuera la piscina de su casa. Buques avanzan en aguas ajenas, aviones deciden quién puede volar y quién no, lanchas son hundidas con tripulaciones que deberían ser inocentes hasta que se demostrara su culpabilidad, pero que son eliminadas sumariamente, sin formulación de cargos y mucho menos presentación de pruebas en su contra. Se han registrado —desde septiembre— al menos 29 «ataques cinéticos» (eufemismo para denominar cobardes disparos letales sin aviso, ni voz de alto). El saldo mortal supera las 105 personas, calificadas por su
gobierno de «narcoterroristas». De las 30 embarcaciones atacadas, 11 fueron interceptadas en el mar Caribe y diecinueve en el Pacífico Oriental. Cuando una potencia dispara en mares que no le pertenecen, viola el derecho internacional; ya no habla la justicia, sino la prepotencia.
Su administración ha cruzado un umbral adicional. Tres buques petroleros venezolanos o con crudo venezolano fueron abordados e incautados en alta mar. Despojar a una nación de un recurso vital bajo pretextos unilaterales no es lucha contra el narcotráfico ni aplicación legítima del derecho. Es piratería de Estado. Es reescribir el derecho internacional para imponer la ausencia de reglas y garantías en aguas internacionales.

En estas horas usted mismo informó sobre lo que estaría siendo un primer ataque terrestre a
infraestructura venezolana (algo que estamos intentando corroborar pues conocemos bien a la CIA y sus trapisondas) lo que sería una triste confirmación del espiral violento al que pretende empujar a la humanidad, pero que está a tiempo de abandonar.

Galeano también escribió que “el sistema no ha previsto esta pequeña molestia: lo que sobra es gente”. A veces, señor Presidente, parece que para usted lo que sobra son países. Países que no encajan en su tablero y que se resisten a sus pretensiones de querer gobernar el
mundo.

Permítame recordarle algo esencial: usted fue elegido para gobernar los Estados Unidos, no el planeta. Y su país enfrenta problemas profundos que no se resuelven mirando hacia afuera. La pobreza crece en sus ciudades, la indigencia se multiplica, la epidemia de los opiáceos destruye familias, la desigualdad se expande, la salud no es un derecho, la violencia armada y el racismo golpean una y otra vez a su propia población. Usted ha debilitado el acceso a juicios justos para personas migrantes despidiendo a muchos jueces de inmigración mientras lanzó un programa de visas exclusivas para personas adineradas llamadas ”Trump Gold Card”, dejando claro que el dinero facilita lo que se niega a millones de migrantes comunes.

La ciudad de Miami eligió a una alcaldesa demócrata por primera vez en casi 30 años, lo que refleja cambios profundos en el clima político interno de su nación. Eileen Higgins ganó con ventaja clara frente al candidato republicano que usted apoyó, convirtiéndose además en
la primera mujer en gobernar la ciudad. Este cambio habla de búsqueda de liderazgos más éticos, responsables y orientados a resolver problemas cotidianos de su pueblo.

Si realmente aspira a hacer su país “grande otra vez”, mire hacia adentro, Presidente.

Porque aquella frase de Galeano —según la cual América es, para el mundo, apenas Estados Unidos— no debe seguir siendo una condena. No queremos ser sub-América de nadie. No somos apéndice, ni patio, ni piscina, ni tablero de nadie. Y aunque aún debemos aprender la lección de la unidad suramericana por la que lucharon José Artigas y José Mujica entre tantos y tantas otras, sabemos que no nacimos para ser “coro de la historia”, sino «protagonistas» como reclamó nuestro compatriota Alberto Methol Ferré. Pues como cantan los argentinos Mateo “Trueno” Palacios y Víctor Heredia en “Tierra Zanta”: “… / y si los de afuera preguntan cómo me llamo / mi nombre es latino / y mi apellido americano.»

Por eso le escribo, señor Presidente. Para pedirle, con respeto y con claridad, que deje de comportarse como emperador, juez y gendarme del mundo. La soberanía no es una cortesía diplomática: es la dignidad misma de los pueblos y la garantía de equilibrio geopolítico en el
planeta que tenemos el privilegio de habitar y obligación de cuidar.

América Latina aprendió a sobrevivir y deshacerse de los imperios. Hoy le exigimos a usted, con convicción serena, que respete el derecho a nuestra libre autodeterminación, señor Presidente.

Atentamente,
Pablo Inthamoussu
Representante Nacional

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