FIDEL: marxista heterodoxo, disidente de él mismo y de la propia Revolución

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«Yo creo que Fidel está. Yo creo que Fidel está porque yo soy un hombre de fe. Y creo que está en algún lugar donde a lo mejor no lo imaginamos. Nosotros tenemos que encontrar ese lugar y clavar en él los dedos de nuestros pies; en el lugar y los modos en que Fidel ejerció su pedagogía política como líder de la Revolución».

Joel Suárez

 

Por Maribel Acosta Damas (*)

Dubujo Alfredo Lorenzo Martirena Hernández (**)

 

Joel Suárez es activista social del equipo de trabajo del Centro Memorial Martin Luther King. Vive y trabaja en La Habana. Su vida ha estado ligada a la formación y práctica de los movimientos populares en Cuba y Latinoamérica. Distingue por su sólida experiencia en concepciones y trabajos conjuntos del Estado cubano y los movimientos religiosos y populares de la isla.  

Maribel Acosta Damas (M.A.D.)- Parados en 2026 y cuando se cumplen 100 años del nacimiento de Fidel, ¿todavía podría ser útil Fidel?

 

 El rescate de la teoría revolucionaria de Fidel

 Joel Suárez (J.S.)- Yo creo que primero habría que rescatar una tarea pendiente y una necesidad política, estratégica y ética difícil, porque Fidel no fue un intelectual del texto escrito.  Su pensamiento está en sus discursos, frecuentes y extensos. Pero detrás de ellos hay una teoría revolucionaria. Como se ha dicho, de un realismo crítico revolucionario, de una concepción teórica de la revolución que tiene partes, componentes y resultados, con una pedagogía política.

Y esa teoría revolucionaria que subyace en los discursos de Fidel lleva implícita una actitud ante la vida del revolucionario y del liderazgo y, tiene que ver profundamente con la pedagogía del ejemplo. O sea, la conducta del revolucionario que se deriva de la comprensión política de Fidel -subyacente en su discurso- posee un componente pedagógico, una pedagogía política que tiene una consecuencia ética para la manera en que actúa un líder, un revolucionario y, a su vez, ese componente ético es el basamento fundamental de su pedagogía política.  

Por otro lado, la teoría que subyace en Fidel es profundamente marxista, a la cual acude de manera heterodoxa porque Fidel fue disidente de él mismo y de la propia Revolución; y siempre se salía hacia las fronteras o más allá de ellas cuando había que resituar la dirección y la conducción política, intelectual y moral de la sociedad y de los derechos revolucionarios.

Si en algún lugar los habíamos olvidado y si ese olvido tenía que ver con su responsabilidad Fidel la asumía. Empezaba por ahí.  

Hay otro componente de esa teoría revolucionaria de Fidel que tiene que ver con el peso que le otorga a la autocrítica y al ejercicio de la crítica.  Recuerdo una anécdota: en el año 1990 Fidel va a Brasil a la toma de posesión de Fernando Collor de Mello y ya en el contexto de la crisis en los países esteuropeos -sobre lo que había hecho premoniciones- se organiza un encuentro masivo con militantes de las comunidades eclesiales de base; o sea, militantes cristianos, revolucionarios del campo popular y gente de los movimientos sociales. Le acompañaba en la presidencia su amigo el teólogo brasileño Frei Betto y una amiga muy solidaria con Cuba militante del PT, de fe cristiana, que había sido curada por la milagrería de las manos del ortopédico cubano Dr. Rodrigo Álvarez Cambra en el hospital Frank País. Por lo tanto, esa mujer, que adora a Cuba, le dice a Fidel: – Yo acabo de regresar de Nicaragua. Allí entre revolución y cristianismo no hay contradicción. ¿por qué en Cuba los creyentes religiosos no son militantes del Partido? En ese momento ya había cierta mejoría en las relaciones con la iglesia católica.

Esta fue una pregunta compleja porque lleva elementos históricos de crítica y autocrítica de conducta en los dos campos y, en medio de la respuesta de Fidel -él que es un encantador de serpientes- y muy entusiasmado con el público que estaba allí, dice: – Si en Cuba hubiese cristianos como ustedes, de seguro fueran miembros del Partido.  Inmediatamente mi padre, el reverendo Raúl Suárez, presidente del Consejo Ecuménico de Cuba, bajo la presión de mi mamá (siempre las mujeres en el momento adecuado), le escribe a Fidel. Esto fue a finales de marzo del 90 y, mi padre le pide la reunión. Entonces el 2 de abril del año 1990 nos reunimos con él. Era la primera vez que mi papá estaba en una reunión teniendo como interlocutor a Fidel Castro en la mesa del Consejo de Ministros. Mi padre le empieza a describir a Fidel el grupo que lo acompañaba: unas 66 personas, líderes de iglesias y activistas presentes. Entonces le dice con mucho nerviosismo… ¡imagínate!, tú sabes, conoces a mi papá, es bajito, más al frente de una persona de la estatura física, moral y política de Fidel… y le dice: -Si usted allá en Brasil dijo… y Fidel lo interrumpe y le dice: –Vas a seguir, vas a seguir y vas a terminar, pero… metí la pata, o sea, me equivoqué, no pensé en ustedes… 

Esta anécdota ilustra la dimensión de esa pedagogía del ejemplo que tiene como centro el ejercicio crítico y de la responsabilidad. Y así con muchos acontecimientos a lo largo de la Revolución.  Porque ese pensamiento político heterodoxo de Fidel tenía un lugar de donde tomaba su savia fundamental, que era en la experiencia del pueblo.

