El cangrejo y el vampiro

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Por Michel Torres Corona (*)

 

Asumo que empezó siendo un restaurante de aquellos que en los 90 se dedicaba a vender en divisas “frutos del mar”: pescados, mariscos y otras delicias que, con el Periodo Especial y las concesiones que debió hacer la Revolución para sobrevivir, cada vez se alejaban más de la “mesa sin mantel”. Desconozco su historia, debo confesar, y apenas si entré ahí dos veces, mientras cursaba estudios universitarios: la primera, cuando invité a una muchacha de la que estaba enamorado a un concierto de Kelvis Ochoa (no me sabía una sola de sus canciones); y la segunda —y última— cuando un grupo de amigos terminamos ahí la noche, luego de haber hecho un tour por bares de mala muerte y tener acopio etílico más que suficiente para tener al hígado bien ocupado sin tener que “consumir” los “cariñosos” tragos que allí servían. En ambas ocasiones me sentí en un ambiente ajeno, al que no pertenecía.

Don Cangrejo se llamaba el lugar: ubicado en la costa, su diseño emulaba el de un barco, con alarde de madera. Era bonito y espacioso. Del restaurante asumido pasó a ser el epicentro de las noches de cierta farándula pudiente que podía pagar el cover de 5 o 10 CUC, nuestra comuñanga y aplatanada versión del dólar creada por el Banco Central de Cuba como segunda moneda nacional equivalente a la divisa y que desapareció con la Tarea Ordenamiento. Alguien debiera escribir los ires y venires de nuestra historia económica reciente, tan curiosa como frustrante, pero no seré yo.

El caso es que en Don Cangrejo se empezó a nuclear una protoburguesía, que asistía con regularidad, en sentido contrario a la “bohemia” que ocupaba masivamente la calle G, en el Vedado. Era el buque proa de una naciente clase social, que tenía más ingresos que la media. La desigualdad, prácticamente inexistente en la década del 80, comenzaba a consolidarse como una amenaza social pero todavía era tolerable. Si no tenías dinero, podías sentarte en cualquier parterre de G con una botella de ron y pasar la noche ahí, con una guitarra o escuchando la música propia o la que traía cualquiera de los cientos de jóvenes que ahí confluían. En definitiva, allí estaba la mayoría, en toda su heterogeneidad, y eso reconfortaba. Muchas veces, los “protoburgueses cangrejeros” se sentían también imantados por esa dinámica.

Comenzó la reforma, a finales de la primera década de este siglo y principios de la segunda, por entonces llamada “actualización del modelo económico”, y la competencia de Don Cangrejo empezó a aflorar en el sector privado, llamado —por obra y gracia de nuestra tradición eufemística— “cuentapropista”. La protoburguesía se esparció en pequeños nichos y bares-discotecas y aquel buque proa de la farándula tomó la senda del declive. En paralelo, la cultura de la burbuja (que es consustancial al desarrollo capitalista y antecede, aunque no lo parezca, a las burbujas y cámaras de eco propiciadas por el ciberespacio y la virtualidad) fue erosionando la horizontalidad bohemia de la calle G, que empezó también a despoblarse.

Pero Don Cangrejo permaneció un tiempo en el imaginario popular como el símbolo de la farándula pudiente, esa que gustaba vestir con las marcas de moda, usar cadenas o prendas ostentosas, imitar las maneras del Norte metalizado. Pero ya no necesitaban de ese espacio, un establecimiento estatal para colmo. La cultura de la protoburguesía habanera, que irradiaba al resto del país, comenzó a volverse una con la de cierto sector de nuestros migrantes en Estados Unidos, aun antes de que el Internet y su tardío pero frenético auge convirtiera en una sola comunidad digital a Miami y Cuba.

Y fue precisamente gracias a Internet que vi por primera vez aquel video: un hombre blanco, no mucho mayor que yo, bailando en un concierto de Gente de Zona, popular agrupación de reguetón cubana. Movía la cabeza, imitando un baile que esos artistas popularizaron, y se echaba agua encima. Traía puesta una camisa de los New York Yankees, el equipo de béisbol más famoso de las Grandes Ligas estadounidenses, y al dorso, personalizada, traía puesta las letras: “EL CANGREJO”.

El video era el típico material que mostraba las ridiculeces de un protoburgués cubano, aficionado a los bares faranduleros y con la habitual estética vasalla del nuevo rico, cercano a los “artistas del momento”, pero se había hecho viral por una cualidad de su protagonista: aquel Cangrejo era el nieto del General de Ejército, Raúl Castro Ruz. Fotos suyas en entornos similares, de displicente vanidad, circulaban por las redes digitales, pero los revolucionarios y los militantes hicimos caso omiso. Cuestionar su estilo de vida era, por transitividad, cuestionar a la dirección de la Revolución, y esos cuestionamientos solo alimentaban el morbo de nuestros enemigos, de aquellos que lucraban (y lucran) con cualquier atisbo de fraccionamiento.

