Una cubana en el parlamento uruguayo

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Por Michel Torres Corona (*)

 

En 1889, Mark Twain publicó su novela “Un yanqui de Connecticut en la corte del rey Arturo”. El escritor estadounidense quería satirizar el oscurantismo medieval —que no había muerto en el siglo XIX… y que no ha muerto aún del todo, vale la pena añadir— y mostrar cómo el pensamiento científico en manos de un burgués bien preparado podía resultar moral e intelectualmente superior al feudalismo. Mark Twain no fue un acrítico entusiasta del capitalismo, incluso fue muy crítico del apetito colonial de los imperios decimonónicos y del incipiente imperialismo estadounidense; pero no dejaba de ser un hombre de su época y no dejaba de celebrar los avances revolucionarios de esa época, como mismo lo hicieran Marx y Engels en el Manifiesto Comunista.

Hank Morgan, el protagonista de la novela, despierta tras un mal golpe en el Camelot legendario, repleto de caballeros y magos charlatanes que se deben rendir a los pies de un hombre que conoce de eclipse, pólvora y telégrafo. A medio camino entre la ciencia ficción y la fantasía, las aventuras de Morgan son un delicioso mejunje en el que Twain hace gala de su imaginación y su talento narrativo e irónico. No obstante, y como suele suceder, la realidad lo superó con creces.

Mark Twain nunca pudo haber imaginado que una cubana podía hacer ese viaje en el tiempo, pero esta vez hacia el futuro. Leydis Aguilera, a diferencia de Hank Morgan, no llegó a Camelot sino a Uruguay, y no traía la luz del conocimiento y de la ciencia sino que se deslumbró con la libertad y prosperidad de la nación que la acogía. Leydis dejó atrás su “oscuro pasado”, el de la vida bajo una “cruel dictadura” que la “condenó a la pobreza y al miedo” (y otros muchos lugares comunes).

Y tal parece que, a diferencia del protagonista de la novela, primero viajó y luego se dio el golpe en la cabeza. Leydis olvidó, por ejemplo, cuánto fue que tuvo que pagar por el título de Ingeniera con el que arribó al sur de América Latina. No lo menciona en ninguna entrevista… ¿quizás porque no tuvo que pagar un centavo? Lo cual no deja de ser curioso porque ese fue prácticamente todo su capital inicial como migrante, lo que le brindó la posibilidad de homologar título y encontrar trabajo como profesional.

Leydis olvidó también, quizás producto de alguna forma de amnesia postraumática, el acento de su natal Holguín. Si Hank Morgan reivindicaba a cada paso su condición de yanqui, la cubana abrazó el argot “uruguacho”. Al oírla hablar, resulta difícil imaginarla haciendo sus estudios universitarios en Santiago (de Cuba, no de Chile, válido aclarar), bebiendo una taza de café tras otra en vísperas de un examen; y casi que pareciera esconder de la cámara que la enfoque el termo de mate sempiterno.

Leydis Aguilera solo sabe celebrar todos los avances de Uruguay y condenar todos los atrasos de Cuba. Como mujer, parece no recordar que en su país natal hay derecho al aborto desde hace décadas —cosa que a Lacalle Pou, líder del partido en el que ahora milita, no le haría mucha gracia— o que son mayoría las féminas en la Asamblea Nacional, el parlamento cubano que ahora caricaturiza en los medios como un órgano más de la dictadura.

La cubana, que ha ganado cierto espacio en medios noticiosos por su “exótico” currículo, olvidó que llegó a Uruguay precisamente durante el gobierno del Frente Amplio, en un país que disfrutaba de programas sociales que la derecha ha pretendido muchas veces desmontar, la derecha a la que ahora pertenece. Y como toda cubana de derecha, que se toma la Coca-Cola (o el mate) del olvido, a Leydis se le borró de la cabeza el bloqueo y ahora solo sabe acusar al gobierno cubano de incompetente y ladrón (y otros lugares comunes).

No hace mucho se hizo eco del bulo, desmentido oficialmente por México y Cuba, de que se estaban vendiendo las donaciones a la población en la Isla, donaciones hechas por razones humanitarias ante el recrudecimiento de ese bloqueo estadounidense que ella parece no ver aunque más de medio mundo lo denuncie. Cuando le preguntaron sobre las 20 toneladas de leche en polvo que se donaron desde Uruguay, simplemente respondió que “no tenía pruebas pero tampoco dudas” —sí, como el meme— de que “seguramente” la “cruel dictadura” la vendería en dólares, para que nadie pudiera comprarla. Política del futuro que Leydis Aguilera aprendió a contracorriente del anquilosado Partido Comunista en Cuba, que suele ser un poco más profundo.

A Leydis se le olvidó que a Cuba se le acusa falsamente a diario, que hay una persecución contra su país natal que no solo es financiera sino también mediática. Y celebra a Lacalle Pou y a cualquier político de derecha que ataque a la Revolución, usa su silla curul para “trabajar por los migrantes” pero se gana titulares difamando a su Patria. ¡Ah, secuelas del golpe…! Cuando la interpelaron en televisión por las medidas antimigrantes de Donald Trump, se limitó a decir que el emperador de turno tenía “una política exterior” —así, a secas— y que no había que opinar sobre eso. A Leydis Aguilera se le olvidó cómo ser coherente.

Mark Twain nunca hubiera podido imaginar un personaje semejante: prófuga de una “cruel dictadura” que la hizo ingeniera, de algún extraño modo apareció en un avión y aterrizó en Montevideo, y repitiendo frases de memes y lugares comunes de la derecha se ha convertido en la primera diputada de “origen cubano” que asume mandato en el parlamento “uruguacho”. Si se pareciera un poco más a Hank Morgan, hubiera intentado llevar el comunismo a Uruguay, del mismo modo en el que el yanqui de Connecticut llevó el capitalismo a Camelot. Pero Leydis Aguilera no está para eso: sale mejor y más fácil sumarse al “coro de la histeria reaccionaria”… como diría Fidel, otro de sus grandes olvidos.

 

(*) Michel E. Torres Corona, abogado y comunicador cubano, conductor del programa «Con Filo» de la Televisión Cubana. Director del grupo editorial Nuevo Milenio, es además colaborador de varios medios de su país y el mundo.

Fotografía de portada Caras & Caretas

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