Y, por lo tanto, Fidel practicó esa comunicación cara a cara, continua y permanente con la gente. Fidel era un conversador y también era un inquisidor. En su formación jesuita, Fidel- cuando conversaba- también inquiría, quería saber, metía el dedo… Y en esa reunión quería la opinión de los que allí estaban.

M.A.D.- ¿Y qué hacer hoy sin Fidel? El contexto parece muy adverso…

«Pero para mí, la mejor lección de Fidel es la pedagogía de la derrota. En convertir los reveses en victorias es donde está una dimensión total de su pedagogía política»

J. S.- Yo creo que Fidel está. Yo creo que Fidel está porque yo soy un hombre de fe. Y creo que está en algún lugar donde a lo mejor no lo imaginamos. Nosotros tenemos que encontrar ese lugar y clavar en él los dedos de nuestros pies; en el lugar y los modos en que Fidel ejerció su pedagogía política como líder de la Revolución. A Fidel se le alaba por sus muchas contribuciones, a la biotecnología, la agricultura, a la campaña de alfabetización, a la derrota del ALCA en Mar del Plata, a las luchas de los movimientos populares… Todo eso hay que reconocerle a Fidel. Pero para mí, la mejor lección de Fidel es la pedagogía de la derrota. Fue en convertir los reveses en victorias donde está una dimensión total de su pedagogía política. Ahí están ejemplos como la derrota del 26 de julio de 1953 en el asalto al Cuartel Moncada, una derrota en todos los órdenes donde asesinaron, desaparecieron a muchos de sus compatriotas. Y, sin embargo, ese hecho en su dimensión histórica simbólica tiene otra connotación para los cubanos radicalmente distinta. O también hechos como el desembarco del yate Granma, el combate de Alegría de Pío, la zafra de los 10 millones…

Cuando la epopeya no resultó, Fidel asumió la responsabilidad…  pero ¿dónde encontraba Fidel la clave de su ética? El Fidel de las derrotas, de los fracasos ¿cómo convertía el revés en victoria? ¡En la fuerza del pueblo! La fe, la certeza de Fidel radica en que las cosas que no son, un día serán. Porque tenía una fe inquebrantable en el pueblo. Creo entonces que está ese componente para agarrarse de Fidel, para tenerlo entre nosotros y buscarlo en el pueblo. Hablo de conceptualizar esos principios epistemológicos, pedagógicos, éticos y una teoría política revolucionaria heterodoxa, vinculada al hecho de que te permite participar independientemente de la comunidad de la que seas parte.

En Cuba, a partir de la crisis de los 90, hemos visto crecer un fenómeno de desconexión de las personas con el hecho revolucionario, los sentidos socialistas del proyecto, sus valores.  Hay que reconocer que hay una franja cultural que es ajena a la Revolución y la metáfora más común de ello es que cuando gente de nuestro pueblo a la dirección de la Revolución, al Estado, al Partido y a la institucionalidad política y gubernamental estatal, lo nombra ellos y ya no está el nosotros. Esa franja cultural, como lo llamó el eminente investigador cubano Fernando Martínez Heredia, es un fenómeno peligroso porque son personas, grupos, sus relaciones, sus imaginarios, sus representaciones, sus motivaciones, su horizonte de vida, que empieza a ser extraño, ajeno al proyecto de la Revolución.

Considero que la única manera de reconectar a la gente con los valores del proyecto de la Revolución efectivamente es resolver los problemas de la materialidad, de la felicidad, de la comida en la mesa… Pero no solo eso. Si la gente es parte de algo y se siente parte de ese algo, regresa. Estamos ante la posibilidad de producir de nuevo el viaje de ellos a nosotros. Pero la gente requiere sentirse parte. Tiene que tener roles, participar y sentirse que participa en las decisiones que tienen que ver con sus condiciones de vida. Estoy hablando sobre todo del poder de la gente allí en los territorios y en las comunidades. Ahí veo también la vigencia de Fidel, o sea, hay que confiar en el pueblo, pero el pueblo no solo para ser escuchado, no para ser consultado, no solo para que el pueblo fiscalice los posteriores resultados. En Cuba, aun con los avances de la constitución de 2019, tenemos que resolver déficit de las formas institucionalizadas para el ejercicio de la participación popular en la toma, en el diseño, en la planificación; en el seguimiento, en la evaluación, en la rendición de cuentas y en la revocación de mandatos.