Tampoco es que fuera el peor de los vástagos: hay hijos de legendarios comandantes de la Revolución que han abrazado sin pudor el discurso y la agenda de la más rancia ultraderecha miamense, de lo que podemos catalogar como la gusanera clásica. Y, en los últimos años, ha ocupado el lugar de los reflectores un nieto de Fidel, el infame Sandro Castro, que se convirtió en uno de los cretinos más mediáticos de nuestro mediocre ecosistema de “influencers”.

Sandro decidió “hacerse viral” en redes, subiendo videos carentes de gracia en los que, con acento de reguetonero afentanilado, decía ser un vampiro que tomaba cerveza en vez de sangre. “Una Cristach para el Vampirach”, repetía cual mantra, haciendo alusión a “la preferida de Cuba”, la cerveza Cristal. Lo único que lo convertía en trending topic era el desparpajo con el que su identidad y su discurso colisionaban con la imagen de Fidel que tienen los revolucionarios y, más aún, sus enemigos. Nadie admira más a Fidel que sus enemigos, por mucho que se retuerzan al pronunciar su nombre, y no hay mejor prueba de esa admiración que la ira con la que solían comentar cada nuevo video del “Vampiro”.

Hasta hace poco, Sandro nunca “se interesó por la política”. Se limitaba a subir sus videos alucinados, o a mostrarse en autos modernos como bon vivant, pero sin inmiscuirse demasiado en polémicas asociadas al gobierno… claro que, incluso si no era consciente de ello, todo en su actitud era político y subversivo en tanto se convertía en “munición semiótica” no tanto contra el gobierno cubano sino contra lo más importante, contra lo sagrado: el proyecto revolucionario. Porque la Revolución había apostado por el “hombre nuevo”, por que fuéramos como el Che, y el cibervampiro era cualquier cosa menos eso.

Precisamente por ser nieto de Fidel y por su irreverente desparpajo, la CNN llegó hasta su casa alumbrada en medio del tradicional apagón nocturno, que sumía en tinieblas todo a su alrededor. Patrick Oppman, el corresponsal de ese medio en Cuba, lo grabó en su hábitat natural —como quien filma a un animalito del bosque— y le dio “pie para la décima”. Y Sandro, con su desparpajo cretino, respondió pregunta tras pregunta, diciendo que él no tenía ventajas o prebendas, que él solo estaba tratando de salir adelante, que sus videos eran una forma de divertirse… pero tocó hablar de política y el Vampiro, entusiasmado, no frenó. Criticó al gobierno y se declaró capitalista, como “la mayoría de los cubanos” (según censo que celebrara en su párvula mente).

La prensa estadounidense parece haberle agarrado el gusto a los nietos de los líderes revolucionarios. USA Today viajó recientemente hasta La Habana no para entrevistar al presidente Miguel Díaz-Canel, legítimo representante del pueblo cubano, sino para realizar un perfil de Raúl Guillermo, alias El Cangrejo. Y  el momento para publicarlo no pudo ser mejor escogido: un día antes del debate extraordinario que solicitara y protagonizara otro representante legítimo de nuestro pueblo, el canciller Bruno Rodríguez, en la Asamblea General de las Naciones Unidas, para denunciar el bloqueo genocida recrudecido por Donald Trump, Marco Rubio y el resto de la camarilla fascistoide que dirige ese imperio decadente y enfermo que conocemos por Estados Unidos; y el mismo día en que se producía la enésima caída del Sistema Electroenergético Nacional, dejando a todo el país sin electricidad.

En medio del apagón generalizado y con algún retazo de cobertura logré leer la entrevista, en la que El Cangrejo —al igual que su primo vampiresco— se arrogaba el derecho de hablar por los cubanos, de incluso “postularse” para negociar con cualquiera, incluso con el emperador de turno, Mr. Trump. Como el muchachito de las “Cristach”, El Cangrejo decía que la política no le interesaba mucho PERO… si había que dar el paso al frente, ahí estaría. Y para completar el gesto de ampulosa demagogia, similar a la de un candidato de cualquier show electorero, afirmó que le dolía que la gente, que el pueblo no viviera como él. Para eso, para que pudiéramos vivir como él, se levantaba todos los días.

Apenas pude contener las lágrimas mientras leía aquella altruista confesión, o cuando mostró el grueso y áureo collar donde exhibía las siglas de los nombres de su abuelo y de su tío abuelo (Raúl y Fidel Castro Ruz, respectivamente, por si cabía alguna duda). La periodista enviada no desaprovechó su oportunidad y nos dio un bosquejo de la vida a la que podíamos aspirar, si en definitiva El Cangrejo cumplía su sueño de que todos fuéramos como él: ropa de marca, maletín de lujo, vino fuera de carta, cenas en paladares y almuerzos de trabajo con el General de Ejército, después de haber leído cualquier cantidad de documentos secretos.

