RENDICIÓN DE CUENTAS

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¿Dónde cae la parte más gruesa del tocino?

Por Pablo Inthamoussu (*)

«Pepe» Mujica tenía una forma muy sencilla de explicar la diferencia entre un gobierno de izquierda y uno de derecha. Decía que estábamos en política «para cortar el tocino un poco más grueso en favor de los más débiles». Y enseguida lo explicaba con otra imagen igual de sencilla: «Si usted corta el tocino más gordo para un lado, es más flaco para el otro».

No eran frases pintorescas.

Eran una forma muy uruguaya de explicar una idea profundamente política: cuando una sociedad distribuye sus recursos, también distribuye esfuerzos y oportunidades. La pregunta siempre es la misma: ¿quién hace el mayor esfuerzo para financiar al Estado y quién recibe la mayor protección cuando esos recursos se distribuyen?

De eso habla, precisamente, esta Rendición de Cuentas.

Porque una Rendición de Cuentas nunca es solamente una planilla de números. Es una declaración de prioridades. Es la expresión más concreta del proyecto de país que un gobierno quiere construir.

Y las prioridades se vuelven más visibles cuando las cosas se complican.

Porque este gobierno recibió una situación fiscal mucho más compleja de la que se había informado durante la campaña electoral y en la transición. Se hablaba de un déficit del 3,2% del Producto Interno Bruto. Al asumir, la realidad mostró otra cosa: gastos postergados, compromisos ya asumidos e ingresos adelantados llevaron ese déficit al 4,1% del PIB, cerca de mil millones de dólares más de lo anunciado.

Aun así, el gobierno no dejó de cumplir una sola obligación asumida por el Estado uruguayo, incluso aquellas con las que mantenía profundas discrepancias. Porque los gobiernos cambian, pero la palabra del Estado no puede cambiar con ellos.

Como si eso fuera poco, el escenario volvió a modificarse. El crecimiento económico fue menor al previsto y el contexto internacional se volvió todavía más incierto. Vivimos en un mundo atravesado por guerras, conflictos comerciales y decisiones que muchas veces parecen depender del humor con el que amanezca el presidente del país que concentra el mayor poder económico y militar del planeta.

Sin embargo, incluso en ese contexto, Uruguay creció. Y creció más que el promedio de la última década. Hoy hay más personas trabajando, el salario y las jubilaciones volvieron a recuperarse por encima del costo de vida, los ingresos de los hogares mejoraron y la inflación –el peor impuesto para quienes viven de un salario— permanece baja como nunca antes.

También hay otro dato que merece destacarse: a pesar de que la economía creció menos de lo proyectado y, por lo tanto, el Estado recaudó menos de lo esperado, no se postergó ningún gasto comprometido ni se eliminó ninguna política pública.

Eso no ocurrió por casualidad. Fueron decisiones políticas tomadas por nuestro gobierno.

Este gobierno, y en particular su equipo económico, han demostrado flexibilidad táctica con firmeza estratégica. Flexibilidad para adaptarse a una realidad que cambió. Firmeza para no perder nunca de vista el rumbo.

Y el principio fue claro desde el primer día: administrar responsablemente las cuentas públicas sin trasladar el ajuste a los trabajadores, a los jubilados, ni a quienes más necesitan y menos tienen.

Había otro camino. El de la motosierra. El de los recortes tipo tabla rasa. El de hacer que todos pagaran el costo del ajuste por igual como generalmente actúa la ortodoxia neoliberal, y como hizo el gobierno pasado en su primer año y en plena pandemia del Covid.

Este gobierno, nuestro gobierno de izquierda, eligió uno distinto: decidió pedir un esfuerzo mayor a quienes tienen mayor capacidad contributiva. No es una decisión que aparezca recién en esta Rendición de Cuentas. Ya estaba presente en el Presupuesto Nacional, cuando Uruguay fue uno de los primeros países del mundo en aplicar el impuesto mínimo global a las grandes multinacionales y cuando resolvió gravar determinadas rentas obtenidas en el exterior por residentes fiscales uruguayos. Todo eso sin aumentar un solo impuesto sobre el salario de los trabajadores ni sobre las jubilaciones.

No se trata de que todos contribuyamos por igual. Significa que cada uno aporte según su capacidad para que todos tengan según sus necesidades.

Por eso esta Rendición de Cuentas moviliza más de 5.000 millones de pesos para fortalecer políticas públicas. La cifra va mucho más allá de los 30 millones de dólares de incremento real que concentraron buena parte de los titulares. La pregunta importante no es únicamente cuánto, sino para quiénes.

Porque una Rendición de Cuentas nunca es solamente una discusión sobre ingresos y gastos. Es una discusión sobre valores y prioridades.