 

M.A.D.- ¿Cree que es posible recuperar eso en la Cuba de hoy? Escucho no pocas veces en un sector muy comprometido con la epopeya de la Revolución, que será necesario ir para la sierra de nuevo…

J. S.- Este pueblo es hijo de una epopeya que hizo radicalmente distintos a los cubanos a partir del año 1959 y, nos dio capacidades, conocimientos, habilidades, destrezas y valores que, a veces, detrás del rechazo y en frases como esa, está una postura donde siente que además del dolor social que produce esta crisis económica por culpa del asedio el bloqueo, y ahora  añadido el bloqueo energético, también está en el sentido de la justicia social que esta Revolución, con Fidel al frente, entronizó en nuestros corazones y en nuestras cabezas.  Muchos de nosotros entendemos el mundo en plural, en el sentido de que la felicidad mía depende de tu felicidad, es la felicidad colectiva la que nos hace felices en lo individual.  Y claro que no estamos siendo felices en términos de bienestar con lo que está pasando, tampoco más recientemente con las medidas anunciadas por el Parlamento Cubano, que vienen más o menos prefiguradas desde los lineamientos del 2011. Y una zona de esas medidas tienen un amparo jurídico en los cambios que hubo en la constitución, pero son medidas que implican empezar a jugar con candela en el sentido del proceso de privatización directa o indirecta, de liberalización y el mayor rol regulador del mercado en la economía. Significan una contracción del rol de la planificación central y a todos nos preocupa porque como mismo te dije que había erosiones en el consenso en torno al proyecto, al mismo tiempo estas reformas económicas introducen en la estructura económica un modo de relación social que produce un tipo de subjetividad social y un tipo de subjetividad política.

 

M.A.D.- ¿Qué habría hecho Fidel?

«Yo creo que se está actuando en Cuba con la osadía de Fidel, pero considero que hay que complementarla con la otra osadía de Fidel, que es colocarla en el centro de la gente»

Joel Suárez- Yo creo que Fidel habría actuado con la misma osadía. En los 90 del siglo pasado Fidel tuvo que enfrentar medidas que personalmente – confesó- no eran de su simpatía, pero eran medidas necesarias para salvar la Revolución en condiciones muy adversas.  Yo creo que se está actuando con esa osadía, pero considero que hay que complementarla con la otra osadía de Fidel, que es colocarla en el centro de la gente, y no es explicar las medidas sino poner a la gente a pensar esas medidas y oír lo que pide la gente en relación con muchas de ellas. Y a mediano y largo plazo- insisto- si el poder del pueblo, como decía Fidel, ese si es el poder; junto con las medidas que se están diseñando, normando, y que se van a desplegar y que están rodeadas de incertidumbre, para los efectos nocivos que puede tener entre nosotros la centralidad del dinero, el éxito y la ganancia; nosotros tenemos que preparar las trincheras para defender la Revolución frente a la erosión que puede producir la lógica del capital y la lógica del mercado.  

Y esas trincheras son formas institucionales que garanticen una real participación popular en este proceso.  Como mismo el Estado ahora contrae y suelta el terreno del mercado y de las relaciones mercantiles que antes se resolvían desde el plan (que también teníamos que hacerle crítica por el estadocentrismo), a nivel social y del poder, el Estado tiene que ampliarse ¿dónde? En el poder de la gente. 

Entre nosotros hay jóvenes y otros no tan jóvenes que hemos estado trabajando propuestas, hemos tenido una interlocución con la dirección del país y la satisfacción de que, en algunas de las últimas intervenciones de nuestro presidente, sus palabras han resonado con algunos de estos criterios, sin fundamentalismo, sin ortodoxia, pero sin ingenuidad. En la defensa de la Revolución los cubanos no somos amateurs, los cubanos somos profesionales y necesitamos -si es la película- estar en la película y si es un juego deportivo, estar en el juego. No podemos estar en las gradas. Yo no quiero estar en las gradas porque se trata del futuro de mi país, de mi Revolución, el lugar donde van a vivir mis nietos…  A eso nos enseñó Fidel, dicho así en línea clara, amparado de una concepción teórica, política, revolucionaria. Y lo que recorre teoría y práctica en el ejercicio del liderazgo de Fidel, es la centralidad del pueblo, la confianza en el pueblo, la fe en el pueblo.

Nosotros necesitamos innovar en términos de participación popular y de control popular como criterio de sostenibilidad del proyecto socialista cubano.

 

(*) Maribel Acosta Damas, Dra. en Ciencias de la Comunicación Social, Periodista cubana y docente de la Universidad de La Habana, trabaja y colabora con varios medios de su país y de otros países.

(**) Alfredo Lorenzo Martirena Hernández. MARTIRENA. Cuba. Santa Clara. 1965.En 1984 se dio a conocer en el suplemento humorístico Melaíto, y tres años más tarde obtiene el Gran Premio del salón convocado por la publicación Palante en su aniversario 25. Colabora con prestigiosos medios internacionales como El Jueves, Batracio Amarillo, la revista Quevedos, todas españolas; la revista Chocarreros, de México; El Nuevo Diario, de Nicaragua, y la americana Witty World, especializada en humor gráfico. En 1995 obtuvo su primer lauro internacional, en el Grand Prix III Medunarodni Salon Karikature, Svorak-95, de Croacia. 

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