Nunca los vi ahí (en las dos veces que estuve… de las cuales puedo recordar con nitidez una) pero estoy casi seguro de que tanto el Vampiro como su primo frecuentaban Don Cangrejo o lugares similares. Las puertas se abrían de par en par ante personajes de tanto pedigrí. Su ética y su estética no eran las de la Revolución pero los revolucionarios y los militantes hacíamos caso omiso, mutis absoluta, porque decir algo era atentar contra la unidad, atentar contra el proyecto. Pero el ruido que provocan ya es ensordecedor, y no hay arenga o reclamo que calme la indignación que provocan esos frutos del nepotismo “sociolista”: ¿qué justifica su impunidad?

Usurpar las funciones del gobierno, asumir un rol público para el que nadie te eligió, autoproclamarte vocero de medidas o de nuevos derroteros para el país… ¿se le permitiría a alguien más? Ir por ahí burlándose de los funcionarios, de los hombres y mujeres que cada día se sacrifican por mantener en pie el país, coqueteando con los enemigos de este proyecto tan lleno de sombras pero también de luces… ¿se le permitiría a alguien más?

Los privilegios son los sepultureros de los derechos colectivos. Allí donde florecen, carcomen la obra de las revoluciones. Ha sido así siempre. Cuando esos privilegios se enarbolan de forma impúdica, laceran los consensos que sostienen cualquier resistencia, dinamitan el pacto social que da sentido a un proyecto contrahegemónico. Y cuando hay personas que se valen de sus apellidos para secuestrar la voz de una nación, ya sea en el escarceo infantil con la prensa o en los oscuros pasillos del aparato estatal, se resiente el legado de aquellos que se hicieron de un nombre con sacrificio y virtud.

El pueblo cubano, cuya identidad se forjó —se forja aún— al calor de la Revolución como proceso histórico de lucha por la justicia social y la soberanía verdadera, sabe identificar a falsos ídolos, sean de los que acopian likes o de los que posan para los magacines. Solo sigue a líderes que, como han cantado nuestros juglares y poetas, dirijan la carga siendo los primeros en cabalgar al frente con el machete en la mano; solo reconoce la autoridad moral del que está dispuesto a ser el último en comer y el primero en morir.

Y en el pueblo, por supuesto, se hallan todas las claves para la victoria o para su oscuro reverso.

La unidad no se construye desde la acrítica sumisión ni desde ese lugar común de la retórica que acusa a la ligera de “dar armas al enemigo”. La unidad se construye, como diría Fidel, contra anexionistas y vendepatrias y, sobre todo, contra los corruptos. Hay muchas formas de corromperse, hay muchas formas de corromper un ideal. Ante la amenaza consuetudinaria del imperialismo, corrompido hasta la médula por su egoísmo y su ambición, nuestro frente unido debe articularse alrededor de valores que son antagónicos: la vergüenza, el honor, la decencia, el altruismo, la rectitud, la solidaridad, el decoro.

La Revolución, lo sabemos todos, está en peligro. Y no la van a salvar los vástagos corrompidos por la estulticia y la frivolidad: la tenemos que salvar nosotros, los que militamos en el bando de los inconformes con o sin carné, los que padecemos la realidad sin maquillaje ni bálsamo alguno, los que no tenemos que hacer abstracción mental para entender el terrible costo de seguir resistiendo un cerco tan brutal. Y en tanto el gobierno de la República y el Partido estén a la altura de ese sacrificio cotidiano tendrán nuestro apoyo, y continuarán siendo los polos de articulación para el frente unido, patriótico y comunista, que ha de oponerse a las apetencias imperialistas.

En ese frente no caben los bon vivant y los príncipes, no cabe aristocracia alguna: solo un proyecto radical, por los humildes y para los humildes, puede darle sentido y validez a la proeza que ha sido y será vencer en condiciones tan desventajosas.

Como los cerdos de Orwell, hay quienes repudiarán su herencia revolucionaria (con mayor o menor sutileza), y buscarán vestir los ropajes del explotador y sentarse a la mesa de los poderosos. Son las señales del aburguesamiento, de la idea liberal de prosperidad; son señales degenerativas.

No podemos seguir haciendo caso omiso de esas señales, no puede seguir habiendo impunidad ni condescendencia. La hora es de urgencia y se ha de sacudir con fuerza telúrica la trinchera, para que lo podrido caiga a tierra. Corremos el riesgo de que los vampiros nos desangren y que los cangrejos se tornen cáncer. Dejarlos ser sí que sería darle la mejor de las armas al enemigo.

 

 

(*) Michel E. Torres Corona, abogado y comunicador cubano, conductor del programa «Con Filo» de la Televisión Cubana. Director del grupo editorial Nuevo Milenio, es además colaborador de varios medios de su país y el mundo.

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