Por Michel Torres Corona (*)
Un reel “políticamente incorrecto” me asalta mientras me distraigo en las turbulentas redes digitales, durante algún prolongado apagón de los que hoy abundan en mi país. Veo en la pantalla a una mujer que dice que en Cuba viven solo dos personas, porque “Raúl es Raúl” y todos los demás “son Fidel” (en alusión a otra consigna, que se hizo popular cuando el Comandante en Jefe murió: “yo soy Fidel”). Y es simpático el reel, es un buen chiste, incluso cuando parte de una posición política antagónica… lo triste es que, más allá del chiste, más allá de las redes digitales, hay una realidad que también parece anunciar turbulencia.
Excusas para la guerra, ya se sabe, nunca le faltan a Estados Unidos. Demócratas y republicanos han demostrado una creatividad inagotable para justificar bombardeos e intervenciones. No se trata de idealizar a las naciones agredidas pero nadie puede negar que estaban mucho mejor antes de que el sacrosanto imperio septentrional acudiera a su “rescate humanitario”.
Cuba tampoco es una sociedad perfecta: hemos cometido errores y tenemos mucho que cambiar. No obstante, preferimos que no nos “salven” los marines con sus bombas democráticas. Sin embargo, Washington persiste en sus filantrópicas intenciones y ha ido acumulando un expediente de justificaciones que, aunque risibles, pueden ser esgrimidas en cualquier momento. El mismo poder que afirmó que Maduro era la cabeza del Cartel de los Soles para luego sostener que ese cartel nunca existió, o que Irán estaba a días de una bomba atómica satánica, trata ahora de construir un relato que criminalice a la Revolución Cubana. La verdad siempre ha sido un requisito prescindible para el discurso imperialista.
La actual coyuntura coloca a Raúl Castro en el centro de la diana, de ahí que se vuelva a popularizar (para bien o para mal, en serio en broma) la consigna: “Raúl es Raúl”. El 20 de mayo, fecha de polémica connotación en la historia republicana de Cuba, fiscales federales estadounidenses anunciaron una acusación formal contra Raúl Castro —quien ya no ostenta cargos políticos ni estatales— por el derribo de dos avionetas que violaron el espacio aéreo cubano… ¡hace treinta años!
El 20 de mayo es para unos el día de la independencia de España y la consolidación de la república; para otros, la consolidación de la neocolonia y la dependencia absoluta de Estados Unidos mediante la Enmienda Platt. Al usar esa fecha para apuntalar discursos imperialistas, Washington muestra su verdadera agenda, que coincide con la de principios del siglo XX: fabricar una excusa más para una posible agresión militar, mostrando a la víctima como culpable y al victimario como redentor. Si se conociera mejor la historia, habría menos margen para el engaño; con un poco de perspectiva, sería fácil detectar la hipocresía de juzgar a Cuba y a sus líderes por defender la soberanía de su espacio aéreo.
Cabe preguntarse: ¿Se discutiría la potestad de cualquier otra nación soberana de impedir que aviones extranjeros crucen ilegal y provocadoramente su territorio? ¿Tiene Trump y su camarilla, responsables de más de un centenar de ejecuciones extrajudiciales en aguas internacionales, alguna autoridad moral para juzgar a Raúl o a la Revolución?
En Cuba discutimos mucho. Hay quienes están cansados, lógicamente, tras décadas de crisis y asedio imperial recrudecido. Están los que, enojados, señalan más al gobierno que al imperio que nos asfixia. Y existimos los que, inconformes con muchas cosas que se hacen mal, tratamos de entender las causas reales de la depauperación de nuestras vidas. Pero casi todos podemos construir consenso alrededor de una idea irrenunciable: Cuba debe seguir siendo soberana. Que nadie venga de afuera a enmendar nuestros errores.
Queremos la paz, no la guerra, pero si deciden atacarnos, nos defenderemos. Y por mucho que hayamos discutido con Raúl desde nuestros hogares —sin que él lo sepa—, no va a venir gringo, ni hijo de gringo, ni nieto de gringo a tocarlo siquiera.
Ya tienen su show, sus videos para obtener likes, sus fotos sonrientes anunciando medida tras medida. Pero lo que no van a tener es a Cuba. Ningún otro país, en nuestras condiciones, hubiera resistido. Y no solo eso: vamos a seguir resistiendo, aunque den ganas de gritar y tocar cazuelas en medio del apagón, aunque hablemos mal del gobierno equivocado y nos ofusquemos con la tensa cotidianidad. A la hora de los mameyes, sabemos de qué lado colocarnos.
Ya tienen su parafernalia seudojurídica: confórmense con eso. A Raúl, a la Patria y a sus héroes solo puede juzgarlos el pueblo cubano.
Como diría Fidel, podrán intentar condenar a Raúl, podrán intentar condenarnos a cada uno de nosotros, pero estamos seguros de que la Historia nos absolverá. Pero no basta: Cuba también merece ayuda. Dentro o fuera de Cuba, háganse eco de la solidaridad y de los reclamos por el cese del bloqueo. Alcen su voz por la Revolución; y si no creen en la Revolución, alcen su voz por la decencia y por la humanidad.
No solo es a un hombre al que defendemos. Somos un pueblo sitiado y decidido a resistir, al que solo le han dado dos opciones: rendirse o morir de hambre. Pero esa disyuntiva no es nueva para nosotros, la hemos transformado antes y hoy pervive: es Patria o muerte; y a esa disyuntiva la acompaña la certeza de que Venceremos. Como diría Raúl: sí se pudo, sí se puede y sí se podrá.
(*) Michel E. Torres Corona, abogado y comunicador cubano, conductor del programa «Con Filo» de la Televisión Cubana. Director del grupo editorial Nuevo Milenio, es además colaborador de varios medios de su país y el mundo.