Mientras algunos creen que la única solución es recortar el gasto, este gobierno decidió pedir un esfuerzo mayor a quienes tienen más capacidad para hacerlo, e ir por el camino de incrementar los ingresos.

Y ahí aparece una discusión que no es solamente económica. Es profundamente política y distributiva.

Sin embargo, los creadores de la posverdad también ha generado una enorme confusión. Hoy vemos trabajadores, jubilados y pequeños comerciantes o productores que probablemente nunca tendrán la posibilidad de comprar un vehículo eléctrico de más de 40.000 dólares, defendiendo beneficios y exoneraciones que jamás alcanzarán. Pues como señaló “Pacha” Sánchez: quien tiene capacidad para adquirir un vehículo de ese valor también tiene capacidad para contribuir un poco más para que nadie quede al costado del camino.

Ese es el debate de fondo.

No se trata de penalizar a nadie sino de igualar el punto de partida. Y por eso la prioridad de esta Rendición de Cuentas está donde debe estar: en la infancia.

Porque cuando un niño nace en un hogar pobre, no estamos frente a una estadística más. Estamos frente a una desigualdad que condicionará toda su vida.

Por eso los recursos adicionales se destinan a fortalecer la transferencia única a la infancia, las becas educativas, el apoyo escolar, la seguridad pública, la atención a las personas en situación de calle y otras políticas dirigidas a quienes más necesitan del Estado.

Seguramente habrá quienes exijan más, y está bien que así sea, siempre y cuando estemos tranquilos con nuestra conciencia de que con nuestra demanda no estamos distrayendo al Estado en la atención a los sin voz, a los más postergados, a los que alguien describió como los irrelevantes. A los que nunca se quejan, porque ni siquiera se pueden organizar.

Lo que nadie puede decir es que este gobierno eligió mirar para otro lado.

También es necesario discutir una contradicción que hemos visto en este debate.

Quienes reclaman permanentemente reducir el gasto del Estado son muchas veces los mismos que, a los pocos minutos, reclaman más recursos para la seguridad, la educación, la salud, la vivienda, la infraestructura o las políticas sociales.

Y está bien reclamar más recursos para aquello que se considera importante. Pero hay que explicar de dónde salen esos recursos y quién realiza el esfuerzo para sostenerlos.

Como señaló Gabriel Oddone, no se puede pedir simultáneamente un Estado más pequeño y exigirle cada vez más respuestas.

Porque gobernar es elegir. Y elegir también implica decir qué prioridades se atienden, y cuáles no.

Por eso, la decisión anunciada por la Coalición Republicana de rechazar en general esta Rendición de Cuentas merece una reflexión.

Guido Manini Ríos —ex socio coalicionista — planteó acompañar la Rendición en general y discutir artículo por artículo aquello con lo que no estuviera de acuerdo, en una postura que parece, no solo de sentido común, sino mucho más coherente con sus propias  exigencias y la de su Partido en materia de políticas públicas.

Porque una Rendición de Cuentas nunca es un bloque uniforme. Siempre existen aspectos que pueden acompañarse y otros que pueden modificarse, o rechazarse.

En el Parlamento, todos los legisladores reclamamos más recursos para las prioridades que entendemos importantes. La diferencia aparece cuando llega el momento de votar cómo se financian esos recursos y a quiénes benefician.

Son los partidos Nacional, Colorado e Independiente quienes deberán explicar a nuestro Pueblo por qué decidieron rechazar temerariamente una Rendición de Cuentas que fortalece políticas públicas que ellos luego reclaman ejecutar, dejando tamaña responsabilidad en los partidos menores del sistema político y a un gobierno electo hace 16 meses, jaqueado.

Porque una cosa es el discurso y otra muy distinta es el momento de votar.

Es ahí donde las prioridades dejan de ser palabras y se convierten en decisiones.

Esta Rendición de Cuentas no pretende negar las dificultades que enfrenta Uruguay.

Las reconoce.

Pero también demuestra que es posible gobernar con responsabilidad fiscal sin abandonar las convicciones.

Porque al final, como decía Mujica, la discusión siempre vuelve al mismo lugar: cuando una sociedad tiene que distribuir sus recursos, la pregunta es dónde cae la parte más gruesa del tocino.

Este gobierno decidió que cayera del lado de quienes más necesitan y la Coalición Republicana decidió sabotearlo. A esta hora, reina la incertidumbre. Quiénes tienen la llave son Cabildo Abierto e Identidad Soberana.

La historia nos juzgará.

 

(*) Pablo Inthamoussu- Diputado por Montevideo, con una trayectoria en la gestión pública, el sindicalismo y la movilidad urbana.

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